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ARTIGAS ES NUESTRO PADRE, NUESTRO HÉROE, NUESTRO PRÓCER. Y EL TRAICIONADO

 Publicado: 07/04/2021

Fragmentos de Artigas: historia, enunciados, identidad


Por Santiago Cardozo


Todo se borrará en un segundo. Ese diccionario acopiado desde la cuna hasta el lecho postrero se eliminará. Habrá silencio y ninguna palabra para decirlo. No saldrá nada de la boca abierta. Ni yo ni mí. La lengua seguirá convirtiendo el mundo en palabras. En las conversaciones en torno a una mesa de fiesta solo seremos un nombre, y cada vez tendremos menos rostro, hasta desaparecer en la masa anónima de una generación remota.

Annie Ernaux - Los años

 
 

Nuestro vínculo con Artigas está lleno fechas y lugares, entre los que destaca especialmente el 18 de mayo de 1811 en la ciudad dormitorio de Las Piedras, lugar en el que viví hasta los veintiséis años. La historia y el tango cercaban mi casa: la calle por la que vivía se llama (supongo que se sigue llamando) Ramón Ortiz y la inmediatamente perpendicular hacia el este lleva (sigue llevando, espero) por nombre Carlos Gardel. Una “nostalgia” histórica, calculo, sumada a la escuela N.º 106 “Artigas” a la que asistí, me acercó al pasado y a la forma en que lo hemos contado.

  1. La identidad negativa del signo lingüístico

Una ausencia y su representación; el nombre oblicuo de una falta, la materia significante de un vacío, una torcedura o un desplazamiento. Esto es el lenguaje en su relación con los objetos de la realidad; esta es la lógica de su funcionamiento, que nunca puede obtener la plenitud homeostática de la referencia. De un lado, palabras; del otro, cosas; de un lado, sistema lingüístico; del otro, el afuera o el exterior del sistema. Un signo se define por la relación arbitraria y necesaria entre el significante y el significado y por el juego de oposiciones y diferencias con otros signos, de suerte que la identidad del primero está constituida por la presencia de los segundos, que actúan en aquel a modo de ausencia. Si un signo es todo lo que los demás no son (Saussure), su identidad no se localiza en él mismo, pero tampoco en lo que los otros signos podrían darle, en la medida en que estos no tienen lo que aquel precisa para establecer su identidad. Por lo tanto, la identidad de un signo lingüístico es doblemente negativa y no puede situarse en ninguna parte del sistema de la lengua; en todo caso, aparece, a título de negatividad, en la relación misma que un signo mantiene con los otros, pero una relación que no puede ser representada positivamente, que carece de toda sustancia.

  1. En la referencia, el deseo y el silencio

Así, como puede comprenderse, la relación de un signo con su referente es problemática por definición y nunca puede dar lugar a una plenitud referencial sustentada en el objeto referido y tampoco, en la misma medida, en el significado del signo. Esta relación es siempre equívoca, yerra en su blanco: se multiplica en diversas direcciones, se queda corta, se interrumpe de forma imprevista, vuelve a ocurrir en el interior de un discurso determinado, aparece inter-dicta por otros significados o por los afectos que, como efectos del decir, produce todo enunciado. La inter-dicción supone no solo un diálogo entre discursos (Bajtín, Volóshinov), sino también la presencia de lo real en lo imaginario (el significado del signo), la forma en que lo real del decir (“lo que no cesa de no inscribirse”, dice Jean-Claude Milner[1]) perfora la fantasía comunicativa, provocando efectos de equívoco y oquedades en el sentido a través de las cuales penetran el deseo y el silencio en el contenido de lo dicho como aquello que no se dice (lo no-dicho), pero que no se puede homologar al concepto de lo implícito de Oswald Ducrot.[2]

  1. Artigas es una palabra

La palabra “Artigas” es una especie de término mágico que despeja cualquier tipo de dudas o sospechas sobre nuestra identidad nacional, especie de desparpajo que todo colectivo define para encontrar la cohesión ideológica necesaria a fin de constituirse performativamente como sujeto político (como un pueblo, que proviene de las entrañas del “pueblo oriental”). Llegado el caso, es la materia prima (la hechura, pero también la achura) misma de la que está hecha esta identidad y el punto sólido en el aire que sostiene su verificación. La escuela, con sus discursos y sus protocolos, con sus manuales y su prédica casi religiosa, con la conformación de un espacio sagrado que se corona, en sus paredes, con diferentes imágenes del héroe oriental y una larga tradición que repite, casi sin variantes, la misma cantinela histórica sobre “nuestro padre”, ha sido, sin que esto constituya un descubrimiento ni mucho menos, un pilar fundamental en la producción y reproducción del mito artiguista, aun en los casos en los que haya dado lugar a cierto rechazo de los alumnos (en el momento en que sea).

