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LA INESTABILIDAD POLÍTICA DEL MUNDO

 Publicado:  05/02/2020

El Gran Desorden Global


Por  Luis C. Turiansky


Prosigue la destrucción sistemática de las reglas de juego que, pese a sus injusticias, en cierto modo permitían predecir los acontecimientos[1]. Hoy un loco bravo dirige la principal potencia militar del mundo, mientras surgen nuevas alianzas con participación de las fuerzas emergentes en el plano económico y/o militar, a fin de participar en el reparto del mundo y sus esferas de influencia, con sus respectivos beneficios económicos y geopolíticos.

Hubo una época, en los albores de la Edad Media europea, en que la destrucción del Estado tal como se conocía desde la Antigüedad, junto con la violencia generalizada, trajeron el vasallaje como solución aceptada por los estratos inferiores a cambio de cierta protección contra los desmanes de los grupos armados, y sacralizada luego por la jerarquía religiosa como base de la armonía social. Esta idea bien podría resurgir hoy bajo otras formas, suerte de “protectorados” en los que sendos tratados, que hasta podrían titularse “de libre comercio”, cumplirían las formalidades del acto de “sumisión y protección” que otrora sentaba las bases de los lazos feudales. En lugar de espaldarazo, una firma -digamos-, para ser modernos.

LA CRISIS LLEGA A LA PODEROSA OTAN

El 21 octubre de 2019, en la perspectiva de la Cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que tendría lugar un mes y medio después en Londres, el presidente francés Emmanuel Macron recibió en el Eliseo a representantes de la conocida revista londinense The Economist, con quienes departió largamente. El texto de la entrevista luego fue publicado en la edición del 7 de noviembre de 2019. Una frasecita suya causó gran revuelo: fue cuando el mandatario declaró que la Organización se encontraba en estado de “muerte cerebral”.[2]

El escepticismo del presidente francés sobre el futuro de la OTAN tiene sus antecedentes: su admirado Donald Trump llegó a decir durante la campaña presidencial de 2016 que la OTAN “cuesta mucho dinero y hoy no produce ningún provecho”; palabras que sin duda dejaron contento a Vladímir Putin. Tampoco está muy claro si lo de “muerte cerebral” se refiere a “muerte clínica” o a la falta de una dirección inteligente. Por otra parte, Macron no es el primer presidente francés que toma distancia respecto a la OTAN: ya Charles De Gaulle en 1966 retiró a Francia de las estructuras militares de la alianza atlántica, limitando su participación a los aspectos políticos.

Actualmente, la piedra en el zapato (o las botas) de la OTAN está representada por Turquía, país que adhirió al Tratado como instrumento de la guerra fría para permitir el emplazamiento de armas estratégicas junto a la frontera meridional de la Unión Soviética, pero que hoy tiene sus propios objetivos geopolíticos y practica una alianza circunspecta con Rusia, país que la OTAN considera su principal adversario. Ha llegado al colmo de comprarle armas rechazando una oferta norteamericana más cara, participó en la construcción de un gasoducto a través de su territorio para que este producto estratégico ruso pudiera llegar a los mercados europeos sin pasar por Ucrania, ha acordado con su poderoso vecino una coordinación de sus respectivas actividades militares en Siria y ahora en Libia, donde paradójicamente ambos países apoyan a grupos beligerantes opuestos en la terrible guerra civil que arrasa ese país desde la caída y asesinato de Muamar Al-Kadhafi.

Cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, instauró una política más flexible en comparación con lo que traslucían sus discursos como candidato presidencial. En lugar de disolver ese resabio de la guerra fría, hizo del presupuesto de la OTAN la piedra angular de su política de alianzas. Ello puede resumirse en lo siguiente: señores, tienen que contribuir económicamente para poder reclamar ayuda militar en caso de agresión exterior. Cada parte en el Tratado debe comprometerse a dedicar el 3% de su PIB a los gastos militares, esencialmente para solventar el funcionamiento de la Organización y la compra de armamento, naturalmente estadounidense.

