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VADENUEVO DE COLECCIÓN: Del N° 50 (noviembre de 2012). ENTENDER A LOS UNIFORMADOS

 Publicado:  02/10/2019

Los parámetros del pensamiento militar


Por Contraalmirante (R.) Oscar Lebel


A los civiles se los gobierna. A los militares se los manda. Y la esencia del arte del mando no consiste en conducir a los convencidos sino en convencer a los conducidos..

Mariscal Foch

 

Las formaciones militares son de dos tipos. Si se trata de un desfile, la tropa y solo la tropa, se alinea de derecha a izquierda por estaturas decrecientes. Si se trata de oficiales en actos protocolares, la formación se hace de derecha a izquierda también, pero en orden decreciente de jerarquías, y dentro de éstas, por orden de antigüedad. En otras palabras, cada oficial “le cede la derecha’’ a su superior inmediato, como disponen las reglas de la cortesía castrense. Esto, que es universal, en el Uruguay se denomina “orden de derechas” al hacer referencia al escalafón militar. La palabra “derecha”, así empleada, no tiene relación alguna con su habitual connotación político–filosófica.

La carrera militar, como se ve, tiene sus peculiaridades. Por ello, cualquier análisis de las estructuras militares exige, por lo menos, saber de qué manera piensan los hombres de armas; por qué piensan de tal manera; y cuáles son los parámetros educativos y formativos que sirven a ese fin. La educación para la profesión militar en tal sentido es atípica en comparación con los parámetros generales que caracterizan las normativas de formación de las restantes profesiones y oficios. La citada atipicidad no es privilegio ni peculiaridad de los militares uruguayos. Todos los militares, en todas las naciones, independientemente de sus regímenes sociales, son formados –en mayor o menor grado– de la misma manera, y por ende reaccionan de igual forma ante ciertas manifestaciones individuales o sociales. Al militar se le educa para matar y para morir. Así de simple. La educación castrense se singulariza por componerse de partes iguales, de conceptos formativos antinómicos, –a la vez afirmativos y negativos– pero peculiarmente jerarquizados y aun sobrevaluados, por cuanto hacen al error y a la virtud, a la vida y a la muerte. Se forma afirmativamente al soldado cuando se le enseñan los intrincados mecanismos de su fusil. Se forma antinómicamente, cuando se le inyecta, a nivel de reflejo condicionado, el sentido de la subordinación y obediencia a sus superiores. La casi anulación del instinto libertario, del deseo de protesta, del afán de rebeldía, son ingredientes insustituibles en cualquier formación militar. A la hora de la verdad, lo negativo pasa a ser positivo, y su profundidad y arraigo miden la capacidad para sobrevivir y el coraje para morir. En suma, la distancia y la opción entre ser y no ser. Pero además se forma al militar de tal manera porque solo así se le podrá entregar el arma de guerra y la parcela de poder que ella significa, sin que esa parcela se convierta en poder total. El orden se convierte en un fin en sí mismo, perdiéndose –en gran medida– la capacidad de discutir libremente. En el militar, la libertad intelectual colide directamente con el reflejo condicionado a la obediencia.

Pero como aun –y a pesar de ello– la profesión militar requiere imaginación, iniciativa y tino, la educación castrense se convierte en un delicado juego de equilibrios entre lo que se debe alentar y lo que se debe prohibir, máxime que esos valores (a alentar o prohibir) cambian permanentemente con los avatares de la política nacional e internacional. La escala de valores en la educación militar se apoya fundamentalmente en el buque, en la escuadrilla o en el regimiento, y por extensión en el arma, como lo relata con amenidad el escritor francés Jean Larteguy en su novela autobiográfica “Los Mercenarios’’. Eso explica –no justifica– que los militares, en ciertas circunstancias, aun no deseando salir de los carriles constitucionales, terminen apoyando un golpe de Estado, en aras de una mal entendida aunque no absurda “lealtad al arma”. Eso corre en los dos sentidos. Y así ha sido a través de la historia; a veces para imponer una dictadura; a veces para regresar a la democracia. Porque el hombre militar, cuanto más aislado y segregado esté de la sociedad de la que forma parte, más lejanamente la verá y menos comprometido con ella se sentirá.

A diferencia del civil, el militar –salvo casos extremos– no verá resentida la seguridad de su mujer e hijos, pues si comete una falta, la sanción lo privará a lo sumo de su libertad, manteniéndolo dentro de la Unidad Militar, uno o más días, sin que por ello se afecte su sueldo, ni se limite el acceso a las prestaciones gratuitas de orden sanitario y social a que tiene derecho su núcleo familiar. El civil, en cambio, sujeto a los avatares de la inseguridad en el trabajo y a la derivada angustia por las carencias para los suyos, se educará y conformará en un entorno social y mental que está en las antípodas del soldado, quien al precio de ceder una parcela mayor de su libertad, encuentra justificativo y refugio en el esquema paternal que le brinda el Ejército. La apreciación del mundo, subordinada a una óptica particular, conocida como “deformación profesional”, es mayor en los militares que en cualquier otra profesión, y de tal manera el militar, ya sea uruguayo, alemán o cubano, frente a cualquier manifestación de protesta social se sentirá epidérmicamente molesto, porque siente en su fuero más íntimo que ella materializa y publicita la ruptura de su escala de valores más caros, basados en el verticalismo, la subordinación y el orden formal.

