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QUÉ DEJARÁ TRAS DE SÍ EL VIRUS CORONADO

 Publicado:  06/05/2020

Tierra arrasada o un nuevo impulso


Por  Luis C. Turiansky


Es posible que la pandemia de Covid-19 que nos acosa se convierta con el tiempo en un punto de inflexión del desarrollo del siglo XXI. Y no tanto por su virulencia y mortandad, si se la compara con las grandes catástrofes sanitarias del pasado, como la peste, el cólera y otras tantas dolencias más de efectos trágicos, sino por sus repercusiones en el plano económico, político y social a nivel mundial.

Es que nos llega en un momento muy especial, cuando se ha debilitado en gran medida lo que podríamos llamar la “inmunidad social”. Si desde las últimas grandes conmociones financieras de 2009-2011 se especulaba, no si habrá una nueva crisis sino cuándo estallaría, ahora las apuestas son fáciles: se espera durante la actual crisis sanitaria o inmediatamente después.

QUÉ DICEN LOS NÚMEROS

Los dueños de la banca, por supuesto, saben muy bien cómo están las cosas. La casa Bloomberg, entre otros, publicó, apenas el coronavirus detectado en China había comenzado a hacer estragos en Europa, un gráfico impresionante sobre la caída de los valores bursátiles en el primer trimestre del año (reproducido en "Coronavirus: A visual guide to the economic impact", BBC News, 03.04.2020, por Lora Jones, David Brown y Daniele Palumbo, con actualización constante):

 

Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha seguido atentamente las repercusiones de la pandemia en el mundo del trabajo. Si en marzo estimaba que el total de puestos de trabajo perdidos sumaría 25 millones, su actualización de abril es mucho más pesimista: “la COVID-19 se ha acelerado aún más en términos de intensidad y ampliación de su alcance a nivel mundial. Las medidas de paralización total o parcial ya afectan a casi 2.700 millones de trabajadores, es decir: a alrededor del 81 por ciento de la fuerza de trabajo mundial.” (Observatorio de la OIT, "COVID-19 and the world of work", 07.04.2020).

Poco antes, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) había sido terminante en un informe sobre el tema, al relacionar lo que sucede con “la historia mayor” que fue, según Richard Kozul-Wright, Director de Estrategias de Globalización y Desarrollo, “una década de deuda, engaño y deriva política” (UNCTAD, "The coronavirus shock: a story of another global crisis foretold, 09.03.2020).

Un caso particular es Rusia, que al principio parecía estar al margen. Según The Economist ("Russia’s economy is isolated from the global rout", 26.03.2020) lo que la favorecía no era su sistema de prevención, sino su aislamiento del resto del mundo. Desde la anexión de Crimea en 2014, en efecto, es objeto de sanciones de EE.UU. y la Unión Europea, que la han obligado a adoptar una política de “fortaleza asediada”, lo que no deja de tener cierto parecido con una cuarentena. Pese a las dificultades inherentes a la baja de los precios del petróleo, Rusia estaría en mejores condiciones de resistir el impacto económico de la pandemia, considerando que la lucha por la autosuficiencia, ya sea como objetivo estratégico o debido al acoso exterior, es una práctica común de los rusos desde la era soviética.

Por su parte, China tiene la ventaja de haber sido el adelantado y sale de lo peor justamente cuando el mal golpea duramente a su principal adversario, los Estados Unidos. La animadversión que le profesa el presidente Donald Trump estaría relacionada con el hecho de que las autoridades chinas ocultaron al principio el brote epidémico de Wuhan en 2019 y, probablemente, después manipularon los datos que difundían. Pero hoy se preocupan por abastecer a los demás países afectados, lo cual podría entenderse como una penitencia absolutoria, si no fuera porque es también un buen negocio. 

De cualquier forma, los efectos de la Covid-19 en la economía mundial serán sin duda devastadores. Desde el punto de vista económico, la recuperación requerirá un reexamen de las condiciones políticas y económicas reinantes en todos los países.

António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, resume las preocupaciones que despierta la amenaza de recesión mundial con esta frase que lo dice todo: “La recuperación de la crisis de la COVID-19 deberá conducirnos a una economía diferente.” ("Presentación del Informe sobre los efectos socioeconómicos de la Covid-19", Naciones Unidas, 31.03.2020).

LA CRISIS SANITARIA Y HUMANA

Tuvo que venir el coronavirus para poner en evidencia que el sistema de atención médica no estaba preparado para recibirlo. En los años de bonanza, el neoliberalismo dominante apostó al sector privado, y la salud pública en manos del Estado se convirtió en el “lastre económico” que debía suprimirse o reservarse para los pobres. Los hospitales privados, convertidos en instituciones lucrativas, se han dedicado sobre todo a ganar dinero, supeditando a este objetivo todo lo demás.

