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EL SUSPENSO

 Publicado:  06/03/2019

Algo tendrá que suceder


Por Eduardo Platero


El suspenso, básicamente, tiene dos maneras de crearse. La primera y más simple es la ignorancia; el o los protagonistas ignoran lo que les sucederá y por lo tanto no asumen que están caminando hacia el desastre. Nada ni nadie les advierte de ese desenlace que no les preocupa, ya que ignoran lo que les espera. Incluso puede que la ignorancia también nos incluya. Que nosotros tampoco sepamos el epílogo pese a que, en general, el final será terrible y nosotros, sí, lo sabemos.

Sin que podamos hacer nada. Lo que tiene que suceder, aunque sea horrible y con aviso podría haberse evitado, sucederá. Ineluctablemente.

La variante es cuando el o los protagonistas sí reciben señales. Indicios que deberían haberlos alertado o, incluso, avisos, advertencias y profecías que no tomaron en cuenta.

La tragedia de Casandra: podía adivinar el porvenir pero estaba condenada a que sus profecías no fuesen escuchadas.

En el fondo hay una convicción respecto del Destino. Se cumplirá con o sin aviso. Siendo los protagonistas ignorantes o por el contrario, habiendo tratado de evitar infructuosamente que el proceso culminase.

Quiero agregar algo más: supongo que muchos lectores sabrán, por experiencia directa o por referencia, la tensión que crea el prestidigitador que se presenta ante nosotros haciendo el viejo juego de los “platos chinos”.

No sé por qué ese nombre, ya que los chinos cuando comen con palitos utilizan cuencos, pero “lo chino” sonaba a remoto y exótico. Por eso, tal vez, el juego se llama así.

Es sencillo; sin embargo, no deja de ponernos en tensión. Simplemente empieza por hacer girar un plato sobre una mesa y luego otro y otro y mientras ninguno cae, va agregando plato tras plato.

En general sabemos cuántos platos mantendrá girando porque los toma de una pila que divisamos; pero la tensión está en que los mantiene a todos. En tanto agrega uno más al juego, alguno de los primeros empieza a perder impulso y lo obliga a reimpulsarlo sin dejar de agregar y sin que ninguno se caiga.

En última instancia es una suerte un tanto boba, pero nos atrapa ya que siempre hay algún plato enlenteciendo el giro y obligando a que lo reimpulsen.

Bueno, ¿qué tal? Si tenemos en cuenta los números que nos proporcionó Grab en su artículo del mes pasado, o infinidad de otros indicadores que se manejan: ¿no les parece que el mundo es una especie de juego de platos chinos?

Con la diferencia, que agrava nuestra ansiedad, de que en este caso no tenemos ni idea de cuántos platos más entrarán en el juego. Lo único que sabemos es que el juego se está acercando peligrosamente al desastre.

¿Por cuánto tiempo puede continuar esta locura de acumulación desproporcionada, injusta, desigual y tan irresponsable como imposible de detener?

Hubo un momento, hace apenas unos años, en que la acumulación obscena de los muy, muy, ricos tenía una especie de consuelo: los pobres, los muy, muy pobres, estaban mejorando muy lentamente.

Las migajas que caían ofrecían una especie de consuelo, ya que el crecimiento, por mitades desiguales, parecía que alcanzaría a todos.

A diferentes velocidades, pero terminaría por alcanzar a todos. Y ya hemos aceptado aquello de que “el maíz crece desparejo”.

En todo caso la injusticia parecía atenuarse y proyectar un futuro, no muy cercano pero posible, en el cual ningún ser humano dejaría de tener “las necesidades básicas” cubiertas.

Concepto este un tanto burocrático; desde que tenemos organismos mundiales que pesan, miden y calculan haciendo informes que todos deberíamos atender, aunque más no sea para contradecirlos, pero que nadie atiende: tenemos conceptos nuevos.

Antes todos sabíamos lo que era “pobre”; pero con la proliferación de las buro-tecnocracias apareció esta nueva definición: “necesidades básicas insatisfechas”.

Lo que engloba a quien no tiene agua corriente porque edificó su rancho de lata y cartón en los márgenes de la ciudad junto con el que vive en la faja subsahariana y tiene que recorrer quilómetros para llenar un contenedor que pueda cargar de vuelta con agua sucia y pestilente.

Ambos carecen de esa “necesidad básica”, pero no es lo mismo.

¡No me voy a extender en el rechazo que me producen los burócratas bien trajeados y bien pagados que, en sus pulcros escritorios, elaboran sus pulcros informes con la terminología “correcta”!

