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HAY ARRIBA Y HAY ABAJO

 Publicado:  05/02/2020

“Parásitos”: ¿quién se alimenta de quién?


Por Andrés Vartabedian


Viven en un pequeño semisótano -al menos, así lo llaman- en los bajos de la ciudad; la escasa luz natural ingresa por ventanas pequeñas y mugrientas; los calcetines lavados cuelgan junto a ellas; por el espacio urbano que ocupan, están expuestos al orín de los borrachos, a la fumigación municipal, al ruido constante, a las inundaciones; a comer mal o salteado, aunque siempre lo hacen en familia; se encuentran desocupados o se ocupan de tareas ocasionales mal remuneradas. Son cuatro: padre, madre y dos jóvenes saliendo de la adolescencia, varón y mujer. Ellos son los Kim.

Viven en una importante mansión de diseño exclusivo en los altos de la ciudad; los ventanales, que dan hacia sus jardines, son enormes y la luz se esparce a sus anchas dentro de la casa; el paradero de los calcetines se desconoce, aunque asumimos que duermen en algún cajón de las habitaciones que hacen las veces de clósets; el interior del hogar no posee contacto directo con la calle; las heladeras se presentan repletas de variados productos, el ama de llaves es quien cocina, aunque nunca los vemos comer juntos; uno solo de ellos es quien trabaja: el padre; a nivel económico, parece ser más que suficiente. Son cuatro: al mencionado se suman la madre, una hija adolescente y un niño. Ellos son los Park.

En la Corea del Sur actual, una democracia con poco más de treinta años, de corte netamente capitalista -sumida en el capitalismo salvaje, podríamos decir-, de marcada segmentación social, en la que la reducción de la clase media -otrora fuerte-, ha sido notoria[1], para que dos familias como las descriptas se interrelacionen, una tiene necesariamente que “servir” a la otra. De lo contrario, sería extremadamente difícil que se cruzaran. Cada una viviría “en su mundo”.

La desigualdad en los ingresos comporta desigualdad de oportunidades. El PBI se ha triplicado en las últimas décadas pero el aumento del salario real no llega a la mitad de esa tasa. Y la brecha en la distribución de los ingresos a la interna de la sociedad ha aumentado considerablemente. Si bien las cifras de desempleo se han mantenido bajas o muy bajas, la calidad del empleo se ha deteriorado notoriamente y han aumentado la irregularidad y los contratos temporales. Los beneficios sociales también han disminuido.

En Corea del Sur, el tradicional respeto parece devenir en mera sumisión de supervivencia, y las sonrisas, tan habituales, comienzan a esconder miseria. A pesar de ser una de las economías más prósperas del mundo para muchos organismos internacionales, los niveles de competitividad y productividad exigidos a su interior se transforman en presión social y laboral y la frustración y la soledad ganan terreno. Corea del Sur, tras esa pujanza empresarial, bonanza económica y abundancia material que presenta, mantiene al mismo tiempo una de las tasas de suicidios más altas del mundo.

El consumismo y el individualismo se han desarrollado en detrimento de tradiciones más comunitarias y solidarias. La educación es un valor diferencial a la hora de obtener las mejores oportunidades y el inglés es imprescindible desde edad escolar. El ingreso a la Universidad es altamente costoso y los rendimientos deben ser de excelencia. De allí que las carreras se tornen inversiones y se imponga la necesidad de clases particulares, de apoyo, paralelas o preparatorias para el “éxito” que se pretende. En el insoslayable inglés vemos un vínculo importante con los Estados Unidos de América; vínculo que se ha venido estrechando cada vez más. Ya no solo se trata de ligaduras políticas o económicas, la cultura coreana está siendo fuertemente marcada por el modelo norteamericano.

Nada nuevo bajo el sol, podríamos decir. En mayor o menor medida, asistimos a ello en distintas partes del planeta -cada vez más-, y de algo de todo esto también podemos -o podremos, prontamente- dar cuenta por estos lares. También de la brecha entre ricos y pobres y de la evidente incomunicación entre mundos cada vez más dispares y “desemparentados”. La globalización no solo comporta aspectos positivos, ¿verdad?

Parásitos tiene algo para decir sobre estas realidades. Y su planteo trasciende, sin dudas, el territorio surcoreano. Pero lo hace en forma mucho más amena, entretenida y divertida -por momentos- que este comentador, y en forma mucho más dura, cáustica, tenebrosa e inquietante -por otros- también.

