Compartir

LA LUCHA IDEOLÓGICA NO HA TERMINADO

 Publicado:  02/09/2020

Joaquín Villalobos y el exorcismo postrevolucionario


Por  Luis C. Turiansky


El desmoronamiento de los modelos universales suele producir desconcierto y caos, sobre todo cuando escasea la autocrítica y los representantes del sistema derrotado prefieren adaptarse a la nueva situación. En muchos casos, cuando pueden, participan incluso en la orgía de la acumulación capitalista. No hay una “guía para los perplejos”, como la que el cordobés Maimónides, en el siglo XII, dedicara a sus judíos que entonces buscaban el camino de los justos. En cambio, tienen más publicidad hoy quienes optan por renegar del pasado y, en el marco de la lucha contra los mitos, se lanzan a la destrucción de las ideas por las que antes lucharon denodadamente, en algunos casos jugándose la vida.

Es el caso del salvadoreño Joaquín Villalobos, fundador y dirigente del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), integrado posteriormente en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Cuando se produjo el derrumbe de la Unión Soviética y ante el desastre que esto significó para Cuba, afirma que entonces “comprendió”. Dicho de otra forma, tuvo una revelación, similar a la del bíblico Saulo Paulo, conocido como Apóstol San Pablo. También él tuvo un pasado tenebroso antes de conocer la verdad.[1]

No quiero decir con esto que esté prohibido cambiar de opinión. Todo lo contrario, los revolucionarios no deberían ser una secta dogmática. En nuestro medio, un ejemplo de perseverancia y evolución a la vez es el de José Mujica, ex guerrillero y ex Presidente de la República. A las preguntas de muchos periodistas acerca de su pasado, nunca respondió en forma clara. Pero una vez, en un programa televisivo, al preguntarle alguien sobre si estaba arrepentido de su pasado, contestó: 

“Claro que sí, me arrepiento de haber invertido tanto sacrificio, tanto esfuerzo para que, llegado el momento, fracasara en el deber de enfrentar y combatir a la dictadura militar. Estaba preso, cuando debería haber estado junto al pueblo”. [2]

Joaquín Villalobos va por otro camino: ha decidido ayudar al Gobierno de Colombia a tratar con los ex guerrilleros las modalidades de la paz acordada tras la guerra civil, que durante tantos años devastó al hermano país. Es decir, puso su experiencia al servicio del bando contrario.

Ambas partes del ensayo están disponibles para los interesados que aún no lo hayan leído (o quisieran releer), en “Cuba: final de la utopía” y “Cuba: Defensa y agonía”, en el portal Uy.press. Por lo tanto, estimo innecesario describir aquí su contenido. Me limitaré a hacer algunos comentarios y, si es oportuno, entregar mi propio pensamiento.

La necesidad de la crítica y cómo abordarla

En primer lugar, no hay duda que se necesita un análisis crítico global del fenómeno revolucionario latinoamericano del siglo pasado, incluidos los temas de Cuba y el marxismo (con o sin leninismo, eventualmente agregándole el atributo “solapado”, que utiliza en cierto momento Villalobos). Pero el fin estrepitoso de la Unión Soviética y de su modelo de “socialismo real” ahogó por mucho tiempo las ideas renovadoras y la búsqueda de nuevos caminos hacia una sociedad más justa.  

Esta falta de análisis crítico menos se justifica en América Latina, teatro en todo el siglo XX y no solo en sus últimos decenios, de grandes epopeyas revolucionarias (empezando por la Revolución Mexicana de 1910-1917). Después de 1959, su sello característico será el apego por la Revolución Cubana y su líder Fidel Castro, hoy difunto. Es una realidad, que todo crítico debe tener en cuenta y que en cierto modo nos compromete. 

Pero Villalobos no se conforma con criticar y señalar los aspectos negativos del proceso revolucionario, principalmente en Cuba, sino que propugna una ruptura total con los ideales del pasado que fueron suyos y condena a quienes no han abandonado aún sus antiguas convicciones. Según él, al socialismo no se lo puede mejorar, hay que eliminarlo, borrarlo de la memoria de los pueblos. Y él, pecador arrepentido, viene a entregarnos su experiencia personal. 

