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ESCRITURA, LITERATURA, POLÍTICA

 Publicado:  04/11/2020

Scholé: introducir la polis en el oikos


Por  Santiago Cardozo


0.

Scholé, o skholē´: “ocio, tiempo libre, estudio, escuela”, que da lugar a schola: “ocio, tiempo libre (consagrado al estudio); lección, ejercicio escolar; lugar donde se enseña, escuela”. Ese ocio o ese tiempo libre son la suspensión de la lógica productiva de la vida misma, de la estructura social organizada para la producción económica. La escuela, entonces, es un “lugar de retiro” donde se piensa el “lugar” que se abandona, del cual se recorta como espacio aparte destinado al estudio, al desarrollo de la lección. En este sentido, la escuela constituye un espacio y un tiempo radicalmente heterogéneos respecto del espacio y del tiempo pragmáticos de la vida doméstica, del oikos (óikos): la casa, la habitación, o el barrio, la comunidad, el territorio. En suma: la escuela tiene como una de sus tareas fundamentales pensar el oikos y, en ese pensamiento, pensar la diferencia oikos/polis; en consecuencia, la schola, al poner entre paréntesis el orden doméstico, se inscribe como institución de la polis, es decir, política. 

1.

¿Cómo es posible que, en un aula escolar, hayan cabido, como textos “dignos” de estudio, manuales de instrucciones para armar este o aquel aparato, recetas, currículos y otros textos igualmente utilitarios y, en la misma bolsa, aparezcan fragmentos de novelas, poemas, diálogos dramáticos, en suma, literatura? ¿Qué clase de espacio es capaz de alojar en su seno tal diversidad de textos? ¿Cómo se ha ido produciendo un territorio como este, bajo qué argumentos y de qué forma fue obteniendo cierto éxito didáctico, en desmedro -esta es mi tesis- de la política o de un enfoque que entienda lenguaje y política como dos elementos co-extensivos (el logos aristotélico)?

Con toda fuerza, en los noventa, la idea de comunicación fue la cobija teórica que permitió el ascenso del concepto de oralidad a la misma altura que el de escritura. Igualadas, la escritura quedó desprovista de su potencia anti-tecnológica, esto es, de su potencia para construir una teoría sobre sí misma, lo que supone una teoría de aquello de lo que se distingue y se separa: la oralidad, con independencia de que las prácticas comunicativas humanas puedan caracterizarse por tener rasgos de la oralidad (sin duda, secundaria) y de la escritura, en un complejo y amplio continuo de las formas de hablar y escribir. Tecnología y anti-tecnología: la escritura se dice a sí misma y, al hacerlo, se supera, puesto que introduce un nivel de reflexión en el que nos damos cuenta de que su opuesto, la oralidad, solo aparece como tal en virtud del trabajo crítico (teórico) hecho por la propia escritura, que, al pensarse, piensa aquello que ella misma no es y, en ese pensamiento, lo define. Y en este juego, hemos de plantear que la noción de alfabetización es esencialmente un asunto de escritura (y, desde luego, de lectura), de modo que, en cierto nivel del problema en discusión, debemos rechazar la oralidad como un objetivo educativo, aunque esta oralidad, decía, sea una oralidad secundaria.[1]

Si estas prácticas comunicativas son tan heterogéneas, pero constituyen el funcionamiento vital de las personas en las diversas esferas de las actividades de las que forman parte, la escuela, parece ser el argumento central, no puede estar ajena a ello; por lo tanto, le cabe la tarea de funcionar como una copia del carnaval mundano de la comunicación humana, copia de la pragmática más básica e indiscriminada de la vida misma, de ese mero funcionamiento que Agamben llamó “nuda vida” o “vida desnuda”.[2]

Entonces, la escuela no puede funcionar con arreglo a esta lógica pragmática de la copia de la diversidad de las prácticas comunicativas humanas por las propias prácticas comunicativas, es decir, como si estas constituyeran, en y por sí mismas, razón suficiente para que la escuela se adecuara a ellas y las incorporara sin más, bajo la idea de que calcar la “nuda vida” es una expresión de la democracia. 

