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COMO UN HURACÁN

 Publicado:  06/02/2019

El rayo


Por Eduardo Platero


Como un huracán, las Fuerzas Conjuntas irrumpieron en nuestra casa y en nuestras vidas. Como un huracán que todo lo destroza a su paso.

La inseguridad era el “cuadro general” en medio del cual íbamos construyendo nuestras vidas.

Podría seguir tratando de comunicarles mi dolor. Mi actual dolor por lo que sucedió hace medio siglo, pero eso no tiene importancia y “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…”. Y “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. Y todo lo demás.

Hacía calor, el Veranillo de San Juan había llegado puntual, pero después, lo recuerdo, ¡llovió e hizo un frío terrible!

Era lunes, el domingo habíamos invitado a almorzar a los padres de Raquel y a mi madre para celebrar mi cumpleaños que caía el miércoles. ¡Todo un éxito! La comida, la sobremesa y el ambiente general.

Ese lunes había conseguido a buen precio, con un vendedor amigo del Negro Ortiz, dos camisas blancas y había cobrado “la opereta” en la Caja Nacional. Cada oficio exige un uniforme y yo necesitaba “buena presencia” para andar por las oficinas. Empezando por un portafolio de apariencia imponente que Nahir, una amiga y compañera de trabajo mía, me había traído de Buenos Aires.

¡Había que ver cómo impresionaba el “clic” del cierre! Los mangos de la opereta estaban destinados a un saco azul y un pantalón gris para complementar el “uniforme” de gestor exitoso. Rotoso te desconfían y te pagan menos.

La apariencia es todo.

Siete años después, esos mangos se convirtieron en una suma impagable. Entre esa deuda y lo que la Dictadura pretendía cobrarme por “la estadía”, porque te cobraba las “expensas carcelarias”, debía más de lo que le costó a Peñarol traer a Morena de vuelta. Como si de hoteles se tratase te cobraban la estadía. A un precio el de cuartel y a otro, mayor, el que uno pasaba en el Penal.

Eso sí, omitían el período de “desaparecido”. Es decir el que iba desde tu detención efectiva al momento, tiempo después, en que el Juez Militar de Instrucción tomaba cartas en el asunto.

Oficialmente los “desaparecidos” nunca estuvieron detenidos, ningún juez tuvo conocimiento oficial de que estabas detenido y torturado. Con lo cual ellos quedaban eximidos de cargar con alguna responsabilidad por lo que hubiese pasado.

Así como la dictadura era “un Proceso”, la tortura oficialmente no existía. ¡Y siguen insistiendo con eso!

Luego de cenar Raquel aprontaba las clases para el día siguiente y yo preparaba mi trabajo de amanuense. Llenaba los formularios y separaba el dinero de cada pago en la DGI; juntaba los embargos que tenía que revisar para descartar o no y planificaba las vueltas a dar. Ya era una costumbre.

Cuando ya estaba por acostarme, un batifondo desusado en aquel edificio tan tranquilo me llamó la atención y miré por la persiana hacia la calle: todo un despliegue militar.

Hay que hacerse al cuadro, a la vez ridículo y amenazante. En la esquina de Andes y San José había entonces tres boliches, todos con mesas en la vereda repletas de parroquianos tomando cerveza y comiendo piza y, de pronto, habían irrumpido unos uniformados que se parapetaron detrás de los árboles con sus carabinas apuntando al edificio donde yo vivía. Algunos “cuerpo a tierra”, cubriendo posibles huidas a pie, y otros apuntando a las ventanas.

A la gente sentada en la vereda no la habían desalojado y contemplaba aquello sin saber muy bien qué hacer. Me quedó grabada la cara de un señor con la piza a medio camino entre el plato y la boca, que abría y cerraba sin saber qué pasaba.

La patota encargada de detenerme entró aporreando puertas a los gritos porque tenían el dato del edificio pero no el del apartamento. Una bandada peligrosa era. Convencidos de su heroísmo y a sabiendas del peligro que encarnaba la detención, venían “con cara de guerra” y las armas prontas a disparar.

Estaba claro que no era una redada común y lo más peligroso era su propia exaltación. Una persona recargada de adrenalina siempre es peligrosa y una patota, armada y con la seguridad de salir impunes de cualquier atrocidad lo era aún más. Así que les abrí la puerta tranquilizándolos y ellos, como un torrente, desbordaron en mi casa.

Cuatro uniformados, carabina y bota larga y cuatro de civil con sus armas cortas. Pistola Colt 45, reglamentaria en el Ejército, Walter P.38 de la Marina y la Smith & Wesson, ñato, que tanto me había atraído en nuestras entrevistas con el Cnel. de la Aviación Pace. Todavía estoy por saber si 38 larga o 357 Magnun. Un arsenal completo.