A diferencia del civil, el militar -salvo casos extremos- no verá resentida la seguridad de su mujer e hijos, pues si comete una falta, la sanción lo privará a lo sumo de su libertad, manteniéndolo dentro de la Unidad Militar uno o más días, sin que por ello se afecte su sueldo, ni se limite el acceso a las prestaciones gratuitas de orden sanitario y social a que tiene derecho su núcleo familiar.

Los militares están ahí, y ese solo hecho es motivo de polémica. ¿Sirven o no sirven a los intereses de la sociedad? ¿Son onerosos? ¿Es concebible un Estado sin Fuerzas Armadas (FFAA)? Comencemos por el principio, diciendo algunas verdades que hacen al sentido común.

- En el mundo hay FFAA porque hay guerras, y la guerra es un fenómeno social. Brutal pero social.

- La Constitución de la República, volcada a las leyes orgánicas de las FFAA, dice que éstas: “Tienen por misión y esencia, defender la integridad del Estado, su honor e independencia, la paz, la Constitución y las leyes de la misma”.

- Argumentos tales como que Uruguay, por su inermidad, no aguantaría ni cinco minutos una embestida de Argentina o Brasil, son carentes de realismo. Primero, porque no hay, hoy por hoy, la menor posibilidad que tal cosa ocurra. Segundo, si lo que se pretende es descalificar a las FFAA por su escaso poder de fuego, habría que decir que el pequeño Israel tiene más tanques, cañones y aeronaves que Brasil y Argentina sumados. Además tiene misiles nucleares, por si algo faltaba. Además se debe recordar que: “Las FFAA ni se disuelven por prejuicio, ni se mantienen para entretenimientos color castrense”. No tenemos un ejército porque es lindo verlo desfilar. Tampoco podemos borrarlo “porque no nos gustan los militares y son caros’’. (Más caros resultaron los Rohm y los Peirano.) Seguramente nuestros más encendidos antimilitaristas, puestos en cubanos, venezolanos o israelíes no dudarían en girar la ecuación y defender a las FFAA. Es que a Cuba, Venezuela o Israel le va la vida en ello.

- No faltan los que sugieren el reemplazo de las FFAA por una Guardia Nacional que cumpla simultáneamente la labor policíaca y la de Defensa Nacional. Las GGNN, que abundaron hasta hace poco tiempo, fueron creadas por los “marines” estadounidenses, que ocuparon Centroamérica durante 20 años hace algunas décadas. Como el poder de la Guardia Nacional no tenía contrapeso, quien dominaba la Guardia dominaba el país. Estas Guardias, que de nacional no tenían nada, estaban formadas por matones y forajidos al servicio de personajes tales como Tacho Somoza de Nicaragua o Trujillo de la República Dominicana, de triste recuerdo. En el ejemplo recurrente de Costa Rica, las cosas sucedieron así: el ejército quiso trampear una elección y fue derrotado por una rebelión popular encabezada por el hacendado José Figueres, que sería electo presidente. Casado con una norteamericana, disolvió el ejército, con el beneplácito de Estados Unidos, que en pleno doble discurso quería disimular su abierto concubinato con las dictaduras tropicales apoyando a la única democracia de la región.

- Los entusiastas de disolver a la Armada, proponiendo el reemplazo de sus buques medianamente grandes por “lanchas rápidas’’, por lo visto nunca estuvieron en un temporal con vientos del Sur en aguas oceánicas uruguayas. Con rolidos (inclinaciones) de 60 grados poco y nada se puede hacer con una embarcación pequeña en un mar embravecido.

Con la segunda presidencia del doctor Sanguinetti, la permisividad asociativa se acentúa. El presidente no sólo niega que haya habido desapariciones y torturas, sino que al tiempo de destratar al poeta Juan Gelman concurre a los actos del Centro Militar donde se hace el panegírico del gobierno cívico militar.

¿Qué ha ocurrido con el estrato militar en estos 20 años post dictadura?

La primera presidencia de Julio María Sanguinetti, aunque tuvo como reaseguro del ejército al golpista general Hugo Medina en el Ministerio de Defensa, comenzó con bríos. Hubo ocupación del bunker del ejército, transformándolo en Casa de Gobierno, con el nombre de Edificio Libertad. Ley de amnistía a los presos políticos. Devolución de galones y jerarquía a los generales Liber Seregni y Víctor Licandro, dados de baja por “traidores” por la dictadura. Pero el cambio duró poco. Frente a la imposibilidad de juzgar a los militares que habían cometido delitos aberrantes y de los otros, nació la Ley de Impunidad. Parafraseando a Real de Azúa, “al impulso siguió el freno”, y queda instalada una suerte de permisividad con sospechoso aroma a complicidad, donde en vez de la sujeción del poder militar al civil, se pasa a una asociación vergonzante, donde ambas partes se usan mutuamente para su propio beneficio sectorial. Esa será de aquí en más la tónica de las relaciones Ejecutivo–FFAA.

