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LO ATROZ

 Publicado:  06/05/2020

Mujeres armenias, genocidio y después: entre la muerte física y la muerte simbólica


Por  Andrés Vartabedian


De pie ante el espejo arreglaba por centésima vez aquel día los lazos azules con que había recogido mis cabellos y con los cuales esperaba despertar la envidia de las demás muchachas en la iglesia. Lusanne estaba haciendo uso de su prerrogativa de hermana mayor, sermoneándome severamente por mi vanidad. Lusanne fue siempre de carácter serio y reposado. Estaba yo a punto de replicarle que el motivo de su actitud eran los celos que sentía, porque pronto estaría casada y no podría adornarse el cabello con cintas azules, cuando penetró mi madre en la habitación. Se detuvo en el dintel y se apoyó contra el marco de la puerta. No pronunció una sola palabra; sólo clavó en mí sus ojos.

«¿Qué sucede mamá?» –exclamé. No respondió, pero extendió el brazo en dirección a la ventana. Allá corrimos Lusanne y yo para mirar a la calle. A la entrada de nuestro patio estaban tres gendarmes turcos, inmóviles, arma al brazo. Sobre el uniforme se destacaba el brazal distintivo de la escolta personal del Pachá Husein, jefe militar de nuestro distrito.

Volvíme hacia mi madre en demanda de explicación. Había caído al suelo y lloraba. No hablaba, pero con gestos señaló hacia el piso inferior, y comprendí que el Pachá Husein había venido a nuestra casa y que estaba abajo. Instantáneamente se desvaneció mi felicidad, caí también al suelo y lloré. Algo dentro de mí indicó que el final estaba próximo.

Hacía mucho que el poderoso Pachá Husein, amigo personal del Sultán y hombre de riquezas, deseaba hacerme ingresar en su harén. Su amplio palacio se alzaba entre hermosos jardines, en las afueras de la ciudad. Allí había reunido más de una docena de muchachas cristianas, escogidas entre las más lindas de la comarca. En Armenia, el Mutassarif, o jefe militar turco, es un funcionario de gran poder. No recibe órdenes de nadie, a no ser directamente de los ministros del Sultán, y por regla general es cruel y autocrático.

Es peligroso para un padre armenio incurrir en el desagrado del Mutassarif. Cuando este representante del Sultán ve a una joven armenia agraciada que le agradaría incorporar a su harén, dispone de modos diversos para apoderarse de ella. La forma que el Pachá Husein empleaba era la de dirigirse abiertamente al padre pidiéndole que se la vendiera o se la diera, esto acompañado de una amenaza encubierta sobre posibles persecuciones, caso de no ser complacido. Para legalizar la venta y otorgar al Mutassarif el derecho de convertirla en su concubina sólo hacía falta persuadirla u obligarla a abjurar de Cristo y convertirse a la fe mahometana.

Por tres veces el Pachá Husein había pedido a mi padre que me entregara a él. Por tres veces mi padre había desafiado su cólera, negándose resueltamente. El Pachá temía castigarnos, porque mi padre era rico, y por mediación del cónsul inglés en Harpout, Mr. Stevens, había obtenido protección del Valí, o Gobernador de la provincia, de Mamuret-ul-Aziz. Pero ahora el cónsul inglés se había ido, el Valí no temía a nadie, y yo comprendí que el Pachá Husein podría hacer cuanto deseara. Instintivamente comprendí también que su visita a nuestra casa acompañado de una guardia armada, tenía por objeto el reclamarme nuevamente.

Me abracé a mi madre y a Lusanne, en tanto que mis dos hermanitas se aferraban a mi falda, y escuchamos desde el vano de la escalera la conversación que mi padre sostenía con el gobernador. Husein ya no pedía; exigía. Le oí decir: Pronto llegarán órdenes de Constantinopla; vosotros, perros cristianos, seréis deportados; no quedará en la comarca nadie, hombre, mujer o niño, que niegue la fe mahometana. Cuando llegue ese momento, nadie podrá salvaros más que yo. Entrégame a tu hija Aurora y yo protegeré a tu familia hasta que pase la crisis. ¡Si rehúsas, ya sabes la suerte que os aguarda!”. (Mardiganian, 1999: 32/34-35)

Este es parte del testimonio de Aurora Mardiganian, una adolescente por aquellos días, sobreviviente del Genocidio Armenio. Nos sitúa en el contexto de la época y en el de su vida, en diversos sentidos.