Porque, prosigue, el capitalismo sí puede mejorar. Puede lograrse, según él, que los grandes dueños del capital ayuden a los pobres, si somos capaces de ofrecerles salidas justas y equilibradas. La vía ya no es la lucha armada, sino la negociación. El modelo, mencionado expresamente en el texto, es Costa Rica en tiempos de José Figueres

Al describir la entrada histórica del FMLN a San Salvador, Villalobos señala que, en ese momento, la revolución habría podido terminar en otra dictadura, si no fuera porque la confrontación con las Fuerzas Militares estaba “empatada” (sic). ¿Y por qué? “Ello gracias a la intervención estadunidense”, dice Villalobos. Toda una opción estratégica de cara al futuro, no faltaba más.

La revolución y la democracia

Llegamos así a uno de los puntos cruciales de la polémica. ¿Es posible la revolución en democracia? Cuando se entiende por revolución un cambio radical de las relaciones sociales, su violencia depende de la agudeza de la confrontación y de la resistencia de las clases opresoras. En la experiencia de las revoluciones del siglo XIX se basaron Marx y Engels al suponer que, tras la revolución proletaria, existiría un período de dictadura y coerción que llamaron “dictadura del proletariado” y que ellos consideraban limitado en el tiempo.[3]

El término en sí es bastante impreciso y requiere explicaciones que lo vuelven controvertible. Desde la caída del “socialismo real”, los comunistas del mundo prácticamente lo han dejado de utilizar. En su trabajo, Joaquín Villalobos, sin mencionar directamente dicho concepto, hace de ciertas prácticas antidemocráticas de los regímenes revolucionarios instalados o que aún persisten, el blanco de severas críticas. 

De hecho, sin embargo, democracia y libertad no son la misma cosa. “Democracia” viene del griego clásico y significa literalmente “gobierno del pueblo”. Por supuesto, todo depende de qué se entiende por pueblo. En la Atenas de Pericles (siglo V a.C.), lo eran, exclusivamente, los hombres libres nacidos en la región ateniense o Ática, ya que esta democracia elitaria no admitía mujeres, esclavos ni inmigrantes extranjeros. Es más, antes de adquirir este derecho, los jóvenes debían servir un tiempo en el ejército. 

La libertad, como tal, es un atributo deseable de la democracia, pero no es condición necesaria, como tampoco es indispensable para el desarrollo económico capitalista, según lo demuestran algunas dictaduras que conocemos, aquí y allá. En todo caso, en el capitalismo, el ejercicio de la libertad y los derechos cívicos estará en función del poder económico que posea cada individuo y que utilizará, ya sea para adquirir un medio de difusión o para gratificar a algún político manipulable. En el socialismo, según las previsiones teóricas no tenía que suceder, pero de hecho el monopolio de la verdad ejercido por el partido único o hegemónico fue utilizado para impedir la discusión y la iniciativa creadora en la sociedad.

Villalobos también apunta a los fenómenos de atribución de privilegios desmedidos a los dirigentes, lo que conduce a su transformación paulatina en clase dirigente. Una frase de su ensayo merece citarse textualmente:

Cuando la riqueza proviene del poder político, perder el poder es quedar en la pobreza porque no se sabe hacer otra cosa. Entonces hay que defender el poder a toda costa”.

