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OMNIPRESENCIA DE LAS IMÁGENES

 Publicado:  06/05/2020

Construcción, destrucción y significación ideológica


Por  Carmen Canavese


Introducción

La repetición es constante: “vivimos en un mundo inundado de imagenes”. Afirmamos que están en todos los sitios, reales y virtuales. Desde las publicidades, con el eslogan “la imagen lo es todo”, “la primera imagen es lo que cuenta”, hasta el propósito que tienen las aplicaciones de Instagram, Twitter, WhatsApp, donde captar el momento, subir la historia, colocar el estado, entre otras, forman parte de las prácticas de difusión de imágenes. 

Advertimos verdaderos canales de circulación instantánea de imágenes en cantidades inimaginables: sin filtros o alteradas, polémicas, cuestionadas, adoradas, seguidas, satirizadas, viralizadas... pueden ser gloria por unos instantes o ser descarte, desapareciendo de repente. Se visualizan, comparten, etiquetan, siguen, publican, descargan... en una vidriera de pantallas a ritmos vertiginosos. Son reales o ficticias, son individuales o colectivas, de personas comunes y de aquellas de público conocimiento, en lo íntimo y en lo público, desde el accidente trágico hasta la celebración de acontecimientos políticos, culturales, sociales, deportivos... entre tantos otros.

Evidentemente, las imágenes forman parte de nuestra cotidianeidad, y se hace imperioso preguntarnos: ¿qué contenido hay en ellas? ¿Cuáles son los objetivos tras el envío?¿Todas tienen igual validez? ¿Es la estética o el contenido lo atrayente? Probablemente más preguntas atraviesen este aluvión de representaciones gráficas que llegaron en masa para quedarse. Hay una historia en cuanto a los soportes, que van desde los muros, pasando por la tela en el caballete, la fotografía y la diversidad de aparatos existentes hoy, como los smartphones. Aunque en esta ocasión pretendo ir hacia el pasado, para luego, en próximas entregas, aportar alguna mirada más sobre el impacto de este fenómeno iconográfico actual.

¿Qué es una imagen? Ir al diccionario de la Real Academia Española (Dle RAE) es un comienzo necesario para situarnos en las dimensiones de un concepto que parece tan inaprehensible como omnipresente. El diccionario ofrece dos acepciones generales muy distintas. La primera es: "Figura, representación, semejanza y apariencia de algo”. La segunda: "Estatua, efigie o pintura de una divinidad o de un personaje sagrado”. También refiere al dominio de la óptica: "Reproducción de la figura de un objeto por la combinación de los rayos de luz que proceden de él”. Y por último, un uso referido a la retórica: "Representación viva y eficaz de una intuición o visión poética por medio del lenguaje”. 

Otra arista para analizar proviene del lugar de la credibilidad de la imagen a lo largo del tiempo, desde la veracidad incuestionable hasta la instalación de la duda constante, especialmente luego de la intervención digital. Ese “pacto de credibilidad” del que hablaba Roland Barthes en “La cámara lúcida” ha dado lugar al cuestionamiento tras las prácticas de modificación tecnológica al alcance de todos.

Las imágenes y su poder: construcción y destrucción

La imagen, particularmente la sagrada, por contener referencias religiosas, ha estado condicionada por su carácter de instrumento de poder, de control socio-cultural y también político a lo largo de la historia de la humanidad. La imagen cristiana ha realizado un arduo recorrido por el pasado de Occidente, desde su carácter de pagana hasta su oficialización. Su marca de nacimiento en Occidente surge con la condena, dada la prohibición y persecución de los símbolos, imágenes e ideas de los primeros cristianos durante el Imperio Romano, para luego transitar hacia la legalidad dogmática, haciendo carrera por convertirse durante la Edad Media en una institución: la Iglesia Católica Apostólica Romana construyendo su jerarquía eclesiástica.

En una época donde la mayoría de la población era analfabeta, el “catecismo en piedra” de las esculturas en las grandes catedrales, puso el arte al servicio militante de la religión en el siglo XII con el esplendor del Románico, para catapultar la Iglesia a su prédica triunfante en el siglo XIII con el Gótico. Llegará pues, nuevamente, la condena y la división de la mano del protestantismo durante la Reforma religiosa. 

Desde la Antigüedad a la Época Moderna el arte, en sus manifestaciones plásticas y arquitectónicas, fue el estandarte del poder ideológico tanto de monarquías como del cristianismo occidental. La Época Contemporánea marca una diversidad creativa, producto de una multicausalidad muy interesante: la fotografía, el cine, el afiche, el cartel publicitario acompañan dichos cambios. La democratización de los gobiernos, el auge capitalista, la industrialización, la manipulación de la información desde la libertad de expresión, de prensa y de reunión, los dispositivos que transmiten la información, posibilitaron que el arte también sufriera cambios en su concepción y en sus postulados creativos. 

La ubicación espacial y temporal donde se producen los acontecimientos protagonizados por el ser humano atraviesa la imagen; toda creación está influenciada o provocada por el contexto histórico que la sustenta. La imagen sagrada sigue siendo en algunas culturas un elemento de peligrosidad, cuya sola presencia es provocativa.

La imagen cumplió su función mimética[1] hasta el siglo XIX; desde allí en más fueron adquiriéndola los dispositivos que permitían representar la realidad tal cual era, liberando así a los artistas plásticos que transitaron en la búsqueda de otros lenguajes y otras maneras de expresar sentimientos, sensaciones y miradas del mundo que los rodeaba.

Estos aparatos, a fines del siglo XX también atravesaron cambios, fueron perdiendo su mímesis y poniendo en tela de juicio su credibilidad, a partir de que sus producciones sufrieron manipulación digital.

La imagen sagrada fue en sus orígenes objeto de veneración como también advertencia, castigos divinos que caerían ante los pecados humanos. 

Aunque sabemos que las sagradas escrituras nada nos dicen acerca de la fisonomía de Cristo, y que el Dios mismo no puede ser representado en forma humana, y aunque sabemos que fueron los artistas del pasado quienes primeramente crearon las imágenes a las que nos hemos acostumbrado, muchos se inclinan todavía a creer que apartarse de esas formas tradicionales constituye una blasfemia. (Gombrich, 2008: 30)

La decoración pictórica del ábside de San Clemente de Tahull, realizada por el Maestro de Tahull hacia el 1123, aproximadamente, responde a una de las imágenes del Románico característica de la zona limítrofe entre España y Francia, donde cada 25 kilómetros se erigió una catedral románica. Cristo triunfante, en traducción visual de los textos del Apocalípsis de San Juan, llega por segunda vez a la Tierra flanqueado por los cuatro vivientes evangelistas en el fin de los días.

En esta expresión plástica del siglo XII europeo, durante el auge del Románico, es el interés y la necesidad lo que aguza el sentido de la simbolización y la importancia de la imagen.

No es fácil imaginar hoy lo que significaba una iglesia para la gente de aquella época. Tan solo en algunas antiguas villas de regiones agrícolas podemos vislumbrar algo de su importancia. La Iglesia era a menudo el único edificio de piedra de los alrededores, la única estructura considerable en varios kilómetros a la redonda, y su campanario era un hito o señal para todos los que se acercaban desde lejos. (Gombrich, 2008: 171)

Detalle de la representación de Cristo del Ábside de la Catedral de San Clemente de Tahull.

La mayoría de la población residía en el área rural y la iglesia se erigía como el único edificio de piedra existente en muchos kilómetros. Allí se congregaba los domingos, el repicar de sus campanarios anunciaba momentos del día y fechas importantes para la comunidad, como también llamaba para contribuir con su ornamentación. Ser parte de la Iglesia era ser congregado, era sentir la pertenencia. El Cristo en Gloria rodeado de los símbolos de los evangelistas en el tímpano por encima del dintel, era una excelente elección para materializar un lugar para el “catecismo en piedra”, para transmitir enseñanzas religiosas.

Durante la Edad Media en Occidente se entronizó el cristianismo como fe religiosa omnipresente, como lo establece Gombrich en su Historia del arte en los capítulos “La iglesia militante” y “La iglesia triunfante”, dedicados al estudio de las imágenes durante los períodos artísticos de los estilos Románico y Gótico. Los maestros artesanos de ese tiempo se hallaban en camino de escribir, mediante imágenes, formas simples y colores puros, líneas cargadas de simbolismo que los teólogos remarcarían en sus sermones.

