Compartir

EL MUNDO EN QUE VIVIMOS Y LA DIRECCIÓN EN QUE VA

 Publicado:  06/02/2019

Desigualdades (II)


Por Nicolás Grab


Conocer y comprender la realidad que nos rodea, en muchos de sus aspectos, se ha convertido en un ejercicio bien difícil. La tarea ya no consiste en informarse y asimilar hechos y datos, contextualizarlos y reflexionar. Ahora hace falta estirar la imaginación para admitir como posibles (y como positivamente reales) aberraciones inauditas y verdades alucinantes. El torbellino de esta realidad que vivimos nos presenta hechos cuya total demencia no captamos cabalmente hasta detenernos a observarla.

Hace tres años publiqué aquí un artículo con los mismos títulos, en que comenté algunos aspectos desconcertantes de la desigualdad en el mundo. Punto por punto, esas monstruosidades de hace tres años son más monstruosas hoy, tres años después.

* * *

Llamemos milmillonarios a quienes poseen una fortuna de más de mil millones de dólares estadounidenses. (Sí: hay gente que tiene más de mil millones de dólares. No es poca y son cada vez más: su número se duplicó en diez años pasando de 1.125 a 2.208. En 2018 aumentaron a razón de un milmillonario más cada dos días.)[1]

La riqueza del mundo concentrada en manos de los milmillonarios es cada vez mayor. No un poco mayor: en 2018 creció un 12%. El patrimonio sumado de los 2.208 milmillonarios en 2018 era una cantidad nada fácil de concebir: 9,1 billones, o sea millones de millones (en inglés: 9.1 trillion). En cifras: $ 9.100.000.000.000. [2] (No las cuente, lector: son 13 cifras.)

Ninguna franja de ingresos se enriquece tanto como esta de los milmillonarios. Del lado de abajo, en cambio, lo que posee en conjunto toda la mitad más pobre del mundo disminuye. Lo que poseen en total esos tres mil ochocientos millones de seres humanos no aumenta sino que es menos ahora que antes. No un poco menos: en 2018, en un solo año, se redujo 11%[3] Es decir: los más locamente ricos aumentan su fortuna, no en mayor medida que los sectores más pobres, sino en contraste con lo que les ocurre a ellos, que por el contrario se empobrecen más.

Esto supone un cambio en el que hay que reparar respecto de la tendencia de las últimas décadas. Esa tendencia ya era desastrosa y exacerbaba la concentración de la riqueza y la desigualdad. El Banco Mundial nos dice[4] que entre 1980 y 2016, en un lapso de 36 años, el 1% más rico de la población se adueñó del 27% del crecimiento económico total del mundo. A la mitad más pobre de la humanidad le tocó, para repartirlo entre todos, un 12%: es decir, menos de la mitad de lo que embolsó el 1% más rico. Si en vez de tomar un período tan largo tomamos los 15 primeros años de este siglo, la mitad más pobre tuvo una participación mísera en la nueva riqueza: ya no recibió 12%, sino 1%. [5] Pero ahora, con los datos de 2018 que ya vimos, hemos llegado a algo cualitativamente distinto. La mitad más pobre no se enriquece ni mucho ni poco. Se empobrece más. (Mucho más, como vimos: perdió 11% en un solo año.)

En el artículo anterior mencioné otro dato inverosímil. Cinco años antes, en 2010, la riqueza de los 388 mayores milmillonarios del mundo equivalía a lo que tenía toda la mitad más pobre de la población mundial. Pero ya en 2015 la cantidad de individuos cuya fortuna hacía falta reunir para que su total equivaliera a lo que tenía esa media humanidad había bajado de 388 a 62; o sea que en cinco años el número se había reducido a la sexta parte. Comenté entonces que, a ese tren, en cinco años más bastarían las 10 mayores fortunas para equilibrar esa balanza. Pues bien: ahora tenemos datos nuevos. El número bajó a 43 en 2017 y a 26 en 2018. [6] Veintiséis individuos, hoy, poseen tanto como la mitad de la humanidad. Ya no hacen falta ni trescientos ochenta y ocho ni sesenta y dos. Veintiséis fortunas (encabezadas por el abanderado Jeff Bezos, el primero de la clase, el de Amazon, que aporta $ 112.000.000.000, ciento doce mil millones de dólares) equivalen a lo que poseen tres mil ochocientos millones de seres humanos.

(Jeff Bezos tomó la punta gracias al mayor enriquecimiento en un año registrado en la historia. De 2017 a 2018 su fortuna aumentó 39.000 millones de dólares.[7] Más de dos tercios del producto bruto interno del Uruguay. Y eso no es lo que tiene, sino lo que aumentó en un año.)

* * *

¿Qué política aplican los Estados respecto de todo esto?

