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DE VIAJES E IDENTIDADES

 Publicado:  07/08/2019

“Ópera prima”: encontrarse


Por Andrés Vartabedian


“Por el viaje exterior que registra, y que se transforma, paulatinamente, en el viaje interior de su propio realizador; un viaje sobre sí mismo, al interior de su historia e identidad, un viaje de autorreconocimiento. Vivido sin dramatismo, aun en el drama que relata; sin victimizaciones, aun con víctimas retratadas. Un hurgar en la memoria, que es la individual pero también la colectiva; con ternura y con humor aun en el espanto de lo relatado. Un viaje hacia el pasado que permite arribar al presente con la vista puesta en el futuro. Como luego de todo buen viaje, ya nadie será el mismo”.

He aquí los considerandos -en la versión extensa que hicimos llegar a su director- de la Mención que otorgáramos, en 2018, Ana Guevara, Ángela López Ruíz y este comentador, con motivo de la presentación de Ópera prima a la competencia del 36° Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, dentro de la sección Nuevos Realizadores, en la que oficiáramos como jurado.

Vuelvo sobre ellos en la oportunidad, con motivo del estreno comercial del filme, para intentar desarrollar aquellos, nuestros escuetos pareceres ya sin contexto.

La invitación a emprender el viaje está hecha desde el mismo comienzo: Marcos Banina nos ubica en un avión. La apertura del filme con las instrucciones de seguridad del vuelo, especialmente las vinculadas al uso del chaleco salvavidas en caso de emergencia, parece decirnos algo sobre los peligros latentes en tal empresa. Toda buena aventura los conlleva. Son los riesgos del ir más lejos, distanciarse de la comodidad de lo ya sabido. Hurgar en ellos es la única forma de conocer qué hay más allá. Tal vez los beneficios merezcan la pena.

El viaje exterior pasará por Francia, Croacia, Italia, Cuba -que llega desde el archivo hogareño-, siempre retornando al Uruguay; el interior recorrerá su propia historia personal y familiar, el tiempo pretérito y el actual. Nos acercaremos a sus seres queridos, a cierta parentela lejana, a las convicciones ideológicas que los atraviesan y que parecen atravesar el filme, a sus trabajos previos como realizador, a sus admiraciones cinematográficas…  Todo ello dosificado en pequeños capítulos. Marcos Banina (Uruguay, 1986) hará pública una parte de su historia privada, e intentará que la historia se encuentre con la Historia. Para ello recurrirá a la memoria: la individual, la familiar, la colectiva; apelará a lo que ya sabemos para completar cierta ausencia de datos de contexto.

En el registro del viaje, las imágenes se sucederán, al comienzo, sin que sepamos muy bien qué es lo que las conecta. Asoman como tanteando algo difícil de asir. La voz en off del propio Banina intentará darle forma al relato, hilar los retazos (quizá debería confiar menos en ella y más en sus imágenes). Un escolar refiere, en uno de sus cortometrajes anteriores, a una “rara mezcla” de ingredientes. Banina lo reafirma. 

En determinado momento, surgen en escena las palabras “militancia”, “cárcel”, “desaparición”. Hay allí un quiebre. El relato adquiere nuevas connotaciones. La ideología adquiere otra preponderancia. Hablar de comunismo desde Croacia refiere a otros comunismos allende la vieja Cortina de Hierro. Hablar de resistencia y partisanos como un eje transversal en dicha familia paterna visitada, también. Ciertas trayectorias comienzan a explicarse, también ciertas derrotas.

Mientras tanto, el viaje continúa. El tren recorre estaciones. Y en la imposibilidad de distinguir claramente el paisaje exterior, vemos que el foco no está puesto allí. El primer plano es otro. Los vidrios, por momentos desgastados, por momentos sucios, se transforman en espejo. Allí aparece Banina, reflejado, apenas divisado. Banina se filma a sí mismo. El viaje es interior; intenta explicar para explicarse. Lo que al comienzo fueron referencias a sus trabajos anteriores ahora se transforma directamente en su figura: Banina se muestra. 

El viaje es una búsqueda. Y por búsqueda es que no todo es claro, preciso, directo. Banina da vueltas, como ese hombre lejano que sube las escaleras. Ese hombre con quien posee un vínculo genético pero con el que solo puede comunicarse por gestos o palabras aisladas, en idiomas extranjeros a ambos. Afortunadamente, la cámara deja fluir lo cotidiano, sin juzgarlo. Que acontezca. De todos modos, se evidencia la ternura en el registro, en la mirada. Y el humor se cuela como en la vida misma, facilitando las cosas, colaborando en un devenir menos dramático. Marcos Banina recobra en algo, reedita, la frescura de las imágenes rescatadas de aquellos viejos casetes de la cámara VHS-C de su niñez y primera adolescencia que sus padres compraran en el Chuy.

