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ESTUDIO CRÍTICO Y ANALÍTICO DE LA POESÍA DE FEDERICO GARCÍA LORCA (IV)

 Publicado:  06/05/2020

Romance de la casada infiel


Por  Fernando Chelle


Continuando con los análisis literarios de la poesía de Federico García Lorca, hoy estudiaré su texto poético más conocido, La casada infiel. Es el sexto poema del Romancero gitano (1928) y está dedicado a la escritora cubana Lydia Cabrera -amiga personal de Margarita Xirgu-, a quien Federico García Lorca conoció en Madrid. Se cuenta que los familiares de la escritora, en la Habana, cuando leyeron la dedicatoria, no dejaron de escandalizarse por el contenido del texto que Lidia prefería entre los del poeta andaluz, por considerarlo el más impactante. 

 

La Casada infiel

 

A Lydia Cabrera y a su negrita 

 

Y que yo me la llevé al río 

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

Fue la noche de Santiago 

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

En las últimas esquinas

toqué sus pechos dormidos,

y se me abrieron de pronto  

como ramos de jacintos.

El almidón de su enagua

me sonaba en el oído

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos.

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río.

*

Pasadas las zarzamoras, 

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

Yo me quité la corbata. 

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver.

Ella sus cuatro corpiños.

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendidos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

Aquella noche corrí 

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos.

No quiero decir, por hombre, 

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento 

me hace ser muy comedido.

Sucia de besos y arena

yo me la llevé del río.

Con el aire se batían

las espadas de los lirios.

 

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande, de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río. 

 

El tema central del poema es el encuentro sexual (casual) de un gitano con una mujer casada, la noche de Santiago, en un lugar cercano a un río. De alguna manera, la temática principal del romance, a la que podríamos sumarle algunos temas secundarios como el del amor, la hombría, el adulterio, ya está resumida en ese título epónimo y emblemático tan diciente, un título que resume y a su vez nos anticipa el contenido lírico narrativo que los lectores vamos a encontrar. 

Este poema, como todos los del Romancero gitano, es un romance, una composición poética de versos octosílabos con rima asonante. A diferencia de los otros poemas que componen la obra y de los romances tradicionales, en este texto la rima asonante se encuentra en los versos impares. Hay otra particularidad formal de este romance de 55 versos, y es que el primero de esos versos, en lugar de ser octosílabo, es eneasílabo.

Es una obra que está compuesta de dos partes separadas por un asterisco (en la edición original), la primera parte es una estrofa de 19 versos, y la segunda son dos estrofas, una de 28 versos y otra de 8. De alguna manera estas tres partes formales (estas tres estrofas) están vinculadas con la división del discurso lírico narrativo del romance. Porque el primer momento de la estructura interna del poema, el que abarca esa especie de prólogo que suponen los tres primeros versos y luego muestra la salida de la pareja de la ciudad rumbo al río, se encuentra en la primera estrofa, en los primeros 19 versos. La segunda parte de la estructura interna, la de la ceremonia del desnudo y la del encuentro sexual, corresponde con la segunda estrofa. Y finalmente, el tercer momento de la estructura interna del poema, se corresponde con la estrofa de cierre que es donde el gitano reflexiona sobre lo acontecido.

Con respecto a la estructuración interna del poema también es notoria la división del material discursivo en cuartetas. Si dejamos de lado los tres primeros versos, veremos que todo el poema tiene una estructura cuaternaria. Y la anomalía de los tres primeros versos responde justamente a que ese comienzo abrupto con la conjunción “Y”, supone la falta de un verso, y esto lleva a que el poema esté acentuado en los versos impares. Pareciera como si García Lorca no solamente hubiera querido comenzar abruptamente su obra, sino que lo que quiso fue presentarla como ya empezada. Esa “Y” con que comienza alude, indudablemente, a algo anterior que los lectores (o escuchas, llegado el caso) desconocemos. Pareciera como si la conjunción fuera lo único que sobrevivió de lo desconocido, y es la que le agrega al primer verso una sílaba más con respecto a los versos restantes.

 

Primer momento

 

Y que yo me la llevé al río 

creyendo que era mozuela,

pero tenía marido.

 

Como ya sucede en el título del poema, estos tres primeros versos, separados como vimos de la estructura cuaternaria de la obra, son un resumen, una síntesis temática y a su vez también una anticipación que realiza la voz poética sobre lo que aconteció aquella noche pretérita a la que se referirá. La conjunción con la que comienza, que alude a algo anterior, de alguna manera también supone la presencia de un oyente, o de algunos oyentes ficticios a quien va dirigida la historia; supone la presencia de un público, de un auditorio, de un receptor inmediato. Otra cosa que ya se anticipa también en estos versos es el carácter netamente machista de la composición. Claro que esto es una apreciación de tipo moral que nada le resta a la belleza estética del poema, pero no deja de ser significativo el tratamiento que se le da a la mujer en la historia. Significativo no solo por el hecho condenable de que aquí la voluntad femenina parece no tener ningún valor y es el hombre quien toma las decisiones como si la mujer fuera un objeto, sino también porque para la cultura gitana la fidelidad conyugal es un precepto básico, y esto es algo que García Lorca sabía muy bien. El machismo radica también en que el gitano, la voz poética, se presenta como la víctima de la situación, ya que nos dice que él se la llevó al río confundido, “creyendo” una cosa que no era. Aquí la mujer es la que engaña, la que llevada por su interés en mantener una relación sexual oculta a su compañero de ocasión su verdadero estado civil. Aquí el que se “lleva” al río a la mujer como si se tratara de un objeto es el hombre, pero resulta que la transgresora, la que quebranta las normas, es la mujer. 

 

Fue la noche de Santiago 

y casi por compromiso.

Se apagaron los faroles

y se encendieron los grillos.

 

La historia contada en el poema tiene lugar un 25 de julio, que es el día de la fiesta patronal de Santiago. En esa noche de calor, de celebración, fue donde las condiciones se dieron para que la pareja protagonista de los hechos se conociera y terminara teniendo una relación íntima en las cercanías de un río. La voz poética, que se corresponde con la del gitano protagonista, que mostrará en el romance su orgullo gitano y su hombría, se encarga de decir, al comienzo de la historia, que el relacionamiento que se dio con la mujer fue “casi por compromiso”. Es importante reflexionar un poco sobre esta frase y preguntarnos: ¿con quién se siente comprometido el hombre?, ¿con ella?, ¿con los posibles amigos que podrían haber estado en el lugar?, ¿con él mismo y su machismo intrínseco que le impide rechazar a una mujer dispuesta a un encuentro pasional?

Lo cierto es que en el principio de la historia el gitano parece no estar muy motivado, y esto no se debe al engaño que dice haber sufrido al enterarse de que la mujer era casada, porque en una primera instancia eso era algo que no sabía. Lo que hay aquí, en este mundo machista del romance, es una interacción problemática de los sexos. Porque sea con quien sea el “compromiso” que siente el gitano, lo cierto es que se va a ir con la mujer, “se la va a llevar” -para usar sus palabras-, obligado por una situación puntual. Podríamos pensar que aquí, sería muy válido hacerlo, fue la mujer la que comenzó la seducción, la que se empoderó en el relacionamiento social y emotivo; incluso, podríamos pensar que fue la mujer la que propuso la escapada pasional. Porque si bien miramos, parece hasta contradictorio el hecho de que el gitano diga “me la llevé al río” pero después aclare que fue “casi por compromiso”.

Pareciera como si la voz poética no quisiera mostrar debilidad frente a sus pares, frente a quienes está contando la historia, y debe dejar en claro que fue él el que manejó la situación, quién cumplió como hombre con lo que estaba obligado frente a una mujer. Es su orgullo de macho lo que le impide un posible rechazo, es su honor el que no le permite cederle el poder a la mujer, ni mucho menos darle de que hablar en un futuro, por eso es por lo que dice “casi por compromiso”

Las circunstancias de la fiesta nosotros las desconocemos, pero, como lectores activos, debemos de imaginarlas. Seguramente se miraron, conversaron, quizás bailaron, en fin. Lo que sí nos dice el texto, a través de imágenes bellísimas es que la pareja decide abandonar el lugar en donde se encontraba la gente reunida. Mediante una antítesis cinestésica la voz lírica sugiere el alejamiento de la pareja de ese sitio urbano, donde se encontraban, hacia un sitio más natural: “Se apagaron los faroles / y se encendieron los grillos”. Con esta combinación de imágenes visuales y acústicas el poeta comienza a mostrar el alejamiento de la pareja del lugar, donde la luz de los faroles, símbolo de lo civilizado, de lo artificial, va quedando atrás, se va apagando, para dejar lugar al sonido de los grillos, símbolo de lo natural, de un mundo que se está por conquistar.

