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DEBATES PENDIENTES

 Publicado:  06/03/2019

El futuro del trabajo y la perspectiva de género


Por Alma Espino


Los cambios que se vienen verificando en los mercados laborales al influjo de la acelerada evolución de la ciencia y la tecnología, pero también de la globalización y de las tendencias demográficas, han dado la oportunidad de un debate que plantea todo un conjunto de interrogantes sobre el futuro del trabajo: perspectivas de creación y/o destrucción de empleo, posibles modificaciones en la calidad del empleo; formas tradicionales de organización sindical y diálogo social.

Menos presentes en el debate sobre el futuro del trabajo se encuentran las preocupaciones sobre las desigualdades de género en el ámbito laboral y la sociedad en general, y sobre cómo éstas podrían reproducirse o incluso profundizarse dados los nuevos escenarios que se perfilan. La virtual ausencia de esta problemática en la discusión hace que todo pronóstico, así como las propuestas para un futuro más justo, sean cuando menos incompletas e ineficientes.

CAMBIOS DEMOGRÁFICOS, CUIDADOS Y AUTONOMÍA ECONÓMICA

La elaboración de un proyecto factible debe considerar, dentro de todos los factores en juego, las implicaciones de las tendencias demográficas. En Uruguay se incrementa la importancia de la población de edad avanzada, lo que ejerce una mayor presión sobre las personas en edad de trabajar, tanto respecto a las responsabilidades en torno al cuidado como a la necesidad de sostener los sistemas de seguridad social.

Las familias y en particular las mujeres continúan siendo las principales encargadas de brindar los cuidados que requieren la población dependiente y los integrantes de los hogares. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral disminuye las posibilidades de dedicación a estas actividades, mientras la demanda de cuidados aumenta a partir de las tendencias mencionadas.

De esta forma, el trabajo doméstico y de cuidados continúa enfrentado y en tensión con el trabajo para el mercado, y esto afecta las posibilidades de autonomía económica de las mujeres, así como de la sostenibilidad de la vida. Dicha tensión opera como un límite a las aspiraciones y expectativas de las mujeres y al desarrollo de trayectorias laborales y profesionales acordes con sus mejoras educativas, atentando contra la posibilidad de tener un empleo, ingresos propios y, por tanto, cierto nivel de autonomía y empoderamiento económico (Espino y Sanchís, 2019). La realidad sigue mostrando que, pese a los avances, las desigualdades de género en los mercados laborales persisten, de manera que se requieren políticas y acciones capaces de contemplar y contribuir a resolver esta problemática.

¿NUEVAS FORMAS DE PRECARIEDAD O POSIBILIDADES DE SUPERAR LAS BRECHAS DE GÉNERO?

Las innovaciones tecnológicas, como los megadatos, la inteligencia artificial y la robótica, por citar algunas, promueven diferentes formas de organización del trabajo y de contratación de la mano de obra (ver en este número el artículo de De los Santos).

Respecto de la destrucción de puestos de trabajo, la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP, 2017) estima el “riesgo de la automatización” en nuestro país, encontrando que los empleos de las mujeres presentan un riesgo menor que el de los hombres en promedio (60% y 68% respectivamente). Este resultado se relaciona con el menor riesgo de automatización en sectores como la educación, la salud y los cuidados, en los que precisamente tiene fuerte participación el empleo femenino. Sin embargo, en los estratos de productividad media alta y alta (Amarante e Infante, 2015), donde se concentra el empleo formal, de calidad y de mejor remuneración, las mujeres presentan un alto riesgo como consecuencia de la automatización, superando significativamente al que afecta a los hombres: 73% de los empleos de las mujeres contra el 63% de los empleos de los hombres corren el riesgo de perderse debido a la automatización, al menos en parte.

Buena parte de este fenómeno puede explicarse observando los procesos de segregación ocupacional. Es decir, aun cuando las mujeres se insertan en estratos de alta productividad, lo hacen en ocupaciones intensivas de carácter cognitivo rutinario (factibles de automatización), particularmente en ocupaciones administrativas o técnico-profesionales con estas características. En este sentido, el hecho de que las ocupaciones intensivas en tareas cognitivas rutinarias hayan aumentado entre las mujeres en la última década, como figura en OPP (2017), es un aspecto a considerar con cautela.