Así pues, el nombre “Artigas” designa el procedimiento mediante el cual los orientales-uruguayos llenamos el vacío constitutivo de las sucesivas identificaciones, transformándolas en la estabilidad identitaria que permite la homeostasis de un goce infinito alrededor de la figura de la nariz aguileña. Este goce aparece socialmente materializado en el conjunto de frases de Artigas que circulan por doquier, extraídas de su contexto de ocurrencia (la cita siempre es hija de una descontextualización y da espacio a una recontextualización) como enunciados que flotan en el aire y que, como sentencias gnómicas, piden adhesión, apego, estremecimiento por la potencia retórica de su contenido y su forma (“Sean los orientales tan ilustrados como valientes”, “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”, “Es muy veleidosa la probidad de los hombres, solo el freno de la constitución puede afirmarla”, “Que los más infelices sean los más privilegiados”).  

El carácter sentencioso de las frases de Artigas, adoptado fundamentalmente como efecto de la descontextualización de las citas y de su circulación social, inmortaliza su figura y permite que cada frase pueda ser aplicada, ayer, hoy y mañana, a circunstancias bien diversas. Cada uno de los enunciados en cuestión parece funcionar como un objeto a (Lacan), a partir del cual la totalidad desconocida del blandengue heroico (no hay rostro ni voz) queda sublimada por el efecto de sus fragmentos (las frases). Así pues, cada frase, en y por sí misma, tiene la capacidad de elevarse a la posición de la totalidad y, desde ahí, sinécdoque mediante, iluminar y consolidar la estatura moral, política, ideológica, en una palabra, histórica, de Artigas. Como voces (en algunas ocasiones gritos, demandas, evocaciones a viva voz; en otras, murmullos o susurros) que vienen del pasado original de nuestra nación, las frases de Artigas (espectro inadecuadamente simbolizado) constituyen diversas vías de acceso a su pensamiento, fraguado en el divorcio de la Madre Patria: somos hijos de un padre al que nunca le vimos la cara y que nos dio a luz como resultado de la separación de “nuestra madre”. Así, preñado de un pueblo que empujaba su gestación, Artigas nos dio la vida y ahora, siempre, reconocemos en él la deuda que todo hijo mantiene con su progenitor, especialmente en un caso como el suyo: la traición de la que fue objeto y la “huida” al Paraguay.

  1. La mitología de la patria

En la línea abierta del “análisis mitológico”, es interesante realizar una lectura del poema de Líber Falco “La expatriación”, en el que la voz del poeta observa cómo Artigas abandona la Banda Oriental para internarse en la espesura de la historia (el viaje hacia Paraguay que, finalmente, termina siendo a Paraguay). Lo primero que debe destacarse es, precisamente, el nombre del poema, que contiene el término “patria”. Aquí, vemos el juego de que “expatriación” parece nombrar directamente lo que “exilio” podría decir de manera oblicua, como si fuera un eufemismo. Si en otros contextos “exilio” funciona como la forma directa de decir las cosas, evitando caer en los eufemismos despolitizados que podrían sustituirla, en el poema de Falco es necesario dejar establecido que Artigas abandona, por el accionar de sus congéneres, la patria que lo vio crecer y por la cual había emprendido la lucha revolucionaria. Si podemos pensar, jugando con la virtualidad de la lengua, una “patriación” como el proceso y el resultado de “encarnar” o “hacer carne” la patria (hay una transitividad ineludible), es decir, como una crianza bajo la égida de la patria, el prefijo “ex-” se lee de otra manera, con otra fuerza histórica, con un talante vengativo.   

El poeta se interroga en la primera estrofa:

¿Quién cruza el río?
¿Quién lo cruza triste?
¿Quién, callado, quién?
Triste, ¿quién?[3]

La repetición de la pregunta con el interrogativo “quién” parece transformarse, por la insistencia inquisitiva, en un “por qué”. El poema nunca da las razones ni ofrece hipótesis: se limita a constatar la expatriación y a señalar la relación de Artigas con su América.

Desde lo alto de la mirada del poeta, es posible valorar el estado anímico de Artigas, que, como si se desplazara cabizbajo, sin nada más para decir o dejar dicho, tiene su voz en su propia marcha hacia “el corazón de su América”, donde se encontrará, dice el poeta, “A solas con su muerte”. Así, la patria que lo parió fue también la patria que lo expulsó, que lo “dio en adopción” como un rechazo de sus “hermanos” e, incluso, de sus primeros “hijos”. 

A través de los ojos del poeta, asistimos a las ventanas íntimas de la historia, al patio trasero por el cual Artigas tuvo que emprender el exilio y, paralelamente, al dolor de quien tiene el privilegio de verlo, envuelto en la oscuridad de la noche que eligió para irse y de la historia nacional que lo expulsó, condenándolo a la pena más deshonrosa, más humillante, que Sócrates evitó tomando la cicuta: la expatriación.

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