Y se nos presentan como sacrificados luchadores sociales; sabiendo que a nadie de quienes resuelven le importará un comino su pulcro informe.

“¡Es lo que hay, valor”!

No puedo, ni quiero resistir la tentación de contar lo que me pasó con un delegado de la Cruz Roja Internacional la segunda vez que estuvo en el Penal para entrevistar a todos los presos.

Íbamos “ganando”, ya eran más los que se iban que los que entraban y el Celdario se estaba vaciando. Cuestión que permitió que las autoridades les destinaran todo un Sector del tercer piso. Las condiciones eran de mucha mayor privacidad.

Ellos habían estudiado nuestras denuncias anteriores y, por ejemplo, les preocupaba averiguar si se robaba por parte de los custodias.

El que me tocó me lo preguntó refiriéndose, creo, al “robo hormiga” de los soldados y yo le mostré el sendero por el cual los que se iban de permiso salían con el bolso lleno de la cocina y sin pasar por la Guardia enderezaban al portón.

Se paró para mirarlo y cuando volvió a sentarse y retomó la lapicera le comenté que, en realidad, ese robo en pequeña escala no era el principal problema.

“Los robos grandes –le dije– no se hacen con un bolso sino con una lapicera”.

No tenía otra intención que señalar eso, pero fue un instante raro. El hombre miró fijamente su lapicera como preguntándole: -“¿Qué andarás hablando?”

No pasó de un instante y la conversación continuó. Pero no me olvido de la cara con que miró su lapicera.

Me lamento de que alguno de nuestros compañeros (teniendo en cuenta que, inexplicablemente, aún lo son) no haya mirado su tarjeta institucional antes de cubrir su gasto personal con ella.

Nos hubiera evitado a todos la vergüenza.

Bueno: ¡al asunto! Algo tiene que pasar si el proceso de enriquecimiento por arriba y de empobrecimiento de grandes masas continúa acelerándose.

A lo que vinculo otros dos procesos: El crecimiento demográfico que muy pronto nos llevará a superar la cifra de los 8 mil millones de seres humanos. Recordemos que cuando el mundo entró en la locura de la Segunda Guerra Mundial la Humanidad andaba por los dos mil millones. Y que destacamos la coincidencia: con la entrada del nuevo milenio, nació en Sarajevo el humano número siete mil millones.

Las imágenes de los niños al borde de la muerte por hambre y sed que los medios nos trasmiten a veces son conmovedoras. Y siempre me provocan la misma reflexión: ¡llegaste, pobre inocente!

Si lo fotografiaron es que llegó al auxilio. Lo hidratarán y alimentarán. ¡No morirá!

En esta. Pero… vivirá otras iguales o peores. Se salvó de la muerte, pero: “lo agarró la vida”.

Con píldora y los otros medios anticonceptivos, con la aceptación de la libre opción sexual que en algo contribuye, con la legalización del aborto y todo eso, ¡seguimos creciendo!

Luego de más de medio siglo de política de “un solo hijo” en China el crecimiento aumentó y los problemas que la misma trajo consigo han llevado a que en dicho país-continente ahora se estimule la tenencia de más de un hijo.

La paradoja es desconcertante: la Civilización les ha llevado medicinas y prácticas higiénicas a los pobres e incivilizados a fin de prolongarles la vida y que los nacidos lleguen a la edad de reproducción… ¡y allí los deja!

Que se arreglen como puedan para comer todos los días, ese ya no es problema de “la Civilización”.

En todo caso que trabajen como esclavos en las minas de coltan o diamantes.

Las opciones tendientes a evitar o controlar los nacimientos se dan en los países con un mediano confort en tanto, como proclamó Josué de Castro hace 70 años, “el lecho de la pobreza es prolífico”.

Otro dato que anda circulando en estos momentos es que 700 millones de seres humanos tienen trabajo pero son “pobres”.

Con esto del progreso vertiginoso de la robotización y con una economía globalizada ya no alcanza con tener un trabajo efectivo porque los niveles salariales, sobre todo en las tareas menos sofisticadas, son muy, pero muy bajos.

A lo que agrego que, en aquellos países que estamos en la mitad “de arriba” del índice Gini, la compulsión hacia el consumo nos “obliga” a que “voluntariamente” trabajemos más horas. Nos sobreexplotemos sin que nada ni nadie nos lo imponga, salvo el afán de consumir. O la necesidad de consumir a precios que no controlamos ni nosotros, ni el Gobierno, sino “el Dios Mercado”

Y sí… los alquileres están caros pero, es eso, el “cante” o dormir en la calle.

Tal como lo veo, y hay infinidad de datos que dejo fuera, la Humanidad se acerca a una situación necesariamente violenta.