2.

“De pronto, irrumpe en el pasillo un enfermero alto y moreno que arrastra una camilla. En ella yace un cuerpo que por lo retorcido y amarillento me hace recordar una rana. Sus ojos están abiertos, pero parecen cubiertos por una película opaca. De su boca cuelga un fino hilo brillante, tan plateado que parece querer ocultar su condición de baba. Las piernas flacas y flexionadas parecen formar parte de un aparato oxidado, en el que la proliferación de cigüeñales muertos solo contribuye a reforzar la sensación de rotura.

—Ahí lo tiene -le dice alguna de las voces a la señorita Fabini, con el tono con el que un dependiente puede entregar un paquete de costillas en una carnicería-, disculpe la demora, pero había que prepararlo -dice otra voz, y viendo el aspecto más bien lamentable del cuerpo no puedo menos que imaginarme el estado previo a la preparación-”.[3]

El cuerpo de la medicina es una cosa: objeto de múltiples manipulaciones, consumada la muerte, la medicina siempre dice lo mismo: el muerto es, siempre ha sido, esa cosa, una amalgama de órganos, tendones, músculos, huesos, etcétera, que debía mantenerse con vida, puesto que, a fin de cuentas, para eso se les paga a médicos y enfermeros. En la novela, la muchacha Fabini se desquicia como reacción a la lógica en la que está envuelta, la misma lógica en la que su padre, literalmente, yace envuelto sobre una camilla. Como una pamplona apretada en su largo hilo, el padre de Fabini es devuelto al mundo de los vivos como el producto aberrante de la institución médico-hospitalaria: el muerto que debe ser preparado como muerto para serle entregado al pariente, aquel sobre el cual se pretende disimular la aberración de muerto. 

En represalia por la reacción histérica, los enfermeros actúan sobre Fabini, no sin dificultades, en la dirección que apacigua las aguas rápidamente: una jeringa con calmantes. Se anula así todo conflicto de sentido, todo problema político, histórico: la solución viene de la mano de la “misma medicina”.  

En este pasaje, la situación narrada con el decir más corriente de la vida doméstica escenifica un lugar de reflexión en el que, y a partir del cual, la propia situación trasciende las páginas de la novela y el problema suscitado resulta objeto de una crítica al alcance de todos. Así, la ida a una carnicería a comprar un paquete de costillas o medio quilo de carne picada y la muerte de una persona quedan colocadas sobre un fondo común que permite la crítica, recogiendo la opinión que circula socialmente sobre la forma en que los pacientes son tratados en los hospitales, públicos o privados. El “ahí lo tiene” es implacable: constituye el signo de lo común como la instancia en que se dramatiza la reflexión política que la literatura pone a disposición de cualquiera.  

Esa manera de decir las cosas no es, ciertamente, la de las recetas: no tiene nada que ver con la yuxtaposición de infinitivos que dictan las órdenes para obtener el producto final derivado de la prolija sumatoria de los pasos explicados en la receta. Por el contrario, esa forma de hablar tiene la fuerza de la aisthesis que opera la palabra poética, que es una fuerza inherentemente política; es, asimismo, una palabra que humaniza, porque politiza; que produce sujetos allí donde la enseñanza del inconmensurable y polícromo abanico de la comunicación humana solo está interesada en la copia del murmullo del mundo, sin ningún criterio de pertinencia, sin ningún principio de distinción entre lo que es bueno/conveniente/deseable enseñar y lo que no.  