Duele decirlo, pero es la cruel verdad. Se empieza por admitir que el principio de retribución según los méritos se aplica también a los jerarcas, ¿y quién más meritorio que un dirigente del Estado? Por cierto, el sueldo en efectivo no será demasiado alto, pero el dirigente gozará de ventajas materiales no contabilizadas (una casa de lujo, servicios gratuitos, sanatorios exclusivos y otras atenciones de privilegio, con cargo al presupuesto nacional). El sistema surgió cuando la Revolución de Octubre suprimió los sueldos de los diputados. Cuando el valor de cambio de los privilegios es superior al dinero en efectivo correspondiente a un salario medio, este proceso termina estableciendo barreras sociales, distintas a las del capitalismo, pero no por ello menos agraviantes para la mayoría pobre. El único mecanismo de control es el que ejerce el partido. En cierto momento del desarrollo, la capa dirigente tratará de independizarse de esta tutela. Para asegurarse un ingreso sin limitaciones políticas aspirará a adueñarse de los medios de producción y cambio. Se aliará entonces con la masa de especuladores y mercaderes clandestinos surgidos tras la supresión del mercado regular, para derrocar juntos al régimen vigente (o “real”). Es la confirmación de la teoría marxista, y no su fracaso, como pretende Villalobos. 

En este contexto, la alternativa entre un partido único o un régimen pluripartidista es un detalle puramente formal. Pero es cierto también que, a la luz de las experiencias vividas en el mundo hasta ahora a este respecto, el régimen de partido único suele ser un obstáculo. En nuestro país, por ejemplo, el camino pluralista parece el más apropiado. Sorprende por ello que cada cierto tiempo aparezca la voluntad de transformar el Frente Amplio en un partido consolidado, con lo cual perdería precisamente las ventajas de su pluralismo actual.

La exportación de la revolución

El otro tema álgido sobre el que Joaquín Villalobos se explaya es la estrategia adoptada por Cuba en los años 60, destinada a fomentar y ayudar económica y logísticamente a otros movimientos revolucionarios, en Latinoamérica y el mundo todo. Esta política se resume en la frase de Ernesto Che Guevara, que exhortó a “crear dos, tres, muchos Vietnam[4]. Nuestro autor simplifica las cosas afirmando que esta postura se debió a motivos de orden táctico, a fin de “distraer las fuerzas del imperialismo” y con ello evitar una intervención norteamericana en Cuba. Tal hipótesis equivale a acusar a Cuba de utilizar métodos desleales, cuando, en realidad, se trataba de una estrategia fundamental, basada en la preferencia de la lucha armada como única vía posible para la revolución.

Es natural que las revoluciones populares busquen rodearse de aliados, lo cual se traduce en la tendencia a la expansión, al menos en el ámbito regional. Desde luego, esto también tiene un interés defensivo, ligado a la necesidad de romper el cerco hostil que le interpone el campo adverso, pero no es lo principal; lo central es la ambición de emancipar a todo el globo. En la Revolución Francesa, el papel de emisario militar le correspondió a Napoleón. En nuestra Revolución Americana lo fueron Bolívar y San Martín. 

Hace exactamente cien años, en 1920, el joven poder soviético creyó que la revolución era inminente también en Europa Occidental y lanzó su Ejército Rojo a invadir Polonia con la idea de llegar hasta Alemania, donde la efervescencia política había alcanzado su apogeo. Pensaban los bolcheviques que bastaban las estrellas rojas puestas en las gorras de sus soldados para inflamar el ardor revolucionario de la población oprimida. Pero las fuerzas polacas detuvieron la ofensiva soviética junto al Vístula, en las puertas de Varsovia. Los revolucionarios rusos no habían contado con el patriotismo polaco. La “revolución mundial” no podía tener lugar de un solo golpe, iba a ser un proceso largo y complejo. Su objetivo fue reemplazado por el de la construcción del socialismo en un solo país, cuyos éxitos atraerían a las fuerzas proletarias del mundo. En las naciones del viejo imperio de los zares este proceso significó un enorme desafío, con diversas etapas de éxitos y fracasos, liberación y tiranía, incluida una terrible guerra mundial y otra “fría”, hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991.

Cuba pasó también por la etapa inicial de predicación con el ejemplo, cuando se propuso ser el “Faro de América” y objeto de admiración en el mundo. Pero se vio obligada a luchar en condiciones muy duras contra la amenaza permanente de intervención armada de EE.UU. (que se hizo realidad con el ataque de mercenarios en Playa Girón, en 1961), sazonada con incontables tentativas de asesinato de Fidel Castro y el bloqueo comercial, aún hoy vigente en muchos aspectos. 