La mercantilización es un fenómeno especialmente notorio en el sector farmacéutico, reticente a invertir en la investigación de nuevos productos si no tiene antes la seguridad de colocación en el mercado. Uno de los fármacos que se ensayan hoy contra el coronavirus, el “Remdesivir” de los laboratorios Gilead Sciences de EE.UU., estaba originariamente previsto para combatir la epidemia de ébola de 2014 en Zaire, pero el proyecto se abandonó cuando la intensidad de la infección comenzó a mermar y la inversión ya no resultaba rentable. Francia, entretanto, recomienda a sus pares europeos el uso de la hidroxicloroquina, sustancia que se utiliza para tratar el paludismo. Por último, un laboratorio japonés ofrece ahora para el ensayo su Avigan (conocido también como Flavipiravir), un antivirótico contra la gripe que también parece eficaz en los casos menos graves de Covid-19. Toda esta historia da a entender que la ciencia no tiene una respuesta clara, por el momento.

En general, los sistemas de emergencia se mostraron inermes ante una invasión de tal envergadura de gérmenes altamente infecciosos. Entre los epidemiólogos no hay unanimidad sobre las medidas a adoptar para proteger a la población. El método clásico destinado a detener la ola de contagios es el régimen de cuarentena, con aislamiento, máscaras higiénicas, distanciamiento físico y todo lo demás. Es el que rige en Uruguay. Hubo un momento en que, particularmente en Gran Bretaña, se probó el procedimiento de contaminación regulada, dejando que el mal se propagara entre los menos susceptibles (en principio, jóvenes sin enfermedades crónicas) con el objeto de crear en la población anticuerpos (inmunidad colectiva, también llamada “de rebaño”).

Siendo un lego, el autor de estas líneas se pregunta hasta qué punto el método del rebaño concuerda con el juramento hipocrático (“La salud y la vida del enfermo serán mi primera preocupación”, versión de la Convención de Ginebra, 1948). Finalmente, la explosión de la infección y su rápida propagación terminaron con la experimentación profiláctica y todo el mundo adoptó el régimen de cuarentena. Solo el grado de obligatoriedad es variable, en consonancia con la idiosincrasia nacional y el régimen jurídico de cada país.

El continente americano sucumbió de lleno, pero en cambio llama la atención el bajo índice de contagio que presenta África. [1] Estados Unidos es hoy uno de los países más afectados. Omar Sueiro, en el número anterior de Vadenuevo ("De la peste negra al coronavirus”), señalaba como un hecho sintomático que la enfermedad presenta mayor intensidad y gravedad allí donde hay un mayor desarrollo capitalista. A falta de pruebas causales, puede uno preguntarse también si las epidemias recientes de ébola y paludismo que asolaron varios países africanos no habrán creado defensas donde antes no las había. Por algo se ensayan hoy antimaláricos y también un producto destinado en su origen a combatir el ébola, precisamente en África.

Finalmente, es en las situaciones extremas cuando salen a la luz tanto las cualidades humanas más bellas como las más perversas: por un lado, el espíritu de abnegación lindante con el heroísmo que se ve en los médicos y demás personal sanitario de primera línea, así como la solidaridad espontánea de la población (cuyo ejemplo típico son las incontables costureras improvisadas que confeccionan tapabocas cuando estos escasean); por el otro, la ambición personal y el afán de lucro sin escrúpulos que manifiestan los especuladores con artículos sanitarios y toda clase de charlatanes que ofrecen remedios supuestamente milagrosos. Por suerte, los de la segunda camada son una ínfima minoría.

LA GRAN TENTACIÓN

Era inevitable. Todo el mundo comprende que los gobiernos, enfrentados a una invasión viral contra la cual aún no conocemos el remedio apropiado, necesiten reforzar su autoridad. Es una guerra, que exige respuestas rápidas y contundentes. En todos lados la gente lo comprende, la oposición interrumpe su beligerancia habitual y, allí donde es posible, como en Uruguay, se busca un diálogo positivo de las fuerzas nacionales sin distinción de banderas.

