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EL IDEÓLOGO DEL EXTERMINIO

 Publicado: 04/02/2017

Carl Schmitt y su teoría del guerrillero


Por Fernando Britos V.


En vadenuevo desarrollamos una serie de artículos relativos a Carl Schmitt (1888-1985) y sus epígonos, deteniéndonos en etapas fundamentales de su vida y su obra, desde sus comienzos como brillante teórico del derecho conservador y reaccionario, sus incursiones en la filosofía política durante la República de Weimar, su ascenso al papel de jurista estrella del Tercer Reich, su desempeño como hábil declarante para eludir una condena como criminal de guerra durante los Juicios de Nuremberg (1947–1948), su negativa a someterse a un proceso de desnazificación y su consiguiente alejamiento de las universidades, y su intensa actividad como ensayista, conferencista y especialista en derecho internacional, que llevó a cabo durante cuatro décadas desde su retiro en el pueblo natal de Plettenberg y viajando frecuentemente por el mundo. Schmitt, políglota y dueño de un estilo muy particular, en el que amasaba erudición, ambigüedad y frases cortantes y polémicas, encontró una segunda patria intelectual en la España de Franco donde era homenajeado y reverenciado como principal ideólogo del tardofranquismo y sus variantes católicas ultraderechistas, como el carlismo.

Nuestro interés por Schmitt y su obra se originó en el estudio de los procesos de reconversión o reciclaje que desarrollaron decenas y cientos de miles de activos participantes en el funcionamiento del Tercer Reich, que “se volvieron buenos” en el marco de la Guerra Fría, se transformaron en demócratas neoliberales instantáneos cuando en mayo de 1945 se derrumbó el régimen de Hitler y ocuparon lugares destacados en los más diversos ámbitos, entre otros en los de las ciencias, la tecnología, la academia, la economía, la política, las fuerzas armadas, la judicatura, la filosofía y las artes.

Tuvieron predicamento y discípulos no solamente en la República Federal Alemana (RFA), que nació de la fusión de las zonas de ocupación de los estadounidenses, británicos y franceses, sino en Europa continental y en los países anglosajones como Gran Bretaña y los Estados Unidos. La ideología derechista que alimentó y se alimentó de la Guerra Fría naturalmente tuvo epígonos en América Latina y particularmente en el Río de la Plata.

Muchos de estos personajes no eran afiliados al partido nazi –Schmitt y su amigo Heidegger si lo fueron– pero eran derechistas antes de que Hitler y los suyos hicieran su aparición en el escenario político de Alemania, en la década de 1920, y lo siguieron siendo hasta su muerte sin cambiar en lo más mínimo sus concepciones, sin repudiar los atroces crímenes de lesa humanidad que perpetró la Alemania nazi y sus aliados, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, en los que, directa o indirectamente, tuvieron participación y responsabilidad.

En 1962, Schmitt hizo una de sus prolongadas y frecuentes visitas a España. En Pamplona y en Zaragoza brindó sendas conferencias sobre “El concepto de lo político”, una obra suya editada en Alemania exactamente treinta años antes. Para Schmitt la esencia de la política era la discriminación entre amigo y enemigo y, fundamentalmente, la determinación del enemigo. En las variantes de su “teología política” ese enemigo era el ubicuo Anticristo que él colocaba alternativamente en la democracia liberal y sobre todo en la izquierda y el comunismo. Las conferencias españolas sirvieron para producir un opúsculo de 54 páginas, “Theorie des Partisanen”, editado en la RFA en febrero de 1963 y pronto traducido al español bajo el título de “Teoría del Partisano” y con el subtítulo “Observaciones del Concepto de lo Político”. El folleto estaba dedicado a Ernst Forsthoff como regalo de cumpleaños[1]

El politólogo húngaro Denes Martos ha hecho una buena traducción del opúsculo schmittiano y ha fundamentado porqué el verdadero título debe ser “Teoría del Guerrillero” y no del partisano, palabra que en español tiene connotaciones muy ligadas a un tipo de combatiente, italiano o soviético, que no es precisamente el objetivo del hombrecito de Plettenberg.