Y las órdenes llegaron. Y el genocidio comenzó su curso.

A partir de la madrugada del 24 de abril de 1915 -fecha luego tomada simbólicamente para la recordación anual del Genocidio Armenio-, en Constantinopla y otras ciudades importantes del Imperio, se arrestó, para luego asesinar, a cientos de personalidades influyentes en el ámbito armenio -tanto laicos como religiosos-, representantes de todos los aspectos de la vida pública: políticos, artistas, empresarios, sacerdotes...

Por otro lado, la mayoría de los hombres armenios aptos físicamente, que habían sido enrolados en el ejército, fueron desarmados y derivados a trabajos forzosos, como mano de obra. Luego de ello, habitualmente, se los separó en pequeños grupos y se los fusiló.

El resto de la población, mayoritariamente niños, mujeres y ancianos, fue deportada. Con la excusa de la guerra, se los obligó a abandonar sus hogares y se les asignó un destino ficticio al que debieron marchar. En general, simplemente se los condujo hacia los desiertos mesopotámicos en largas caravanas. Las víctimas que no fueron atacadas y asesinadas durante el trayecto murieron producto del calor, el frío, la inanición, la falta de higiene y de cuidados básicos. Una entidad paramilitar, la llamada “Organización Especial”, fue la encargada de llevar adelante el “trabajo sucio”: secuestro de mujeres y niños, torturas, violaciones, pillaje... “Equipados con códigos especiales, fondos, planteles, armas, y municiones, funcionaron como un semi-autónomo «Estado dentro del Estado»” (Dadrian, 2008: 211).

Tropas irregulares conformadas por kurdos, circasianos, y convictos amnistiados fueron convocados y convencidos por diversos medios para la tarea. La guerra en curso -la llamada Gran Guerra- se presentó como la mejor forma de camuflar el crimen.

Las investigaciones sobre la guerra y su vínculo con las persecuciones son muchas. Lo mismo las que se centran en la organización de la violencia masiva. No tanto las que abordan el destino de los sobrevivientes de lo atroz, especialmente el de mujeres y niños que lograron permanecer con vida, como les fue posible, en los márgenes de la sociedad.

Uĝur Ümit Üngör es uno de esos escasos investigadores que se ha focalizado en dicho espacio y analiza la experiencia y el efecto de la catástrofe en los referidos sobrevivientes armenios en particular. Se ha concentrado en la destrucción social y económica que la guerra provocó dentro del Imperio Otomano, consecuencias que se perpetuaron mucho más allá del fin de la Primera Guerra Mundial y el Genocidio. En su trabajo, repara tanto en la situación de huérfanos, como de conversos y prostitutas. Situaciones que muchas veces se encontraron estrechamente vinculadas.

La “turquización”, por ejemplo, fue parte de la política que implementó el gobierno de los Jóvenes Turcos en relación a los niños armenios, una forma diferente de la destrucción del grupo. En muchos casos, su identidad fue transformada a partir de un trabajo especial en torno a ellos. Se los sometió, como primera medida al cambio de nombre y la circuncisión, para luego islamizarlos y, finalmente, dotarlos de las ideas nacionalistas propias del nuevo régimen.

Esta política fue supervisada por la administración del Imperio durante los años de la Gran Guerra, coincidentes con los del Genocidio Armenio; se llevó un registro de esos menores y su paradero circunstancial; e incluso, en años posteriores, la cobertura se amplió hasta los niños de doce años. El sistema de orfanatos fue un sistema netamente citadino; en las zonas rurales se estuvo sujeto a la voluntad de las familias campesinas, ya que los niños fueron distribuidos en hogares musulmanes ubicados allí.

En el caso de los conversos, el régimen del Comité Unión y Progreso -el partido en el poder, representante de los Jóvenes Turcos-, toleró o directamente organizó la conversión al Islam de armenios y sirios durante aquellos años.

