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LA IGLESIA CATÓLICA Y SUS ¿CAMBIOS?

 Publicado:  08/01/2020

“Los dos papas”: conversaciones


Por Andrés Vartabedian


Podría haber sido una única conversación; de esas largas e importantes. En un solo espacio y en tiempo real, quizá. Pero esto es cine, así que Fernando Meirelles (San Pablo, 1955) mueve a sus personajes protagónicos -casi únicos protagonistas- por distintos escenarios y durante algunas horas -un par de días-, apelando también al flashback para referir algunos de los hechos del pasado que se mencionan en el filme, a la recreación de algunos acontecimientos significativos que marcaron la vida de estos dos sacerdotes, arzobispos, cardenales, y a la crónica periodística para dar cuenta de algunos de los sucesos trascendentes de sus pontificados. Y mueve también la cámara con cierto logrado vértigo, para darle movimiento a las palabras y a dos seres que, a su edad -personajes y actores-, ya no lo tienen tanto. Así construye este encuentro ficticio, basado en hechos reales, de sus “dos papas”: Benedicto XVI y Francisco; Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio.

De todos modos, su relato parece conservar algo de la teatralidad de la obra homónima de la que parte y para cuya adaptación cinematográfica apeló a su mismo creador: Anthony McCarten. De acuerdo a sus propias palabras, Meirelles aportó cierta cuota de humor a un guion que él consideraba “muy inteligente” pero “con un tempo muy duro y tenso”[1]. Asistiremos, entonces, a una serie de situaciones “descontracturadas” -los papas comiendo pizza, los papas bailando un tango…-, a una serie de bromas, salpicadas aquí y allá -también al comienzo y al cierre del filme- durante sus dos horas de duración. Intentará quebrar de esa manera con la solemnidad que adquiere la esgrima verbal que sostienen sus dos histriones; una dosis de “amabilidad” con el espectador que por momentos asoma innecesaria, al menos para la visión de este comentador. En lo que quizá colabore este donaire festivo es en su idea de humanizar a estos dos líderes político-religioso-espirituales, tornarlos más cercanos al común denominador de los mortales.

Porque, al fin de cuentas, Joseph Ratzinger y Jorge Bergoglio son dos seres humanos. Dos seres humanos con sus dudas, sus errores, sus pecados, sus tribulaciones; también sus convicciones, sus gustos, sus “pasiones” -mediadas en este caso por su fe religiosa y los cargos que ocupan u ocuparon-, su sentido del humor -y de la ironía-, sus estudios, sus lecturas, sus historias de vida… Reflexionar en torno a ello es algo de lo que nos propone Meirelles.

No es bueno perder de vista que detrás de este producto audiovisual hay un creador, un artista, ciertos intereses personales -los que provienen de la producción tampoco es saludable desdeñarlos-, pero no hay un historiador y su rigor académico, tampocos nos hallamos frente a un teólogo con sus profundos estudios sobre el dogma, la tradición y los textos sagrados... Y aunque estas conversaciones que presenciamos partan de discursos públicos o debates religiosos existentes, no dejan de ser conjeturas de uno o más creadores de ficciones. Esto es una ficción y, muchas veces, en pos del efecto dramático, la búsqueda de reforzar una idea, una imagen a transmitir, o del mero entretenimiento, la historiografía puede ser dejada de lado, el debate teológico ser reducido, las situaciones pueden verse simplificadas o las personas-personajes resultar estereotipadas o caricaturizadas.

Pero volvamos al filme. El encuentro central que presenciamos -el que devendrá en una especie de pasaje de mando, de momento de transición en el poder- en Los dos papas, el que tendrá su prólogo y su epílogo en el filme, se produce en 2012, alrededor de un año antes de que Benedicto XVI (elegido Papa el 19 de abril de 2005) presentara su renuncia al pontificado. El motivo del encuentro: la solicitud de retiro que realizara el entonces cardenal Jorge Bergoglio y que Benedicto debía firmar en caso de concederla.

Bergoglio no se siente representado por el papado del cardenal Ratzinger, es muy crítico del mismo, y sostiene que la iglesia católica se aleja cada vez más de sus fieles, de la gente en general, y de los problemas “reales” que enfrenta el mundo conocido. Benedicto XVI cuestiona sus procederes, su estilo de vida, su desapego de ciertas tradiciones, y piensa que su renuncia -en caso de aceptarla- puede ser vista como una nueva forma de protesta. En un momento donde la Iglesia estaba siendo atacada desde diversos frentes, no podía permitirlo.

Es durante esos dos días, básicamente, en los que se provoca su encuentro -por decisión de ambos-, que estos seres llegan a conocerse con mayor profundidad, intercambian sus ideas respecto a la humanidad, Dios, la institución que representan y los problemas que enfrenta, aprenden a respetarse mutuamente, y hasta parecen acordar una salida para la encrucijada que enfrenta la Iglesia. La “verdad” quizá no sea una única verdad, quizá tampoco deba ser “inalterable” y “eterna”.