Cuando Luis Alberto Lacalle asume la Presidencia se encuentra que su antecesor le había entregado el ejército “atado y bien atadito’’ (Francisco Franco dixit). El molesto episodio, sin embargo, trajo consecuencias positivas, por cuanto Lacalle recuerda que en la carrera militar los ascensos son administrativos, por antigüedad y méritos hasta la jerarquía de teniente coronel. El ascenso a coronel, general, y, por ende, a la jefatura del arma, ya requiere venia del Senado. En especial la designación de los Comandantes en Jefe. Es que en todos los países del mundo, se entiende que el poder implícito en esos galones debe estar en sintonía con el Poder Ejecutivo emanado de las urnas. De tal modo, cuando el presidente Lacalle señala enfáticamente: “A partir del 1 de marzo, y en mi carácter de Comandante en Jefe de las FFAA, cargo al que accedo por el voto de la ciudadanía, ejerceré mis potestades como tal, designando dentro de la Constitución y la Ley los mandos de la FAU y la Armada Nacional’’ (sic), tenía a su favor tanto la ley como la razón. Acto seguido ascendió al capitán de navío James Coates sucesivamente a contra almirante y comandante en Jefe de la Armada, con galones de vicealmirante. No obstante tuvo que soportar dos desacatos del ejército. Uno, cuando se negó a reprimir a la policía amotinada que había aislado y dejado a oscuras al Presidente y varios ministros en el edificio Libertad. Otro, cuando los generales se negaron a esclarecer las complicidades militares en el caso Berríos. Pero, como antes, la reacción del Ejecutivo siguió siendo la permisividad.

Con la segunda presidencia del doctor Sanguinetti, la permisividad asociativa se acentúa. El Presidente no solo niega que haya habido desapariciones y torturas, sino que, al tiempo de destratar al poeta Juan Gelman, concurre a los actos del Centro Militar donde se hace el panegírico del gobierno cívico militar.

El presidente Jorge Batlle quedó a medio camino. Por un lado instala la Comisión para la Paz e institucionaliza sus conclusiones: “Hubieron 22 torturados que fueron hechos desaparecer”. Pero otra vez aparece el freno, y el Presidente concurre al Centro Militar y en compañía de los comandantes de Aire, Mar y Tierra se solidariza con el consuetudinario discurso que aplaude y justifica la dictadura. Un detalle no menor a destacar es el papel que les cupo a los ministros de defensa Luis Brezzo y Yamandú Fau en esta mecánica perversa. Parafraseando a Clausewitz, se podría concluir del período de 1984 a 2004 que: la democracia tutelada es la continuación de la dictadura por otros medios.

No tenemos un ejército porque es lindo verlo desfilar. Tampoco podemos borrarlo “porque no nos gustan los militares y son caros’’. (Más caros, resultaron los Rohm y los Peirano.) Seguramente nuestros más encendidos antimilitaristas, puestos en cubanos, venezolanos o israelíes, no dudarían en girar la ecuación y defender a las FFAA. Es que a Cuba, Venezuela o Israel le va la vida en ello.

Dice el Diccionario de la Real Academia: “Contubernio: alianza vituperable”. Pues bien, con la llegada del doctor Tabaré Vazquez al poder, comienza el principio del fin del prolongado contubernio cívico-militar.

En este nuevo escenario hay que situar al doctor José Bayardi. Que cuando dijo ”maricones” no se refirió a las preferencias sexuales de los posibles aspirantes al comando de las FFAA, sino a la capacidad de asumir pasadas responsabilidades, como lo hizo con gallardía el teniente general aviador Enrique Bonelli, desmarcándose notoriamente –por la positiva– de sus colegas del ejército y la armada. Seguramente, si el Subsecretario de Defensa hubiera empleado la rica gama de sinónimos que posee la lengua española (vacilantes, irresolutos, ambiguos, indecisos, medrosos, pusilánimes, etcétera) no hubiera despertado el poco creíble temporal de pasiones que desató la filtración de sus palabras del recoleto local donde sesionaba el Frente Amplio.

Para finalizar, dos frases. Una del doctor Hugo Batalla: “Uruguay deberá construirse con ciudadanos de todo el espectro político, de todas las razas, de todas las confesiones. Con empresarios, obreros, intelectuales y estudiantes. Para las FFAA la ratificación de que los valores de patria y soberanía no se expresan sólo en el respeto a la bandera y no son patrimonio exclusivo de los soldados, sino que residen en el pueblo todo”.

La otra frase, del doctor Carlos Quijano: “No es malo gastar en Defensa Nacional. Lo malo es gastar mal”.

Y agrego yo: Esto último es lo que se hizo hasta ahora.

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