Luego de comprobar que muchas conversiones se hacían “de la boca para afuera”, únicamente como forma de salvar la vida y de que, en muchos casos, se continuaba profesando el cristianismo secretamente, se volvió a integrar a esos individuos o grupos a las caravanas de deportados.

Üngör menciona cuatro formas de conversión: algunos pudieron convertirse “voluntariamente”; otros lo hicieron como parte de las persecuciones; otros fueron seleccionados específicamente para integrar familias musulmanas, ya sea por parte de las propias familias o distribuidos por agencias gubernamentales; y otros fueron islamizados como parte de la propia tarea que cumplían los orfanatos.

El uso de orfanatos o el casamiento por la fuerza de jóvenes armenias con hombres musulmanes fueron formas indirectas de conversión.

Para Üngör (2015), “estas estrategias denotan la ausencia de definiciones biológicas y racistas del grupo señalado. La conducta de las deportaciones también muestra que la naturaleza aparentemente imborrable de la identidad del grupo armenio otomano podía cambiarse, y forjar sobre ella otra identidad”.

Ruben Adalian (1997) aporta su explicación cultural de esta “permeabilidad”:

La sociedad tradicional en Medio Oriente aún concebía a las mujeres y los niños como propiedades, personas carentes de personalidad política y con una identidad étnica transmutable. Los valores culturales de niños y mujeres podían borrarse o reprogramarse. La continuidad genética era exclusiva de los hombres. (En Üngör, op. cit.: 77)

Desde la perspectiva patrilineal presente en los perpetradores turco-otomanos, Eliz Sanasarian (1989) señala:

[...] los varones eran percibidos no solo como el principal heredero, sino también como quienes podían ejercer resistencia y pelear para proteger sus propiedades, especialmente la tierra, mujeres y niños. A través de este paquete de posesiones, el varón ejemplificaba el principal promotor de la identidad étnico-nacional de los armenios. La misma inscripción de roles lleva a la percepción de que la mujer era débil, vulnerable y blanco fácil sin sus guardianes masculinos (hijos, maridos, padres y otros parientes varones) para que las protegieran. Eliminando tempranamente a los varones se perseguían dos objetivos: primero, detener la reproducción patrilineal del territorio y la nación armenia; y segundo, remover a las mujeres y a los niños de su nativa protección patriarcal y ponerlos bajo la tutela turca. Un conjunto de patriarcas era reemplazado por otro con la intención a largo plazo de aniquilar una nación. (En Karagueuzian, 2014: 137-138)

¿Puede el intento de conversión al Islam ser considerado una forma de lesión mental?, uno de los actos de carácter genocida que la definición de la ONU (1948) establece en su Convención para la Prevención y Sanción del Crimen de Genocidio.

No dudo en aseverarlo. Si esta conversión se transformó para muchos en el único modo de escapar al asesinato o la deportación a los desiertos, con más razón aún. La idea de “opción” desaparece. La conversión es otra forma de la muerte: la de la identidad, la de la propia fe; la de la libertad, para quien sostuvo en secreto su culto, sus ritos, y llevó adelante una doble vida, oponiendo lo público a lo privado, lo interior a lo exterior. En muchos casos, esto llegó incluso a transformarse en una experiencia netamente individual, ni siquiera familiar, ya que generaciones posteriores nunca supieron de su fe cristiana ni de su origen armenio. Ellos son los denominados “criptoarmenios”.

Luego de finalizada la Gran Guerra, para los conversos no fue nada sencillo retomar su vida anterior. Más allá de la libertad concedida por el nuevo régimen turco de “volver” a su religión, fueron miles los que conservaron su “nueva fe” y no se dieron a conocer como armenios por temor a las represalias, tanto de los vecinos turcos -muchos todavía conservaban el poder localmente, más allá de la derrota en la guerra-, como así también, en ocasiones, de sus propios connacionales, quienes podían considerar su salvación como una de las formas de la traición.

El genocidio, sin dudas, abarcó a la totalidad de la población armenia. Hombres y mujeres sufrieron el asesinato masivo, las torturas, el despojo, el hambre, las enfermedades, la deportación... Sin embargo, determinadas acciones específicas se llevaron a cabo sobre mujeres y niñas, y ellas están vinculadas tanto a su condición étnica, como a su condición religiosa y de género: sufrieron por ser armenias, por ser cristianas y por ser mujeres (Varela, 1999: 2). Sufrieron, además, un castigo propio, particular: la sistemática violencia sexual (violaciones, secuestros por parte de familias, secuestro para su explotación sexual, ataques estando embarazadas, mutilación genital, experimentos médicos), un destino peor que la muerte, para algunas.

Entre esas acciones específicas, decenas de miles de armenias fueron incorporadas, de maneras diversas, a hogares turcos, kurdos o árabes. “Prácticamente no había niñas de más de doce años que no hubieran sido esposas de algún musulmán”, relata E. H. Keeling (oficial británico durante la Gran Guerra, prisionero de guerra en el Imperio Otomano; posteriormente, parlamentario) en su “Aventuras en Turquía y Rusia” (1924), quien testimonia su pasaje por el norte de Mesopotamia en 1919 (en Üngör, op. cit.: 80). Los harenes y prostíbulos también fueron el paradero de muchas de las sobrevivientes.

Mi madre tuvo una idea que le hizo concebir la esperanza de librarnos a ambas de los harenes o de una suerte tal vez peor, entre los kurdos y los soldados. Sacó dos yashmaks, o velos como los que usan las mujeres turcas al salir a la calle y nos obligó a envolvernos en ellos de modo que ocultaran nuestros rostros. Sobre los velos echó sendas capas turcas de mujer […] Con las caras ocultas nos confundíamos fácilmente con las mujeres turcas.

«A mí sólo me amenaza la muerte, pero vosotras, hijas mías, corréis mayores peligros», nos dijo mi madre. «Ahora podréis caminar por las calles y los soldados os tomarán por mujeres musulmanas. Tratad de llegar al orfelinato de la señorita Graham. Quizá ella pueda ocultaros allí» […] Entonces nos besó y nos ordenó que nos fuéramos.

[…] En tanto que mamá iba a la plaza con Aruciag, Sarah, Hovnan y Mardiros, Lusanne y yo nos confundimos entre las mujeres musulmanas que se habían aglomerado para contemplar el espectáculo y para adquirir a bajo precio las joyas y demás fruslerías que las mujeres armenias quisieran vender antes que se las robaran. Acordamos aguardar la caída de la noche antes de arriesgarnos a ir a casa de la señorita Graham.

Pronto vimos a varios turcos, en su mayoría particulares ricos o militares, paseando por la plaza y examinando brutalmente a las jóvenes cristianas. Cuando alguna les agradaba, estos beyes y aghás [cierto tipo de autoridades otomanas] trataban de persuadir a las madres para que les permitieran jurar la fe mahometana e irse con ellos, prometiéndoles evitar a sus familiares la deportación. Cuando las madres se negaban, frecuentemente los turcos las golpeaban. Los oficiales mataron a varias que se abrazaron obstinadamente a sus hijas.

Muchas jóvenes accedieron a las pretensiones de los turcos, deseosas de salvar a sus madres y hermanos. Hacia la tarde el khateeb, o guardián de la mezquita, vino a recibir sus «conversiones».

Más de cincuenta muchachas juraron. En cuanto pronunciaban el juramento, los oficiales hacían una seña a los zaptiehs [gendarmes], y éstos las separaban de sus familias y las reunían en un extremo de la plaza. Entonces los beyes más ricos comenzaron a examinar a las muchachas apóstatas. Los soldados entregaban las jóvenes a aquellos que les pagaban más dinero, a menos que un oficial las quisiera para sí. Los de más alta graduación fueron los primeros en escoger.

Una por una, los soldados arrastraron hacia las casas de los turcos a las jóvenes que en vano habían renunciado a su fe por salvar a sus madres y familiares reunidos en la plaza. (Mardiganian, op. cit.: 60/62-63)

Muchas mujeres, en caso de no ser asesinadas, eran vendidas o robadas. Especialmente las jóvenes.