Además de ser un negocio redondo, tenemos aquí perfectamente estructuradas las bases de la protección de nuevo tipo mencionada más arriba. Pero, a diferencia del régimen feudal, sustentado por el vasallaje y todo su andamiaje ceremonial, el capitalismo actual, como bien lo predecían Marx y Engels, ha sustituido el honor, la fidelidad y otros tantos lemas tradicionales por la moneda contante y sonante. [3]

Lógicamente, los países de Europa Occidental, que desde los tiempos del Plan Marshall se veían mimados por EE.UU. en el marco de la guerra fría, recibieron este cambio como un balde de agua. De ahí que surgieran voces pregonando una mayor independencia y la creación de un sistema de defensa propio, y a ellas se refiere Emmanuel Macron en su ácido comentario.

EL MERCENARIADO, UNA PROFESIÓN EN EXPANSIÓN

Al mismo tiempo, una de las manifestaciones más radicales de la descomposición de los Estados es la privatización de sus funciones típicas, como el ejército, la policía y los centros de reclusión. Si esta tendencia todavía no se ha dado a nivel judicial, ya llegará, no hay que dudarlo. Agréguese a esto la rápida transición al ejercicio digital del poder, mediante programas informáticos y sofisticados algoritmos de seguimiento de la población, la manipulación del ejercicio del voto y otros procedimientos similares, tras lo cual es comprensible que se pierdan las esperanzas en el funcionamiento de la democracia. [4]

El sistema clásico de servicio militar obligatorio no ha resistido los embates de la nueva tecnología y tuvo que dejar el campo a la profesionalización de las fuerzas armadas, incompatible con la alternancia anual de jóvenes que alcanzan la mayoría de edad y siguen durante uno o dos años un entrenamiento militar básico, hoy totalmente irrisorio.

Drones y robots ya dominan la técnica bélica. Pero no bastan. A la hora de organizar un acto ilegal (como el reciente asesinato del Gral. Soleimani, jerarca iraní ultimado en suelo iraquí por un comando norteamericano), son útiles los servicios de los grupos armados irregulares, especialistas en la lucha clandestina y operaciones relámpago. Por razones de seguridad y prestigio de las fuerzas regulares, esta actividad suele encomendarse a grupos clandestinos mercenarios, provenientes en su mayoría de los cuerpos privados de seguridad que adquirieron el oficio en la lucha contra la guerrilla en Centroamérica, la protección de las plantaciones bananeras y de palma oleaginosa y la lucha contra las huelgas, u otras operaciones con fondo político en los campos petrolíferos y el mantenimiento del orden en las infinitas estepas del Asia Central.

El ejemplo más notorio es la unidad de mercenarios rusos conocida como “Grupo Wagner” en alusión al compositor alemán del s. XIX, y no por amor a la música, sino porque era el compositor preferido de Adolf Hitler. Iniciado en las guerras de Chechenia, es hoy un pequeño ejército bien pertrechado con experiencia en la guerra de Siria. Suele decirse que está vinculado al entorno del presidente Putin, cosa que el Kremlin rechaza rotundamente. Al explicar los motivos por los cuales Turquía había decidido intervenir en Libia en favor del Gobierno de Trípoli, el presidente Recep T. Erdogan señaló que Rusia por su parte sostenía allí la presencia del Grupo Wagner en apoyo a la facción opositora del general Jalifa Haftar. Ello no fue óbice para que Rusia y Turquía patrocinaran juntas una reunión de emergencia destinada a buscar un arreglo pacífico del conflicto, pero la misma fracasó debido a la intransigencia del tal Haftar.

Pese a que desde Estados Unidos se hace hincapié en el fenómeno ruso aquí mencionado, las operaciones militares norteamericanas en el exterior no son nada santas en este sentido. Los equivalentes de “Wagner” en las fuerzas norteamericanas son compañías tales como Blackwater, CACI y Titan, entre otras, de reconocida brutalidad y cubiertas al parecer con un manto de inmunidad.[5]

Citando datos del Departamento (Ministerio) de Defensa, señala Caroline Varin, en “Mercenarios, ejércitos híbridos y la seguridad nacional” (2015): [6]

El personal contratado se ha convertido en el muchacho de la película en la guerra de Irak. Armados hasta los dientes y atiborrados de esteroides, estos agentes privados se han ganado la reputación de poseer una gran agresividad, negligencia e irresponsabilidad profesional. Esto inevitablemente ha producido tensiones entre los soldados regulares, pues mientras estos cumplen el mandato de mantener la paz en Irak, las compañías de seguridad privadas ‘están solo por la plata’. No obstante, el Gobierno de EE.UU. recurre en forma creciente al sector privado y lo presenta como una solución barata a la escasez de personal militar que pone en peligro sus ambiciones en Irak: para 2007, el Departamento de Defensa había gastado 158.300 millones de dólares en servicios, lo cual representa un aumento del 76% con respecto al decenio anterior y sobrepasa los gastos por concepto de insumos, equipos y armamento de gran escala. Hacia 2009, 173.000 agentes privados habrían asistido a 146.000 soldados en el terreno. Del personal contratado por el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado y la agencia de ayuda exterior USAID, el 49% eran iraquíes locales, el 34% provenían de terceros países y solamente el 17% eran ciudadanos estadounidenses.

