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AL PIE DE LAS LETRAS

 Publicado:  04/11/2020

Tres cuentos


Por  Margarita Cuadro Pini


Malabares que parpadean tu día

Tu cuerpo desgastado se enfrenta a mi auto. Pides limosna. Con gesto negativo te aviso que no tengo cambio. Respondes sonriendo: -No se preocupe, otra vez me da-. Prometo darte al día siguiente. Me gusta tu sonrisa.

Vuelvo a encontrarte en la misma esquina. Esta vez no mendigas. Estás en algún sueño perdido. Sigo mi camino, con una tristeza extraña. -Tan joven-, me lamento.

A la semana siguiente diviso tu figura en el semáforo haciendo malabares.  Aplaudo efusiva y ante tu asombro te ofrezco un billete. Pregunto tu nombre. -Me llamo Ernesto.

-¡Felicitaciones!-, exclamo. Me encanta ese arte callejero. Tus ojos empañados sonríen.

Una noche, voy con amigas y freno de golpe al cambiar la luz. Llovizna. Apareces en la oscuridad como un desquiciado. Exiges plata, con mirada agresiva. Las mujeres que van conmigo se asustan. Ante la sorpresa de ellas y la tuya, bajo el vidrio y te doy dinero nuevamente. -¿Cómo estás Ernesto? ¿Ya no haces malabarismo? Lo haces muy bien-, expreso.  

Puedo ver la emoción en tu cara borracha. Escondes tu soledad entre el humo de un porro y el vino barato. 

Una mañana de invierno te descubro entre los pacientes del hospital donde trabajo. Eres un residuo de piel y huesos. Tomo tu mano. Desolado, aprietas la mía. Duele la vida al despedirte.

Cuando paro en una esquina cualquiera, me parece verte como marioneta en la niebla, haciendo malabares con tus huesos. 

 

Ruidos mañaneros

-¡Allá vienen mamá, allá vienen!-, gritaba el niño. 

Su madre apurada, alcanzaba una bolsa al hijo, como si fuera una carrera de postas. Este corría por el zaguán de su casa hacia la vereda y perseguía al camión, que recogía diferentes bolsas de los vecinos.

-¡Acá, acá, esperen!-, volvía a gritar Ignacio.

Su madre lo observaba desde la puerta y escuchaba a los basureros.

-Hola Nachito. Sube al camión hasta la otra cuadra. 

De esta manera el niño sentía que era muy importante. Ayudaba a su mami y cumplía un sueño, subir al inmenso vehículo, atracción para cualquier infante. Tenía seis años y sus ojos, color cielo, se iluminaban cada mañana, cuando sus amigos lo invitaban a pasear un ratito.

Antes de dormirse, la mamá le leía cuentos. Conoció el de un doctor que curaba a la gente, el del veterinario que salvaba animales, el de un carpintero, un policía, y hasta el del valiente bombero que apagaba grandes incendios.

Una noche, después del cuento, la madre lo arropó y besó.

-Hijito, ¿qué quieres ser cuando seas grande?

Con una sonrisa amplia, el niño contestó:

-Basurero.

 

La rebeldía de los refranes

Doña Josefa era la reina de los refranes. Siempre tenía uno pronto para cada ocasión.

Una noche de invierno, los refranes se reunieron en la cocina que todavía conservaba el aroma al último guiso. Estaban aburridos y decidieron divertirse.

Mejor solo que mal acompañado, dijo. -Estoy cansado de estar solo.

Enseguida le contestó: -De noche todos los gatos son pardos. -Me voy contigo, entonces, y se termina tu soledad.

Al que madruga, Dios lo ayuda replicó. -Yo siempre me tengo que acostar temprano. Me uno a ustedes.

-Mi situación no es diferente-, dijo. -Contigo pan y cebolla. Además, no me gusta la cebolla.

-No te preocupes, aquí estoy para servirte-, contestó. -Se vende como pan caliente. 

Los cinco refranes conversaron hasta el amanecer. Tomaron vino que sobró de la cena. Y bailaron felices en ronda. Se durmieron con gran agotamiento.

Cuando a la mañana siguiente doña Josefa se dispuso a cocinar un rico puchero, no podía hallar sus refranes. 

Los muy bandidos estaban durmiendo la mona, en los cajones del armario.

Los encontró a todos entreverados. Al que madruga, pan y cebolla. Mejor solo que Dios lo ayuda. De noche todos como pan caliente. Contigo mal acompañado. Se vende, los gatos son pardos.

Se secó las manos con un repasador y sacudió a los dormilones. Poco a poco, entre rezongos, los armó de nuevo.

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