Todo el mundo admite hoy que debe haber alguna relación entre los impuestos que pagamos y la situación económica de cada contribuyente. Hay, desde luego, grandes discrepancias sobre la forma en que se debería distribuir la carga impositiva. Pero nadie discute hoy la idea básica de que la contribución no debe ser la misma para todos, sino adecuada de algún modo a la “capacidad contributiva” de cada uno.[8]

Que las fortunas dementes de los grandes milmillonarios deberían estar gravadas con impuestos en serio es algo que parece bien razonable, y algunos de ellos mismos lo han proclamado, como Bill Gates (el de Microsoft, antecesor de Jeff Bezos como primero de la clase), que ha insistido en la justicia y la necesidad de gravar más las grandes fortunas.[9]

Pero ¿qué muestra sobre esto el panorama del mundo? Y bien: en las décadas en que se gestó y estalló el fenómeno de las riquezas siderales se produjeron grandes cambios en la política impositiva de los países ricos, que alteraron profundamente el nivel del gravamen aplicado a las mayores fortunas.

Sólo que ese cambio no fue en el sentido que por simple lógica cabría suponer. Lo que ocurrió seguramente sorprendería a un visitante marciano de la Tierra, y en realidad debería sorprendernos a todos. Porque ese visitante marciano presumiblemente imaginaría que la aparición de las fortunas milmillonarias dio lugar a que se les aplicasen impuestos más elevados que los vigentes cuando no existían semejantes acumulaciones de riqueza.

Pero hete aquí que no pasó eso. Ocurrió exactamente lo contrario. Ocurrió que los países ricos pasaron de aplicar una imposición bastante importante a las mayores fortunas a darles un tratamiento mucho más benigno. Las oleadas ultrarreaccionarias que encarnaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y las muchas minirréplicas de esos próceres, diagnosticaron que había que liberar la economía de los grilletes que la maniataban, bajando los impuestos… a los ricos. Y lo hicieron. (Como Donald Trump lo ha seguido haciendo.)

Veamos algunos datos.

-   En el conjunto de los países ricos, la tasa más alta del impuesto a la renta (aplicada sólo a la porción de los ingresos que excede del jalón más alto en la escala progresiva) se situaba en 62% en 1970, mientras que en 2013 había bajado a 38%.[10]

-   En Estados Unidos esa tasa máxima llegó a ser del 94% en 1944 y 1945 (años de guerra mundial) y fue todavía del 91% entre 1951 y 1963. Hoy es del 37%.[11]

-   En el Reino Unido esa tasa máxima en 1937 era 66,25%. Con la guerra mundial la llevaron al 97,5%. Después se redujo algo pero los gobiernos laboristas volvieron a subirla entre 1974 y 1978 al 98%. En los años siguientes, Margaret Thatcher mediante, su nivel se despeñó fijándose en 40% en 1988.

-   En Alemania se llegó después de la guerra al 90% entre 1946 y 1948 y desde entonces ha venido bajando al 45%.

-   Los gravámenes sobre el patrimonio representan apenas un 4% de los tributos que se recaudan.[12]

-   Es corriente, en países tanto desarrollados como subdesarrollados, que, si se consideran los impuestos de todo tipo, el 10% más pobre pague ahora un porcentaje mayor de sus ingresos que el 10% más rico. Ocurre, por ejemplo, tanto en el Reino Unido como en Brasil.[13]

Convengamos en que el desconcierto del marciano es comprensible.

* * *

En 2001 las cinco mayores fortunas del mundo sumaban 172.400 millones de dólares. En 2015, más del doble: 376.000 millones. En 2018, 429.000 millones.[14]

El mundo puede vivir crisis y cataclismos pero los milmillonarios no acaban en el asilo. Ya dije esto hace tres años, y repetiré la conclusión:

Podrá haber crisis mundial, y quiebras de colosos financieros, y pústulas de hipotecas basura, y burbujas “puntocom”, y pánicos bursátiles, y desplomes de monedas, y suspensiones de pagos, y efectos tequila o vodka o caipirinha, y corridas y corralitos. Pero los “milmillonarios” no acaban en el asilo. Para los que están arriba, arriba de verdad, los males tienen remedio, o hasta ahora lo han tenido, y hasta pueden venir muy bien. Para algo están las rebajas de impuestos a las grandes fortunas y los créditos de rescate y los paraísos fiscales y las socializaciones de pérdidas y las austeridades y los ajustes y los “paracaídas de oro” y las calificadoras de crédito y los riesgopaíses y todos los inventos que el ingenio crea y los millones compran, y que los lobbies hacen votar y la propaganda y la “información” hacen tragar.

3 comentarios sobre “Desigualdades (II)”

  1. Tan lastimosa como su descripción es el efecto que genera: silencio, indiferencia o tal vez con suerte asombro. A veces, al contemplar la humanidad, pienso que una cirugía extirpò la capacidad de indignarse, de rebelarse. El exitoso cirujano sigue triturado cuerpos, y aquellos aún no logotomizados se van cansando de resistir. Pero su análisis sigue siendo imprescindible para que en algún lado se puedan ver luces encendidas. Gracias

  2. Artículo muy bueno, porque explica con claridad un tema de gran importancia: cómo el creciente éxito de los ricos va acompañado de la decreciente situación
    del otro sector: los no-millonarios.
    Todo esto con el indispensable manejo de los números económicos, elocuentemente descritos.
    Finalmente, la alegría de reecontrarme con el autor, amigo de toda la vida.

  3. Excelente tu artículo. Ahora le toca al lector, sentarse a reflexionar… ¿qué hago con todo esto que me están contando? Dura tarea y van…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *