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AL PIE DE LAS LETRAS

 Publicado:  02/09/2020

Apuntes sobre fósforos


Por  Magdalena Portillo


“La mente no duerme,
descansa impaciente.
Atenta al respiro que se toma
la nieve antes del asalto final”.

Raymond Carver

 

Entre el humo de tabaco que impregna el lugar, las apuestas se confunden. Haciendo temblar las patas de la mesa, dejando caer los ceniceros, aprietan sus dientes, aguantan el grito.

Ahora estoy en un café, somos seis personas. Pertenezco a este grupo de desconocidos, como pertenezco al desvío inevitable de mi escritura, donde encuentro que las letras repetidas en distintas palabras suman la herejía de mi pensamiento, como si fuera un mago que ignora sus herramientas. Entonces, las cuatro patas de la mesa me devuelven a la realidad, donde la magia encuentra su forma en un azucarero que por momentos pareciera ser una bola de cristal. Pero mi futuro es otro, muy distinto al que se ve reflejado en él. Lo muevo de lugar, grito jaque y las cinco personas a mi alrededor comienzan a observarme con desconfianza, alertando a la moza que ahora clava sus ojos en mí. No tiene nada que hacer. Es triste. Podría cambiarle el día con alguna provocación. Si digo algo más pasaré a ser el tema de conversación esta noche para sus amigos, para su amante, para su madre enferma. Guardo silencio. Entiendo que de ahora en más ningún movimiento futuro de mi parte será bien recibido. Paseantes de lo inútil, visión de cemento, la experiencia humana depositada en un pocillo. Pido otro, ya van tres. Pienso quedarme un largo rato, la cafeína me absorbe y comienzo a imaginarme un lugar propicio para mis deseos. Tomo un papel, comienzo a dibujar planos, casas, personas. Abandono la idea enseguida. No hay lugar posible. 

Hace rato que dejé de pertenecer a este grupo de personas. Me miran con sus ojos de alfil. Me rodean, buscan devorarme. Pero ignoran que pieza me toca en este juego. No lo diré en voz alta.

Miro el reloj que está arriba de los banderines. Mirar el reloj es una acción que realizamos por inercia, cuando no tenemos apuro, cuando nadie nos espera.

Es una acción que se diferencia de cuando paso por una vidriera y observo mi reflejo. Sé de antemano que esa acción será llevada a cabo, no hay ninguna novedad en eso, pero sí una necesidad de observar mi rostro reflejado a modo de recordatorio para lo que resta del día. Sé dónde estoy parada, aunque aún no sepa bien hacia donde me dirija.

Un día en la librería escuché como una muchacha le decía a otra que en las fotografías de personas, si se mira con atención, se puede encontrar algo de la niñez en sus rostros. Observé mi rostro en fotografías, no encontré nada.

¡Miente!, grito para el mundo que fluye dentro mío, donde no hay destrucción posible para las piezas que arman mi lenguaje.

La moza ha perdido el interés en mí, así como el resto de los comensales. Poco a poco he comenzado nuevamente a pertenecer a este grupo de desconocidos. Lloro. No hay experiencia humana posible dentro de un círculo que no arde, cuyas ideas podrían caber en una caja de fósforos.

Pienso en la caja, la visualizo, la saco y la vuelvo a colocar en mi bolsillo. Ragazza, tan pequeña y sin embargo adentro contiene uno de los elementos que hacen que mi respiración se acelere: el fuego.

Siempre el fuego.

La semana pasada tuve que escribir acerca de la belleza. El solo hecho de pronunciar esa palabra me despierta inquietudes que no debo pasar por alto. “La belleza es una cosa severa”, dijo Balzac una vez. Le creo, porque de no ser así uno dejaría de buscar respuestas, o lo que es peor, dejaría de cuestionarse y la pregunta es uno de los motivos por los cuales transcurrimos esas horas donde nos quedamos deleitándonos con nuestros pensamientos. Y al finalizar ese acto no hay desperdicio alguno, solo una pausa, pequeños placeres cotidianos.

Vi una película en donde un personaje le dice a otro que ha leído demasiados libros, por lo tanto, ha envejecido demasiado rápido. Hay formas de envejecer que me parecen hermosas, leer libros es una de ellas.

Sin embargo, el personaje se lo dice con un tono de reproche. Le reprocha que al envejecer muy rápido ha perdido la sensibilidad que se guarda en la inocencia del no saber. Al parecer la lectura ha transformado a nuestro personaje en un misántropo, un egoísta, sin capacidad de amar y entender al resto. Pero en las escenas donde lo vemos solo, este deja ver su sensibilidad y entendemos que no ha perdido la capacidad de amar.

La inocencia ahora lo observa de lejos. Maldito eres en el reino de los mortales, parecen ser las palabras que salen de los labios de su mente.

Pero en esa escena nadie hace mención del amor. Soy yo quien lo evoca en esta mesa. El amor es el único capaz de poder desenterrar la inocencia. Poco importa la edad del mortal cuando frente a sus ojos se presenta el jardín de frutos inexistentes, esos que solo hemos probado a la hora del sueño.

Mientras termino de anotar estas reflexiones, me doy cuenta de que solo quedamos dos personas en el café, un hombre y yo.

El hombre nota mi presencia, se levanta y se dirige hacia mí y con un tono de absoluta comprensión me dice: -no soy yo quien gritará jaque- y coloca una caja de fósforos en el centro de la mesa, para luego marcharse, dejándome entonces con este silencio desbordado de preguntas.

No hay escapatoria. Sigo escribiendo en mi cuaderno. Miro el reloj. 22:45. Escribo lo siguiente:

Dentro de mi imaginación golpean las cadenas de una hamaca invisible / cuyas sombras descubro al comenzar el día / ¿acaso esas sombras se volverán reales? / ¿Debo preocuparme por esto? / decido ignorarla / río / es una risa de desconformidad / al saber que jamás será posible la idea de hamacarme en ella / de todas formas no hay quien me empuje / no existe en mí la posibilidad de sentirme volar / y que al cerrar los ojos se transforme en un acto irrefutable / hay demasiadas pruebas / que dejan al descubierto mi carencia / una de ellas está en mis ojos / cuando alguien es capaz de mirarlos directamente / cuando se es consciente de que el espacio existe solo porque lo habitamos / parece obvio este pensamiento / y sin embargo cuesta no caer en el delirio de las palabras que acechan con dejarme al descubierto / yo misma tomaré las cadenas / yo he de ser mi propia sombra y mi propio cuerpo / a la hora en que el sonido se manifieste como un león que espera a que la mujer le cierre la boca / no sin antes mostrarle su propia fuerza / ya ves / en la noche interior no existe regla alguna / no existe esa otra voz / no existe más que en tus propios labios / ¿es que acaso no la escuchas? / has estado demasiado tiempo distraída / este ejercicio sirve para desenredar los hilos que confunden la razón / una vez hecho el ejercicio / solo queda despertar / ¿estoy dispuesta a comprobarlo? / el sonido regresa / no dejes que te confunda / la bestia dormirá cuando descubras tu fuerza / entonces no me queda más que desearte buena suerte / que los ojos de la noche te acompañen.

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