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SENCILLO HOMENAJE A LAS VÍCTIMAS

 Publicado:  06/02/2019

Un testimonio femenino de la Shoah: Charlotte Delbo


Por Marisa Ruiz


Los testimonios de algunos protagonistas durante la dictadura uruguaya, en el país o en el exilio, son esenciales para reconstruir la historia reciente del Uruguay. A su importancia intrínseca se añade el limitado acceso habido a los principales archivos, una vez retornada la democracia.

Los testimonios también tienen su historia. Algunos emergieron inmediatamente después de caída la dictadura, y fueron en su gran mayoría masculinos con improntas épicas y heroicas (Rosencof - Fernández Huidobro, 1986; Cámpora - González Bermejo, 1986). Comenzando el siglo XXl, a raíz de una convocatoria pública al respecto, se presentaron diversos testimonios femeninos, entre ellos, “Memorias para armar” (2001 a 2003), “De la desmemoria al desolvido” (2002), “Los ovillos de la memoria” (2006) y “Paso de los Toros. Una cárcel olvidada” (2018).

Esta secuencia no es privativa de nuestro país. Por lo general, después de situaciones de catástrofe, las mujeres narraron sus experiencias más tarde y de otra manera. Como un caso que ayuda a comprender la voz femenina en contextos más amplios analizamos algunos aspectos originales y a la vez universales del testimonio de Charlotte Delbo acerca de su deportación en campos nazis.

Testimonios de la Shoah

La difusión de los testimonios sobre la Shoah sólo cobró fuerza en Europa luego del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén (1961), donde a diferencia de Nuremberg los testigos judíos fueron los protagonistas. Constituyó un parteaguas, que Anette Wieviorka (2006) calificó como el principio de la “era del testimonio”. La importancia de ese tipo de fuentes no solo rivalizó con la de los archivos en la historiografía de la Shoah, sino que ha sido matricial en nuestros días, cuando la justicia internacional sobre los derechos humanos alcanza mayores niveles de eficacia.

Hasta la década de los años sesenta, los/las sobrevivientes que retornaban de los campos de muerte asumieron variadas reacciones. Algunos intentaron transmitir sus experiencias pero no fueron creídos o atendidos: el abismo que separaba sus vivencias de la realidad de la posguerra les resultó infranqueable. La mayoría optó por el silencio. Unos pocos escribieron y pudieron trabajosamente publicar sus memorias (Primo Levi, 1948), y otros las guardaron en un cajón esperando tiempos mejores para que fueran oídas.

A este último grupo perteneció Charlotte Delbo, cuyos textos poco conocidos en América Latina tienen gran predicamento en Francia y Estados Unidos. Académicos de la Shoah, como Lawrence Langer (1995), consideran su obra junto a la de Jean Amery, y los testimonios orales de las víctimas, fuentes imprescindibles para el estudio del genocidio judío.

Una historia de mujeres

Francesa nacida en 1923 y fallecida en 1985, Delbo fue militante comunista, casada con el también comunista George Dudach, a quien conoció en el periódico partidario “La Vanguardia”. Se incorporó a fines de los años treinta a la Compañía de Louis Jouvet, gran “patrón” del teatro francés, como secretaria y su mano derecha. Con ella viajó en 1940 a América del Sur en gira teatral. Leyendo la prensa en Buenos Aires se enteró de la ejecución de un amigo resistente y pese a las alertas de Jouvet y sus compañeros decidió retornar y unirse a la Resistencia junto con su marido. Ambos fueron detenidos por la GESTAPO en noviembre de 1941 y Dudach fusilado seis meses después por negarse a ir a trabajar a Alemania.

Desde la prisión de la Santé y luego la de Romainville, Delbo fue deportada a Auschwitz-Birkenau. La mayoría de sus compañeras de viaje no habían realizado atentados directos. Eran correos entre los resistentes, producían y repartían octavillas en las calles contra la ocupación nazi, escondían y ayudaban a huir a judíos perseguidos o a paracaidista aliados extraviados en suelo francés. No se imaginaban, lo atestigua Delbo, que esa actividad les podía costar ser enviadas a campos de concentración. Sabían y temían la tortura, pero “estaban preparadas para lo peor, no para lo inimaginable” (Delbo, Auschwitz and After, 1995).

Las 230 resistentes, más de la mitad comunistas, fueron embarcadas en el convoy del 24 de enero de 1943 y bajaron del tren en Auschwitz cantando La Marsellesa. Solo regresaron 49. Delbo estuvo cinco meses allí y luego fue trasladada a Raisko, un lugar de trabajo cercano donde las condiciones de vida eran mejores, y finalmente al campo de prisioneras políticas de Ravensbruck.