Es muy afortunado y significativo que el poeta haya elegido encender los grillos, en lugar de las estrellas, lo que parecería más lógico. Porque de esta forma, con la sinestesia (ya que los grillos encienden lo acústico, no lo visual) el texto gana en lirismo y también en simbología, ya que el canto de los grillos está vinculado a un llamado sexual de estos insectos. Pero quizá lo fundamental de esta antítesis cinestésica de faroles y grillos, es que es como una puerta, como una cortina que separa a los personajes del mundo ordenado de la festividad social y religiosa y los conduce al que será el escenario natural de la pasión amorosa. 

 

En las últimas esquinas

toqué sus pechos dormidos,

y se me abrieron de pronto  

como ramos de jacintos.

 

“En las últimas esquinas”, o sea, cuando ya están completamente solos, cada vez más lejos de la festividad y en medio de la oscuridad, es donde comienza el contacto físico y la excitación mutua. Por medio de una sugestiva comparación, el poeta describe el despertar de los pechos de la gitana como si se tratara de un ramo de jacintos. La excitación de la joven es como una ofrenda exuberante y perfumada de la naturaleza para las manos del gitano. El tacto hizo que se despertara el deseo, la excitación, y los pechos, en principio dormidos, se abrieron de forma análoga a como se encendieron los grillos. 

 

El almidón de su enagua

me sonaba en el oído

como una pieza de seda

rasgada por diez cuchillos.

 

A la sensación táctil y olfativa se le suma una imagen auditiva correspondiente al sonido que produce el almidón de la enagua de la gitana al ser tocado pasionalmente por el hombre. Son acciones que van mostrando como la excitación va creciendo, y hasta cierto grado de violencia consentida podemos ver en esos dedos desesperados, anhelantes, del gitano, metaforizados como cuchillos. 

 

Sin luz de plata en sus copas

los árboles han crecido

y un horizonte de perros

ladra muy lejos del río. 

 

En estos cuatro versos con que se cierra la primera parte del poema, la voz poética vuelve a centrar su mirada en el entorno y aparecen nuevamente las imágenes visuales y auditivas. El ambiente es el ideal para la intimidad. La noche es oscura y esos árboles que parecen crecer hasta el cielo como símbolos fálicos ni siquiera están iluminados por la luna, la que tan bella y metafóricamente está aludida como “luz de plata”. La metáfora que remite al ladrido de los perros es magnífica, porque el horizonte, que indudablemente implica lejanía, es una marca visual, y aquí en cambio la lejanía tiene una marca auditiva, la del ladrido de los perros. Esto es una muestra de que, definitivamente, ellos ya se encuentran en el lugar propicio para dar rienda suelta a la pasión. Los perros están donde está la gente, en la ciudad, y ellos ya están completamente solos, en una noche oscura, cubiertos y protegidos por una naturaleza cómplice. Un aspecto muy importante en que debemos reparar en estos cuatro versos es el cambio de los tiempos verbales, algo que veremos en el segundo momento, donde se utilizarán, como una forma de acercarnos la acción contada, los verbos en presente.

 

Segundo momento

 

Pasadas las zarzamoras, 

los juncos y los espinos,

bajo su mata de pelo

hice un hoyo sobre el limo.

 

Esta segunda parte del poema, que tendrá como centro de interés el encuentro sexual de la pareja, comienza haciendo referencia al acto de elección y preparación del lugar propicio para el amor. Hay elementos de la naturaleza que deben sortear, como las zarzamoras, juncos y espinos, pero que a su vez los ayudarán a camuflarse, ya que ingresan a un lugar más impenetrable y seguro. Allí, es donde improvisan un lecho natural, sobre el mismo limo de las márgenes del río. Ya ha quedado atrás definitivamente el mundo civilizado, y aquí los amantes se mimetizan con el ambiente natural y agreste que los rodea. El pelo de la mujer es tan salvaje como una de esas matas que están alrededor de ese hueco barroso que ha dejado el peso de sus cuerpos.

