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VADENUEVO DE COLECCIÓN: Del N° 74. PRINCIPAL DESAFÍO PARA EL TERCER GOBIERNO DEL FA

 Publicado:  04/09/2019

Las gigantescas crisis económicas uruguayas; causas y consecuencias


Por Gonzalo Pereira Casas


Rodolfo Demarco mencionó en sus dos últimos artículos, en los números 73 y 74 de vadenuevo, una hipótesis que pronosticaba el resultado de la elección de octubre:

“… los grandes cambios en el Poder Ejecutivo nacional sucedieron en el marco de graves crisis: el agotamiento de la política dirigista que procuró la industrialización, liderada por el presidente Luis Batlle Berres y su lista 15, que dio base en 1958 al primer triunfo del Partido Nacional en el siglo XX; la continuidad de lo que se llamó la crisis estructural facilitó el golpe de Estado en 1973; la crisis de la “tablita” en 1982 fue un ingrediente clave de la caída de la dictadura y de la apertura democrática; la crisis que se gestó con el ingreso de capitales a comienzos de los años ‘90 y eclosionó en 2002 facilitó el desplazamiento de los partidos tradicionales por el Frente Amplio (FA). Y el razonamiento vale aun para épocas anteriores: la crisis de 1929 que dio pie a la dictadura de Gabriel Terra. Si lo que está en la base de estos antecedentes se cumpliera, triunfará el FA y el presidente será Tabaré Vázquez”.

Como soy el culpable de tal hipótesis y de su formulación telegráfica, me veo en la necesidad de explicarla, relativizara y proyectarla para el próximo gobierno del FA.

1. NECESIDAD DE AMPLIAR UNA HIPÓTESIS FORMULADA BREVEMENTE EN NÚMEROS ANTERIORES DE LA REVISTA (EL FRENTE AMPLIO DEBÍA GANAR LA PRIMERA VUELTA). Si bien la hipótesis se confirmó el 26 de octubre, en la primera vuelta de las elecciones nacionales, la repetición en Uruguay de los hechos indicados no permite sostener una relación necesaria entre crisis y cambios políticos. Y menos aun que dicha relación deba ser válida para otros países y otros tiempos. En efecto, la repetición de sucesos no es suficiente para sostener que estamos ante una ley capaz –por sí– de permitir realizar pronósticos y que necesariamente habrá de repetirse por siempre.

Sin embargo, en muchos órdenes de la vida, la repetición de sucesos es un indicio valioso para identificar causalidades, en el caso que existan. En este caso, para intentar la explicación de lo que sostiene el párrafo citado al comienzo. Para ello debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿Existe una razón específica por la cual las crisis han definido importantes resultados políticos en Uruguay? Porque si existe, es la base para sostener que la hipótesis es correcta y que se puede volver a cumplir. La respuesta es afirmativa y veremos a continuación que la clave se encuentra en la gran magnitud de las crisis económicas que han ocurrido en nuestro país en el siglo pasado y a comienzos del actual.

2. URUGUAY HA SIDO CAMPEÓN POR LA DIMENSIÓN DE SUS CRISIS. Sostenemos que debido a su gran magnitud, a su impacto económico y social, las crisis del Uruguay han tenido un tremendo efecto sobre el comportamiento político (dos golpes de Estado, la salida negociada de la dictadura en 1984, y en los restantes casos cambios importantes en el comportamiento electoral de la ciudadanía).

La crisis económica del año 1929, originada en la propia matriz económica mundial, los Estados Unidos, tuvo un grave efecto sobre la economía doméstica: la caída del precio de la lana y las carnes determinó, por ejemplo, un déficit comercial de 41% sobre las exportaciones en el año 1931 [1]. Y la Memoria Anual de 1929 del Banco República, comentando los acontecimientos de ese año, decía:

La situación actual del país no puede ser considerada ni explicada sinó se le vincula a la crisis universal a la que dio origen la conmoción producida por la guerra europea[2]

No es el momento de desarrollar la contradicción política ocurrida entre el Consejo Nacional de Administración (CNA) y el presidente Gabriel Terra[3]; basta recordar que éste dispuso de condiciones políticas como para dar el golpe de Estado en marzo de 1933, abriendo paso a medidas opuestas a las que aplicaba el CNA [4]. De allí la confrontación y su desenlace.

