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HACE CIEN AÑOS, UN VUELCO EN LA IZQUIERDA

 Publicado: 07/04/2021

Las 21 condiciones del año 21


Por Luis C. Turiansky


Es natural que se considere como fecha de fundación del Partido Comunista del Uruguay (PCU) el 21 de setiembre de 1920, fecha en la que el VIII Congreso del Partido Socialista (PS) aprobó la adhesión a la 3ª Internacional o Internacional Comunista (IC), conocida también por la abreviatura rusa “Komintern”. 

Pero el paso no iba a ser automático. El partido concernido debía aceptar una serie de condiciones (21 en total). Sucedió, en consecuencia, un período transitorio de debate, que culminó con la convocatoria de un Congreso Extraordinario, en el cual, el 16 de abril de 1921, las condiciones fueron aceptadas. La minoría que rechazó la transformación, dimitentes unos, expulsados otros, cerró filas en torno al líder histórico Emilio Frugoni, y juntos se lanzaron al rescate del viejo partido. El cambio de nombre impuesto por la condición N.º 17 de la IC, paradójicamente, les facilitó la tarea: de hecho, fueron los “bolches”, como se les llamaría después, los que, aun siendo mayoría, abandonaron la Casa del Pueblo para formar otro partido con el nombre de “comunista”, mientras que la minoría que se quedó pudo reivindicar la calidad de sucesores legítimos del PS.

El número mágico

Llama la atención la frecuencia con que aparece en esta historia el número 21: sería el día en que nació el PCU, de acuerdo, pero, además, representa el año de su ingreso formal a la IC, e incluso corresponde al número de condiciones que debían acatarse a los efectos de merecer el trato de “camaradas” cuando llegara la delegación a Moscú. Siendo los bolcheviques de Lenin materialistas acérrimos, parece impensable que todas estas coincidencias sean expresión de un sentido simbólico velado; pero allí donde las coincidencias abundan puede esconderse un motivo racional; por ejemplo, el interés nemotécnico.

De haberse aplicado tal criterio, no habría ninguna dificultad para designar el día de cumpleaños del PCU. Pero nuestro espíritu buscador de problemas nos hace dudar de todo y, por ejemplo, nos preguntamos, ¿por qué el 21, si el congreso empezó el 18? Bueno, es de suponer que las resoluciones se aprobaron el último día, pero, además, ¿no fue, en realidad, el Congreso Extraordinario de abril de 1921 el que pronunció la decisión final? Al no disponer de las actas del caso, el autor no está en condiciones de corroborarlo, pero, en todo caso, la fecha 21 de setiembre de 1920 quedó consagrada por la tradición. Tiene al menos la ventaja de hacernos elucubrar sobre el supuesto significado cabalista del número 21.[1]

Y en el fondo, ¿de qué se trata? 

El otro misterio que envuelve esta historia es el documento en sí. Creo que pocos lo han leído. Sin embargo, fue la pieza fundamental de la etapa inicial del movimiento comunista en el mundo, y desde luego también en Uruguay. Muchos de sus postulados perdieron actualidad y, de hecho, ninguna referencia figura siquiera en los estatutos. Por otra parte, tampoco fue objeto nunca de un análisis crítico sereno. Toda vez que la IC corregía sus puntos de vista, siempre prefirió barrer lo anterior bajo la alfombra en lugar de hacer autocrítica.

Los interesados pueden satisfacer su curiosidad yendo, por ejemplo, a Las 21 condiciones de la Internacional Comunista, artículo publicado en la revista virtual argentina Sociedad Futura el 15 de junio de 2020. El texto está precedido de un comentario de la redacción bastante interesante, pero el lector puede saltearlo si prefiere ir “derecho al grano”. Porque lo que cuenta sobre todo es el texto completo del documento en cuestión, que la revista traslada al conocimiento público en su versión íntegra. La importancia reside en el valor histórico del documento, ya que permite comparar lo que por entonces se decía y hoy ha caído en la obsolescencia, y lo que hoy se considera revolucionario y en aquellos tiempos tumultuosos sería objeto de severas críticas.

Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que el texto es un conjunto de principios puntuales que no responden a un plan premeditado. No fue ordenado por temas o capítulos, como son los programas políticos modernos, sino que tal vez fue dictado por alguien (¿el propio Lenin?) a medida que las ideas le iban surgiendo en la mente. Pero si el primer punto ha de considerarse el más importante, su extensión (tres párrafos) confirma que el tema tratado era lo que más preocupaba: la propaganda (y la “agitación”, otro concepto, hoy desusado, pero que estaba muy en boga entonces, y no en el sentido peyorativo que tiene hoy).

