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“SOS UNA PERSONA ESPECIAL”

 Publicado:  02/09/2020

“El campeón del mundo”: Y después ¿qué?


Por  Andrés Vartabedian


Conocimos a Antonio en 2013, mientras buscábamos un actor con sus características físicas para nuestro primer largometraje de ficción. Debía ser un forzudo enorme y, al mismo tiempo, un alma sensible y frágil. En él encontramos al actor ideal para ese personaje tan particular, que si bien era posiblemente lo mejor de aquella película, en el rodaje nos invadía la sensación de que el personaje real detrás de Antonio Osta era más interesante que el que habíamos imaginado. Nos enfrentábamos al cliché de la realidad supera a la ficción. Entonces este documental se impuso, aunque en ese momento no lo sabíamos”.

Este es el relato de Federico Borgia (Montevideo, 1982) y Guillermo Madeiro (Montevideo, 1984), directores de Clever -la ópera prima a la que refieren, de 2015- y El campeón del mundo, sobre cómo se toparon con Antonio Osta, el personaje central de su última obra. Aquel afán de hallar al “forzudo enorme” con “alma sensible y frágil” los condujo a este gigante entrañable, firme y contradictorio, temerario y temeroso... Denodada búsqueda, intuición, visión, azar... Destino, dirán otros. Acierto. 

En sus treinta, Antonio Osta -de 43 en el filme- fue campeón del mundo de fisiculturismo. Rusia 2006 y Lituania 2008 lo hicieron conocer la efímera gloria que hoy recuerda y anhela. El archivo se mezcla con la raída realidad cotidiana. México, durante cinco años, le enseñó a vivir profesionalmente de su práctica gimástica, su enorme pasión. Antonio Osta siempre ha sido un duro del entrenamiento. Ahora, instalado en Cardona -departamento de Soriano-, el presente parece ser solo un remedo triste de aquel pasado. La bruma de lo que ya no es, ni podrá volver a ser, parece filtrarse por cada pliegue y recodo de su apagada vida pueblerina. Solo Juanjo, su hijo de 17, parece inyectarle el impulso vital necesario entre tanto tedio y rutina de aparatos y teléfono celular. Ellos viven juntos y solos. (La madre de Juanjo, poco referida en el filme, no es su principal referente adulto. Si bien no está completamente ausente, sí se encuentra alejada). Entre el amor y cierto sentido del deber paternal -desde su particular concepción de hombre, atada a viejos principios férreamente asumidos-, Antonio desea dotar de herramientas el futuro de su hijo. Su crónica enfermedad renal, producto de años de ingesta de productos químicos reforzadores de músculos y huesos, también condiciona su preocupación y ocupación en la materia. Tiene la certeza de que su vejez no llegará.

La relación entre ambos fluctúa entre el conflicto y la complicidad. Sobre sus hombros se reflejan dos concepciones de masculinidad diferentes; por momentos, antagónicas. Sus visiones acerca de los roles que debe ocupar un hombre en la sociedad, su mirada hacia la mujer y las formas que deben adoptar los vínculos de pareja (cada género, a su vez, con roles definidos dentro de ella), no logran acercar los acuerdos. El peso de lo generacional y los cambios de época a los que estamos asistiendo en la materia, asoman presentes en esa relación padre-hijo. Charlas y discusiones se suceden intensas, a veces violentas. A su vez, nada deja entrever que el vaso desbordará. El cariño, y hasta la ternura, también se muestran fuertes, auténticos. Juanjo puede afeitarle la espalda a su padre en un ambiente de calma que se parece a la paz.

Los excesos provienen del espíritu adolescente, pero de Antonio. “Yo no estoy preparado pa' esto. Yo necesito que me críen a mí un poco, también”, se le escucha reclamar, cual pesado ruego, largamente escondido. La calma de Juanjo, por momentos roza la sabiduría. A Antonio le pesa el afuera, la mirada del otro, el qué dirán. No gusta de exhibirse, él, que ama el exhibicionismo de su cuerpo. Debajo de estrados y escenarios, le pesa mostrarse. Él sabe que esa cámara lo escruta. Y allí presenciamos su lucha interior. Que lo reconozcan no implica que deban conocerlo. A su vez, también sabe que ese registro es sinónimo de trascendencia, y quizá, hasta de legado; sentido y anhelo que no le es ajeno. Antonio se reconoce incompleto. Desea brindar el mensaje que aún no ha podido hallar.

Caras y caretas. Un yo interior y uno exterior, ese con el que enfrentamos el mundo, sintiendo que con él somos fuertes, imponiéndonos ser más fuertes que el resto, y esperando que quizá nadie lo note, nadie se entere, nadie perciba, nadie dé cuenta de tanta fragilidad, tanto cristal a punto de estallar. Sin embargo, de tanto esconder, muchas veces intentando escapar de nuestras propias miserias, también ocultamos -muchas veces cancelamos- lo bello, lo noble... Escondemos lo cierto. Y en esta fugacidad irreductible, irredimible, la pregunta se impone: ¿Para qué?

Antonio Osta maneja un gran sentido del humor, por momentos. También puede improvisar al piano con su hijo. Del mismo modo, puede sentenciar: “Hay gente que no tiene que tener ni voz ni voto”. Puede insultar a su hijo por dejarlo en evidencia en una discusión, y ofrecerle honestamente “la paz” en la misa dominical. Puede presentarse misógino y amable; puede “dar una mano” y quejarse por ello. Lo vemos intransigente y vulnerable. Su capacidad argumentativa y de razonamiento, lo muestran un hombre lúcido; su léxico no es limitado; “la mujer tiene que ser el eje del hogar”, suena arcaico y retrógado. Antonio Osta es un ser humano.

Borgia y Madeiro logran asir esa complejidad de lo humano, sus vaivénes emocionales, sus contradicciones, su mezquindad y virtuosismo. No se regodean ni en lo uno ni en lo otro. Se ponen cerca pero no invaden; escuchan, observan; no juzgan. Lo amparan en su autenticidad. Su fotografía es a la vez funcional y estética. Ningún plano asoma robado o casual. Ello habla de estudio y conocimiento de la materia: de ese hombre y su entorno inmediato, el humano y el físico. Se presentan minuciosos en el detalle. Toda conversación registrada colabora en el desarrollo de la narración, a la vez que nos enriquece y nos permite pensar y pensarnos. Los registros del pasado aparecen sensible y hábilmente dosificados. Logran hablarnos de aquel “esplendor” y este “dolor”. Cierta melancolía tiñe el paisaje. Aquella algarabía ya es silencio. Las fotos del campeón lucen desgastadas, la gran cartelería acumula polvo y moho, los trofeos ya no brillan... Antonio luce cansado. Cierta imagen sobre un aparato con sus brazos extendidos, perpendiculares a su cuerpo, nos hablan de lo no deseado. La película quizá quede trunca y deberá comenzar a contarse desde el final.

 

(El campeón del siglo estará disponible en linea en la plataforma de la British Broadcasting Corporation (BBC) hasta el 28 de mayo de 2021. Su acceso es gratuito).

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