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“LOS DE ABAJO”

 Publicado:  04/11/2020

¿Novela de la revolución mexicana?


Por  Jorge Meléndez Sánchez


La palabra “revolución”, que va adquiriendo rango histórico, se confunde con una serie de eventos surgidos de la espontaneidad de campesinos y de los motivos por los que actúan. El autor, al describir aquellos protagonistas, tiende un manto polémico sobre su escrito y, durante décadas, fue motivo de censuras políticas que, a la larga, cedieron ante la importancia real de la obra.

El amplio concepto de revolución limita términos de espacio y tiempo, para un proceso con un cuarto de siglo para concretarse, y de una continuidad política, a lo largo del siglo XX, para condicionarse. Para nadie es secreto que la revolución se hizo en jalones permeabilizados por el caudillismo, por las ambiciones y por una realidad nutrida de posibilidades socioeconómicas. La evaluación de esta situación ya la han trabajado historiadores norteamericanos, muy autorizados por su idoneidad y objetividad.

La inspiración de novelistas ha escarbado la esencia del término revolucionario y ha ofrecido oportunas y valerosas reconsideraciones, en diferentes momentos y circunstancias. Ningún país como México, tan dado a la autocrítica (hasta el punto de dejar en ascuas al extranjero que se sorprende con el nacionalismo orgulloso y desafiante), para que sean sus escritores los mejores descubridores de las fallas humanas, sucedidas en todo el proceso. Un estado de madurez surgido del poderoso impulso a los recursos educativos y creativos, que se expresaron a lo largo del proceso, conocido como período revolucionario, puede explicar la libertad de los intelectuales en su juicio; quienes entiendan mejor esto, pueden ampliar la mención a ello y satisfacer la curiosidad.

Quienes nos asomamos a ese mundo enaltecido en la memoria Azteca y Oaxaca, podemos sorprendernos de un nacionalismo que recibimos en el cine mexicano y que, con todo su arte, recibimos en letra y música, de canciones inolvidables. De esto se ha hablado bastante, pero el trasfondo revolucionario y la forma de mostrar sus caudillos no dejan de ser tenidos en cuenta, para entender el mensaje de una violencia que retaba a las autoridades y a la justicia en general. El mundo de México, mostrado con lo que hace referencia a la revolución, se transformó en excusa de pedagogía para la crítica social y sus diferentes formas de expresarla.

El profesor Ángel Rama, notable crítico uruguayo, en los años de la consolidación del boom literario latinoamericano y, siendo más puntuales, de la publicación de Cien Años de Soledad, en una serie de conferencias en el auditorio de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia, en 1969, retrotrajo, en la presentación de las literaturas nacionales, la producción que se anticipó a los nuevos creadores. Allí reaparecieron los nombres de Jorge Isaac, de José Eustacio Rivera, de Jorge Luís Borges, de Miguel Ángel Asturias, de Rómulo Gallegos, de Jorge Icaza, de Pablo Neruda, de Ciro Alegría, en fin, antecedentes válidos del inventario que, en ese momento, adquiría carnet de presentación en el mundo europeo, por decir lo menos. En ese inventario, se exponían los novelistas de la revolución mexicana, con especial dedicación, lo cual nos permite ahora retomar su análisis y valorarlo como corresponde.

Para Ángel Rama, la novela de la revolución mexicana tenía tres exponentes destacables: Mariano Azuela, Juan Rulfo y Carlos Fuentes. Los detalles de este ensayo, en este momento, destacan que Azuela había producido su novela en 1915, y que, por ello, el boom sería más un producto publicitario de la coexistencia pacífica que un encumbramiento real de la novelística nacional. Además, el análisis ideológico buscaba explicaciones en el universo socioeconómico en el cual se habían escrito aquellas obras.

Se trataba del redescubrimiento de América Latina, bajo los signos impetuosos de su angustia política, colmada de inconvenientes propios y ajenos. Las naciones mostraban airosas sus descalabros en el desarrollo y se abrían camino, expresándose con entusiasmo ante las novedades mundiales, que despertaban a cualquier observador. Cada fracaso tenía sus formas expresivas y derivaban en argumento de justicia y de motivos para entender el fenómeno cercano de la revolución cubana, concomitante con el boom.

