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MALESTARES Y DECEPCIONES
Nuevos desafíos para los partidos uruguayos
Por Rodolfo Demarco
Un considerable porcentaje de la población está descontenta y decepcionada con el gobierno, incluyendo a una elevada proporción de quienes votaron al Frente Amplio (FA) y aun de aquellos que creen que lo seguirán votando. También lo está con los restantes partidos, y con la política en general. Este fenómeno no es nuevo, se ha dado durante todas las administraciones desde 1985, año del restablecimiento democrático, pero viene experimentando algunas características nuevas. No se está ante la situación de 2002, pero hay algunas señales a las que debería prestarse atención.
Esto sucede mientras los indicadores confirman en la última década un importante crecimiento del país respecto de la situación anterior, incluso la continuidad de ese crecimiento en la actualidad ‑pese al enlentecimiento- en una región en recesión, la notoria disminución de la pobreza, la casi desaparición de la indigencia, el aumento de la clase media, la mejoría en la distribución del ingreso, los avances en inclusión social, el cumplimiento de una agenda de derechos ciudadanos que se ha ampliado en estos años y el fortalecimiento institucional del país. Éste se encuentra sensiblemente mejor posicionado a nivel internacional que hace una década, y si bien aún está lejos de ser “un país de primera” ‑como se proclamó en el eslogan electoral de 2009‑, se destaca a nivel internacional en varias áreas y en Latinoamérica se ubica en el primer o segundo lugar de los indicadores relacionados con nivel de vida, calidad democrática y fortaleza institucional. Si se manejan parámetros históricos y se tiene en cuenta el punto de partida de los gobiernos frenteamplistas, no es poco lo que se ha avanzado, pese a lo mucho que permanece en el debe.
Al intentar explicaciones sobre esas manifestaciones de malestar, tal vez haya que comenzar por reconocer que el ciudadano medio no prioriza juzgar a su gobierno en comparación con los de otros países o con los de épocas pasadas, las que, además, no todos vivieron y muchos pueden haber olvidado o relativizado en su memoria. Sentir que se mejora no equivale a experimentar satisfacción. Además los logros de una sociedad suelen tornar más exigentes a sus integrantes, por lo que la valoración que hacen no está necesariamente en consonancia con sus progresos materiales y sociales.
Es lógico que el gobierno destaque las cosas importantes que se han hecho, como varias reformas estructurales que el Uruguay había postergado por décadas y que le han evitado los serios problemas que sufren sus vecinos, además de abrir nuevas perspectivas para el desarrollo del país. Pero a veces pesan más en el humor de la gente lo que no se ha hecho bien o problemas que se relacionan con asuntos puntuales del diario vivir.
Entre otras cosas provocan disconformidad fallas de gestión. En muchos organismos estatales se reproducen viejos vicios burocráticos, pero a la gente no le importa que esos problemas hayan arrancado hace décadas. Tampoco basta con destacar avances como la importante informatización del Estado y el proceso de inclusión financiera: justamente, por eso mismo, resultan menos explicables los inconvenientes derivados de problemas de gestión.
Pero el ciudadano experimenta frustración por cuestiones que van más allá de lo inmediato y que ve como obstáculos para que el país avance. Tal el caso de la educación, cuyos problemas inciden negativamente en la sociedad, y no solo entre los jóvenes. Además, si bien se concretaron proyectos de envergadura en diversas áreas económicas, sociales y políticas, otros se frustraron o demoran demasiado.
Se ha frenado el impulso que durante el primer gobierno de Tabaré Vázquez se tradujo en importantes reformas estructurales. Tampoco corresponde hablar de inacción del Poder Ejecutivo en este período: ha promovido leyes de especial significación (transparencia de la función pública, inclusión financiera) y se concretaron avances en varios temas. Pero está extendida en la sociedad la convicción de que el país necesita encarar algunos temas centrales que se siguen dilatando.
Sin embargo, concretar iniciativas en asuntos estratégicos (ya se ha mencionado la educación) de tal manera que las transformaciones tengan continuidad -porque de lo contrario no se consolidarán las reformas- solo será posible mediante políticas de Estado. Pero el panorama actual de los partidos no permite guardar mucho optimismo al respecto. El FA no tiene una postura acordada sobre algunos temas relevantes, y la oposición está demasiado concentrada en las aún lejanas elecciones de 2019, con un discurso confrontativo sistemático y escasamente propositivo. La mayoría de los actores políticos no muestra disposición a buscar acuerdos sobre temas estratégicos, en especial aquellos que han generado más enfrentamientos en el sistema político y al interior de los partidos, en especial el Frente.