Aurora continúa su relato en otra de las tantas estaciones que tuvo su padecimiento:

Los turcos examinaron brutalmente a las muchachas que Musa les presentó y comenzaron a escoger. Los que eran agricultores eligieron las de más edad, que parecían más fuertes que el resto. Los otros querían las más bonitas, y disputaban entre sí por el derecho de elección.

Los agricultores querían a las muchachas para hacerlas trabajar como esclavas en los campos. Los otros las querían con fines bien diversos -para sus harenes, o como esclavas para sus hogares, o para el mercado de concubinas de Esmirna y Constantinopla-. (Ibid.: 82)

La marca que dejará ese devenir no será solo psíquica. En muchos casos, será también estricta y literalmente física. Muchas de esas mujeres serán tatuadas. Dentro del tráfico sexual y las redes de esclavitud, la marcación a las mujeres cautivas era una práctica habitual

Sanasarian lo precisa en estos términos:

El tatuaje era la primera marca de la esclavitud. Las chicas esclavizadas eran tatuadas en la mejilla, en la frente, bajo los labios, en el cuello y en el pecho. Los tatuajes indicaban el nombre del propietario. Cada vez que una chica esclavizada cambiaba de dueño, tatuajes adicionales eran colocados sobre ellas. (Karagueuzian, op. cit.: 147)

Suzanne Khardalian es la guionista y directora del documental Los tatuajes de la abuela. En él rastrea los pasos de su propia historia familiar al cuestionarse acerca de los tatuajes que su abuela Khanoum poseía y de los que nunca habló con ella mientras vivía. Tatuajes, además, que compartía con su hermana Lucía.

Al ya no poder consultar a su abuela, Suzanne se dirige a entrevistar a Lucía para conocer más sobre el origen de los tatuajes. Sin embargo, no logra que Lucía hable sinceramente sobre aquellos acontecimientos. Evidentemente, no desea referirse a ellos. Ante la insistencia de su sobrina nieta -la directora-, directamente calla en forma rotunda. Y hablamos de 2011, año de realización del documental.

En una entrevista en 2012, con motivo del lanzamiento de su filme, comenta parte de sus investigaciones sobre el peso de la violencia sexual y de esas marcas en la piel de las mujeres afectadas:

Uno de los trabajos comunes de los cirujanos armenios era reconstruir la virginidad de las mujeres secuestradas durante el Genocidio. El primer cirujano estético que trabajó en Estados Unidos fue armenio y una de sus primeras operaciones la hizo con una mujer armenia que estaba desesperada por sacarse los tatuajes. Muchas intentaron hacerlo por sus propios medios. Tengo fotos de algunas que están marcadas con ácidos después que trataron de borrar los tatuajes de sus rostros y manos. (En Ibid.: 147)

Como sostiene Juan Karagueuzian, a la victimización por la violencia sexual sufrida, las mujeres sufrirán un nueva victimización cuando pretendan retornar a sus comunidades de origen, “y sean rechazadas por haber sido manchadas, marcadas por el enemigo”.

La construcción de memoria posterior al genocidio no tendrá lugar para ciertas “memorias sustantivas” como las de estas mujeres armenias. “Una memoria «oficial» del genocidio armenio será funcional a la reconstrucción de la identidad nacional armenia” (p. 134)

En dicha reconstrucción de la identidad nacional armenia se hará hincapié en la herencia histórica de la nación y la misma reforzará su carácter nacionalista y anti-turco. Borrar toda huella de lo turco dentro de la “nueva” identidad armenia se tornará una verdadera política de reconfiguración nacional.

En este contexto, el retorno de las mujeres armenias sobrevivientes será particularmente difícil. La apropiación de la que habían sido objeto por el “enemigo turco”, las violaciones que habían sufrido, el dar a luz hijos de los victimarios -aunque fuera producto de la violencia sexual-, su conversión al Islam, ya fuera voluntaria o forzada… todo iba en desmedro de su honor y de su dignidad y, por tanto, del honor de la propia comunidad.

Las polémicas y debates que se iniciaron en los ámbitos privados, de las familias o pequeños grupos de refugiados, luego trascendieron a la comunidad en forma de intercambios públicos, incluso en los medios.