En todas las épocas de la humanidad con su multiplicidad de guerras y de luchas, han existido reglas de guerra y de lucha y a consecuencia de ello, también se produjo la violación y el desprecio de estas reglas. En especial durante todas las épocas de disolución, como por ejemplo durante la Guerra de los Treinta Años (16181648) y todas las guerras coloniales de la Historia Universal han surgido fenómenos que se puede designar como guerrilleros” –empieza diciendo Schmitt– de una forma característica en él que le permite pasar, en vuelo de gallina, sobre episodios históricos que no le apetece referir para posarse en aquellos que sirven a su argumentación y desgranar sus tesis.

Para empezar su público arrobado –los franquistas españoles, catedráticos arribistas y obispos gordinflones, que extendían el brazo en el saludo fascista– necesitaba su reconocimiento y Schmitt los necesitaba a ellos para cosechar beneficios, honores y también reconocimiento como ideólogo católico derechista y terminar de despegar de su pasado nazi. Por eso Schmitt toma como punto de partida histórico para su análisis de los guerrilleros, a los españoles que, entre 1808 y 1813, se enfrentaron al ejército napoleónico.

El guerrillero español fue el primero en atreverse a luchar de modo irregular contra el primer ejército regular moderno –asegura Schmitt– y en emprender una guerra sin esperanzas. Aunque en esto seguramente se equivoca, sucede que habla para adular a una audiencia que, según él, había emprendido y ganado en una cruzada para impedir que España cayera en manos del comunismo.

En 1962, el franquismo había superado la etapa de aislamiento que caracterizó el periodo abierto con la derrota de sus cómplices y sostenedores principales, el nazismo alemán y el fascismo italiano. Con la Guerra Fría extendida a nivel mundial, Franco y sus compinches habían sido tolerados por Gran Bretaña y Estados Unidos desde 1936, reconocidos luego como demócratas, perdonados por sus crímenes de lesa humanidad, gracias a Truman, Churchill y Eisenhower, después de la Segunda Guerra Mundial, y finalmente acogidos en el seno de las Naciones Unidas, en 1955.

El panorama de la ocupación francesa de España, entre 1808 y 1814, es conocido. Se calcula que Napoleón consiguió encuadrar en sus ejércitos a un millón de franceses y la mitad de ellos debieron emplearse en España. A su vez la mitad de esas tropas, 250.000 hombres, se estima que debieron dedicarse a combatir y resguardar las rutas atacadas por los 50.000 guerrilleros que luchaban en “las 200 pequeñas guerras regionales”. Los estratos cultos, la nobleza, el clero, la burguesía, eran afrancesados, y los guerrilleros eran campesinos y gentes del pueblo llano como Juan Martínez Diez, El Empecinado, uno de los jefes más populares y queridos.

Schmitt destaca el carácter telúrico de los guerrilleros españoles, ellos defendían su patria chica, su terruño y eso los hacia temibles. Lo que oculta el jurista nazi es la suerte diversa que corrieron los heroicos guerrilleros españoles después de la retirada de los franceses. El Empecinado fue desterrado por los monárquicos y finalmente ahorcado en 1825.[2]El cura Jerónimo Merino, en cambio, un jefe guerrillero, fue premiado por Fernando VII, desarrolló sus ideas absolutistas y ultra reaccionarias, participó en la primera guerra carlista y murió desterrado en Francia.

El autor coquetea con la Guerra de la Independencia Española contra Napoleón porque la derecha siempre ha ensalzado los aspectos “tradicionalistas”, “absolutistas” de la monarquía. Francia y en particular Napoleón personificaban, para la nobleza y el clero, los ecos de la abominable Revolución Francesa y los afrancesados eran vistos como revolucionarios capaces de subvertir las formas feudales atrincheradas en la península ibérica.

Después de estos orígenes, Schmitt se aboca a otra de sus preocupaciones: el papel esclarecido de los militares prusianos[3], que habrían intentado, sin éxito, oponerse a Napoleón e imitar a los guerrilleros españoles en 1809. Según él solamente en el Tirol hubo unas guerrillas insignificantes y excéntricas desde el punto de vista de las guerras napoleónicas en Europa.

