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OTRA VEZ LAS PRUEBAS PISA
Una pequeña novela por entregas
Por Fernando Rama
Esta vez la publicación de los resultados de las pruebas del Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes PISA adquirió ribetes propios de una telenovela. De corta duración, pero con fuertes emociones.
Esas emociones sacudieron tanto a los que, como es mi caso, ya no abrigamos ninguna esperanza de transformación de nuestro sistema educativo, como para aquellos que consideran que las propias pruebas no miden lo que deberían medir. Más adelante volveremos sobre las consideraciones que manejan estas dos opciones.
Lo cierto es que la telenovela comenzó con un espectacular titular del matutino “El País” donde se señalaba que los resultados obtenidos por los estudiantes uruguayos habían sido los peores de toda la serie y, por lo tanto, nuestro sistema educativo había retrocedido. Aun para quienes sabemos desde hace tiempo que el matutino de marras miente hasta en los resultados de las carreras de caballos si ello es conveniente para los intereses oligárquicos que ha defendido con admirable consecuencia a lo largo de su existencia, el titular de primera página no dejó de sorprendernos y preocuparnos.
El segundo capítulo fue protagonizado por el actual Presidente del CODICEN, Prof. Wilson Netto, quien anunció con comprensible euforia lo contrario: los estudiantes uruguayos habían mejorado en dos de los rubros que miden las pruebas PISA ‑lectura y ciencias‑ ya que habían obtenido los mejores resultados desde que el test se aplica. En el tercer apartado, matemáticas, permanecimos en el mismo lugar que antes. Más aun, los resultados obtenidos por los quinceañeros uruguayos mostraban otra realidad promisoria: la mejoría se debía en gran medida al mejor desempeño de los estudiantes provenientes de los sectores más vulnerables de la población.
Un tercer capítulo surgió casi enseguida y su contenido fue el siguiente: las autoridades de la enseñanza se habían olvidado de leer la letra chica del instructivo correspondiente a las pruebas 2016, allí donde se indicaba que para realizar comparaciones longitudinales debían realizarse ajustes estadísticos a las pruebas anteriores a los efectos de igualar los criterios de corrección utilizados en las diferentes ediciones del test. Habría fallado el equipo técnico encargado de leer esta letra chica, con lo cual se abrió un cuarto capítulo donde se estableció una especie de puja entre los diferentes escalones técnico‑administrativos de nuestra enseñanza, capítulo éste donde el asunto pierde interés, al menos para quienes no somos técnicos en sutilezas estadísticas.
El resultado final es que el rendimiento de los estudiantes uruguayos sigue siendo el mismo de siempre, es decir que figuramos en el puesto 48, un poco por detrás de Chile en el contexto latinoamericano pero muy lejos de los países con resultados aceptables y muy aceptables. Más oprobioso fue lo que le sucedió a Argentina, cuyas autoridades educativas no fueron capaces de hacer bien el muestreo.
Se abre ahora un quinto capítulo, que tendrá una duración de tres años, hasta que participemos en la edición 2019 de las ya famosas pruebas PISA. Hay, en el menú de esta nueva entrega, numerosas cuestiones. Por un lado la educación seguirá siendo, como otros asuntos nacionales, tema de la campaña electoral permanente en la que vive el país. El gobierno ha anunciado, una vez más, que en 2017 se pondrá en marcha la Universidad de la Educación, prevista ya en una Ley de Educación votada hace tiempo y cuyos resultados están por verse. Pero el problema central seguirá siendo cuál es el cambio de orientación que se propone para los años próximos. Y aquí se abren toda clase de propuestas.