Afirma Karagueuzian, parafraseando a Vahe Tachjian (2009):

Las mujeres y niños que, desde el punto de vista de los nacionalistas armenios, habían sido turquificados, habían sido poseídos simbólica y materialmente por el enemigo y, si querían reintegrarse a sus comunidades, debían pasar por un proceso de limpieza y purificación, tarea muy compleja y ardua, y que no todas las mujeres estaban dispuestas a realizar. Muchas de ellas, ante el rechazo de sus familias, de la Iglesia y de las instituciones comunitarias decidían volver con sus maridos musulmanes. (Pp. 141-142)

En las nuevas comunidades conformadas, y ante el fracaso de buena parte de las mujeres en su intento de reintegración familiar, se generaron “refugios”, cuyos objetivos, entre otros, fueron: brindar ayuda a aquellas que hubiesen practicado la prostitución o a quienes escapaban de sus maridos musulmanes, brindar ayuda médica y colaborar en la adquisición de algunas "destrezas" que les permitieran reinsertarse socialmente. No olvidemos que muchas de ellas eran niñas o adolescentes al momento de iniciarse el proceso genocida. Desde esos lugares también se buscó vincularlas con jóvenes armenios, posibles “pretendientes”, al igual que contactarlas con familiares que pudieran facilitar su reubicación.

Como sostiene Tachjian, “los refugios servían a manera de mediación en la reintegración de esas mujeres en la comunidad armenia” (en Ibid.: 142).

De todos modos, como hemos visto, esto no siempre fue posible. Además, no debemos dejar de lado el factor “trauma” en todo este proceso pos genocidio. Si bien hubo quienes lograron reinsertarse en sus familias, o crear nuevas, hubo otras que simplemente permanecieron en los refugios.

“Otras tantas, atrapadas entre el estigma social y la necesidad de sobrevivir, volvieron a sus hijos y esposos musulmanes. Para finales de 1919 se calculaba que más de cincuenta mil mujeres armenias seguían siendo «cautivas»” (Karagueuzian parafraseando a K. Derderian, Ibid.: 143).

Como hemos visto, la violencia sexual establece un diferencial en el destino que debieron afrontar hombres y mujeres durante el Genocidio Armenio. Justamente, en cierto momento, ese diferencial vuelve a victimizar a la mujer armenia en su intento por reincorporarse a las nuevas sociedades surgidas tras el fin de la Primera Guerra Mundial, y a sus comunidades de origen en particular. La forma que adquirió la reconstrucción nacional armenia no les otorgó a sus historias, a sus experiencias y relatos un lugar visible, mucho menos preponderante. El estigma no las abandonó fácilmente, y el olvido y el silencio fue ganando la partida, también como construcción de memoria.

En todos los casos, el de los huérfanos, los conversos, las prostitutas, al trauma del Genocidio lo siguió otro vinculado a la identidad, el ocultamiento y el señalamiento tanto por el grupo abandonado -el grupo víctima- como por el grupo receptor -el perpetrador-, que nunca tomaría por un igual a un converso.

En 1993, María Luisa Bemberg escribió y dirigió el filme De eso no se habla. Cuando preparaba este artículo, ese título reapareció espontáneamente en mi cavilar. Que el mismo colabore, aunque más no sea dentro de la comunidad armenio-uruguaya, para comenzar a desandar ese camino, ya lo consideraría todo un logro.

Un comentario sobre “Mujeres armenias, genocidio y después: entre la muerte física y la muerte simbólica”

  1. Muy fuerte. Pero me lleva a reflexionar sobre las maldades de todo ser humano, cuando leo el desprecio desde sus orígenes, cuando esas mujeres volvían. Ambas religiones poseídas por la irracionalidad.
    Los turcos, demasiado crueles, más que atrasados, degenerados, recordando algunas visrtudes antiguas (creo que Soleimán con los cruzados, no?), las sabidurías islámicas desde Norafrica hasta Iberia.
    Y ahora, los copiandinos Sauditas de crueldades y ottros crueles en Israel.
    Mundo… Humanos… Asco.

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