Es característico de las disquisiciones schmittianas su fuerte eurocentrismo y los frangollos que hace entre la historia y el derecho internacional, el derecho público, el derecho marítimo y otras variantes en las que cita autores, hace afirmaciones y poco después las controvierte. Por ejemplo, sobresale su concepción de que las guerras europeas de los siglos XVI al XIX (e incluso después de la implantación del servicio militar obligatorio y el concepto de “guerra entre pueblos”), eran guerras acotadas, “entre caballeros”.

De este modo –dice– en el derecho internacional europeo tradicional el guerrillero moderno no tiene lugar, o es una tropa ligera o un delincuente abominable. El guerrillero “está fuera de la acotación” de los caballeros para lo que llama “guerra mitigada” y por ende no espera justicia ni clemencia. El guerrillero –dice Schmitt– se ha apartado de la enemistad convencional de los caballeros e ingresado en “la verdadera enemistad, que se intensifica mediante el terror y el contra-terror hasta el aniquilamiento”.

Inútil sería reclamarle al jurista nazi mencionar cualquiera de sus extraordinarias omisiones en materia de guerra “acotada” y guerra irregular. A él, además de halagar a sus auditorios de la década de 1960, sólo le interesa plantear los ejemplos que son útiles a sus tesis. Así se cuida muy bien de recordar las Guerras Husitas y sus tropas irregulares, en particular a uno de los jefes militares más capaces de todos los tiempos, el checo Jan Zizka (1360–1424). O el surgimiento de la línea de tiradores en setiembre de 1792, cuando los inexpertos milicianos revolucionarios huían primero ante el avance de la infantería prusiana pero después volvían sobre sus pasos y echaban cuerpo a tierra para disparar sin tregua contra los invasores[4]. O las Guerras de los Bóeres[5], una contienda colonial insólita porque por primera vez los británicos se enfrentaban con colonos blancos de origen europeo que desarrollaron una prolongada guerra de guerrillas y sufrieron junto con la población original africana las atrocidades de Lord Kitchener, quien fue el inventor de los campos de concentración y otras formas de represión masiva contra la población civil.

En sus clasificaciones de las guerras, Schmitt maneja frecuentemente y muchas veces ambiguamente las categorías regular/irregular. Por ejemplo, las guerras civiles y las guerras coloniales las considera como “guerras estatales regulares” mientras que las guerrillas recaen invariablemente en la guerra irregular. A cierta altura del opúsculo abandona sus elucubraciones sobre derecho y su preocupación centrada en la España y la Alemania del siglo XIX para desarrollar sus conceptos sobre las características del guerrillero que reúne el no revestir uniforme, no llevar armas a la vista e incorporar un compromiso político importante. Aquí cifra su distinción sobre los guerrilleros telúricos, aquellos que defienden su terruño contra un invasor, y los revolucionarios profesionales universales que, naturalmente, identifica con el comunismo. El guerrillero telúrico es defensivo mientras que el revolucionario es agresivo.

Asimismo alude a la guerra de guerrillas rusa de 1812 contra la invasión napoleónica y atribuye su exégesis y mito a los anarquistas Bakunin y Kropotkin, por un lado, a Tolstoi y “La Guerra y la Paz”[6], por otro, y a los bolcheviques, a Stalin, luego a Mao Zedong, a Ho Chi Minh, Vo Nguyen Giap, Fidel y el Che, como si hubiera un continuo, que solamente existe en las elucubraciones schmittianas.

También se mete en un problema muy serio y es el que enfrentó la Wehrmacht en toda la Europa ocupada y particularmente en la Unión Soviética, en Yugoeslavia, en Grecia, en Polonia y finalmente en Italia. A Stalin le reconoce como mérito el haber conjugado el carácter telúrico de la defensa de la patria con el revolucionarismo bolchevique. Algo parecido le sucede con Mao Zedong y la lucha prolongada de los comunistas chinos contra los japoneses y los nacionalistas de Chang Kai Shek. Mao también habría combinado telurismo y revolución.