La profesión de mercenario, de gran auge en la Edad Media y el Renacimiento, después perdió prestigio con el nacimiento de los ejércitos nacionales, y el nombre del oficio llegó incluso a convertirse en un insulto. En el siglo XXI parece resurgir de las tinieblas. Ha ganado honorabilidad gracias al cine de aventuras y su demanda creciente le reporta una buena remuneración, con la cual sus miembros pueden olvidar un poco los enormes riesgos que tienen que afrontar. Tratándose de un sector que claramente escapa de los mecanismos internacionales habituales de control, su desarrollo acelera el proceso de caos del que somos testigos.

 LA “DESGLOBALIZACIÓN”

Algunos observadores sostienen que la fase de globalización ha terminado y asistimos ahora al fenómeno inverso, que podría llamarse “desglobalización”. Según Fareed Zakaria, columnista de The Washington Post, el clima que se vive hoy en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza (y no solo desde el punto de vista meteorológico), difiere mucho del pasado: “Pese a que en todo el mundo el crecimiento sigue siendo sólido y los países avanzan, el tenor de los nuevos tiempos ha cambiado. Donde la mundialización fue antes el tema central, hoy lo es el contragolpe del populismo. Donde primaba una firme convicción sobre el futuro, hoy es la incertidumbre y el malestar.”[7] Cita al respecto a un experto de la compañía Morgan Stanley Investment Management, Ruchid Sharma, quien afirma que, a partir de 2008, el mundo ha entrado en una fase de “desglobalización”. El comercio mundial, dice, que había estado creciendo de manera constante desde la década de 1970, se ha estancado y los movimientos de capitales se han detenido. También la migración de los países pobres a los ricos ha disminuido. Por ejemplo, en 2018 la inmigración neta en los Estados Unidos fue la más baja en los últimos diez años.

Las consecuencias que esto puede traer son imprevisibles. Las ilusiones despertadas por el multipolarismo se desmoronan, ya que más bien cabe esperar un recrudecimiento del caos y la inseguridad. La respuesta de los grupos dominantes puede ser el cercenamiento de la libertad individual y un mayor autoritarismo, lindante con el totalitarismo clásico.

EL NUEVO TOTALITARISMO

En la Exposición de Electrónica de Consumo de Las Vegas, Estados Unidos (CES, por su sigla en inglés), causan sensación este año unos nuevos implementos de visión virtual que, según los especialistas, podrían utilizarse de forma permanente. Su resultado sería una especie de “vida de mentira”, a tono con los principios de moda de la “posverdad”. Hasta podría imaginarse en el futuro una distopía aterrante en la que, por ejemplo, los recién nacidos destinados al trabajo recibirían este tipo de oculares para llevarlos puestos toda la vida, sin llegar a conocer jamás la auténtica realidad, salvo la que les inculquen sus patrones.

Dejando a un lado el terreno imaginario, es un hecho que, en general, los avances tecnológicos son o no factores de progreso humano según el uso que le den los propios seres humanos, ya que los avances en sí son moralmente neutros. El ejemplo traído de la CES de Las Vegas de este año nos muestra que la visión virtual no es solo un juego ameno, también puede usarse y abusarse para dominar al prójimo, invadir su cerebro y convertirlo en un apéndice de los intereses de los poderosos. Las campañas de desinformación en la prensa de hoy serán un poroto al lado de esta forma sofisticada de adoctrinamiento. Que ya se usa en los juegos informáticos (el culto de la guerra, por ejemplo), lo saben bien los aficionados.

Si por “totalitarismo” entendemos un régimen que pretende abarcar la totalidad de la sociedad mediante la coerción del Estado y la dictadura política, sus manifestaciones van mucho más allá de las referencias históricas que suelen presentarse, como el nazismo y los excesos del período estalinista del desarrollo socialista. Tampoco se riñe con el mercado a ultranza, al contrario, puede convertirse en su máxima expresión, como demostró Pinochet en Chile. 