Tampoco abundaremos en lo que se denominó la “crisis estructural” comenzada en la mitad de los años ´50, pues se pueden ver los aspectos que aquí interesan[5] en la Sección DOCUMENTOS de este número de vadenuevo [La “crisis estructural” del Uruguay (y lo que la nueva realidad enseña), Gonzalo Pereira Casas, 16/10/2012)].

Más recientemente, luego del año 1980 y durante un cuarto de siglo, las crisis del Uruguay se apartaron de lo que es “normal” en otros países, en particular en los países desarrollados. Obsérvese la gráfica siguiente que va de 1980 a 2004 y compara la evolución económica de Uruguay con el promedio de cuatro países industrializados (muy similar al promedio de los países desarrollados). Vemos un comportamiento completamente diferente: en el Uruguay, las dos crisis (la llamada de la “tablita”, manifestada a comienzos de los años ´80, y la crisis de la “banda de flotación”, con su manifestación plena en el año 2002) son muy profundas y extensas: la primera duró tres años y la siguiente, cuatro.

 

 

La reducción acumulada del PBI de la primera crisis es de 14 puntos y la de la segunda de 15. Esto no tiene parangón en los países desarrollados, como se ve en la gráfica, que han tenido crisis que significan reducciones pequeñas del PBI y tienen breve duración.

Para evidenciar que el promedio de los países desarrollados no oculta realidades, obsérvese la gráfica siguiente con los datos de los Estados Unidos, Alemania, Japón y Francia. Ciertamente, el comportamiento individual se aparta del promedio de los cuatro países mencionados pero no quita validez a la afirmación anterior: las caídas del PBI son pequeñas y en los dos casos más importantes, EE.UU. y Japón, abarcan solamente un año y no sobrepasan el 2%.

 

 

Efectivamente, Uruguay ha sido campeón en crisis.[6]

No es necesario anotar aquí las gravísimas consecuencias sociales de ambas crisis uruguayas pues son conocidas por todo ciudadano mayor que las padeció y las recuerda bien. Pensando en los jóvenes, ilustremos solamente el impacto sobre la desocupación, en una comparación con países desarrollados:

 

 

Los países desarrollados no dejan de tener oscilaciones en su economía (como se vio en la gráfica 2) pero el desempleo de su población trabajadora durante un cuarto de siglo se movió en una franja de 5% a 8% durante el periodo graficado, que va de 1980 a 2004. Por el contrario en el Uruguay la variación fue violenta y alcanzó a 14% y 17% en las dos crisis señaladas. Son datos terribles porque además de desocupación significaron destrucción de aparato productivo y desmoralización social. ¿Cómo podrían no incidir crisis de tal magnitud sobre la política y en la conducta de los electores? Es razonable que un elector medio uruguayo responsabilice al partido en el gobierno por cataclismos como los señalados, ocurridos en nuestro país. Como consecuencia de la crisis de 2002, el precio político pagado por el Partido Colorado (PC) fue inmenso. Si bien su origen se remonta a 1994, ocho años atrás, no es sencillo identificarlo por el elector, de manera que no afectó mayormente al Partido Nacional (PN), que gobernaba entonces y ha sido corresponsable de la crisis, como lo veremos más adelante.

Ahora podemos formular la hipótesis de la siguiente manera: en tanto el uruguayo medio tenga en su memoria el efecto de las crisis recientes (sobre todo la del año 2002), ocurrirá una conducta electoral de apoyo a la continuidad de un gobierno que aparezca como responsable del desarrollo económico con estabilidad.

Ciertamente que existen otros factores que inciden en un resultado electoral (la gestión en diversos aspectos del gobierno, el desempeño de los candidatos, la forma de hacer la campaña electoral, la actividad militante, etcétera) y que no son el objeto de este artículo. Pero en Uruguay el factor económico ha tenido y seguramente tendrá un papel muy importante en el resultado de las elecciones nacionales.