Al igual que la mayoría de sus compañeras de viaje, por no ser judía Delbo tuvo el privilegio de evitar la inicial selección y posible envío directo a las cámaras de gas. Un elemento en que insisten, tanto ella en varios pasajes de sus textos como los estudios acerca de su obra, fue que la permanencia en el grupo francés la ayudó sobremanera en el combate cotidiano para permanecer con vida. Saliendo de los campos escribió en 1945 el primer tomo de su trilogía testimonial, “Ninguno de nosotros retornará”, que recién fue publicado en 1965. Lo siguieron “Un conocimiento inútil” (1970) y “La medida de nuestros días”, en 1971. También publicó “El convoy del 24 enero de 1943” (1965), donde reconstruye una a una la historia de sus compañeras deportadas, mediante un gran esfuerzo y animada por el deseo indomable de que se conocieran sus vidas.

La obra

En su trilogía Charlotte Delbo se refiere a Auschwitz con un lenguaje altamente poético en que lo intolerable está narrado mediante metáforas aunque también con imágenes reales acerca de lo terrible de la situación. Desborda el estilo del relato clásico, utiliza viñetas con poesías y narraciones de sucesos personales o colectivos. Delbo identifica la presencia de dos tipos de memoria: una memoria cotidiana y otra a la cual llama memoria profunda. La primera define su identidad como persona, lo que ha sido y lo que es. La segunda constituye una presencia inmanente, irguiéndose amenazadora. Además habla de sus dos yo: el “yo” de ahora, el yo pre y post-Auschwitz, que se mantiene bajo el control de la memoria cotidiana; y el “yo” que siempre permanece en Auschwitz. La memoria cotidiana, dice la autora, nos insta a considerar el sufrimiento del campo como parte de una cronología que podemos conceptualizar intelectualmente. La usamos para los testimonios judiciales, para las entrevistas periodísticas, para dar testimonios orales a los demás. La memoria profunda, por el contrario, nos recuerda que el pasado de Auschwitz no es realmente pasado y nunca lo será.

Para metaforizar el sentido de su “nueva” naturaleza, emergida luego de su estadía en los campos, Delbo utiliza la imagen de una serpiente mudando su piel. Lamentablemente, al contrario de lo que ocurre con la piel de serpiente, que se seca, se desintegra y desaparece, lo que Delbo llama la piel de la memoria de Auschwitz permanece: “Auschwitz está tan profundamente grabado en mi memoria que no puedo olvidarme ni un momento de él. ¿Entonces estoy viviendo en Auschwitz?  No, yo vivo cerca de él. Auschwitz está allí, inalterable, preciso, pero envuelto en la piel de la memoria, una piel impermeable que se aísla de mi yo presente”.

De este testimonio surgen dos elementos. Uno es la memoria profunda que nos ancla en el lugar físico y mental de la prisión y otro el desdoblamiento del yo. Ambos procesos Delbo los recuerda amortiguadamente y con deseos de seguir viviendo gracias a la presencia del colectivo de sus compañeras.

Las deportadas francesas intentaron permanecer juntas. El traslado de un grupo de ellas a Raisko, lugar cercano a Auschwitz donde trabajaron en un laboratorio experimental vinculado a la industria de guerra, cambió sus vidas durante unos meses: duchas calientes, camas con colchones. Aprovechando esa situación montaron una obra de teatro con la dirección y la experiencia de Charlotte. Se trataba de “El enfermo imaginario”, de Molière”, que reconstruyeron de memoria y representaron ante mujeres polacas que sabían francés, el domingo después de la Nochebuena de 1943.

Sin embargo, fue en Raisko que ocurrió un hecho desgarrador, descripto con gran economía de lenguaje. Lily, deportada judía polaca de 20 años, se enamoró de un prisionero polaco que trabajaba de jardinero; se escribían todos los días, cosa prohibida. Ella era coqueta y aunque como judía le cortaban el pelo permanentemente, había logrado acortar y arreglar un vestido que usaba debajo de la túnica del laboratorio. Un compañero del “prometido“, como lo nombra Delbo, perdió una de las cartas, encontrada por la guardia del campo. Fueron fusilados todos: el prometido, el compañero y Lily.