Queríamos decir, en nuestro subcontinente, que teníamos forma de contemporaneidad con el mundo en los aspectos fundamentales de la lección triunfante en la Segunda Guerra, donde el desparpajo fundacional de la exclusiva modernidad cedía a los ruidos de bombas, a los sacrificios inútiles y al desistimiento de reconocer la identidad ajena. América Latina, airosa, buscaba el reconocimiento, en el menú, de sus propias aspiraciones. La revolución cubana apenas era la voz de alarma, en manos de barbados y rugientes comandantes.

Ante aquello, la diplomacia norteamericana, con un claro sentido de realismo identificador de los reclamos del desarrollo socioeconómico, respondió a los cubanos con la Alianza para el Progreso. La respuesta imitaba en sus grandes rasgos al Plan Marshall, con el cual se buscó la reconstrucción de la Europa destrozada por la Segunda Guerra. La propuesta para nosotros pretendía aclarar las condiciones del desarrollo, muy propias, limitadas en su infraestructura fundamental.

La insatisfacción de los impacientes y el oportunismo de los grupos dominantes restableció el antiguo reclamo de las clases sociales y la actualización de métodos represivos, salidos de la creciente influencia norteamericana y, con ello, la propuesta implícita de la mirada a la URSS y a la China que inauguraba Mao Tse Dong. Este contexto de la influencia internacional remite a los ejemplos históricos, originados en las latitudes distantes, que permitían sueños y decisiones irregulares, fríamente esperadas para estremecer nuestras montañas, primeramente, y nuestros suburbios de los centros industriales. Lo de Cuba era un caso extraño para quienes estaban incapacitados para entender, un supuesto arrojo, con el desafío a Estados Unidos y el entendimiento con los soviéticos, en condiciones claramente belicistas.

En el complejo contexto político, la función de la literatura se vio en las condiciones emergentes de la sociedad. La evaluación de ello forma parte de la historia, y muchos profesionales de la disciplina se han lanzado a dar sus propias conclusiones. La literatura, la del boom, contó con la simpatía de muchos autores en sus mocedades, y luego, con muchas reconsideraciones, que mostraban la desilusión con la experiencia; no diremos más, por ser tema inoportuno en este momento.

Así entendimos la clasificación que nos ofreció Ángel Rama de la novela de la Revolución Mexicana. La visión clasista, en su análisis, resultaba clara y concisa. La situación clasista mostraba a los autores en su proyección:

1°- La obra de Carlos Fuentes La muerte de Artemio Cruz, desde luego, tenía los visos de la derecha culta. El enriquecido hijo de un embajador de la República Mexicana podía darse el lujo de mostrarse “aperado” con su amplia cultura, recibida de notables centros educativos. De pronto, aquella afirmación no hacía justicia al talento y dedicación, pero, como decimos sin más, era el tiempo latinoamericano; irónicamente, “ese tiempo”, en abstracto, que en sus investigaciones y expresiones nacionales enriqueció tanto sus puntos de vista sobre México.

2°- La obra de Juan Rulfo, principalmente Pedro Páramo, contenía la visión de la izquierda. Zurdazo inapropiado, pero coincidente con la temática de la pervivencia del purgatorio popular en los bordes de la sustancia inapelable, en los reclamos a los dominadores de la notoria revolución. El sabor que le da Rulfo al fenómeno social tiene sus límites cronológicos y espaciales. Para ubicarlo, y para muchos, el surrealismo es acaso la misma expresión de continuidad de un desempeño histórico que dobla la vigencia de la desigualdad y la mantiene en el inframundo de su misma vida.

3°- La obra de Mariano Azuela Los de abajo, con sus motivos desafiantes y su experiencia, realmente asfixiada por el oportunismo y la continuidad del conflicto, dan la visión de la clase media, según la anotación de Ángel Rama. Como advertimos, la fecha de edición de la obra es maravilloso anticipo del boom y, de pronto, valerosa expresión del valor histórico de los eventos narrados. Indudablemente, el autor puede verse dentro de la clase media, pero con la experiencia del realismo, resaltado por vivencias y por la ficción que lo llevaba en su punto de vista liberal, en el sentido noble del término, con el perdón de los neoliberales.

Vistas así las cosas, el estructuralismo social facilita la comprensión del universo novelístico, al menos, como punto de partida. Para un historiador, en su lectura de la novela Los de abajo, la motivación se encuentra en una interpretación del mensaje que trae y que sucumbe ante las acciones de los seres humanos. Los múltiples factores que permiten una nueva presentación del tema parten del aporte de la edición crítica ya mencionada y de una forma de comprender el contexto destacado por Mariano Azuela.

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