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DE SOLER PUIG A LOS NOVÍSIMOS

 Publicado:  06/02/2019

Sesenta años del 1º de enero de 1959


Por Miguel Millán Sequeira


Llegué a La Habana en los últimos días de 1976. Recientemente habían creado el Ministerio de Cultura, al frente del cual estuvo muchos años Armando Hart Dávalos (1930-2017), dejando atrás al Consejo Nacional de Cultura dirigido por Luis Pavón Tamayo (1930-2013). Estos datos los fui enhebrando con el paso del tiempo.

Entré a la Facultad de Filología (después se denominó de “Artes y Letras”) de la Universidad de La Habana en 1978. Mi primer trabajo monográfico lo hice con un poema del viejo maestro uruguayo Alfredo Gravina en la materia “Metodología de la Investigación Literaria” con el profesor Salvador Redonet (1946-1998). En esa misma circunstancia comentábamos con otros colegas estudiantes el trabajo que cada uno tenía entre manos. Recuerdo uno. En voz baja: “Aquel”, y me señalaron a un alumno, muy aplicado, un poco mayor que el promedio, “eligió Paradiso de Lezama Lima”; luego no supe más de él pues no volvió al segundo semestre.

Antes de sumergirme en la lectura y estudio de las letras cubanas, realicé otro trabajo de curso dedicado a Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti como parte de la materia que impartía el mismo profe Redonet. Rondaba la nostalgia por Santa María aunque peleara con sus fantasmas.

Era el tiempo de Consagración de la primavera (1977) de Alejo Carpentier (1904-1980), pero algunos profesores con los que intercambiábamos lecturas y comentarios en los recreos nos señalaron que debíamos leer al mejor Carpentier: Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962). El maestro Gravina vuelve con sus acotaciones salpicadas del gracejo del barrio y el boliche oriental: “Llegué hasta la página ochenta y sigue describiendo la ciudad de las columnas. ¿Lo único que hay en La Habana son columnas?

La parte letrada y lectora de la colonia uruguaya en La Habana se hizo adicta a El pan dormido (primera edición 1975) del santiagueño José Soler Puig (1916-1996), impulsados casi seguramente por los comentarios elogiosos vertidos por Mario Benedetti en distintas revistas especializadas de la Isla.

El pan dormido es una novela de las llamadas de iniciación, los recuerdos infantiles en la panadería de sus padres durante la dictadura de Machado, década de 1930. Una narración morosa dentro de un realismo social influido por lo mágico o maravilloso del “boom”.

Leí todas las novelas del afable santiaguero, investigué su producción y terminé haciendo la tesis de grado, enfocado en el análisis del narrador de Un mundo de cosas (1982). De esta manera me recibí en julio de 1984, licenciado en filología, especialidad literatura cubana.

Un mundo de cosas instala el relato en la frontera entre la Colonia y la primera República cubana, vale decir: finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Como estudiante, el entusiasmo por la obra de Soler me llevó a correr como caballo desbocado y en el primer borrador de aquel trabajo desparramaba ditirambos respaldado en los comentarios de Benedetti: sostuve que era el mayor narrador de la revolución, a la altura de Carpentier. Y lo afirmaba más de diez veces a lo largo del texto de unas cien páginas.

Entre la tutora, la doctora Dolores Nieves, y la oponente, también doctora Ana Cairo, lograron hacerme dudar, y, ante la duda, decidí recurrir a una vieja profesora, una de esas profes sagradas, Beatriz Maggi (1924-2017), especialista en W. Shakespeare, doctora en filosofía y letras, quien escuchó atentamente, puso mirada gélida y luego espetó: “¡Creí que usted era más inteligente!” Las dudas se agigantaron en medio de semejante revolcón intelectual. La doctora Maggi era de una probidad y justeza en sus asertos, de una exigencia y autoexigencia a prueba de toda duda. A lo largo de su extensa labor como profesora de la Facultad de Artes y Letras solamente aceptó el papel de tutora de tres trabajos de tesis.

La confirmación de aquellas dudas se reforzó cuando profundicé la investigación. Allí nomás, algunas evidencias estaban en la propia familia del viejo José Soler Puig, su hijo Rafael (1945-1975), muerto tempranamente en un accidente, había publicado un libro de cuentos, Noche de fósforos (1974), que fue considerado el antecedente de la llamada “literatura de las becas” o como los bautizó el profe Salvador Redonet: prólogo de los “novísimos” narradores cubanos. De esa nueva temática, la de las becas estudiantiles, saldría el guion de la película Fresa y Chocolate del escritor Senel Paz.

En la cultura literaria cubana de la década de 1980 ocurrían fenómenos subterráneos, una lucha, tal vez ciega y sorda, entre lo “viejo” y lo “nuevo” o entre lo admitido oficialmente y un movimiento que estaba naciendo inspirado por maestros que habían permanecido en la marginación; el más paradigmático: Virgilio Piñera (1912-1979), representativo de una parte incuantificable de artistas e intelectuales.

A modo de ejemplo de lo que todavía no salía a la luz pública hasta 1985, Leonardo Padura aún no era el escritor multipremiado, dentro y fuera de Cuba, escribía en El Caimán barbudo, revista cultural que salía en soporte papel desde el año 1966 y que luego de la implosión de la URSS volvió a salir en soporte digital.

Los contemporáneos de Padura, e incluso los más jóvenes, irrumpieron en la escena literaria cubana como los “novísimos” y más tarde las creaciones homoeróticas.

Desde 1985, cuando volví a mí tierra oriental, no he vuelto a Cuba; por eso, una parte de la obra de estos escritores he podido leer desde la distancia, en kilómetros y comunicación. En estas páginas he glosado a algunos, entre otros, Ena Lucía Portela (nacida en el año 1972) y su novela Djuna y Daniel (2008).

Otra característica de estos “novísimos” y las sucesivas generaciones de creadores literarios cubanos: comenzaron a ser publicados en el extranjero aunque permanecieran viviendo en la Isla.

En el año 2016, con motivo de cumplirse el centenario de José Soler Puig, se constituyó una comisión nacional de homenajes, encabezada por los investigadores, profesores universitarios, Luis Álvarez (1951) y Aida Bahr (1958).

Se volvieron a editar sus cinco novelas fundamentales. La primera de ellas, Bertillón 166, es estudiada en los programas de enseñanza secundaria. Esta novela recibió el premio Casa de las Américas en su primera edición del año 1960. La trama novelesca es un día en la vida del pueblo de Santiago de Cuba en los meses finales de la dictadura de Batista.

Según los estudiosos de su obra, Bertillón es la más conocida por aquella circunstancia de estar incluida en los programas de enseñanza, pero eso no significa que sea leída. Y tampoco el resto de su obra había sido, hasta el año de los homenajes, motivo de estudios a nivel universitario. El centenario sirvió para que se realizaran coloquios y tesis de grado sobre distintos aspectos de la obra del santiaguero.

Cito de memoria algunas de las revelaciones del viejo Soler regadas en muchas entrevistas a las que generosamente se sometía. Fue autodidacta y algunas de las enseñanzas que se autoimpuso: copiar a mano Los miserables de Víctor Hugo, para ver qué se sentía físicamente al escribir tantas páginas, o reconocer que leyó infinidad de veces El reino de este mundo de Alejo Carpentier para desentrañar los misterios de semejante creación. También reflexionó que cuando una cocinera cubana se dispone a hacer un ajiaco seguramente emprende la misma combinación de tradiciones y conocimientos que, quizás, debió realizar Lezama Lima al escribir su Paradiso.

¿A quién le puede inquietar todo esto? A mí, sí.

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