Cuanto mayor es el nivel educativo alcanzado, menor es la probabilidad de que el empleo se automatice. La desagregación por nivel educativo, sumada a un efecto de composición por género (la proporción de mujeres ocupadas con secundaria completa es mayor que la de los hombres), permite explicar que el riesgo promedio de automatización es similar para hombres y mujeres que hayan cursado al menos la secundaria completa, mientras hay una marcada diferencia entre hombres y mujeres allí donde no se ha alcanzado dicho nivel.

Los ocupados masculinos con bajo nivel educativo suelen encontrarse en sectores como la construcción, la producción rural o industrial, todos ellos con riesgo alto de automatización, mientras que una mayor proporción de mujeres con bajo nivel educativo se encuentran empleadas en ocupaciones con una estimación de riesgo de automatización mediano (debido a la importancia del relacionamiento interpersonal para llevarlas adelante), vinculadas a los servicios de limpieza, salud y cuidados.

La situación relativamente más favorable de las mujeres respecto al riesgo de la automatización y su aumento en las tareas cognitivas no rutinarias podría convertirse en un factor de mejora en la calidad de sus empleos y superación de las brechas de género. Sin embargo, deben tenerse en cuenta al menos dos aspectos: uno es la segregación de género en las actividades remuneradas vinculadas a los cuidados y el servicio doméstico (tradicionalmente consideradas femeninas) y su devaluación en términos económicos y la precariedad en la que se desarrollan estas actividades; el otro aspecto son los factores asociados a la discriminación, tanto por el lado de la demanda como de la oferta, para romper la segregación educativa y lograr insertarse en las ramas y sectores de productividad alta y en ocupaciones de mayor contenido relacionado con la innovación tecnológica.

LA DISTRIBUCIÓN DEL TIEMPO

Gracias a las nuevas tecnologías de información y comunicación, en el trabajo se modifican y se vuelven más difusas las fronteras entre el empleo y vida privada, entre el trabajo remunerado y el no remunerado. Es el caso, por ejemplo, del teletrabajo, del trabajo mediante plataformas digitales o del autoempleo a través del comercio electrónico. Si bien esta flexibilidad puede plantear algunas ventajas, para las mujeres se estarían reforzando los roles de género y la carga de trabajo global.

De acuerdo a Scasserra (2019), las mujeres son uno de los cuatro tipos de población a las que apela la economía de plataformas (sumadas a los migrantes, las minorías sexuales/étnicas/raciales, y los jóvenes). Estas pueden encontrar en el empleo remoto o de plataformas la oportunidad de conciliar su vida laboral con su vida personal, encargándose de la economía del cuidado sin renunciar a percibir ingresos (aunque sean mínimos). De esta manera, se reproduce el modelo de división sexual del trabajo sin que medien intentos redistributivos del tiempo de cuidados.

LA BRECHA EN MATERIA DE INGRESOS

A los efectos de aumentar sus plantillas de trabajadores, los empleadores a base de plataformas digitales han argumentado (sobre todo en forma de campañas de marketing) que las mujeres pueden encontrar en ellas salidas laborales seguras, ya que los procesos automáticos eliminan la mediación humana y, con ella, cualquier elemento discriminatorio en base al género o similares. Proponen, en efecto, un sistema de premios (mejores ganancias y mejores calificaciones) en base al mérito individual (más horas de trabajo, mejor calidad del trabajo).

Pero los algoritmos utilizados para supervisar el trabajo son, en última instancia, muy exigentes en términos de disponibilidad de tiempo en base a los estándares que se aplican, que son los del trabajador “ideal”, masculino. El algoritmo no tiene en cuenta las necesidades de cuidados o de trabajo doméstico, por lo cual, las mujeres están expuestas a obtener peores calificaciones y, por consiguiente, menores ingresos.

Cook et al. (2018) analizan separadamente el ingreso de conductores y conductoras de Uber en Estados Unidos, hallando que los hombres ganan un 7% más por hora que las mujeres. Las causas encontradas tienen directa relación con los estereotipos de género imperantes. Los hombres conducen más horas al día y por períodos más largos, con lo cual adquieren más experiencia y conocimiento sobre cuáles son los caminos más rápidos y las zonas más lucrativas. Además, trabajan en zonas y horarios que una mujer puede identificar como potencialmente riesgosos, y que son lucrativos (por ejemplo, zonas de bares en horario nocturno). Además, se arriesgan al conducir y viajan a mayor velocidad que las mujeres, en promedio.