Dos cosas me preocuparon. La primera, el ver en manos del que parecía comandar unas hojas escritas a máquina de las cuales extrajo mi nombre: ¡era una redada como la del 75!

La segunda, el ver como metía la mano en mi ordenado portafolio que yo les había señalado como lo único ajeno a mí y con dueño identificable. Separaba los billetes y dejaba caer los formularios. ¡Se los estaba robando!

“Naufragaste, Platero”, pensé, de aquí en adelante lo único que importaba era salir vivo y callado.

Restaba aún una humillación más: la pobre Raquel había intentado tirar por el wáter el único papel incriminatorio, un número de “Carta” recién recibido. Isidorito, uno de ellos que recuerdo muy bien, la obligó a recoger a mano los trozos que habían quedado flotando. Verla de rodillas azorada mientras ese canalla la obligaba a hacerlo, fue más de lo que pude soportar.

–Te ganaste el premio –le dije–, con esto te van a nombrar oficial de la semana.

Se la aguantó, pero no lo olvidó. Al día siguiente, mientras yo estaba colgado casi muerto en el “gancho”, cada vez que pasaba se me agarraba del pescuezo y me recordaba:

–Así que oficial de la semana, ¿eh?

Bueno, yo tampoco olvidé nada.

Es mejor que ahorre detalles que son comunes a todas las detenciones. Nos sacaron frente a la gente estupefacta de la cual emanaba temor hacia ellos y simpatía o piedad hacia nosotros-

–Levantá la cabeza –le dije a Raquel–, que no vamos por ladrones –y me erguí mirando cómo ellos volvían el rostro.

Una estupidez, tenía que haber gritado mi nombre, para que se supiera. Eran ellos los que escondían la cara.

HABLEMOS DE LA TORTURA

Con el tiempo y entre todos fuimos reflexionando y sacando conclusiones de carácter general que me parece más útil trasmitir que contar mis desventuras personales.

En primer lugar, definamos: es tortura todo aquello físico o psíquico destinado a amedrentarte, a hacerte perder el control de ti mismo.

A partir de ello, dejemos de lado ese sutil distingo que se pretendió hacer entre “trato rudo” y “tortura”. Quien se aprovecha de la ventaja que le da el ser el carcelero para intentar quebrar al prisionero es un torturador y basta. No hay que hacer distingos.

Segundo, salvo episodios de sadismo individual, la tortura no es para satisfacción del torturador (aunque goce de lo que hace) sino que es un medio para obtener un fin: quebrar al torturado y someterlo a la voluntad del torturador.

Es decir, buscan obtener de ti información y colaboración.

Y eso es lo que debes evitar. Nada de hacerte el “macho de fierro”, si te duele gritá. Eso calma, te da algo que hacer y contribuye a descentrarlo a él.

En las redadas, por más que presuman de disponer de todo el tiempo del mundo para torturarte, los minutos corren a tu favor. Tienen que obtener información útil, actual, que les permita continuar la redada. Tú, ya estás en la bolsa, y no saldrás de ella, lo que necesitan es la información que tengas y que les permita cazar a otros.

Y no pueden dedicarte todo el tiempo, tienen que exprimir a muchos y la urgencia es de ellos. Por eso precisamente, es la brutalidad del inicio. Tienen que llevarte al borde mismo de la muerte para que te quiebres… pero no pueden matarte. Los muertos no hablan. Y con el tiempo, como ahora, acusan.

A lo que voy es que hay dos tiempos: en el primero, lo que buscan es la información que les permita continuar tirando de la madeja. Cuando ese tiempo se acaba, comienza el segundo estilo de tortura: el Plantón.

No para hacerte sufrir, que por supuesto lo hace, sino para quebrarte por falta de sueño. A los dos o tres días la lucha empieza a ser contra tu propia cabeza que empieza a delirar.

No podés perder el dominio sobre tu cabeza y la lucha es por mantenerte lúcido.

No es fácil, pero tampoco es imposible. Llegás a un punto en el cual el sueño termina por vencer y por más que te golpeen no logran pararte.

En fin, no es mucho y espero que nadie necesite recordar esto en circunstancias similares.

Una última recomendación, no bebas y no dependas de ninguna droga. He visto derrumbarse en el tercer día a compañeros que ni siquiera admitían ser bebedores. Simplemente, se tomaban algunas de aperitivo y otras en la tardecita. El alcohol es una droga que crea adicción y su falta te provoca crisis.

Tampoco es inevitable que esa crisis del tercer día venza tu voluntad, muchos la superaron callados.

El sostén es la ideología y el amor que tengas por tus compañeros.

Y aquí termina mi historia. Ya estoy cansado de recordar el pasado sin opinar del presente y de lo que nos espera.

Si me lo permiten, en adelante voy a escribir sobre el presente. No es que me crea un iluminado, pero me dará más gusto.

¡Hasta más ver!

3 comentarios sobre “El rayo”

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