Por un lado se ha abierto una especie de foro sobre el futuro de la educación promovido por el sociólogo Fernando Filgueira y el profesor Juan Pedro Mir, entre otros. Es una iniciativa importante, que propone cuestiones concretas pero discutibles. Una de las ideas para remediar los resultados en las pruebas PISA consiste en señalar que dichas pruebas miden capacidades mientras que el sistema educativo ofrece asignaturas. No creo que exista en esta afirmación una buena aproximación al tema, ya que el impartir asignaturas no se contradice para nada con el desarrollo de competencias. Lo que a nuestro juicio sucede es que la formación pedagógica y didáctica de los maestros y profesores no proporciona instrumentos para orientar los trabajos educativos hacia el aprendizaje de competencias. La lucha contra el exceso de asignaturas está focalizada en volver a una enseñanza por áreas de conocimiento, una apuesta muy riesgosa si no se resuelve adecuadamente la formación de los docentes, preparándolos para trabajar de una manera muy diferente de la que están acostumbrados.
Una vez más, entonces, insistimos que es vital concretar la entrada en vigencia de la Universidad de la Educación, verdadero cuello de botella de los males que perturban nuestro sistema educativo. Pero antes debe definirse con claridad qué orientación general se busca darle a la educación en su esencia. Una vez definida esa orientación habrá que llevar a cabo un gran esfuerzo por mejorar la calidad de la formación docente, tanto en lo que tiene que ver con el conocimiento profundo de las diferentes asignaturas como con los recursos pedagógicos por emplear. Cuanto antes se defina esta cuestión, a mi juicio central, más rápido comenzaremos a recuperar el tiempo perdido. Estoy convencido de que la UDELAR debe tener en rol protagónico en esta nueva Universidad de la Educación, una cuestión que desgraciadamente parece estar en disputa.
Mientras tanto, asistiremos a los justos reclamos presupuestales de los docentes, por más recursos para la educación y mejores condiciones de trabajo para los docentes, en paralelo con los crónicos reclamos de una mejor gestión, por parte de los diversos comentaristas y de las autoridades de la enseñanza.
No faltarán, sin duda, quienes cuestionen la propia validez de las pruebas PISA. Por lo general estos cuestionamientos insisten en que las pruebas no miden ciertos valores que se plantean a los estudiantes, como la solidaridad, la creatividad y otros similares, sin tener en cuenta las insuperables dificultades que presentaría el diseño de pruebas capaces de medir con un mínimo de precisión estas cuestiones. Existen también quienes ven en las pruebas PISA, organizadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) una especie de conspiración amañada por los países centrales para perjudicar a los entornos periféricos del planeta.
No es probable que se ponga en el tapete de la discusión la cuestión de la estructura de gestión colegiada de los organismos que dirigen la enseñanza. El tema es de gran pertinencia, pero su modificación está bloqueada por la vigente Ley de Educación, que estipula que cada consejo debe tener una conformación con múltiples representantes. Este aspecto del problema no es menor, en especial cuando se considera la necesidad imperiosa de coordinar las diferentes instancias del sistema educativo, aspecto éste donde el Ministerio de Educación ha fracasado una y otra vez, ante una pertinaz invocación a la autonomía “técnica” de los diferentes Consejos.
Mientras tanto el sistema educativo seguirá teniendo un defecto fundamental, que se repite en otras áreas de la institucionalidad del país, tales como la salud, el sistema judicial y tantas otras. Ese defecto fundamental consiste en haber perdido de vista que la enseñanza debe estar centrada en el alumno y en el aprendizaje de la resolución de problemas. Todo el sistema funciona en base a los intereses de los docentes, de los inspectores y de la burocracia estatal. El estudiante concreto sigue siendo apenas el último eslabón de la cadena, el más perjudicado y el olvidado sin más trámite. Ocurre lo mismo con los servicios de salud, cuya gestión se basa en una similar cascada de prioridades: primero los médicos, después los enfermeros, después los funcionarios administrativos y solo en último lugar los pacientes. O en Poder Judicial, donde jueces, abogados, actuarios y otros se las ingenian para hacer prevalecer sus derechos por encima de los derechos de los justiciables. Claro está que estos ejemplos, puestos de esta manera, sin demasiada ternura, parecen injustos, crueles acaso. Por suerte hay muchos docentes que ponen a sus estudiantes en primer lugar, médicos que dan prioridad a los pacientes y jueces y fiscales que cumplen su tarea con profesionalismo. Pero la dinámica de estos diferentes servicios, considerada en forma sistémica, corresponde a realidades que es preciso transformar.