Las circunstancias físicas y ambientales de la prisión eran terribles. Como muestra en el siguiente pasaje, morir de hambre y sed era una posibilidad cotidiana: pudo mantener su vida por la solidaridad de sus compañeras y esto no es una metáfora:

Tenía sed desde hacía días y días, una sed como para perder la razón, una sed que me impedía comer porque no tenía saliva en la boca… Tenía los labios agrietados, las encías hinchadas, la lengua como un trozo de madera. La hinchazón de las encías y la lengua me impedía cerrar la boca, que llevaba siempre abierta, como una perturbada, con las pupilas dilatadas y la mirada huraña... Al menos eso me dijeron después las demás. Creían que me había vuelto loca… Sostenida por Viva, rodeada y oculta por las demás, fingía trabajar. Iba y venía al mismo tiempo que ellas con un arbusto en la mano, pero no tenía fuerzas para agacharme y dejarlo junto al surco… Volvió Carmen. Ella y Viva, después de asegurarse de que todo estaba en orden, me agarraron cada una por un brazo y me llevaron a un rincón que formaban un lienzo de muro y el montón de arbustos que teníamos que plantar. ‘¡Ahí está!’, dijo Carmen señalándome el cubo de agua. Era un cubo grande de zinc de los que usan los campesinos para sacar agua del pozo. Estaba lleno. Me solté de Carmen y Viva y me lancé sobre el cubo. Me lancé literalmente. Me arrodillé junto al cubo y bebí como beben los caballos, hundiendo la nariz en el agua, hundiendo toda la cara.… Bebía sin pensar en nada, sin pensar en el riesgo de que tuviera que parar, de que me golpearan si aparecía una kapo. ... Me enjugué la cara con la mano y me pasé luego la mano por los labios. ‘Tienes que venir ya’, dijo Carmen, ‘el polaco reclama su cubo’, y al mismo tiempo hacía señas a alguien que estaba detrás de ella. Yo no quería soltar el cubo. No podía moverme de tanto que me pesaba la barriga. Se había convertido en algo independiente, en una especie de lastre o fardo que colgaba de mi esqueleto.

Otro rasgo significativo de la obra de Delbo es que preserva los testimonios de sus compañeras sin procurar establecer conclusiones generales. En el tercer tomo (“La medida de nuestros días”) ellas relatan sus vidas en la posguerra. Algunas las rehicieron con más éxito que otras. Ella no intenta otorgar un sentido global a sus historias. Sus experiencias fueron todas traumáticas pero diversas.

El mundo de las sobrevivientes es personal, aunque su aventura haya sido colectiva. Como sucede muchas veces con los testimonios de las personas presas y en general con los de las víctimas de las dictaduras, sabemos que no formamos parte de su comunidad pero que nuestra actitud solidaria les garantiza una impronta memorística para el futuro.

Delbo relata que, cuando el 23 de abril de 1945 ella y varias sobrevivientes francesas fueron liberadas, las esperaba en la puerta del campo de Ravensbruck un miembro de la Cruz Roja sueca. Rememora también que nunca habían visto un hombre tan bello y que su indicación de que las había ido a buscar sonó a música. Una de las francesas pidió hacer un minuto de silencio por las que todavía permanecían allí y por las muertas. Ese silencio todavía resuena en nuestros oídos.

Cierre

Al leer memorias de exprisioneras uruguayas encontramos como tema recurrente el compañerismo y los cuidados mutuos, que en situaciones carcelarias fueron constantes y variados. Muchas veces la diáfana precisión descriptiva nos lleva al Il faut donner à voir, literalmente “el dar a ver” de Delbo, tratar de mirar, como clave para el atisbo empático de los lectores. Me refiero también a las presas de a pie que cayeron por prestar una casa, un auto, por militar para el retorno de la democracia. Nunca imaginaron los interminables años y las durísimas condiciones que arriesgaban en prisión. Y tal vez lo más importante para este cierre: las miradas solidarias hacia los relatos de las victimas ayudan a combatir la impunidad pues aseguran la escucha atenta y el conocimiento de las injusticias y los crímenes.

3 comentarios sobre “Un testimonio femenino de la Shoah: Charlotte Delbo”

  1. No hay neurona ni sensibilidad que permita comprender la SHOAH. Por mucho que leamos sobre el tema nunca tendremos idea de lo que puede llegar a ser que te consideren un objeto y te traten como tal. Pero mucho más difícil resulta imaginarse cómo convertirse en un monstruo tal que se permite tratar a un ser humano como a un objeto. Si existe una característica universal de lo humano es que “humaniza” todo lo que toca. Pues bien en la Alemania y los países ocupados de esos años sucedió todo lo contrario. Perdieron la guerra, pero también perdieron su humanidad. No así sus prisioneros. Murieron muchos, sí, pero todos los testimonios que he leído manifiestan que salvo los Kapos, los prisioneros sobrevivieron porque se supieron mantener humanos… Lo más penoso es constatar que de otra manera y con otros protagonistas esta deshumanización violenta y cruel se sigue repitiendo.

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