Recordemos que la palabra “totalitarista” fue introducida por la oposición a la dictadura de Mussolini en Italia y que luego el fascismo se la apropió en su favor. Fueron los propios ideólogos fascistas los que comenzaron a usar la forma sustantiva del concepto como cualidad positiva del régimen. Solo después, al estallar la segunda guerra mundial, se aplicó sobre todo a la dictadura nazi de Alemania. En consideración a la alianza bélica con la Unión Soviética, a nadie se le hubiera ocurrido entonces identificar abiertamente con dicho término al régimen soviético. Para ello hubo que esperar el estallido de otra confrontación, la llamada “guerra fría”.  

El estudio sistemático del fenómeno fue elaborado en profundidad por la filósofa judeo-alemana Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo” (1951). Por razones obvias, la autora identificó como una de las raíces de este sistema aberrante el antisemitismo histórico, exacerbado por Adolf Hitler y sus acólitos. Pero también se refirió al imperialismo como expresión de los intereses económicos y al que dividió en dos ramas específicas: ultramarina (de expansión mundial, en alusión expresa a EE.UU.) y continental (referida a los imperios históricos de Alemania y Rusia).

Muchas de las aseveraciones de Arendt son aún aplicables hoy, y su libro puede considerarse un texto de referencia. Sobre todo, porque una nueva forma de dominación estatal y de los servicios de seguridad, al amparo de una ideología hegemónica, puede ser lo que surja del desorden global actual, si no encontramos antes una solución más acorde con el deseo de libertad propio del ser humano. 

Curiosamente, muchas veces, los proyectos sustitutivos se limitan a cambiar los objetivos de las actividades sin por ello cambiar sus métodos totalitarios. Así por ejemplo, en el presente Foro Económico de Davos, el filántropo húngaro-estadounidense George Soros develó su plan de creación de una “Red de Universidades de la Sociedad Abierta” (OSUN por su sigla en inglés), con un aporte de mil millones de dólares de su parte, “para el fomento de la democracia liberal” y su visión de “sociedad abierta”, así como contribución a la lucha contra la tendencia al autoritarismo en Estados Unidos, Rusia y China (según comenta Larry Elliott, redactor de la sección de economía del diario The Guardian de Londres). [8]Los espíritus de los promotores de la autonomía universitaria y de la libertad académica se revuelven en sus tumbas.

Entretanto, el “reloj del Apocalipsis”, que señala el tiempo que resta hasta la medianoche virtual, en que se produciría el fin de la civilización, ya sea como consecuencia de los cambios climáticos o por una guerra atómica mundial, se ha corrido hacia adelante debido al empeoramiento de la situación mundial en ambos campos y se ha detenido a solo cien segundos del desenlace fatal.  

¿UNA NUEVA INICIATIVA SALVADORA?

Al cumplirse los 75 años de la liberación del campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau (Oświęcim en polaco), símbolo del genocidio del pueblo judío en Europa durante la segunda guerra mundial y Día de la Memoria del Holocausto (Shoah en hebreo), Israel organizó un foro de estadistas del mundo. En esta ocasión, el ruso Vladímir Putin recordó que fueron los soldados soviéticos los que, el 27 de enero de 1945, liberaron el campo y rindieron testimonio al mundo de las atrocidades que encontraron y del estado de los prisioneros, no solo judíos, sino también gitanos y otros provenientes de las más diversas nacionalidades. 

En su intervención, el presidente ruso, que se prepara para terminar definitivamente su mandato en 2024, lanzó una iniciativa singular: organizar este año, en el marco del 75º aniversario del fin de la segunda guerra mundial y de la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, una Conferencia Cumbre de los Miembros del Consejo de Seguridad, a fin de tratar los conflictos que tienen lugar actualmente en el mundo y buscar su solución, en aras de la paz y la seguridad. 

Sin duda se especulará sobre si la iniciativa no esconde quién sabe qué intenciones ocultas, pero es una propuesta difícil de rechazar. Tampoco se puede apostar indefectiblemente por su éxito. En todo caso, como suele decirse desde la famosa Conferencia de Viena de 1815, mientras los estadistas se reúnen no hay guerras y podrán, como entonces, bailar tranquilamente un par de valses, sin duda algo más humano que guerrear.

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