Divide su relato en tres actos, básicamente -señalados por el cierre o la apertura de ciertas puertas; literalidad y metáfora-, y un epílogo, en los que Bong Joon-ho manipula a piacere los más diversos géneros cinematográficos, nuestras emociones, y nuestras asunciones previas sobre el desarrollo de la trama. El sustantivo “demiurgo” parece sentarle perfectamente.

El primero de los Kim en entrar en contacto con la familia Park, será el joven adolescente, a quien el anterior profesor de inglés de su hija recomendará para que continúe con sus clases particulares. Mientras tanto, su deber será “cuidarla” de otros jóvenes buitres que puedan acecharla. Cuando él retorne de sus estudios en el exterior, intentará comenzar a salir con ella. (Sin editorializaciones, Bong Joon-ho también hará referencia a la sociedad patriarcal de esta Corea. Y, en ello, no habrá grandes diferencias entre las esposas Kim y Park, aun con sus particularidades cada una).

A partir de su ingreso, favorecido por su excompañero de estudios y falsificando documentos universitarios, comenzará la cadena de engaños y recomendaciones -ese boca a boca en el que solemos confiar más que en credenciales verificables- que culminará con toda la familia Kim vinculada a la casa Park: su hermana será la profesora de arte y “terapeuta” artística del niño, su padre devendrá en el chofer, y su madre culminará como el ama de llaves del hogar. Todo ello logrado “profesional” -ensayos incluidos- e inescrupulosamente, aun a costa de ensuciar la imagen de los anteriores trabajadores en esos cargos (hecho que generará cierto tibio aire de compasión y remordimiento en la generación adulta, proclives a una mayor conciencia social y “de clase”, si se quiere; no así en la de los jóvenes birladores -dato nada menor, pensando en términos de futuro-). La simpleza crédula y la frivolidad de los Park completarán la tarea. Algo que hasta cierta “ternura” puede generar en los Kim. ¿Una familia rica pero agradable, o agradable, justamente, por rica?, se preguntan -y nos preguntan- en voz alta mientras beben el whisky de aquellos y comen hasta la comida de sus perros, cómodamente instalados en el living de la suntuosa finca.

Sin embargo, en determinado momento, la celebración del onomástico del niño Park, un niño cub scout que juega permanentemente “a los indios”, emulando a los indígenas de los westerns estadounidenses, y que fluctúa entre el capricho mañoso, la impostación de una conducta traumática y un trauma cierto sufrido hace algunos años en ese mismo hogar… La celebración -decíamos- de su cumpleaños y las acciones menos rigurosamente planificadas que acometerá la familia Kim generará un sacudón importante en todo el tinglado montado. Lo resquebrajará de algún modo -o de todos modos-, y su recomposición quizá se torne imposible.

A partir de allí, el tono, básicamente, de vodevil con el que hemos convivido hasta el momento se contaminará de muchos otros géneros, todos asumidos por Bong Joon-ho (Daegu, Corea del Sur, 1969) como si de un pez en el agua se tratara -de todos ellos ha sabido ya dar muestras en su carrera, iniciada en 1994 y compuesta hasta el momento por siete largometrajes, cinco cortos y dos segmentos para filmes colectivos-. Y no sabremos si, en definitiva, nos encontramos frente a una comedia dramática, una tragicomedia, un thriller con toques de terror, un drama social… y podremos disfrutar del: ¡Qué importan las definiciones! ¡De qué sirven las etiquetas! ¡Esto es arte, señores! Afortunadamente, ello será lo que cuente.

A partir de ese momento, el crescendo dramático nos hará reparar en detalles que tal vez nos hayan pasado desapercibidos: resignificaremos estos, valoraremos aquellos. Aprenderemos -o recordaremos-, junto a los Kim, que siempre encontraremos seres más sumergidos que nosotros, que la sumersión no es sinónimo de solidaridad entre quienes la padecen; aprenderemos/recordaremos que los olores dicen y también segregan; que el dinero no todo lo plancha y los pliegues existen, que estos nuevos ricos se comportan mejor con nosotros cuanto más nos parecemos a sus perritos; que los teléfonos celulares pueden transformarse y ser tan peligrosos como un arma; que los planes difícilmente sean perfectos y que tal vez haya que resignarse a vivir sin grandes planificaciones, ya que “sin un plan nada puede salir mal”.

Y llegado el momento aprenderemos, una vez más -¡vaya terquedad!-, y no será sencilla la lección, que el diluvio puede cubrirnos a todos, y que todos podemos ahogarnos en nuestra propia mierda. O en nuestra propia sangre.

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