 

Yo me quité la corbata. 

Ella se quitó el vestido.

Yo el cinturón con revólver.

Ella sus cuatro corpiños.

 

Al principio del texto, cuando el gitano refirió que su manera de actuar había sido “casi por compromiso”, yo me permití especular sobre el hecho de que quizás había sido la mujer la que comenzó la seducción, e incluso la que propuso la escapada pasional. Recuerdo esto aquí para que reparemos ahora en la forma de actuar de esta mujer llegada la ocasión de la relación sexual. Porque en ningún momento la vemos con una actitud sumisa o pasiva. Todo lo contrario, aquí ya no necesita las manos del gitano para que se despierten sus deseos, es ella misma la que se quita la ropa, y hay una paridad en las acciones realizadas por la pareja. A través de versos paralelos la voz poética del gitano nos cuenta la ceremonia de cómo ambos se van despojando de esas vestimentas que pertenecen a ese mundo que quedó atrás, lejos del río, donde ladran los perros.  

 

Ni nardos ni caracolas

tienen el cutis tan fino,

ni los cristales con luna

relumbran con ese brillo.

 

En estos versos que encierran la contemplación de la belleza del cuerpo desnudo de la gitana los verbos se encuentran en presente. Es un tiempo verbal que nos acerca el disfrute visual del gitano. Estos son versos que detienen el ritmo de la narración para darle importancia a la contemplación. La descripción poética es sumamente sensual y está compuesta de imágenes táctiles y visuales. La belleza de la gitana es hiperbólica, ya que ni los elementos más hermosos de la naturaleza, como las flores y las caracolas podrían comparársele, y ni los cristales bañados por la luz de la luna podrían llegar a resplandecer como lo hace ella en medio de la oscuridad.

 

Sus muslos se me escapaban

como peces sorprendidos,

la mitad llenos de lumbre,

la mitad llenos de frío.

 

Nuevamente el ritmo narrativo del poema comienza a acelerarse y a fluir como los muslos de la mujer en las manos del gitano. Estamos aquí en medio del acto sexual y las piernas femeninas son comparadas con escurridizos peces sorprendidos. Esta es otra magnífica y afortunada imagen tomada de la naturaleza, de gran belleza plástica y sensorial. Hay una analogía muy marcada entre la forma de los muslos y la de algunos peces. Además, está implícita la movilidad en la comparación, porque esos peces están vivos, sorprendidos. Esa vida está marcada no solo en el movimiento de esos peces sorprendidos, sino en la temperatura que ellos irradian, ya que están “la mitad llenos de lumbre”, la parte más cercana al sexo, y “la mitad llenos de frío”, la más lejana, la que se apoya sobre el limo.

 

Aquella noche corrí 

el mejor de los caminos,

montado en potra de nácar

sin bridas y sin estribos.

 

Estos cuatro versos son el resumen, la conclusión de lo vivido esa noche pretérita por parte del gitano en aquel casual encuentro sexual. Metafóricamente, la mujer es aludida como una “potra de nácar”, un hallazgo poético magnífico. El caballo en la poesía lorquiana funciona como un símbolo de libertad y de vitalidad, y estos son los aspectos más característicos de esta mujer libre, natural, llena de vida y de belleza. Pero esta potra fusionada con la naturaleza tiene un carácter casi anfibio, porque es de nácar. Estos elementos reúnen en una sola imagen la pasión, la tersura y la luminosidad de la mujer, elemento este último que la voz poética ya había referido de forma magistral cuando dijo que ni los cristales con luna llegan a irradiar el brillo de aquel cuerpo en la oscuridad.

Pero hay otro elemento todavía que contribuye a darle un carácter aún más salvaje al encuentro sexual. Esa potra de nácar estaba despojada de elementos de control, de domesticación, de manejo, estaba “sin bridas y sin estribos”, lo que nos lleva a pensar que allí todo debió ser pasión y desenfreno. 

 

No quiero decir, por hombre, 

las cosas que ella me dijo.

La luz del entendimiento 

me hace ser muy comedido.

