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ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE FEDERICO GARCÍA LORCA (VIII)

 Publicado:  04/11/2020

La aurora


Por  Fernando Chelle


Hoy estudiaré, finalizando con los análisis literarios de la poesía de Federico García Lorca, el texto titulado “La aurora”, perteneciente al poemario Poeta en Nueva York (1930).


La aurora

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

El tema central del poema es la frustración frente a la esperanza que tradicionalmente ha simbolizado la aurora. Esta es una aurora, si se quiere, paradójica, no se trata de una luz esperanzadora que llega para terminar con la oscuridad reinante y es símbolo de vida, de nuevo nacimiento. No, este amanecer del poema es trágico, desolado, deshumanizado. Este es un texto que, en el conjunto de la obra de Lorca, supone un gran acierto poético por parte del autor, porque rompe con lo convencional. Nueva York aparece, como ya vimos en “Vuelta de paseo”, el texto anteriormente analizado, como un infierno creado por el hombre, una ciudad apocalíptica, hostil, donde la naturaleza esta aplastada, cercenada, vencida por el mundo industrializado y la sociedad moderna. Qué importante es entonces que la aurora, símbolo de esperanza en casi todos los contextos, sea aquí un símbolo de la muerte y la desolación. 

Es un poema que consta de veinte versos, y si bien no está dividido en estrofas, es un texto que perfectamente podría separarse externamente en cinco conjuntos de versos, en cinco estrofas de cuatro versos cada una. Seguramente al poeta le pareció mejor presentar el contenido temático de forma monolítica, para que de esta manera el poema funcionara como una especie de postal, casi apocalíptica, del amanecer neoyorquino. No hay rima, son versos blancos, pero de gran regularidad. La métrica es extraña, y la podríamos dividir en dos partes: una “irregular”, los ocho primeros versos (con versos de 9, 8, 10, 11, 9, 9, 8 y 9 sílabas), y otra parte regular, la de los doce versos finales (todos de catorce sílabas -versos alejandrinos divididos en dos hemistiquios-).

Internamente, podríamos dividir el material temático de este poema en tres momentos. El primero de ellos iría del verso uno al ocho, donde la voz lírica repara en las características del amanecer neoyorquino, un despertar del día caracterizado por la degradación, el dolor y la angustia. El segundo momento, también de ocho versos, es el que ocupa la parte central del poema (verso nueve al dieciséis). Es un momento que se ocupa de los desdichados habitantes de la ciudad, de su condición de resignación y desesperanza. Finalmente, el último momento de la estructura interna del poema lo componen los cuatro versos finales. Es la conclusión del texto, donde se conjuga el trágico amanecer neoyorquino con la vida de los infelices ciudadanos.

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

Comienza el poema haciendo referencia a la aurora de la ciudad neoyorquina. Esa palabra, con que se alude a la luminosidad que indica un nuevo amanecer, se repite, de forma anafórica, en el primer verso, en el quinto y en el noveno. Esta aurora del poema, personificada, ya que gime y busca, o sea que tiene voluntad, se le presenta al lector, de inmediato, como atípica y desconcertante. Porque si alguien pensaba que el poema iba a transitar por el horizonte de posibilidades que supone el momento del amanecer (renacimiento, esperanza, vida por conquistar), expectativa planteada ya desde el título, de inmediato se desengaña con las imágenes de carácter negativo. 

La primera de esas imágenes son las cuatro columnas de cieno, con las que se inauguran las adjetivaciones de carácter negativo. Esta, precisamente, es una adjetivación completamente inesperada, que pertenece a un campo semántico diferente al sustantivo y cuya única intencionalidad es dotar a esas columnas de un carácter adverso. Porque las columnas, aparte de ser un símbolo de opulencia, generan una impresión de poder, de solidez, pero resulta que estas son de barro, con lo que de inmediato se anula esa tradicional sensación de poderío. Esta, entonces, es una aurora que se levanta desde el barro, desde la suciedad, no desde lo sólido ni desde lo luminoso que implicaría el despertar de un nuevo día. Esas columnas, que por otro lado aluden a la imagen tradicional de los rascacielos de la gran ciudad, a su verticalidad, son cuatro, como los puntos cardinales, con lo que parece ser que nada se escapa a la degradación. 

Esta aurora atípica, descompuesta, degradada, se continúa en la imagen de ese huracán de palomas que chapotean las aguas podridas. Nuevamente vemos cómo los elementos utilizados por el poeta no cumplen, en el contexto del texto, con la simbología que tradicionalmente han tenido. Las palomas habitualmente han sido utilizadas como un símbolo de paz, de esperanza, incluso de pureza. Pero aquí no se trata de mansas e inofensivas palomas blancas, sino de oscuras aves que, de forma hiperbólica, se presentan en un violento huracán, algo que definitivamente no podemos vincular a lo pacífico, sino a todo lo contrario, un huracán es algo que arrasa, que destruye, que devasta lo que va tocando. De manera que estas palomas, en lugar de ser un símbolo de vida, de paz, o de esperanza, son un símbolo de muerte. Lo mismo sucede con las aguas -están podridas-, no tienen aquí el carácter simbólico de vida o de fertilidad. Nueva York es una ciudad que está rodeada por agua, pero estas aguas donde chapotean las negras palomas son sucias, residuales, impuras. En definitiva, la luz del amanecer neoyorquino, para poder ingresar a la ciudad, tendrá que lidiar, que filtrarse, entre los altos rascacielos de cieno y un sombrío y violento vendaval de palomas negras. En estos primeros cuatro versos, con una gran economía de recursos, el poeta creo el clima del texto y tiró por la borda la imagen tradicional que los lectores podían llegar a tener de la aurora. De aquí en más el lector ya sabe con lo que se puede llegar a encontrar.  