Pero era fatal que algunos gobiernos se aprovecharan de la emergencia para imponer su política y cercenar las libertades. En Hungría, el primer ministro Viktor Orbán obtuvo del Parlamento, donde su partido tiene mayoría absoluta, plenos poderes. Uno de los artículos de la ley aprobada establece penas de hasta cinco años de prisión por “difundir información falsa”. En la República Checa, el Ministro de Defensa -nada menos- propuso abiertamente el receso parlamentario mientras durase la emergencia sanitaria. Pero las viejas democracias tampoco se salvan: En Francia, el presidente Emmanuel Macron logró que la Asamblea Nacional votara una ley que le permite decidir sin consulta al poder legislativo las modalidades de la emergencia sanitaria. En EE.UU. se maneja algo parecido para Donald Trump. Bien sabemos que, una vez desaparecidos los motivos, siempre se encontrará la excusa para prorrogar las medidas por tiempo indeterminado y el régimen de emergencia puede servir también en otras circunstancias que las de índole puramente sanitaria (una huelga, por ejemplo).

Estas medidas se acompañan a veces con métodos de seguimiento a distancia de los movimientos de las personas. Tal el caso de Israel, China y Corea del Sur (actualmente se está experimentando en la República Checa). En Estados Unidos ya tienen la “Ley Patriótica” sobre la seguridad interior y no necesitan cambiar nada.

Los uruguayos, que nos sentimos orgullosos cuando se menciona a nuestro país como un ejemplo de libertades en el mundo, recibimos el primer llamado de atención del nuevo gobierno cuando, ante la perspectiva de decretarse el estado de emergencia sanitaria a escala nacional, se sugirió la posibilidad de activar el mecanismo constitucional de Medidas Prontas de Seguridad, de tristes connotaciones para nuestro pueblo. 

Pero luego vino algo más grave aún: la decisión del presidente Lacalle Pou de presentar al Parlamento una serie de propuestas en régimen de “ley de urgente consideración”, todas ellas sin ninguna relación directa con el coronavirus, pero cuya aprobación es posible sin discusión y gracias a la mayoría resultante de las últimas elecciones. El estado de emergencia, al excluir la aglomeración de personas en la vía pública, funcionará como restricción de la libertad de expresión.

Utilizar una emergencia sanitaria con fines políticos es algo repudiable que nos coloca junto a los peores ejemplos existentes. Será necesario defender la democracia a todo precio.

“A DESGLOBALIZAR, A DESGLOBALIZAR”

En ocasión del Foro de Davos de hace un año, el prestigioso The Washington Post publicó un artículo de su columnista Fareed Zakaria, donde se señala que existe una tendencia a la “desglobalización”, uno de cuyos paladines es Donald Trump ("The world is de-globalizing. Trump set the example", 24.01.2020). Los dos factores que se distinguían claramente eran: la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (el “Brexit”) y la política de “Primero América (Estados Unidos)” del presidente norteamericano. Pero ya en 2018, el Primer Ministro de la India, Narendra Modi, había declarado en Davos que “muchos países están volviendo su mirada al mercado interior y la globalización está perdiendo fuerza”.

El columnista menciona la opinión de un especialista de la compañía de gestión de fondos Morgan Stanley Investment Management, acerca de que esta tendencia estaría presente ya desde 2008. Hay incluso quienes creen que ambas fases, globalización y desglobalización, se alternan periódicamente en la economía, como la inspiración y la espiración en los pulmones.

Ahora podemos agregar el “factor coronavirus”. Las medidas de emergencia adoptadas son contrarias a los principios de liberalización económica practicados hasta ahora. El cierre de fronteras, la instauración de cordones sanitarios para impedir el ingreso de personas provenientes de países o zonas de riesgo y la imposición de cuarentenas de dos semanas a los viajeros que entran, todo esto restringe considerablemente las relaciones económicas.

Las restricciones a la libertad de circulación de las personas afectan además a un sector específico, el de los trabajadores transfronterizos, empleados en un país vecino pero acostumbrados a volver a su domicilio permanente al terminar la jornada. Ahora están obligados a hallarse un alojamiento en el país del empleador y cumplir la cuarentena de rigor al regresar a su casa. 

Las medidas mencionadas pueden durar bastante tiempo (meses, según los optimistas). ¿Tendrán paciencia los afectados? Disturbios como los sucedidos en Chile, en Francia y otros países constituyen una seria advertencia. Por cierto, los plazos pueden cambiar, porque el virus ya está mutando. 

Por otro lado, puede ser que la experiencia vivida estimule al final la voluntad de cambio y de pronto ya no se querrá volver a la forma de economía global impuesta por las grandes corporaciones. El hecho de hablar abiertamente en los foros internacionales de “nuevas formas de gestión económica y comercial mundiales” indica que se avecinan cambios de fondo. 

Hasta da la impresión de que la globalización fue una maniobra pasajera para que algunos dominaran las finanzas mundiales y que, una vez cumplido este objetivo, ahora conviene tirarla por la borda. Son precisamente los abogados de la globalización de antaño los que se lanzan ahora a “desglobalizar” alegremente.