 

Este es un instante reflexivo de la voz poética, que parece querer decirle a su audiencia, a sus posibles receptores inmediatos, que él podría contarles (contarnos) las cosas increíbles que le dijo a solas aquella mujer, pero no lo hará, porque de hacerlo estaría transgrediendo su código de hombría, de caballerosidad. Las palabras del gitano sin duda sugieren la absoluta falta de pudor en las palabras de la mujer, una libertad que a esta altura del romance y después de lo que se nos ha contado no debería sorprendernos. De todas maneras, yo siento esta confesión como impostada, como una falsa discreción de alguien que no hace más que seguir alardeando, aunque ahora de forma soterrada, de su accionar machista, varonil. Porque si realmente lo que le interesa es no deshonrar a la mujer, directamente no hubiera referido la historia y listo.

 

Sucia de besos y arena

yo me la llevé del río.

Con el aire se batían

las espadas de los lirios.

En esta última estrofa del segundo momento del romance, el ritmo narrativo comienza a enlentecerse, mientras los amantes abandonan las márgenes del río. En las palabras del gitano ya se desprende el hecho de que supo, de que se enteró, o quizá mejor, de que comprobó, que aquella mujer no era una mozuela. Por esta razón habla de la suciedad de la mujer, una suciedad que no es solo física -la que se explicaría por las condiciones del lugar-, sino también moral, porque ella por un lado le fue infiel a su marido y por otro lado también lo engañó a él, su pareja ocasional. De manera que la arena es una suciedad física, pero los besos son una mancha en la honorabilidad para una mujer casada con otro hombre. La naturaleza, siempre cómplice y empática con las situaciones vividas, parece hacerse eco de la decepción del gitano y mostrar su enojo en ese entrechocar de los lirios con el aire.

 

Tercer momento

 

Me porté como quien soy.

Como un gitano legítimo.

La regalé un costurero

grande, de raso pajizo,

y no quise enamorarme

porque teniendo marido

me dijo que era mozuela

cuando la llevaba al río.

En el final del poema vemos que el gitano se siente orgulloso de sí mismo, de su sexo y de su etnia. Como hombre ha cumplido sexualmente con la mujer, aunque la decisión de ir con ella al río haya sido, como lo declaró, “casi por compromiso”. Pero lo cierto es que allí la pasó muy bien, porque otra cosa que declaró fue que con ella corrió “el mejor de los caminos”. De todas maneras, como gitano legítimo, y de forma racional, decide no solo no enamorarse de aquella joven mujer que lo engañó, sino también regalarle un costurero, o sea, darle una compensación material por lo vivido. Esta acción, que supone un encuentro posterior con la mujer no referido en el poema, supone también un cambio de categoría aún más degradante para ella, porque pasa de ser considerada promiscua, libidinosa o adúltera, como se la califica desde el título del romance, a ser tratada como una prostituta que recibe un pago por sus servicios.

Es muy significativo el regalo que le hace, porque un costurero es un objeto que está vinculado a las tareas domésticas femeninas y es un símbolo maternal. Es como si con ese regalo el gitano le estuviera sugiriendo a la mujer que se dedique mejor a su rol de esposa, a su casa y a su familia, antes de seguir teniendo aventuras amorosas con extraños.  

Todo el poema está atravesado por el código de honor del gitano. Él toma las decisiones según los valores que considera legítimos. Y claro, muchos de esos valores podrán ser discutibles desde la moral de los receptores. Habrá quién se pregunte por qué nada se dijo en el poema del estado civil del protagonista y únicamente se reparó en el de la mujer. Habrá quienes se preguntarán por qué el hombre decidió regalarle un costurero y no seguir manteniendo una relación adúltera, si el encuentro fue tan maravilloso. Lo cierto es que el peso de la cultura machista del gitano es más poderoso que sus sentimientos, y esto es algo que lo lleva a terminar esa relación. 

Al margen de cualquier tipo de consideración moral, lo que no tiene discusión es que La casada infiel es un poema bellísimo desde el punto de vista estético. Hay un tratamiento magistral por parte del autor de los procedimientos retóricos, hermosas metáforas y comparaciones con elementos que abarcan todos los sentidos. Es un poema donde el trasfondo de sensualismo, seducción, erotismo y sexualidad del texto está no solo en la temática, sino también en el lenguaje con que se expresa.

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