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AL PIE DE LAS LETRAS

 Publicado: 01/02/2023

Dos cartas sin enviar


Por María Laura Blanco


1.

El sábado se ha puesto oscuro y llueve. Dicen los pronósticos que al mediodía mejora. En este preciso instante no se puede ser muy optimista, parece que seguirá así por siempre. Las hojas mustias de las plantas se tornan brillantes por un rato y eso es una fiesta para quien las observa.

De pronto te recordé en un gesto, en una forma bien diferente de como te conservo en la memoria. Nosotros, que nos incendiamos en pasión y que ni el polvo de las cenizas pudimos acunar, tuvimos momentos de ternura.

Entre madrugador e insomne, veía tu sombra deambular del baño a la cocina, la radio encendida, como un susurro, todo sigilo para no despertarme. Sin embargo, yo observaba con los ojos entrecerrados e imaginaba cada movimiento.

Preparabas el mate con paciencia de campesino o de preso. Luego entrabas al cuarto, ahí yo cerraba los ojos, fingía dormir, casi una reacción de niña, y vos te sentabas con cuidado en la cama. Una caricia casi imperceptible y la mano tendida con el gesto más puro.

Después la bebida caliente y bienvenida.

Te evoco así hoy y no en el páramo en que guardo nuestros encuentros.





2.

Querido:

Creí que ya no tenía lágrimas para vos, me equivoqué una vez más. Hoy, durante el atardecer, me atreví a leer lo último que nos escribimos hace un año. Es que me informaron de un concurso de cartas de amor y pensé que podría elegir una de las tantas que te he escrito. No pude avanzar, el llanto me impidió seguir. Lágrimas gordas, calientes y saladas me fueron mojando el vestido gris. Hoy, como ves, todo es una avalancha de recuerdos.

Al releer comprendí muchas cosas. Seguro que vos no te acordás de una sola palabra y menos ahora, ocupado y enamorado como estás, no es relevante. Entre todas las cosas que hoy se develaron, hay una que debés saber: no volvería a verte ni aunque me lo pidieras arrodillado, pero también te digo que nunca, ni uno solo de estos días, he dejado de pensarte.

Hay situaciones inexplicables, lo sabemos. Sé que no es casual que mi terraza se haya poblado de mariposas verdes y amarillas, que la Reina de la Noche haya empezado a florecer de día, que los pájaros entren a mi casa y revoloteen encima de mi cabeza. El collar verde está guardado en la cajita de la India, reposa encerrado en terciopelo púrpura. No he vuelto a usarlo, me oprime el cuello como si de solo saber que fue tu regalo me apretara con fuerza hasta cortarme la respiración. Me gustaba usarlo todo el tiempo, tengo cientos de fotos luciéndolo.

No me resulta fácil escribirte, has sido despiadado y cruel conmigo y sé que no es nada personal. No estabas preparado para recibir lo que te daba, no encontraste la puerta que te permitiera salir de tanta vivencia oscura y dolorosa.

Es una buena cosa que las lágrimas no se agoten, hoy fueron de alivio, de una tristeza serena, casi paciente y esperanzada de que algún día me reiré de todo esto.

Mi entrega fue absoluta y terminó abrumándote.

Tiempo demasiado intenso, han ocurrido tantos cambios en mi vida que a veces pienso que me perdí en universos paralelos, que no pueden ser ciertos estos sucesos increíbles. El misterio y la magia incorporados a la rutina, nada mal. Lo deseé siempre desde aquellos días a la sombra de la palmera cuando pasaba el manicero y yo le imaginaba historias, tragedias que ahora, viéndolo a la distancia, resultaban muy extrañas en una niña de cinco años. Siempre fui rara, de eso no cabe duda, pero aposté a que el paso de los años cambiaría un poco mis laberintos. Hasta las acciones más prosaicas terminan siendo en mí, un vértigo. Si salgo a regar las plantas no puedo depositar el agua e irme. Me entretengo en largos diálogos con el ficus, y la Reina de la Noche crece desmesuradamente producto de mis conversaciones y de mis caricias. Si de lavar los platos se trata, quedo atrapada en esos mundos de jabón y porcelana metiéndome en situaciones locas, en fábricas donde hombres con turbantes dibujan en la loza arabescos de color dorado y cantan con una voz quejumbrosa hasta la caída del sol. Te pido que me tengas un poco de paciencia, Ya sabés que cuando te escribo no me persigue la prisa. Te quería contar que los poemas aquellos que en mis días de desgarro y de tu desamor te escribí, han salido publicados. Ahora estoy preparando una trilogía, será lo último que escriba. Luego pienso sentarme en el jardín a desalojar todos los recuerdos.

Estoy segura del poder de la palabra y del maléfico efecto de las palabras escritas, así que por fin podré descansar. La ceremonia para abandonar todo lo que hemos vivido en un papel me ha dejado sin reservas, tengo las vísceras hacia afuera, como un guante dado vuelta.

2 comentarios sobre “Dos cartas sin enviar”

  1. Una delicia leerla a Maria Laura, me encantó.
    Gracias!
    Las cartas tan ansiadas!
    Los sentimientos tan universales..
    Quien escribe así ha vivido mucho, ha errado,aprendido y observado pero sobre todo ha amado

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