Su argumentación es incapaz de explicar el desarrollo de la guerra en Indochina, la derrota de los japoneses, los franceses y finalmente la de los estadounidenses a manos de los vietnamitas, y elude totalmente la mención de la guerrilla anti nazi en los Balcanes, encabezada por Josip Bros “Tito”, o la guerra popular desarrollada por los partisanos italianos, por los maquisards en Francia y por la resistencia en Polonia. Desde el punto de vista militar las guerrillas, secundarias o irrelevantes según Schmitt, tuvieron en jaque al ocupante alemán y sus títeres y distrajeron del frente decenas de divisiones. Aquí al erudito se le queman los libros como ya le había sucedido con sus otras evocaciones históricas.

Poco a poco se va haciendo evidente el verdadero sentido del opúsculo: la fundamentación del combate a la guerra irregular por parte de las fuerzas de ocupación y de las naciones imperialistas. Así apunta a relativizar las cuatro Convenciones de Ginebra[7] que cada vez establecen categorías más amplias de participantes en la guerra que pasan a ser considerados combatientes. Las Convenciones humanitarias “son un estrecho puente sobre un precipicio en cuyo fondo se esconde la peligrosa transformación de los conceptos de guerra, paz y guerrillero”.

El guerrillero –dice el hombrecito de Plettenberg[8 muy suelto de cuerpo– no posee los derechos y privilegios del combatiente; es un criminal según el Derecho Penal y está permitido neutralizarlo con castigos sumarios y medidas represivas. “Esto ha sido reconocido esencialmente incluso en los juicios por crímenes de guerra posteriores a la Segunda Guerra Mundial, específicamente en las sentencias contra los generales alemanes (Jodl, Leeb, List) quedando sobreentendido que,excediendo las necesidades de la lucha contra la guerrilla, todas las crueldades, medidas de terror, castigos colectivos y hasta la participación en genocidios, continúan siendo crímenes de guerra[9].

El desarrollo de la teoría transita por “la aceptación del concepto de riesgo (que) es necesaria para el tratamiento de las situaciones de guerra y para la activación de la enemistad”. Quien actúa en forma riesgosa lo hace asumiendo el peligro y haciéndose cargo conscientemente de las consecuencias adversas de su acción u omisión. “La guerra tiene su sentido en la enemistad. Puesto que es la continuidad de la política, también la política –al menos como posibilidad– contiene siempre un elemento de enemistad; y si la paz contiene en sí misma la posibilidad de la guerra –lo cual desgraciadamente es el caso, según la experiencia– también la paz tiene un ingrediente de enemistad potencial. La pregunta es tan sólo si la enemistad se puede acotar y regular; esto es: si es una enemistad relativa o absoluta” (Op. Cit. P. 34).

Ya en la parte final del opúsculo, Carl Schmitt expone diáfanamente su otro objetivo principal: un elogio a los oficiales coloniales franceses, derrotados en Indochina en 1954 por la guerra irregular de los vietnamitas. Estos oficiales que habían estudiado a Mao Zedong, según él, habían refinado sus técnicas de contra insurgencia, de represión masiva sobre la población civil, de interrogatorio y de tortura, de terrorismo sistemático, lo que después aplicaron en Argelia. La “escuela francesa”, no compuesta por legionarios –vulgares mercenarios que Schmitt no parecía apreciar (como no apreciaba a los moros, las tropas coloniales que habían trasladado a España los militares golpistas en 1936 para derrocar a la República)– sino por militares de carrera cuyo jefe paradigmático sobre el que derrama todos los elogios es el general Raoul Salan (1899–1984).

Schmitt no oculta su fascinación por Salan, el Mandarín o el Chino (que eran sus apodos), gran jefe de la guerra psicológica, subversiva e insurreccional, el fundador de la organización terrorista OAS, “más sobresaliente que Jouhaud, Challe o Zeller[10] sus colegas que habían organizado, junto con él, el golpe de Estado de 1961 en Argelia para mantener a toda costa el dominio colonial francés en el norte de África.

Si alguien se arroga la facultad de designar al enemigo –como lo hizo Salan según Schmitt– y no se subordina a la decisión del gobierno legal, demostrará que tiene la pretensión de tomar para sí una legalidad propia y nueva. Aquí asoma las orejas el Führerprinzip que Schmitt y sus colegas leguleyos fundamentaron para la implantación de la autoridad incontestable de Adolf Hitler.