Si ahora nos referimos al periodo más reciente, a la última década, la gráfica 4 ilustra no solamente los conocidos guarismos de crecimiento del PBI sino, sobre todo a los efectos del enfoque que proponemos, la estabilidad de una década de la economía uruguaya.

 

 

La crisis mundial de 2008 y 2009 (sobre la que volveremos en el próximo artículo) no determinó siquiera un valor negativo del crecimiento del PBI del Uruguay.

A pocos días del balotaje y sin inminencia de alguna turbulencia sobre la estabilidad económica existente, podemos decir que este poderosísimo factor contribuye en gran medida al triunfo de Tabaré Vázquez el próximo 30 de noviembre. Y si así sucediese, los antecedentes indicados indican que el principal desafío del tercer gobierno del Frente Amplio será evitar la inestabilidad económica intrínseca de la época y los daños colaterales de la inversión extranjera y el correspondiente ingreso de capitales al país. Pero esto también será abordado en el próximo artículo.

Tras haber destacado la gran magnitud de las crisis sucedidas en el Uruguay, sobre todo en la década de los ´80 y en el año 2002, pasemos a la causa de tal característica.

3. CINCO DÉCADAS CON PROBLEMAS DEL DESARROLLO. Las dificultades de crecimiento económico se manifestaron de forma clara en Uruguay desde la mitad de los años ´50, pero desde la crisis de la “tablita” en 1982 y durante un cuarto de siglo se implantó un patrón que podría denominarse “crecimiento espasmódico”.[7] En la siguiente gráfica se observa que el PBI del Uruguay presenta retrocesos fortísimos durante las crisis:

 

 

La siguiente gráfica muestra el saldo de los retrocesos y avances bajo la forma de recta de ajuste a la curva de la tasa anual de variación: su pendiente indica la evolución de la tasa de crecimiento anual, levemente decreciente en torno a 2%. La comparación con la correspondiente al promedio de cuatro países desarrollados que se observa más arriba, también levemente decreciente pero en torno a 3%, evidencia que además de las oscilaciones fortísimas, Uruguay creció a una tasa menor que ellos durante un cuarto de siglo.

 

 

Lo anterior significa que durante ese cuarto de siglo aumentó la brecha entre nuestro país y los desarrollados, lo que justificó el concepto de “crisis estructural” uruguaya.

El comportamiento del crecimiento del PBI del Uruguay no corresponde al de los países desarrollados (como ya se vio), pero tampoco al de muchos no desarrollados. Por ejemplo Brasil: la gráfica siguiente indica una evolución del PBI con momentos de reflujo pero que son absolutamente menores que en el Uruguay (ver una discusión sobre la forma en que algunos países como Chile evitaron el efecto del ingreso de capitales en “Protagonista oculto…”, op. cit.).

 

 

Si el crecimiento espasmódico del Uruguay es una debilidad de su economía y además es determinante de los cambios políticos, debería merecer una atenta observación de los investigadores y politólogos. Ciertamente que las crisis responden al movimiento en ciclos propio de la economía capitalista, donde se cumple lo que señala Bernardo Ramazzi en la discusión que realizan las Redes FA:

El capitalismo, cada vez que se encuentra en una crisis hace una de las cosas que mejor sabe hacer para sobrevivir y seguir pujante, destruye Capital, destruye riqueza y hace pagar las crisis a las mayorías, sea en África, en A. Latina y si no tiene más remedio también en las zonas de Europa y EE.UU.” (E.R., 7 de noviembre, Redes FA).

Tal planteo es válido en general pero la particularidad del Uruguay debe ser identificada: la destrucción de capital sucedida en la crisis de 1982 y en la de 2002, además de ser mayúscula, fue específica pues respondió a un patrón particular del movimiento económico, como se verá a continuación.