El descontento involucra también cuestiones éticas, lo que ha sido abordado recientemente en vadenuevo. Hubo episodios de los que el oficialismo salió mal parado. Se trató de situaciones diferentes: en algunos casos se denunciaron inconductas de personas; en otros se incurrió, además, en gestiones de organismos públicos con resultados adversos para el país. Si bien hubo una “herencia” pesada, generada por clientelismos y desaciertos de larga data, el gobierno del FA no pudo impedir situaciones que son percibidas como evitables y cometió errores que implicaron endeudamientos y que para parte de la opinión pública constituyeron faltas éticas. Entienden muchos que se reprodujeron viejas prácticas de los partidos tradicionales duramente enjuiciadas en su momento por la propia izquierda. Corresponde señalar que, salvo casos que involucraron a unas pocas personas, no se han configurado actos importantes de corrupción corroborados por la Justicia. En ese sentido la situación de Uruguay es cualitativamente diferente a la de sus dos grandes vecinos.
En la consideración del descontento y la desilusión debe incluirse la incapacidad que ha manifestado el Frente Amplio[1] para actuar como partido (o frente) de gobierno. Ya sea para impulsar iniciativas -que han provenido casi siempre del gobierno, no del partido-, para expresar su mensaje sobre cuestiones que concitan gran atención popular, como la seguridad, para involucrarse en un diálogo con la población y, como se señaló, para intentar acuerdos con los demás partidos.
El Frente Amplio está a la defensiva. Valga un ejemplo: las subas de impuestos y de tarifas que entran a regir en estos días, aun cuando no sobrepasan el aumento de la inflación y tienen contrapartidas como rebajas en el IVA, son percibidas por mucha gente como una disminución de sus ingresos reales, aunque éstos continúen incrementándose, lo que se refleja, por ejemplo, en el consumo en todos los sectores sociales. Al Frente le cuesta salir a explicar cosas como esta. En parte porque ha sido ganado por el clima de malestar y escepticismo, pero también porque sectores que lo integran no se identifican con la orientación del gobierno en economía y en algunas otras áreas fundamentales para la marcha del proyecto[2].
También existen factores universales -que van mucho más allá de nuestras fronteras y de la región- que están generando descontento con los gobiernos y con la política en general. Incluso la democracia está siendo más cuestionada. A pesar de que Uruguay tiene el mayor índice de respaldo ciudadano a la democracia en el continente, Latinobarómetro también registra en nuestro país una disminución -por ahora no dramática- de la confianza en ese sistema.
En el marco de los cambios globales, el componente épico de la política se va debilitando. Las tradiciones, en el caso del Frente Amplio, ya no hacen vibrar como otrora a su cada vez más menguada militancia, como tampoco Batlle y Ordóñez y Saravia convocan el fervor de otros tiempos entre colorados y blancos. El vínculo de los actores políticos con los partidos es más “light”. Los ideales colectivos están siendo sustituidos, más que en tiempos pasados, por ambiciones personales, lo cual no necesariamente lleva a la pérdida de la sensibilidad social y a conductas reñidas con la ética. Después de todo no ha habido grandes carreras políticas sin una buena dosis de ambición de los protagonistas. Pero aumentan las tendencias a hacer de la política un fin en sí mismo, un objetivo personal, y se va relegando su función de servicio público.
Es notoria la diferencia entre la actual relación de la ciudadanía con la política y la que existía a la salida de la dictadura o en las décadas del sesenta y setenta. Esto se percibe especialmente entre los jóvenes y entre los frenteamplistas. Parecería que están agotadas viejas maneras de hacer política y que son necesarias nuevos caminos de reflexión y autocrítica en todos los partidos.
Mientras tanto, el gobierno se empeña en dar batalla contra el pesimismo habida cuenta de que su proyecto solo se abrirá paso en un clima de confianza. Lo estará haciendo bien o mal, con un manejo de la comunicación acertado o no, con rigor o desprolijamente (como ha sido notorio en algunos episodios de los últimos tiempos). Lo que parece claro es que el Frente Amplio, como partido de gobierno, no está debidamente involucrado en esa batalla. Le puede costar caro. La oposición, que padece desde otro sitio los cambios en la política, tampoco está libre de problemas y está igualmente sometida a importantes desafíos.