El problema del centurión, es decir del militar profesional o el político que asume ese riesgo fundamental, no es la existencia de la bomba, de las armas nucleares o una premeditada maldad del ser humano sino la inevitabilidad de una imposición moral. Quienes apelan a esas medidas extremas se ven obligados a exterminar moralmente a otras personas, vale decir a las víctimas y objetivos que exterminarán físicamente.

Tienen que declarar que el bando contrario, en su totalidad, es criminal, inhumano y constituye un disvalor total. La lógica del valor y del disvalor obliga a producir siempre nuevas y más profundas discriminaciones, criminalizaciones y devaluaciones hasta el exterminio de quienes no merecen vivir”. ¿Clarito, no?

Schmitt no admiraba a Hitler, lo consideraba un advenedizo, pero admiraba “el poder para designar al enemigo” que era la clave de su teoría política, y en verdad le salía más barato y menos riesgoso ser partidario del general Salan –el oficial francés más condecorado de todos los tiempos– cuando todavía no habían transcurrido dos décadas desde que el Führer se había pegado un tiro en el bunker de Berlín o que su bienamado Mussolini había sido colgado cabeza abajo como un cerdo cuando escapaba disfrazado. Salan parecía también más potable o menos quemante que Jacques Massu, el general de paracaidistas descarado promotor de la tortura, o de Jean-Jacques Susini, el político ultra derechista cofundador de la OAS.

Había otra razón, poderosa para un oportunista de la talla de Schmitt: Raoul Salan estaba y estuvo siempre muy vinculado a la España franquista que dio refugio y apoyo a los terroristas de la OAS. Salan alcanzó a luchar en la Primera Guerra Mundial y lo hizo también en la Segunda. En 1952 llegó a ser Comandante en Jefe de las Fuerzas Francesas en Indochina y participó de la primera etapa de la guerra contra los vietnamitas que, dicho sea de paso, venían de expulsar a los japoneses de su tierra. Desde mediados de la década de los 50, Salan ocupó puestos de mando en Argelia.

En 1958 encabezó un levantamiento de las tropas francesas en Argelia, un verdadero golpe de Estado, reclamando el retorno del general Charles De Gaulle al poder. De Gaulle lo premió designándolo Inspector General del Ejército pero temeroso del carácter intrigante de su colega lo obligó a pasar a retiro anticipadamente. Entonces Salan se fue a España donde tenía relación con el filo nazi Ramón Serrano Suñér, “El cuñadísimo” (cuñado de la esposa del Caudillo Franco), que había sido canciller y número dos del régimen hasta que la derrota del nazismo lo hizo pasar a un segundo plano. Serrano Suñer proporcionó ayuda material y todo tipo de contactos a Salan (odiaba a Francia), facilitó sus viajes y lo puso en contacto con el dictador portugués Oliveira Salazar que también era partidario de la permanencia colonial francesa en Argelia.

Cuando Salan volvió clandestinamente a Argelia, en 1961, para organizar un golpe de Estado junto con Jouhaud, Zeller y Challe, ya había fundado con otros militares la Organisation de l’Armée Secrete (OAS)[11]. Fue condenado a muerte en ausencia por traición a la patria y pudo ser arrestado, en Argel, en abril de 1962. De Gaulle conmutó su sentencia de muerte por cadena perpetua y en junio de 1968 quedó en libertad al ser amnistiado. La amnistía había sido dispuesta por el gobierno gaullista ante los sucesos del Mayo Francés y benefició a 59 presos condenados por su pertenencia a la OAS. El grado militar y sus privilegios le fueron reintegrados a Salan y a otros siete generales en 1982.

En última instancia, la “Teoría del Guerrillero” de Carl Schmitt resultaba ser una reivindicación del católico Raoul Salan, “El Mandarín”, que, en 1962, al ser juzgado había adoptado la tesitura de no hablar y de encomendarse a Dios después de haber efectuado una declaración inicial en la que asumía toda la responsabilidad por los crímenes cometidos por la OAS.

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