4. LAS CRISIS EXPRESAN LA RELACIÓN DEL URUGUAY CON EL MERCADO MUNDIAL. A continuación se fundamentará que la profundidad de las crisis ocurridas durante casi un siglo en nuestro país se explica por nuestra forma de inserción internacional. Para ello es necesario distinguir dos periodos.

4.1. DE LOS ´50 A LOS ´80: LAS AMARGURAS DEL COMERCIO INTERNACIONAL. Luego de la formación del mercado mundial, a impulsos de la revolución industrial de Inglaterra, la relación entre los países fue intensa y de diverso carácter: comercial, financiera, cultural, política, etcétera. En la particularidad de las crisis sufridas por el Uruguay se debe destacar el importantísimo papel cumplido por el comercio exterior en el desarrollo económico nacional. Se puede medir su elevada importancia mediante el coeficiente de apertura, entendido como la relación entre la suma de exportaciones e importaciones frente al PBI. Dicho valor expresado como porcentaje expresa el grado de internacionalización de una economía, o, dicho en otros términos, la proporción de su actividad económica vinculada al exterior (en 1990 el coeficiente de apertura [8] del Uruguay fue de 32%; en Brasil de solamente 10%)[9]. Obviamente, cuanto mayor es la apertura comercial, mayor es el impacto de las variaciones del comercio internacional, de sus volúmenes y precios. Por eso el mercado mundial determinó episodios de auge económico y episodios de crisis nativas, como sucedió de forma muy marcada por los Tratados de Otawa, que afectaron fuertemente a nuestras exportaciones cárnicas, y la ya referida crisis comenzada en el año 1929. Posteriormente, luego del fin de la guerra de Corea, la caída del precio de nuestra mayor exportación, la lana, abrió paso al largo periodo crítico comenzado a mitad de los años ´50.[10] Fueron décadas de dolorosa adaptación a las nuevas restricciones externas: debido a la reducción de los ingresos de divisas se encogió el mercado interno y se reestructuró la industria, con cierre de ramas enteras dirigidas al mercado interior y crecimiento de las agroindustrias orientadas a la exportación; ciertamente, una realidad conocida pero poco entendida en su funcionamiento interno y en el papel de la relación del dinero nativo y el dinero mundial, el dólar.

Es importante tener en cuenta cómo opera la regulación de mercado sobre el comercio exterior y el papel que cumple la variación del valor de la moneda local.

Así como la variación del precio de cualquier mercancía opera como regulador de la cantidad producida, la variación de la relación de la moneda nativa con el dinero mundial (el dólar) es el mecanismo que determina la proporción entre la producción de productos exportables o dirigidos al mercado interno que compiten con importaciones (productos transables) y los que no tienen un vínculo directo con el mercado exterior (no transables). Y actúa mediante una evolución diferente de los precios de ambos tipos de productos. Por ejemplo, si hay escasez de dólares (dólar “caro”) se encarecen los productos transables cuyo precio está ligado a la cotización del dólar (su precio aumenta más que el conjunto de los precios), crece su rentabilidad y el estímulo a su producción. La caída del precio de las exportaciones (como sucedió luego de la guerra de Corea) significó una reducción de la disponibilidad de divisas, necesarias en primer lugar para realizar las importaciones; se encareció el dólar[11] y, al hacerlo, sostuvo la rentabilidad de las actividades afectadas, es decir, las exportadoras y las que compiten con las importaciones, compensando la disminución del precio internacional. Esto se conoce como un episodio de “adelanto cambiario” y es un procedimiento de equilibrio pues reestructura la producción estimulando las exportaciones. El adelanto cambiario sucedido a partir de la Ley de Reforma Monetaria y Cambiaria del año 1959 permitió recuperar la rentabilidad de las actividades ganaderas (afectadas en aquel momento por la caída del precio internacional de sus productos y luego debido a los subsidios a las exportaciones agropecuarias de los países industrializados) y desarrollar nuevas agroindustrias exportadoras. En una fase de adelanto cambiario el salario (precio de la mano de obra, bien “no transable”) se rezaga frente a la evolución general de los precios, es decir, se abarata y se reducen los costos de producción. En Uruguay significó la reducción de los salarios durante las décadas siguientes a los años ´50 y el estrechamiento del mercado interior, contribuyendo así a la crisis de la producción industrial dirigida a él, actividad que en general, carecía de competitividad internacional al punto que ni siquiera el “dólar caro” podía viabilizarla.[12]