La preocupación por ser distintos

El hecho de haber elegido el tema de la propaganda en primer lugar, denota que el grupo dirigente era plenamente consciente de la intensidad y dureza de la lucha ideológica y política que se avecinaba y que la nueva fuerza revolucionaria debía afrontar en el futuro inmediato. La creación de la Internacional Comunista respondía a la necesidad de marcar diferencias con el ala socialdemócrata, de la cual provenía, pero que repudiaba. Suponía necesario desprenderse de tales raíces, a fin de convertirse en la fuerza conductora del cambio social. El acento se pone, por consiguiente, en los objetivos de la revolución proletaria y su forma, a partir de la opción bolchevique de “dictadura del proletariado”, que no debía tratarse “como si fuera una fórmula corriente y trivial”, sino la base de todo el discurso político.[2]

El otro aspecto distintivo tiene que ver con el estilo de vida partidaria. Como se sabe, los leninistas introdujeron el concepto de centralismo democrático, que combina la discusión democrática de los asuntos con la subordinación ulterior de la minoría a la mayoría. En el párrafo dedicado a la propaganda figura, por ejemplo, que toda la prensa partidaria debía subordinarse al control de la dirección, con la aclaración de que ello vale “independientemente de si el partido funciona legalmente o no.

Seguidamente, aparece también el método de trabajo político destinado a ganar nuevos adeptos, mediante la creación y desarrollo de sendos “frentes de influencia”, lo que tarde o temprano dará lugar inevitablemente a serias controversias entre las dos alas en que se dividirá el movimiento obrero, especialmente en el terreno sindical. El lenguaje empleado es terminante: “Dondequiera los partidarios de la Tercera Internacional tengan acceso, y cualesquiera sean los medios de propaganda que estén a su disposición, ya se trate de artículos de periódicos, reuniones públicas, sindicatos o cooperativas, es indispensable que ellos no solo denuncien a la burguesía sino también a todos sus ayudantes y agentes: los reformistas de todo color y matiz”.

En lo interno, se trata de consolidar la unidad ideológica. En tal sentido, la condición N.º 2 insta a los partidos miembros a desprenderse de aquellos cuadros en los que se observen “debilidades ideológicas”, sobre todo si ocupan puestos de dirección y organización, a fin de alejar a “todos los reformistas y adeptos del ‘centro’, y reemplazarlos por comunistas, aunque sea a costa de reemplazar al comienzo a oportunistas experimentados por trabajadores de la masa”. 

Este principio denota una confianza casi religiosa en la capacidad de raciocinio social de las clases desfavorecidas, pero por otro lado, sienta las bases de la desconfianza típica en los intelectuales en general y crea las condiciones para el cultivo del militante fiel, que solo cumple y no pregunta. 

La cuestión de la situación objetiva

¿A qué se debe una postura tan radical? Es cierto, el movimiento venía de la guerra mundial; su principal componente, el partido ruso, acababa de hacer una revolución y de derrotar a sus adversarios en una cruenta guerra civil. Pero parece exagerado afirmar, por ejemplo, que “la lucha de clases en casi todos los países de Europa y América está entrando en la fase de la guerra civil” (N.º 3). Podría pensarse que el surgimiento del fascismo en Italia confirmaría poco después esta predicción, pero la evolución ulterior descartó la perspectiva de la revolución mundial en la que confiaban los bolcheviques; no obstante, los métodos concebidos en la etapa inicial continuaron y llegaron a la exacerbación durante el período estalinista.[3] El radicalismo de fórmulas tales como “los comunistas no pueden confiar en la legalidad burguesa” aislaron por mucho tiempo a sus voceros de las masas y de las demás corrientes democráticas, cuando era particularmente necesario unir las fuerzas frente al ascenso de Hitler al poder en Alemania. 

Puntos esenciales de la lucha política

A continuación, el documento aborda diversos aspectos del programa político-revolucionario del movimiento. Un aspecto definitorio es la alianza obrero-campesina (N.º 5). Su tratamiento no se aparta, sin embargo, de los métodos de cohesión interna señalados en la condición N.º 2. Es, por ejemplo, ilustrativa la frase por la que se recomienda particularmente que este trabajo sea confiado a comunistas sinceros, ya que “transferirlo a semi-reformistas indignos de confianza equivale a renunciar a la revolución proletaria”. Puede entreverse en esto que existen contradicciones y dudas en la militancia ante una propuesta estratégica bastante inesperada.

A lo que hoy se llamaría “Tercer Mundo” se refiere el punto N.º 8, dedicado a la “cuestión colonial y los problemas de las nacionalidades oprimidas”. Habiendo sido Lenin una reconocida autoridad en materia de teoría del imperialismo moderno, era natural que este aspecto se mencionara. Sin embargo, la tesis es insuficiente desde nuestro punto de vista actual, puesto que se limita más que nada al colonialismo tradicional, sin profundizar en los mecanismos capitalistas desarrollados del imperialismo mercantil. Omite a la Revolución Mexicana y pasa por alto que la injerencia imperialista era por entonces particularmente notoria en América Latina, aunque esta ya había salido del período colonial mucho tiempo antes. 