Fue un paso lógico que los dirigentes de la Revolución se acercaran a la URSS y su líder Nikita Jrushchov. La gente de Fidel declaró su voluntad de construir en Cuba el socialismo y fundó el Partido Comunista como partido único. Al mismo tiempo, América Latina se sembró de dictaduras sangrientas, lo que parecía confirmar la opción de la lucha armada. Pero esta evolución ya no fue del agrado de los soviéticos, porque ellos no estaban en condiciones de pertrechar y ayudar a todo el mundo ni tampoco estaban dispuestos a enfrentar a Estados Unidos por cualquier estallido revolucionario que no controlaran o incluso ir a la guerra atómica por dicho motivo. 

En ocasión de la “crisis de los cohetes[5], los cubanos comprendieron que no podían contar con el sostén militar soviético incondicional en caso de conflicto armado con EE.UU. Había que buscar aliados en otros sitios. Era en el llamado Tercer Mundo donde, contra la resistencia del colonialismo en retirada, se desarrollaría -se suponía- la esperada y siempre postergada revolución mundial. 

Es entonces que aparece el libro del francés Régis Debray “¿Revolución en la revolución?” (1967), donde el autor desarrolla la teoría del “foco revolucionario” como método apropiado para encender las revoluciones donde quiera que sea. Debray acompañó al Che en su intento de aplicación práctica de estas ideas en Bolivia, elegida por su geografía y su pobreza, más que por la madurez de las condiciones revolucionarias. Durante mucho tiempo, la historia oficial cubana, basándose en la versión divulgada del “Diario del Che en Bolivia”, achacó la derrota a la “traición” del Partido Comunista de Bolivia y no permitió un análisis objetivo de aquel suceso. 

En la región, sin embargo, no todos aceptaron sin protestar la teoría del “foquismo”. Para muchos, su puesta en práctica perjudicaría a la causa de los pueblos, como efectivamente sucedió. Hubo controversias y divisiones, y la causa de la revolución continental tuvo que aplazarse, una vez más.

Sugerir hoy que toda esta construcción teórica, defendida con ardor dentro y fuera de Cuba, solo tenía por objeto impedir una intervención militar de EE.UU. en la isla es una simplificación grosera que no se sostiene. En cambio, sí es cierto que afectó al desarrollo exitoso del proyecto socialista cubano sin injerencia extranjera. Además del bloqueo, la economía sufrió drenajes suplementarios y no fue posible satisfacer muchas necesidades básicas de la población. Más trágico aún, muchos hijos de la patria de Martí tuvieron que ir a morir defendiendo causas ajenas y también hubo situaciones que dieron razón, como en otras latitudes anteriormente, a la conocida frase de Georg Büchner, el poeta romántico alemán: “La revolución, como Saturno, devora a sus propios hijos”. [6]

Pues sí, no podía ser de otro modo, la epopeya cubana contiene todos los aspectos, positivos y negativos, de la revolución socialista mundial. Joaquín Villalobos, que actuó directamente en su rama salvadoreña, lo sabe muy bien. Su trabajo, sin embargo, no está consagrado a la crítica, sino a destruir la idea misma del socialismo de la que él se proclamó seguidor. Hoy son otros sus ídolos, otros lo protegen y le aseguran el sustento.

La excesiva dureza con que trata el tema cubano tal vez se deba a una necesidad íntima de exorcismo, a fin de alejar de sí mismo el diablo de la revolución, que le dominara en su juventud. Necesitaba callar o negar los logros de Cuba que también conoce y que, en los planos social, educativo y sanitario, por ejemplo, no admiten parangón. Pero tirarlos hoy por la borda es un acto de injusticia y una bajeza que subleva. Es triste, por tratarse de un antiguo luchador. Es también lo que me ha llevado a escribir este artículo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *