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LA RAZÓN SOCIAL DEL PODER

 Publicado: 04/01/2023

Con todo respeto


Por Néstor Casanova Berna


El imbécil, en este caso, es una persona virtuosa. Coloca por encima de todo en su actuación la sinceridad y la espontaneidad. Dice lo que piensa y hace lo que cree que debe hacer. Lo hace sin preocuparse de nada que no sea la libre expresión de lo que piensa y lo que le apetece. Es un ser abierto y siempre dispuesto a mostrarse tal y como es.

Manuel Delgado – ¿Qué es un imbécil?

 

Reconozcamos virtudes

Hay que reconocerlo con hidalguía y rendirse a la fuerza de los hechos: los detentadores del poder económico han logrado, por fin, situar a sus mejores representantes políticos en el gobierno. Es tiempo de reconocer, contritos, las virtudes de los personeros del poder efectivo. Ya era tiempo que, luego que oscuros personajes osaran usurpar algunos cargos de gobierno en representación de la chusma por la friolera de tres lustros consecutivos, las cosas volvieran a su orden natural: los pocos que mandan por encima de los que es mejor que obedezcan.

Para ello nada mejor que personajes políticos de impecable linaje, abiertos hasta la autoinmolación en el sincericidio, espontáneos y frescos, glamorosos y bienhablados. Gente linda que dice lo que piensa -reconoce abierta y explícitamente al servicio de quienes opera-, que hace lo que cree que debe hacer -como expedir de urgencia un pasaporte que excarcele a un conocido narcotraficante, ateniéndose firmemente a las prescripciones legales de un Estado de Derecho y al sentido común, que indica que lo mejor es que los capos es mejor que estén en libertad, para dar trabajo y medios de sustento a tantas personas necesitadas-. Después de todo, un empresario emprendedor es preferible y amparable en su latrocinio cotidiano, cuestión que no se compara con la mezquindad irredimible de los traficantes de carne de gallina vieja en las ollas populares, que deben ser perseguidos por el largo brazo de la justicia de clase.

Reconozcamos, pues, la virtud de quien sabe, desde su más tierna infancia, que le asiste la razón social del poder y que no se preocupa de nada que no sea la libre expresión de lo que piensa y lo que le apetece. Reconozcamos, también, la virtud de quien sabe, porque lo ha estudiado en los mejores colegios, que lo que hace es lo debido y que nunca, pero nunca, falta a la verdad, sino que la realidad está ensombrecida por el relato hostil de los resentidos por su congénita ilegitimidad. Reconozcamos, asimismo, la virtud de los señalados por la pertenencia a la estirpe de los auténticos, de los mejores de entre los nuestros, de la gente de buena cuna, que son libres de pensar y apetecer lo más genuino que es dable pensar y apetecer para que las cosas sigan en su lugar natural y lógico.

Ustedes me conocen

Vaya si lo conocemos. No es tanto un personaje cuanto una investidura: cuando le llegue al circunstancial sujeto la hora de la caducidad funcional -Dios no lo quiera-, ya habrá varios candidatos por demás inmejorables para probarse las pilchas que va a dejar. Pero lo importante es que la Eminencia, como estructura significativa, siga del todo vigente: el lugar indicado para ejercer, como es debido, el poder y la palabra, el mando y la justicia, la dura doma del arisco populacho y la mentecatez irredimible. Así lo quiere el Destino y así lo refrenda la Prensa y la Televisión abierta.

Claro que lo conocemos. Nos habla cada día claro y fuerte y nadie puede llamarse a distracción u olvido. Dice lo que piensa sin ambages, ni temor a la incongruencia lógica y sin ningún compromiso supersticioso con los hechos. Sabe, como lo supo Friedrich Nietzsche en su hora, que no existen los hechos sino las interpretaciones y que sus hermenéuticas son infalibles porque serán las que terminarán ratificando, en su unánime croar, los Medios Hegemónicos. Si suyas son las tierras y las jornadas de sus peones, si suyas son las empresas y las fatigas de sus empleados, si suya es la patria a título de estancia pastoril y caudillesca con puerto al mar, ¿cómo no sería suya la verdad de cuanto afirma y niega? Ya lo dijo Shakespeare: la vida no es más que un cuento narrado por un idiota. Conocemos bien al mentado narrador que nos toca -en este país nos conocemos todos-.

Por supuesto que lo conocemos. Su sinceridad es rotunda, absoluta y, como en el caso de la cinta de Moebius, no tiene ni doblez ni dos superficies. En todo caso, si no se le entiende es que es uno el que está, irremediablemente, desorientado. Oyéndole, uno creería oportuno consultarlo siempre y preceptivamente, por cada una de las movidas del ajedrez político: lo suyo es operar sin trampas porque él es el que dicta las leyes del juego en cada movida. En cualquier caso, haga lo que haga y omita cuanto ignore, haga confianza que realiza exacta y puntualmente lo que cree que hay que hacer, sin hesitar en la flojera de la duda, ese vicio onanista de filósofos alejados de la Realpolitik

Elogio de la imbecilidad

Manuel Delgado es un muy calificado antropólogo catalán y con su ejemplar aporte que nos sirve de epígrafe, así como de disparador de estas disquisiciones, ha llevado a cabo un preciso deslinde del verdadero significado del término imbécil. Conocedor profundo de la naturaleza humana, ha conseguido mostrar, en un breve y sustancioso artículo,[1] que esta calificación no debe ser tratada como un insulto callejero arrojado a la ligera sobre cualquier Juan de los Palotes. No, Señor: se trata de una distinción equiparable a una banda presidencial, a un puesto de ministro de Estado, de Subsecretario, de Senador o Diputado. Es todo un honor portar la investidura de imbécil.

Cuando un académico consigue formular una precisa definición, dispone, como los diccionarios, a la izquierda el término de referencia y, a la derecha, el significado, esto es, la descripción del contenido del concepto. Así las cosas, cumplir acabada y puntualmente con las prescripciones del contenido es una alta exigencia, la que solo ciertos ungidos les es posible alcanzar. Si el lector se tomara el trabajo crítico de examinar el modo en que ciertas figuras de especial notoriedad satisfacen con excelencia y prolijidad estas claras prescripciones de sentido, entonces reconsideraría el uso corriente e irreflexivo de nuestro término.

La imbecilidad, lejos de constituir una tara que cae sobre un desvalido por la fortuna, es una virtud que se prepara y se cultiva. Estamos preparados, han afirmado, urbi et orbi, los orgullosos protagonistas. Es que no cualquiera consigue criarse, cultivarse y perfeccionarse como es debido: la imbecilidad es una virtud aristocrática, es una areté propia de los mejores de una civilización que pule sus mejores gemas. Así que, cuidado, no es para cualquiera la triunfal cucarda: está reservada para los superiores de nuestra sociedad; para los que mandan. Con todo respeto.

6 comentarios sobre “Con todo respeto”

  1. ¡Brillante! ¡Excelente artículo! Debería ser estudiado en profundidad por los militantes de la oposición, para tener a su alcance argumentos con terminología adecuada para convencer a los que aún creer que hay que «dar una carta de crédito» a los rapaces mentirosos, hoy dueños del gobierno.

  2. Riquísimo aporte que -además- pone las cosas en su justo órden (cómo gustan los imbéciles que deciden marchas y contra marchas discursivas, según corresponda a cada nueva trama de los casos que nos ocupan en la actualidad

  3. Leído desde la desgraciada realidad argentina, reconozcámoslo, la nota calza perfecto con el peronismo.Vaya si lo conocemos: conservador, multiplicador de pobreza, dogmático, fascista… Con todo respeto.

  4. Agradezco muy especialmente los comentarios. Créanme, amigos, que he soñado con una sucesión de carcajadas, de sombrilla en sombrilla, a lo largo de nuestra veraniega costa… Hay veces que uno consigue, de modo algo misterioso, comulgar con aquello que pensamos muchos y que nos resulta peculiarmente gracioso encontrar en negro sobre blanco. Celebremos la fortuna de contar con un medio de comunicación alternativo que nos confiere la oportunidad de convocarnos alrededor de una mesa de sentido.

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