La imagen ha estado inscripta en nuestra cultura occidental desde que el hombre sintió la necesidad de realizar representaciones en material concreto, las que quedaron como huellas indelebles para la posterioridad. Una manipulación sagrada desde épocas remotas ha proyectado sus acciones en función del temor o las esperanzas que las imágenes despiertan en los devotos.

En este caso, el Cristo aparece simétrico, la ausencia de naturalismo y los colores fríos ayudan a la representación de un hombre vigilante, con seño severo, de mirada inquisidora y con gesto que exige no desviarse del camino de Dios. La mano levantada y las sagradas escrituras complementan un catecismo que se traduce en lo pictórico sobre los muros, para ser interpretado por una masa analfabeta que buscaba en esos recintos sagrados el perdón de los pecados y la salvación de sus almas. Las imágenes infundían temor, tanto el miedo al infierno como a los problemas cotidianos de ese mundo medieval: la guerra, la peste, el hambre y las invasiones provocaban en los fieles la necesidad de estar cerca de la Iglesia como único elemento de seguridad, salvación y verdad incuestionable.

El nacimiento de la imagen y su poder se dio desde la mímesis, y la genialidad de los artistas se lograba tras comprobar que mediante ciertos recursos lograban representaciones que superaban a la naturaleza misma. En este estilo en particular, el Románico renuncia a la mímesis, a la imitación de la realidad tal cual, porque es más importante la simbolización de las imágenes y no la representación exacta de la realidad. Y lo mismo que con las formas ocurrió con los colores. El empleo del oro brillante, los luminosos azules, los colores intensos, el rojo encendido, señala que esos maestros hicieron buen uso de su independencia de la mímesis. El verse libres de la necesidad de imitar el mundo de las cosas visibles fue lo que les permitió transmitir la idea de lo sobrenatural.

Mientras que el maestro románico hizo figuras sólidas, rígidas y repetidas para dar cuenta de la necesidad de afianzar el catolicismo pétreo en los creyentes, el maestro gótico dio vida a las imágenes, les dio movimiento y vínculo entre sí. Entendió que su labor no era reproducir símbolos sagrados o evocaciones solemnes, sino seres con espíritu, figuras válidas en sí mismas, con individualidad. El maestro gótico dotó de vida dichas imágenes. A través de ellas la mímesis obtiene su lugar nuevamente en la historia del arte. “La imagen como reflejo, copia, imitación de algo que no es ella misma. Una cualidad de «estar en el lugar de», un aspecto del mundo real que está lejos o ausente” (Dle RAE).

Al comienzo hicimos referencia a las transformaciones posibilitadas por lo digital; sin embargo, hay ejemplos desde la Antigüedad que materializan el deseo de dotar de intencionalidad a las creaciones humanas. La manipulación sagrada ocurrió desde épocas remotas, los creyentes han proyectado sus acciones en función del temor o las esperanzas que las imágenes devotas les han despertado. La historia da cuenta de que la destrucción de imágenes, libros, estatuas, monumentos, instrumentos de veneración o identitarios de un pueblo, se sustenta en una intencionalidad ideológica desde el poder.

Utilicemos en esta oportunidad el ejemplo de lo acontecido en el valle de Bamiyán en Afganistán, donde la destrucción y el vaciamiento de imágenes lleva al dominio de un pueblo.

Buda esculpido en el acantilado de Bamiyan.

La intención de destruir estatuas para acrecentar la plena presencia del Islam en la región es una práctica recurrente de los talibanes desde 2001, cuando tomaron la decisión de terminar con los ídolos que no fueran aceptados por el Corán. Los Budas de Bamiyan durante 2000 años dieron cuenta de la multiculturalidad de esta región de Afganistán, hasta que la manifiesta intolerancia político-religiosa fue contra ellos. Esas obras de arte consideradas preislámicas fueron parte de una destrucción masiva, ignorando que dichos monumentos fueron considerados patrimonio de la humanidad por parte de la Unesco.[2]

Desde la polémica y la lucha internacional, durante dieciocho años se estuvo debatiendo entre la reparación y la restauración. Se han logrado “reparaciones” a la memoria patrimonial de la humanidad mediante el uso de los recursos tecnológicos para enmendar la destrucción iconoclasta de lo que los talibanes entendieron contrario al Corán. Así lo prueba la proyección de luz en 3D que representa a los budas en su tamaño de 55 y 38 metros. En 2015 se proyectó por primera vez; luego, Janson Hu y Liyan Yu, acaudalada pareja china, donó el equipo necesario para ello al Ministerio de Cultura de Afganistán. La mayoría de los arqueólogos se oponen a la restauración dado que el daño fue muy grande y es imposible solventar los gastos. Otros argumentan que la propia destrucción se ha convertido en un monumento histórico y que las ruinas deben conservarse tal como están, como un recordatorio palpable de la iconoclasia talibana.