En el juego de la interpretación realizada, interesa llamar la atención sobre el nombre de la novela en cuestión: Esta máquina roja. La máquina roja -el corazón- es, en rigor, una máquina, y nosotros, también. Entre la máquina del corazón y la máquina del hospital que vive gracias a la vida de la primera (el corazón es el corazón de la medicina), se dibuja el problema dentro del cual quedamos situados todos nosotros, incluyendo a la muchacha Fabini, como ciudadanos que forman parte de un sistema de salud. El título de la novela no solo es el lugar en el que se ejerce la crítica señalada, sino la forma misma de esa crítica. Hay, además, una manera de decir con la que Casacuberta cultiva especialmente el absurdo, lo que pone de relieve, para el caso discutido, la relación entre las personas, los médicos y el sistema sanitario. 

En este sentido, es preciso señalar que la literatura no hace política porque se encargue de plantear un tema socialmente sensible, en el que están en juego diferentes intereses políticos, en la acepción corriente de esta palabra. La literatura hace política, sostiene Rancière, en tanto que literatura,[4] definiendo una redistribución de lo sensible/inteligible, lo que puede ser visto/decible en el espacio de un común en el que se dislocan las relaciones entre los estados de cosas, los cuerpos y las palabras que los nombran: “La literatura des-especifica los saberes y sus positividades reinscribiendo sus procedimientos mostrativos y demostrativos en el espacio común de la lengua. En última instancia, les opone su propia utopía: la que conduce todo poder del pensamiento a un poder de la lengua”.[5]

He aquí el asunto que he querido ilustrar: la literatura no es el lugar en el que se pueden estudiar o, de hecho, se estudian tradicionalmente los fragmentos que representan ciertos fenómenos lingüísticos, ciertos aspectos de la gramática de la lengua (la oración simple, la oración compuesta, la estructura del sintagma nominal, las construcciones con verbos copulativos y semicopulativos, la predicación secundaria...); tampoco es sencillamente el lugar de la fiesta explosiva del léxico, de las posibilidades creativas de la lengua (sin duda que también es esto, fenómeno por lo demás central en la consideración del estudio del funcionamiento de la lengua), ni el espacio de un repertorio de figuras literarias, del que se extrae cierto número de ejemplos que sirven para ilustrar una serie de nociones programáticas (metáfora, metonimia, sinécdoque, aliteración, hipérbaton, hipálage, prosopopeya, analepsis, prolepsis...). Es, por el contrario, el escenario en el que se dramatiza la política, esa redistribución de lo sensible/inteligible, donde se rompen las jerarquías establecidas por el régimen representativo de las Bellas Letras. 

Para comprender este punto, es preciso advertir que “El lenguaje no vive sino de la separación entre las palabras y las cosas. Es decir, que vive de suscitar y decepcionar constantemente el fantasma de su adecuación. Este fantasma adquiere toda su fuerza cuando se deshacen las reglas admitidas de correspondencia entre estados de cosas o de cuerpos y significaciones. Y la literatura significa precisamente la defección de tal sistema de signos y reglas de interpretación, a saber, del sistema representativo que asignaba a cada matiz de sentimiento un matiz de expresión y a cada rasgo expresivo, una significación”.[6]

En la literatura, la lengua se vuelve lengua común (lugar de todos), espacio democrático que vive de suscitar interpretaciones a partir del hecho de que todas las personas somos inherentemente seres de palabras, en virtud de lo cual podemos torcer nuestro destino de animales, dotando de sentido, así, el bello oxímoron aristotélico del hombre como zoon politikón. La literatura pone en juego, en suma, un régimen de escritura que implica un particular sistema de relaciones entre prácticas, formas de visibilidad de esas prácticas y de sus modos de inteligibilidad, puesto que, como dice Rancière y cualquiera puede experimentar en su propia vida cotidiana, siempre hay demasiadas palabras y demasiados sentidos disponibles en las palabras como para que los estados de cosas, los cuerpos que se organizan en ellos y los estados de significación que permiten verlos y pensarlos en una partición de lo sensible coincidan sin resto alguno, es decir, sin que existan excesos o déficits que den lugar a la política.

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