Ya lo es el rechazo a los migrantes. Y la expulsión constante hacia la marginación.  Y determina cada vez con mayor impiedad la política de las naciones desarrolladas o con cierta esperanza de estar en vía de serlo.

¿Cuánto tiempo más continuaremos abriendo fraternalmente los brazos a los hermanos que buscan trabajo y tranquilidad aquí sin que la xenofobia empiece a ser políticamente rentable?

Para no extenderme en lo que todos sabemos, quienes emigran lo hacen huyendo del hambre y la guerra. El mundo está lleno de guerras y guerritas locales de las cuales ni noticia tenemos.

Además, ¿cómo nos alimentaremos?

Hace poco leí un artículo de un sabio señor que pronosticaba para el 2030 una dieta que hubiese sido escasa en los campos de concentración.

¡Casi sin proteínas animales! Lo que me hizo odiarlo porque odio, ¡sin límites! a quien condene el asado.

Pese a que reconozco que el problema es serio. Y que, con la agricultura y la cría intensiva, estamos contribuyendo al deterioro del medio ambiente.

En mucha menor medida que quienes queman carbón o combustibles fósiles, es cierto. Sin que esa sobreexplotación de nuestro suelo nos libere de ser países cada vez más endeudados, estamos volviendo invivible nuestra Tierra.

Cuando Fukuyama anunció estúpidamente “El Fin de la Historia” y muchos, más estúpidamente, lo celebraron, Kissinger, que es una mala persona pero piensa, anunció que una de las cosas que temía era lo que llamó ”las rebeliones de la pobreza”.

Estallidos sorpresivos de desesperación y de ira que se vuelve inaguantable e impulsa a la rebelión. En masa o en bandas que no pretenden cambiar el mundo sino hacerse un lugar dentro de estas sociedades que los marginan.

En el siglo XIX eran los restos de las poblaciones originarias que, de vez en cuando, “maloneaban”. Había una especie de límite entre “la Civilización” y “la Barbarie”; convivían con una especie de “frontera de rozamiento” franqueable de vez en cuando con uso de la fuerza.

Pero, ¿ahora? ¿Cuál es el límite? Convivimos en la misma ciudad y de vez en cuando “alguien” transpone el límite y delinque. Y si lo capturamos, va preso. Pero ya no es una cuestión de pequeña escala. Las tribus de antes, ahora son, o serán, las bandas.

¿Qué otra cosa son las “maras”. Nacidas en los suburbios de las ciudades norteamericanas que marginaban a los latinos. La mafia vino de Italia y se desarrolló en ese mundo abierto que eran los Estados Unidos. Abierto y opulento para quien estuviese dispuesto a rapiñar.

Las “maras” rapiñaban allá y creaban círculos de autodefensa. Vivías y morías dentro. Vivían peligrosamente pero dentro de la banda.

Se vivía y se moría, tempranamente por lo general, dentro de la banda que era una especie de sociedad, dentro de la Sociedad global.

Los centroamericanos se trajeron el modelo de los Estados Unidos. Hoy, en países centroamericanos el poder del Estado debe convivir y negociar con ese otro poder. Que, a su vez, mantiene sus antiguos vínculos en el Norte.

Ni que decir del “Primer Comando de la Capital” u otras organizaciones contra las cuales el Ejército brasileño lucha por el dominio territorial.

Con iguales o peores métodos y poco resultado permanente.

A lo que voy, y con esto dejo el tema por ahora, es que hay otras maneras de mirar el mundo. Podemos mirar los mapas e identificar países. Pero también podemos mirar el mapa del hambre y la violencia que, sin declararlo, es el Mapa de las rebeliones de la pobreza.

¡Urge que busquemos soluciones! Que partan de la base de que somos una inmensa banda de hermanos y debemos sentirnos fraternos y solidarios.

Pienso en ello.

Un comentario sobre “Algo tendrá que suceder”

  1. Buen articulo! Me apena que el autor aprendio mucho, mientras era miembro de una ” flia de Hermanos”, el PC. que luego “degenero” en PCU…y que este veterano, inteligente, ayudo a destruir! Tal parece que aun, aquellas enseñanzas le siguen sirviendo! Es bueno, llevar la mente al pasado, rescatar lo bueno, y basandose en aquello, traerlo al presente! Gustaria que el autor recordara a J.M.Serrat, cuando en una maravillosa cancion decia …”se nos esta llenando de pobres el recibidor…”En un gobierno, de un grupo politico, que el autor ayudo a nacer, a crecer, y a morir… aumentando no solo el recibidor,sino toda la casa de POBRES! Al ex camarada, SALUD!

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