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LA TRADICIÓN VIVA DEL CINE RUSO

 Publicado:  01/07/2020

¿El idiota?


Por  Miguel Millán Sequeira


Durante esta rara cuarentena miré dos veces una película rusa del año 2014. Se llama El tonto (Durak, en ruso). Guion, dirección y música de Yuri Bykov; pero quien se llevó todos los premios fue el actor Artyom Bystrov, a cargo del personaje principal, Dima Nikitin.

Seré breve en mi juicio: recomiendo ver esta película. Según mi criterio, se trata de una disección de cierto tipo de burocracia estatal en la Rusia contemporánea, pero también se puede ver en el devenir de la Rusia moderna, la que comenzó con el fin de la servidumbre en la segunda mitad del siglo XIX y continuó a lo largo de setenta años de régimen soviético.

La buena literatura rusa vuelve siempre sobre el tema del “alma rusa”. Inevitablemente hube de recordar una entrevista a Mario Vargas Llosa en 1983, cuando ocurría el primer amague de perestroika y glásnot con Yuri Andrópov. La revista Spútnik formuló una serie de preguntas al peruano y una de las previsibles fue qué escritores locales le atraían más. Vargas respondió como para cortar caras: León Tolstoi y Fiódor Dostoyevski. No nombró a nadie más, por supuesto ninguno de la era soviética y mucho menos del realismo socialista.

La tan mentada “alma rusa” debe ser como las venas de la tierra que atraviesan las montañas, no se ven, pero están ahí. Napoleón y Hitler fueron derrotados por esa alma rusa, pero solo en parte, porque en la Segunda Guerra Mundial también estaba presente el alma de los bielorrusos, ucranianos, lituanos, estonios y demás pueblos de la Unión Soviética enrolados en el Ejército Rojo.

Fue así que, atando cabos, terminé en Dostoyevski y me leí El idiota. Ambos términos y sus respectivos conceptos, tonto e idiota, son casi equivalentes. “Tonto” es como cándido, una persona sin malicia. En cambio, “idiota” puede usarse como sinónimo, pero no en su primera acepción, la que corresponde a la definición médica de un trastorno mental por el cual la persona alcanza un desarrollo físico normal, pero su mente no sobrepasa la de los tres años, que es la que suele utilizarse más en el lenguaje coloquial.

La verdad, me costó mucho encontrar en Dostoyevski la vena de la tierra que llegó hasta esta película de 2014, pero la terminé encontrando en la burocracia que traen consigo inevitablemente las formaciones socioeconómicas modernas, los Estados nacionales que surgen de ellas y que en Occidente tienen por basamento la estructura jurídica del Imperio Romano.

En la tercera parte de la novela, comenta el narrador: “Debería pensarse que tenemos suficientes funcionarios y más que suficiente número de personas al servicio del Estado (…) todos han servido al Estado, todos están sirviéndole y todos tienen intención de entrar a servirlo (…)”.

La novela fue escrita en 1868, el ejemplar que leí es de la edición Aguilar de 1953, en traducción directa del ruso por Rafael Cansinos Assens, también autor de las notas y el prólogo. Este académico se encarga de subrayar un aspecto característico de la biografía del escritor: “En 1867, en medio de los habituales apuros económicos, las consabidas luchas con los editores (…)” De paso, nos informa del carácter folletinesco de esta novela en particular: “El idiota se fue publicando, a medida que su autor lo escribía, en el Ruskii Vestnik (Noticiero Ruso) de Kátov, el cual abonaba a Dostoyevski 150 rublos por folio. Al terminarse la publicación de la obra, el novelista quedaba debiendo al editor 2.000 rublos, que había de enjugar con los derechos de su próximo manuscrito (…)”.

Estas pocas palabras aportan muchos resquicios por donde mirar el drama del hombre, en este caso el creador literario, frente a la maquinaria financiera que se ponía en movimiento, implacable, desalmada. Es sabido que Fiódor, un apostador compulsivo, se autorretrató magistralmente en su novela corta El jugador (1866).