En síntesis, desde el ángulo que estamos considerando, el periodo 1950/1980 significó un largo proceso de adaptación de la producción nacional a un entorno internacional que se hizo menos propicio; el país de las “vacas gordas” dio lugar al de las “vacas flacas” con los dolores sociales correspondientes: el elector castigó al batllismo y su proyecto industrializador que fracasó en la segunda mitad de los años ´50, desplazándolo por el Partido Nacional; luego castigó a éste, que durante dos periodos no encontró salidas satisfactorias; posteriormente se crearon condiciones económicas y políticas para el golpe de Estado del año 1973, que mantuvo el poder hasta el fin del período ahora considerado.

Cuando una fase de “adelanto cambiario” cumple su cometido, las actividades productoras de bienes exportables pueden aumentar el ingreso de dólares para el país y se abre una fase de abundancia de dólares, con dólar “barato”, o fase de “atraso cambiario”, con consecuencias inversas, como veremos con detalle en el próximo punto.

Hasta la proximidad de los años ´80 los flujos financieros adicionales a los flujos comerciales no fueron ajenos a la crisis del año 1929 ni a la extensa crisis comenzada a mediados de los años ´50, pero su papel fue secundario frente a las peripecias del comercio exterior. Pero la cuestión cambió absolutamente a fines de los años ´80, como se verá seguidamente.

4.2 DESDE LOS ´80 A LA GRAN CRISIS QUE CULMINÓ EN 2002. El factor comercial no ha dejado de tener un papel en la explicación de las crisis del periodo que ahora consideramos pues la apertura comercial continuó creciendo (por ejemplo, en 2007 alcanzó a 53%, y también en Brasil, aunque con un valor de 24%)[13]. Sin embargo, la clave para entender las crisis ocurridas en Uruguay durante el periodo 80´/2002 radica en un factor novedoso: el auge del movimiento de capitales sobre fronteras, la exportación de capital dinero y de instrumentos financieros entre los países desarrollados y, sobre todo, hacia los no desarrollados, incluyendo al Uruguay. Hay economistas que sostienen que el rasgo fundamental de la globalización no es el aumento del comercio internacional (que, efectivamente, creció mucho) sino el incremento en flecha de tal movimiento de capitales entre países; si bien no es un fenómeno nuevo, sí lo es la velocidad y la importancia que ha adquirido.

Ya hemos tenido la oportunidad de fundamentar[14] que ambas crisis ocurridas durante el periodo ahora considerado (conocidas popularmente como de “la tablita” y de la “banda de flotación”) tienen un origen similar; vaya a modo de telegrama: la gráfica que sigue muestra que durante casi toda la década de los años ´70 la tasa de interés LIBOR[15] real (descontada la inflación del dólar en los EE.UU.) estuvo próxima a cero, e incluso llegó a ser negativa.

 

Fuente: “Protagonista oculto…”, op. cit.

 

La razón radicó en la dificultad de acumulación de capital sucedida en los países desarrollados, particularmente en los EE.UU., ocurrida en torno a los comienzos de los ´80 (ver gráfica 9), lo que complicó la colocación de créditos en la matriz, es decir, en los países desarrollados, con la consiguiente reducción de la tasa de interés[16] y la búsqueda de colocación en la periferia.

 

 

A partir del año 1990, y vinculada a la caída del PBI de los EE.UU. desde 1989 a 1991 indicada en la gráfica 9, vuelve a ocurrir una aproximación de la tasa Libor a cero, como se observa en la gráfica 10.

 

Fuente: “Protagonista oculto…”, op. cit.