En ese camino se producirán fuertes choques dialécticos entre ambos: uno, representante del dogma más puro y duro y las más férreas tradiciones eclesiásticas; el otro, de espíritu inconformista, reformista y liberalizador de ciertos “principios arraigados”. El uno, entendiendo que una casa se construye con muros y pilares sólidos; el otro, considerando que los muros dividen y la casa debe ser de puertas lo más abiertas posible, y que más que levantar muros, la Iglesia debe comenzar a tender puentes. Estatismo versus movilidad, parece ser la disyuntiva. Así también parece establecerlo el dispositivo que le indica al Papa -primero a Benedicto, luego a Francisco- que no se detenga, que continúe caminando, que debe seguir moviéndose. Es una cuestión de salud.

Durante estas disquisiciones, ninguno quedará sin respuesta; apelarán a todo su conocimiento teológico, serán dignos representantes de sus posturas, intentarán ser firmes y elocuentes, pero también serán burlones y filosos. Anthony Hopkins (Ratzinger) y Jonathan Pryce (Bergoglio) cargarán sobre sus espaldas el peso de tanto discurrir dialógico y darán verosimilitud a sus personajes del mismo modo que a ese relato que los vincula y los estrecha. Sus posturas físicas, sus gestos, los matices de sus rostros, su decir, transmitirán todo lo que se proponen. Seremos partícipes de una clase magistral de actuación. Un verdadero placer en sí mismo. Meirelles lo sabe y saca un gran partido de ello. Hábilmente, los hace caminar, los detiene, los hace sentar en diferentes lugares, en diferentes posiciones, abre y cierra los planos, se regodea de los reveladores primeros planos, los hace cantar, silbar, “bailar”… Los disfruta y los torna disfrutables.

Aun cuando el foco del relato esté puesto, sobre todo, en la figura de Jorge Bergoglio y su devenir sacerdotal hacia el papado y, por lo tanto, en Jonathan Pryce, la composición de Anthony Hopkins es de esas a las que podemos denominar “memorable”; literalmente: “digna de memoria”. En ello tal vez colabore el hecho de que el personaje de Jorge Bergoglio se desdoble en dos: el adulto mayor al que vemos en el presente del filme y el joven (un muy correcto Juan Minujín) que aparece cuando aquel recuerda episodios de su juventud y cierto pasaje de su vida adulta. Por lo tanto, no permanecerá solo asociado a Pryce. En cambio, Joseph Ratzinger está únicamente vinculado a la exquisita interpretación de Hopkins. Pero es probable que este sea un detalle menor.

A través de estas dos caracterizaciones dignas de destaque, asistiremos al planteo de dos visiones opuestas sobre “los males” que aquejan a la milenaria institución y los problemas del mundo en los que debe recaer su atención. Veremos la oposición entre atender cuestiones como el divorcio, la anticoncepción, la homosexualidad, la posibilidad de las niñas de ser monaguillas o el continuar ofreciendo la misa en latín, por un lado, y la preocupación por la destrucción del planeta, la creciente desigualdad y ampliación de la brecha entre quienes más y menos poseen en términos materiales o la pederastia como uno de los grandes problemas que debe afrontar la Iglesia, por el otro.

Sin embargo, alguno de ellos solo serán brevemente enunciados, no se ingresará en ellos y, menos aun, se los abordará desde su complejidad. He allí, desde este discutible punto de vista opinante, el mayor debe de esta producción cinematográfica.

Meirelles no asume el compromiso de ser realmente cuestionador. Los atisbos de dureza reivindicativa culminan diluyéndose en un ejercicio intelectual de cierta argumentación contrapuesta -de base bíblica y agudeza discursiva de ornamento-, en la ironía, el sketch o el simple gag. Su tono es el de la compasión con la iglesia católica; en definitiva, una institución humana más -parece decirnos-, tan falible como otras y con miembros también humanos a los que debemos aprender a aceptar y a perdonar.

En ese sentido, los primeros en dar el ejemplo -se predica con el ejemplo- son los dos papas, quienes atribulados por hechos de su pasado (en el que más se hace hincapié es en la vinculación de Bergoglio con la dictadura argentina; dicho al pasar, uno de los pasajes mejor logrados de la película), se confiesan y reciben el perdón de su antagonista. Cierto aire de redención sobrevuela el relato de las actitudes y acciones que acomete Bergoglio luego del retorno de su país a la democracia; también aletea en la aceptación de Benedicto XVI de la propuesta de iglesia que trae aquel cardenal del fin del mundo. Aceptar los cambios no siempre implica ceder. La necesidad del movimiento como signo vital.

Un hecho significativo, sin embargo: debemos acordar que todo perdón comporta el recuerdo; nunca es sinónimo de olvido. He allí uno de los caminos de la paz. Otro aspecto que puede resultar discutible del filme de Meirelles pero que no deja de ser una asunción de posición a considerar. “Es nuestra debilidad lo que invoca la gracia de Dios”; “La verdad puede ser fundamental, pero sin amor es insoportable”, se escucha decir al futuro Francisco.

¿Indulgencia?

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