El idiota se ha considerado, además de ser una de las mayores obras de Dostoyevski, una novela de corte filosófico, porque hurga en el espíritu humano frente a situaciones y circunstancias que lo obligan, aunque no quiera, a decidir qué caminos seguir en su vida. El príncipe Liov Nicoláyevich Mischkin, el protagonista de la obra -o el idiota-, tiene su antagonista en un prestamista, el personaje Rogochín.

El príncipe sufre ataques de epilepsia, de ahí el porqué se le considera un minusválido, pero tiene perfecta conciencia del mundo en el que se encuentra: “Yo sé, señores, que a mí me tienen muchos por idiota, (…) que tengo forma de hombre al que se le puede sacar fácilmente el dinero (…)”.

Tradicionalmente, la crítica académica ha encasillado a los dos grandes escritores rusos: Tolstoi el nacionalista, más apegado a realzar el carácter del pueblo ruso sencillo, más espiritual, comparado con Dostoyevski, a quien ven más volcado a introducir la cultura occidental europea en la Rusia de los siervos.

Como casi siempre, ni tanto ni tan poco. Es cierto que Fiódor Dostoyevski ubica su novela en un mundo banal, pseudo aristocrático, decadente, empobrecido. Percibimos todo el tiempo el aura del folletín decimonónico del cual toman elementos a destajos las telenovelas de moda en la segunda mitad del siglo XX y lo que vamos del siglo XXI.

El hilo argumental de la novela es una comedia de enredos de alcobas, supongo que muy entretenida para los lectores del folletín por entregas. Sin embargo, el genio introduce temas de discusión, seguramente polémicos en esa Rusia que había decretado en 1861 el fin de la servidumbre, aunque en la mentalidad y los usos de la clase social que perdía sus privilegios, los señores de la tierra a manos del capital financiero, proseguía la franca lucha con todas sus contradicciones.

Hace decir el autor a un personaje secundario: “(…) yo no hablo del propietario rural ruso (…) Es esa una clase honorable, aunque solo sea por el hecho de pertenecer yo a ella; sobre todo ahora que ha dejado de existir (…)”.

Estos señores de la tierra empobrecidos, que se aferraban al pasado glorioso, no tomaban el camino del trabajo manual ni por casualidad. Resulta muy elocuente descubrir un libro que aparece en una escena del capítulo II de la Segunda Parte. Es el ejemplar que utiliza uno de los personajes femeninos coprotagonista, Aglaya, para esconder una carta. “Y sólo pasada una semana se le ocurrió mirar qué libro era aquel: era Don Quijote de la Mancha. Aglaya soltó una carcajada sonora…, sin saber por qué”.

Los personajes, ociosos aristócratas en decadencia, olfateadores del dinero fácil y husmeadores de la vida privada de sus congéneres, deambulan de dacha en dacha (palabra rusa que designa las casas rurales de descanso), en las afueras de San Petersburgo.

Las venas de la tierra, la otra cara del alma rusa, ¿o la misma?, la fui descubriendo en boca de algunos personajes. Dice Kolia: “¿Y se ha fijado usted en ello, príncipe, cuántos aventureros hay hoy? Y sobre todo, aquí, en Rusia, en nuestra querida patria. Cómo puede ser esto, no me lo explico”.

También Nastasia Filipovna, otra coprotagonista, manifiesta, en medio de una de esas tertulias itinerantes por las dachas: “… ahora ya creo que un hombre podría matar a otro por el dinero (…) ¡Son niños y ya quieren ser usureros!”.

Vuelvo al Nobel peruano cuando, en su ensayo sobre Flaubert, reflexiona que la gran literatura surge en los períodos de grandes crisis socioeconómicas, en el momento en que un mundo muere mientras otro está naciendo, al tiempo que la conciencia humana fluctúa entre uno y otro, se aferra al pasado caduco o se lanza al incierto porvenir.

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