 

Determinado por los dos momentos de dificultades de colocación de créditos en países desarrollados arriba indicados, entran dólares a raudales a Uruguay. En el primer caso, tomados como créditos por la dictadura durante 1978/82, sobre todo para sostener la “tablita”; en el segundo, y desde el año 1994, durante el gobierno del presidente Luis Alberto Lacalle y en años siguientes, dirigidos básicamente al financiamiento de importaciones y del crédito al consumo doméstico. Quienes exportaron dólares lograban así rentabilidades no obtenibles mediante depósitos en bancos internacionales.

Fueron dos instancias de abundancia de dólares que iniciaron dos fases de atraso cambiario, la caída de su cotización en pesos (dólar “barato” o sobrevaluación del peso) y la ruina de la producción de exportables y de productos substituibles por importaciones; se desencadenó el quiebre de la cadena de pagos, la crisis financiera y acontecimientos económicos y sociales que por conocidos no expondremos. Ambos aluviones de ingreso de capitales redujeron la rentabilidad de las actividades productoras de transables, las estrangularon arrimándolas a la quiebra y a la incapacidad para devolver créditos. Cuando se acumulan los eventos derivados del atraso cambiario ocurre el movimiento inverso de los dólares, que huyen de un mercado en el que no se recuperan los créditos ni se cumplen los contratos; escasean los dólares y se abre la fase de adelanto cambiario, se encarece el dólar de forma abrupta por una gran devaluación (se abarata la moneda nacional), ocurre la manifestación clara de la crisis y, vía desempleo, se desploman los salarios.

Véase que es una forma especial de destrucción de capital, de capacidades productivas, pues en nada se parece a los ciclos de destrucción de capital que ocurría en los países desarrollados durante el periodo 1980/2004, cuando, ante una reducción de la tasa de ganancia debido a la sobreproducción, se mueven al exterior los capitales, disminuye la inversión y el empleo y, sobre todo, las actividades productoras de bienes salario. Aquí es diferente: se genera una crisis económico-financiera, con un flujo inverso de dólares que ahora fugan, se desploma la cotización del dólar (megadevaluación) y ocurre adelanto cambiario, el cual promueve –vía rentabilidad– las actividades productoras de transables y destruye las productoras de no transables.

Los nuestros han sido ciclos de atraso y adelanto cambiario de enorme magnitud, la variación de la cotización de nuestro peso en dólares fue tremenda, incomparablemente mayor que la variación de la cotización en dólares del Real brasileño, del Euro o de la moneda china. Las rentabilidades diferenciales así determinadas por el atraso cambiario destruyen el aparato productor de transables e inflan el de no transables; y luego, cuando la crisis provoca la devaluación y el adelanto cambiario, lo reconstruyen mientras destruyen el aparato productor de no transables. Tal es la explicación, desde nuestro punto de vista, de la gran magnitud de nuestras crisis.

5. EL PRINCIPAL MÉRITO DE LA CONDUCCIÓN ECONÓMICA DE LOS GOBIERNOS DEL FA. Los adversarios políticos del Frente Amplio han sostenido que la bonanza económica observada durante sus dos gobiernos se explica por el viento a favor de la economía mundial: aumento de precio de nuestras exportaciones, bajas tasas mundiales de interés, reducción del proteccionismo de los países industrializados a su producción agropecuaria, etcétera. No veremos aquí tal cuestión, pero comprobemos que han ignorado, o ninguneado, o silenciado, la audaz política económica que redujo hasta ahora los daños colaterales del ingreso de capitales propio de la inversión extranjera. Mejor no meneallo diría el Quijote: razones tiene el silencio pues entrar en el tema implicaría confesar el principal pecado económico de los gobiernos blancos y colorados: no supieron evitar la megacrisis que tuvo su punto de eclosión en el año 2002, como producto de la acumulación de 8 años de atraso cambiario comenzado desde 1994, durante el gobierno de Lacalle, continuado durante el segundo periodo de Julio María Sanguinetti, y explotando en las manos del presidente Jorge Batlle.

En el próximo artículo veremos por qué el tercer gobierno del Frente Amplio tendrá como principal desafío económico conservar la estabilidad lograda hasta ahora.

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