Aquel tiempo pos dictadura es también el tiempo de cierto confort burgués, expresado en electrodomésticos, vacaciones y alcohol. Nos hace pensar en algo parecido a la “derrota”. Sus padres abandonan la militancia. El comunismo parece ya materia de un libro viejo. Uno de esos a los que Marcos, su hermana y su madre buscan destino cuando la casa de la abuela se pone a la venta. Un nuevo sucumbir: se vacía el hogar casi cincuentenario que vio crecer tantas ideas, tantos sueños, refugio de tantas luchas y esperanzas. Ya nada parece tener vuelta atrás. Lo mismo sucedió con el amor y el matrimonio de sus padres.

“Regional 5 del Partido Comunista, ¿te suena?”, le pregunta el oficial a su padre ante el interés del Dr. Banina en saber si podía adelantarle algo del motivo de su detención. “Ya te va a sonar”, sentencia el gendarme, ante la extrañeza que finge el médico, quien se encontraba de guardia en el Hospital de Clínicas; sitio al que ni siquiera vería nuevamente durante los siguientes seis años. No pudo engañarlos ese día, como tampoco pudo hacerlo durante las sesiones de tortura. El control de la respiración, aprendido durante macabros juegos estudiantiles en sus tiempos de facultad, de poco le serviría para afrontar de mejor manera los “submarinos” a los que sería sometido. Ellos estaban preparados para entender sus artilugios. La víctima relata sin gravedad ni falsa afectación en el decir; aquí no hay golpes bajos. Lo cuenta con el mismo tono con el que confiesa que escribía certificados médicos a sus compañeros como “gauchada”; falsos. Es que las víctimas no se transforman en éticas únicamente por el hecho de ser víctimas. Asoman los errores de nuestra condición humana. Otro punto a favor de Ópera prima.

Banina también nos permite acercarnos a pequeños artificios sobre los que se construye el hecho fílmico, su narración, en este caso. Con ello, parece asumir, parece decirnos, que todo relato es una construcción, incluso los más caros a nuestros intereses. Y que, en el camino de dicha construcción, siempre existen elementos que alguien elige desechar en función de la narración que se propone. Su padre repuja cuero para la cámara; es la primera vez que lo hace desde su salida de la cárcel; Marcos nos lo cuenta: le ha pedido que lo haga mientras relata su experiencia de encierro y sufrimiento. Marcos se lamenta de la imposibilidad de registrar el recuerdo de las vivencias de su padre como si fuera la primera vez que este las sacara a luz. Asume, borgianamente, que lo que escucha es el recuerdo del recuerdo, no el recuerdo de los hechos. Esto es aun peor al momento de filmar, cuando las tomas se repiten unas tras otras con el mismo relato a cuestas. Los hechos ya no son los hechos. El recuerdo de ellos yace también enterrado en vaya a saber cuántas capas de relatos subsiguientes.

Sin embargo, el miedo aun persiste. Marcos invita a su abuela materna a recorrer la casa ya vacía y a recordar cómo “cayó” el abuelo. Ella pregunta si puede hablar abiertamente, si puede abordar todos los temas, si ello no lo pone en riesgo. Banina comparte con nosotros la cocina de sus decisiones: la abuela no sabe si Marcos está filmando o no, habla convencida de que la lente de la cámara está tapada. Marcos nos permite escucharla como al eco de un tiempo que no termina de esfumarse. Su padre y su abuelo materno se conocieron en la cárcel, antes de intuir siquiera que su hija los vincularía, ya desde otro lugar.

Mientras tanto, Marcos Banina sigue apareciendo aquí y allá: ya sea reflejado en los vidrios de los trenes que lo transportan, en los espejos de su niñez, en las viejas fotos recobradas, o como silueta reflejada en las aguas de Marina di Camerota, en Italia; lugar hasta el que llega tras las huellas heridas de la memoria y los pasos del capitán de navío Jorge Tróccoli, uno de los torturadores de su padre.

Sin embargo, no logramos ver su imagen actual, su imagen final. Marcos Banina aun se busca. Su figura definitiva, al igual que la de aquel período de nuestra historia cercana, aun se halla en construcción.

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