El camino que pueden seguir tal vez sea la regionalización, aprovechando, tras su correspondiente apaciguamiento, las estructuras de cooperación regional existentes o por crearse. Es difícil que en este plan participe Europa, que se debate en una profunda crisis institucional, agravada ahora por el coronavirus. El descontento es bien visible en Italia, donde muchos alcaldes han ordenado bajar de la sede municipal la bandera de la Unión Europea, o atarla para que no flamee. En algunos lugares pueden verse en cambio banderas rusas y chinas, en referencia a países que enviaron ayuda material y humana.

Tampoco en nuestra región está muy claro el tema de la cooperación regional y su notorio exceso de estructuras, mientras se exacerba el debate político, en particular sobre la situación en Venezuela. Como sea, la opción regional solo aportaría una reducción del número de participantes y, por ende, del aparato burocrático, pero el aumento de la eficacia como consecuencia de ello es discutible. En general, de basarse en los mismos principios neoliberales donde solo domina el más fuerte, como es hoy, no sería una solución en el sentido cabal del término.

CUANDO CAEN LOS TABÚES

En medio de una crisis que pone en juego la vida humana es que crece la urgencia del cambio. Fue al cabo de dos espantosas guerras mundiales, en el siglo pasado, que se produjeron los cambios más radicales de los últimos tiempos, con resultados contradictorios. Salvadas las distancias, hoy existe una mayor disposición a tratar temas que antes parecían tabú. Y no se trata únicamente de la globalización, también se aborda otro sensible tema, ligado al mito de que “los servicios públicos en manos privadas funcionan mejor”. Hoy los enfermos necesitan un hospital que los cure y no su eventual transformación en una clínica privada de servicios exclusivos para las altas esferas. Hoy vuelve a abrirse camino la idea de que el Estado es más que un simple administrador y le corresponden tareas decisivas, entre ellas la prestación de servicios esenciales a la población.

Otros conceptos que ya no funcionan son el derecho discrecional a invertir el capital donde uno quiera y como sea, y la inviolabilidad de la propiedad privada. Vuelve sobre el tapete el impuesto Tobin a las transacciones financieras y cambiarias, que ya diez países en la Unión Europea han apoyado, entre ellos dos “de los grandes”, Alemania y Francia. [2]

También se habla de un gravamen extraordinario a las grandes riquezas, a fin de ayudar al restablecimiento de la economía. En Alemania, una iniciativa en tal sentido proviene de la copresidente del Partido Socialdemócrata (SPD), Saskia Esken. Aunque solo se trate de un aporte único, sienta un precedente; una vez roto el cerco, más tarde sería posible concebir un impuesto regular. 

En este contexto podría volver al tapete una idea que al autor le resulta grata: la de establecer un impuesto a la plusvalía, calculada esta como la diferencia entre la productividad del trabajo y el salario medio por empresa, según las respectivas definiciones de la OIT. [3]

“Ayudar al restablecimiento de la economía” significa subvencionar las empresas en dificultad, lo cual es perfectamente lícito. Pero esto no arreglará el problema del pozo que separa al 1% más rico de la humanidad del resto de los mortales. Un tributo fiscal basado en la plusvalía es, además, un acto de justicia y podría servir, por ejemplo, para financiar la renta básica universal.

Algunos gobiernos manejan también la posibilidad de estatizar las empresas en quiebra Así se han manifestado, entre otros, el gobierno italiano en el caso de Alitalia y los ministros de economía y finanzas de Francia y Alemania, Bruno Le Maire y Peter Altmaier, respectivamente.

 

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En resumen, al final de este camino se prevé una recesión mayor que la provocada por la Gran Depresión de 1929. Puede ser que la tensión disminuya si antes se consigue una vacuna eficaz. De cualquier forma, el mundo cambiará, pero también puede ser que no. En definitiva, sin ser Sócrates sabemos que no sabemos nada.

Pero tenemos por delante al “Minotauro”, gigante y voraz, engordado gracias a la política de neoliberalismo de las últimas décadas.

¿Y si, en lugar de “desglobalizar”, nos pusiéramos a “desprivatizar”?

Un comentario sobre “Tierra arrasada o un nuevo impulso”

  1. Iván, tenés razón en la Plusvalía impuestada o taxada (aunque yo creía que dirías Plusvalor, según sale mejor del Mehrwert). Pero primero me gustaría que sea obligatorio eliminar el secreto a todos los ingresos, a todas las ganancias, a todas las rentas. Es el prólogo a cualquier medida, para poder calcular bien. Ya sé, es difícil, pero aocrdate que al menos Jorge Batlle publicaba todos los sueldos del Estado.

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