Rossana Reguillo (2016)[3] analiza la construcción de la diferencia, haciendo alusión al pasado colonial y a la proliferación de estudios que contenían investigaciones respecto a la otredad, muy similares a como hoy se nos presentan estos sucesos:

La intolerancia estética tiene violencias terribles. La aversión por los estilos de vida diferentes es, sin lugar a dudas, una de las barreras más fuertes entre las clases (…) Y lo más intolerable para los que se creen poseedores del gusto legítimo es, por encima de todo, la sacrílega reunión de aquellos gustos que el buen gusto ordena separar. (Bourdieu, 1998: 55)

Lo distinto, con una escala de valores diferentes a la nuestra, aparece con rasgos de crueldad y extrañeza. Según Reguillo los medios de comunicación van construyendo miradas estigmatizadoras; la televisión se dice que tiene el poder de “demonizar”  los contenidos y, a su vez, el de naturalizar ciertos términos para hacer referencia a grupos, entidades o lugares que dan cuenta de una peligrosidad en aumento.

Desde el siglo XIX se sucedieron tratados e investigaciones que daban cuenta de la superioridad del hombre blanco, de la necesidad de la civilización llevada al mundo profano y pagano por el cristianismo en su misión evangelizadora. Cada diferencia encontrada contenía un aval científico en cuanto a aspectos físicos, intelectuales, tecnológicos y culturales.

Hoy en día, sucesos como la destrucción de monumentos por orden del gobierno talibán nos llegan vinculados a otros aspectos de parte de su cultura y de sus acciones. Trascurren atentados en diferentes sitios del mundo, los medios los califican de “terroristas”, y por ende: enemigos del mundo entero. No importa su filiación nacional y se encuentran condenados por creer en Alá, usar turbantes y hablar en árabe.

Más grave todavía es cuando ciertas imágenes se banalizan de tal manera que el terror fundado en la gravedad de la situación, en la presencia de la destrucción, opera como dispositivo de persuasión para legitimar una práctica que desde el gobierno es aceptada y empleada, fundamentada ideológicamente.

Las imágenes citadas están cargadas de sentido, desde la necesidad de legitimar el poder religioso, de cargar de sentido al dogma que se pretende sostener en los fieles... Desde el poder político y desde el poder religioso, la permanencia o destrucción ha estado basado en la esperanza y el temor. La existencia o no de la imagen se fundamenta en la persistencia de la memoria. La misma se impregna de validez en los individuos al ser contemplada, como el Cristo románico. Si no está, no existe; de allí la decisión de los talibanes de terminar con los ídolos budistas. Aunque aún pueden materializarse en la memoria las emociones y sensaciones que contribuyen al recuerdo, al deseo de su existencia.

A modo de cierre:

La historia de la humanidad está acompañada por una sucesión de imágenes que le dan sentido a cada época. El hombre ha sentido la imperiosa necesidad de simbolizar, representar, identificar o simplemente dejar huella de su paso por este mundo, por lo que sintió la necesidad de dar “una función” a estas representaciones que caracterizan las estructuras en las que estas imágenes tuvieron su nacimiento. Estas marcan la identidad de un pueblo que se construye y se de-construye con el tiempo, para ser reconocido por otros seres en función de unos significados que se fueron dando forma desde la subjetividad de quien los creó, los observó y quiso dotarlos de vida nuevamente. Ninguna imagen persiste en el imaginario colectivo sin una intencionalidad.

Se entiende que la imagen como instrumento de poder, a lo largo de la historia, debe destruirse o debe prevalecer. En el caso de la desaparición de los Budas, fue una legitimación desde el poder político y religioso de los talibanes hacia lo otro. La otredad, aquello que amenaza por su sola existencia se constituye en peligro ideológico, recibiendo clasificaciones de “extrañeza”, “diferente”, “rareza”, por lo que se promueven actos destructivos hacia ella. La finalidad: mirarse hacia adentro en función de reconocerse como lo único verdadero.

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