Un párrafo particular, el del punto N.º 10, se dedica a denunciar a los “sindicatos amarillos” representados por la Federación Sindical Internacional con sede en Ámsterdam. Allí dominaban las corrientes ligadas a la II Internacional (socialista). En su lugar, la IC recomendaba apoyar a su estructura propia, llamada Unión Internacional de Sindicatos Rojos. Como se sabe, esta situación de división del movimiento sindical mundial por motivos ideológicos solo pudo superarse al término de la Segunda Guerra Mundial, al unificarse las tres corrientes mundiales (además de las nombradas, estaba también la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos) en la Federación Sindical Mundial (fundada en París el 3 de octubre de 1945), pero esta unidad no resistió el estallido de la “guerra fría” y la división revivió en 1949.

Cuando el centralismo democrático se aplica a escala internacional

El apartado 12 no solo dispone que todos los partidos afiliados apliquen en su seno los principios de centralismo democrático, sino, además, que deban aceptarlos también internacionalmente en el marco de la IC. En particular, el apartado N.º 16 establece que todas las resoluciones de los congresos y del Comité Ejecutivo de la Internacional son obligatorias para todos los miembros, incluso si han votado en contra. Los órganos de prensa partidarios en todos los países debían reproducir, a su vez, todos los documentos oficiales “importantes” del Comité Ejecutivo (N.º 18). Demás está decir que este órgano sería el encargado también de establecer la susodicha importancia.

Otro punto delicado será con el tiempo el N.º 14, al establecer el compromiso de los partidos miembros a “prestar toda la ayuda posible a las Repúblicas Soviéticas en su lucha con las fuerzas contrarrevolucionarias”. Vista la experiencia de la guerra civil y la intervención imperialista, se trata aquí de un principio solidario elemental. Pero no es de extrañar que, bajo la batuta de Stalin, se convirtiera en la medida de la fidelidad de los partidos de todo el mundo a la línea internacionalista y a la política de la URSS bajo cualquier circunstancia.

De hecho, el calificativo de “sección”, aplicado a los partidos afiliados, está pensado en toda la amplitud de su significado y con todas sus consecuencias. La aspiración es poder crear un ejército mundial de la revolución, fiel y disciplinado. La evolución posterior hará cambiar muchas de estas concepciones, hasta que la realidad de la Segunda Guerra Mundial conducirá a la autodisolución de la Internacional Comunista. Sustituida primero por un “Buró de Información”, desaparece luego discretamente, en la liquidez del multilateralismo que caracterizó el marco internacional en el mundo de posguerra.

En conclusión

El material examinado difícilmente sería aplicable hoy, pero es una presentación bastante ilustrativa del fundamento ideológico que entonces dio lugar a la separación del ala marxista-leninista del movimiento socialista en general (y del anarquismo, tendencia que en nuestro medio no debe olvidarse), a través de una clara diferenciación ideológica. Por lo visto, se sentía la necesidad de aparecer como una tendencia bien definida en el seno del movimiento obrero. De ahí la dureza con que se trataba a los grupos disidentes.

La complejidad de la situación que predominaba en el mundo, y en Rusia en particular, puede explicar algunas cosas, pero otras son difíciles de asimilar. Tenemos ante sí el origen histórico del sectarismo, que tanto daño causó, no solo en Uruguay, sino en el mundo entero.

Es cierto que, poco después, la IC procuró corregir un tanto las posiciones más beligerantes y reconoció que las previsiones de revolución mundial habían caducado y había que buscar una estrategia de acción común con los socialistas sinceros. Pero Stalin, una vez en el poder, pasó por alto estas recomendaciones.

Actualmente, probablemente ningún comunista pretendería aplicar al pie de la letra las recomendaciones diseñadas por las 21 Condiciones de 1921. El mundo es otro y ya no campea la disciplina, la unidad ideológica ni los métodos de ordeno y mando. Tampoco los socialistas de hoy se rebajarían a los insultos proferidos a sus compañeros comunistas en el pasado. El diálogo desprejuiciado, iniciado en los años 50 del siglo pasado, condujo en nuestro país a la unidad sindical y a la fundación del Frente Amplio.

Por otra parte, fuera de los errores y excesos (sin hablar de los crímenes, pero estos no tienen nada que ver con las 21 Condiciones), la Komintern fue el símbolo de una lucha heroica por el progreso social. Como dijera Bertolt Brecht:

Íbamos, en efecto,

a través de la lucha de clases,

cambiando más rápido de país que de zapatos,

cuando solo había injusticia

y ninguna indignación.[4]

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