LA SEGREGACIÓN EDUCATIVA

Las mujeres, ¿son usuarias o creadoras de tecnología? El 69% de los empleados de Google son hombres. El 80% de ellos se encargan de tareas tecnológicas. En Uruguay, el porcentaje de mujeres empleadas en empresas de tecnología es de 32%. (CUTI). El 30% de los investigadores en el mundo son mujeres. En Uruguay, también existe el desglose en subcategorías de las disciplinas académicas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas: tecnología de la información y comunicación 3%; matemática y ciencias naturales 5%; ingeniería 8%, salud 15%. Por otro lado, las mujeres representan alrededor de la cuarta parte de los egresados del país en Ingeniería y profesiones afines y las TIC. (Da Silva, 2018).

Las mujeres son principalmente usuarias de tecnología más que creadoras en el sector de informática. En efecto, de cada 100 personas que se presentan a un puesto técnico de programador en Uruguay, 70 son hombres y 30 mujeres. Sin embargo, en el sector de las tecnologías de la información hay desempleo cero y las compañías recurren a extranjeros para ocupar los puestos.

En Girls In Tech se entiende que en la no elección de carreras relacionadas con las TIC en Uruguay por parte de las mujeres –la matrícula en 2015 de mujeres en carreras universitarias públicas y privadas vinculadas a la tecnología fue de 1.341 frente a 4.482 hombres– influyen de forma directa factores culturales aplicados desde la temprana edad, como la simple elección por parte de los padres de los juguetes para sus hijos.

TODAS Y TODOS, ¿PODREMOS APROVECHAR POR IGUAL LAS VENTAJAS DEL CAMBIO INAPELABLE QUE SE AVECINA?

Aprovechar las ventajas que pueden derivar del uso de las nuevas tecnologías y los nuevos empleos requiere tener oportunidades; la relación entre lo que sucede en las economías y la asignación social de las mujeres –tanto desde el punto de vista práctico como simbólico– a las tareas del hogar, limitan esas oportunidades.

Las mejoras en la situación laboral femenina son indiscutibles. Sin embargo, el fenómeno de la segregación educativa y laboral se mantiene. La ruptura con estereotipos arcaicos y con consecuencias negativas para las personas y el funcionamiento de las economías puede atacarse desde la educación más temprana estimulando a las niñas y adolescentes, y brindándoles confianza y una mayor amplitud de opciones educativas. También desde las políticas de comunicación y difusión de derechos, que promuevan a una participación igualitaria de hombres y mujeres en todos los terrenos de la vida.

Las políticas de cuidados deben avanzar en el desarrollo de un sistema que promueva la redistribución de roles y responsabilidades en la atención de la población dependiente (ya sea por edad o discapacidad) entre el Estado, la familia y el mercado, y entre varones y mujeres.

Para las organizaciones sindicales, las respuestas ante los intereses de las trabajadoras desde una perspectiva de género son todavía un “debe”, a pesar de los avances en las negociaciones colectivas con la inclusión de las llamadas cláusulas de género. Si es necesario rediscutir las características de la negociación colectiva tripartita para el tiempo que viene, esa rediscusión debe incorporar una perspectiva de género.

Las acciones de trabajadores, empresas y estados son clave en el diseño de un cuadro del futuro del trabajo con igualdad de géneros. Así mismo lo son los movimientos emergentes -cada día con mayor visibilidad-, como los ambientalistas y feministas, y sus agendas de derechos, aspiraciones y temarios sobre la sostenibilidad del planeta y de la vida, que contribuyen a ampliar la mirada sobre el mundo del trabajo y la responsabilidad social en los cuidados. Las propuestas de políticas públicas para enfrentar los desafíos que se avecinan requieren la participación y el consenso entre los diferentes actores sociales y políticos, a fin de orientarse a reducir las desigualdades sociales y de género y orientarse al desarrollo inclusivo y sostenible.

Un comentario sobre “El futuro del trabajo y la perspectiva de género”

  1. Muy bien explicado Alma, la necesidad de encarar el tema es insoslayable y urgente, es necesaria una bateria de propuestas sin desestimar ninguna y hacer un profundo analisis de ellas, aplicar la que se vislumbra mejor sin que nos tiemble el pulso, la realidad asi lo requiere!!!!

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