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

En estos cuatro versos que, como indiqué, podrían haber funcionado como una estrofa independiente si el poeta así lo hubiera decidido, se continúa reparando en las características de la aurora neoyorquina, la que vuelve a ser nombrada de forma anafórica en el poema. Pero, a diferencia de lo que vimos en los primeros cuatro versos, aquí la aurora se comienza a personificar. Como si se tratara de un animal doliente, malherido, vemos a la aurora gemir (imagen sinestésica) en medio de la gran ciudad buscando la belleza de la naturaleza, esa que no podrá encontrar, porque ha sido avasallada por el mundo industrializado y la sociedad moderna. Esa nota natural, de llegar a estar, se encontraría en la hermosura y delicadeza de los nardos, aunque claro, también, de llegar a existir, esas flores tendrían como marca distintiva la angustia que llevarían dibujada, porque ese es el sentimiento característico de la naturaleza bajo la opresión de la gran ciudad. Esta búsqueda desesperada de la aurora me recuerda a la búsqueda, también infructuosa, de Soledad Montoya, en el “Romance de la pena negra”, ese texto del Romancero Gitano que ya he analizado anteriormente. Esta aurora gime y busca, como Soledad, pero no es una luz de calabaza como en el texto del Romancero Gitano; es una luz que, como hemos visto, tiene que disputarle la existencia a la sombras, y deambula gimiendo por la fría geometría de los edificios.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Vuelve a aparecer, anafóricamente, la aurora. Pero la voz lírica ya no se detendrá a describir las características del momento del día, como ya lo hizo, haciendo uso de la prosopopeya, de la personificación. No, ahora reparará en la recepción que hacen del fenómeno los desdichados habitantes de la gran ciudad. Se trata de un amanecer de frustración y de desesperanza. De frustración para la aurora, porque nadie la recibe en su boca y de desesperanza para los hombres, porque ellos saben que en esa ciudad no hay mañana ni esperanza posible. La aurora aquí no es esperada por la boca de los hombres como una comunión, como una luz sacramental, como un símbolo de salvación, no, la aurora aquí es rechazada, nadie quiere comulgar con ella en un mundo donde se sabe que no hay esperanza.

El dinero aparece en el poema como si se tratase de una plaga bíblica. Es algo que está animalizado, que se presenta de forma violenta, como si fuera un furioso enjambre de abejas, y atenta contra los niños, contra los más vulnerables e inocentes de la sociedad. El capital aquí es tan devastador como un enjambre de insectos que taladra, que devora la inocencia, la vida futura, en definitiva, es una sociedad donde triunfa la muerte.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

Comprender algo con los huesos es comprenderlo con lo más íntimo del ser humano. A su vez es una comprensión que tiene un carácter casi intuitivo, no es algo racional o lógico, pero es un hecho. Los huesos indican un sentir certero, como cuando duelen frente a los cambios climáticos. Así sienten la falta de futuro esos tristes trabajadores neoyorquinos. Saben que trabajan esclavizados en un sistema que pone por encima el capital a lo humano. Saben que el dinero es como una plaga devastadora, que no pueden comulgar con la aurora y que por ende no pueden esperar futuros paraísos, o futuras ceremonias amatorias, como la de deshojar una margarita. En definitiva, los habitantes de Nueva York saben, como ya lo señalé en el estudio de “Vuelta de paseo”, que esa ciudad es un infierno creado por el hombre. Un barrial burocrático de números y leyes alejado de la naturaleza y del hombre. Por eso los juegos estarán despojados de arte (actividad que deriva directamente de la sensibilidad humana), y los sudores serán sin fruto, metáfora que alude al trabajo sin recompensa.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.

La aurora, referida ahora de forma metonímica como “la luz”, es finalmente vencida. Pierde la lucha con la gran ciudad industrializada y es sepultada, encadenada. Es el triunfo infernal de la oscuridad, las cadenas y los ruidos, sobre la naturaleza y los hombres. La ciencia sin raíces, la artificial, la que no está vinculada a la naturaleza ni al servicio de la humanidad, es la triunfante. 

Y así finaliza el poema, mostrando el trágico despertar de la gran ciudad, donde sus habitantes parecen no haber tenido descanso, parecen ser zombis sin rumbo. Muertos vivientes que deambulan en medio de la opresión y la destrucción, situación lastimosa que, tan brillante y trágicamente ilustra el poeta con la imagen de los versos finales: “Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes / como recién salidas de un naufragio de sangre”.

En los dos poemas estudiados de Poeta en Nueva York, “Vuelta de paseo” y “La aurora”, pudimos ver cómo la naturaleza de la gran ciudad aparece avasallada y el ser humano oprimido. La metrópolis es vista como un infierno creado por el hombre, un lugar apocalíptico y hostil. Creo que, con ambos análisis literarios, otra cosa que hemos podido comprobar es que no nos enfrentamos a poemas de carácter surrealista. Poeta en Nueva York es una obra de vanguardia, con imágenes muy audaces, pero todos son textos controlados por la intelectualidad, no responden nunca a una escritura automática al margen de preocupaciones estéticas o morales.

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