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LA PÉRDIDA DE LAS REFERENCIAS

 Publicado: 02/05/2018

La política en la era de la “liquidez”


Por Rodolfo Demarco


¿A qué causas obedece el debilitamiento de la política? Por lo pronto arranca antes de la crisis de las grandes plataformas ideológicas y políticas del siglo pasado. La población de Occidente (y seguramente del resto del planeta) experimenta un generalizado estado de insatisfacción con el mundo en que vive, no siente cumplidas sus aspiraciones a mejoras en las condiciones de existencia, aunque en lo material haya habido avances, incluso en las áreas más pobres. El capitalismo no ha logrado (tampoco está en la esencia de sus propósitos) satisfacer esas aspiraciones. Vivimos en un mundo desigual (que siempre lo fue, pero que lo es cada vez más en medio de un gran crecimiento -por desigual que sea- y del inédito desarrollo de la ciencia y la tecnología), con niveles de inequidad obscenos.



I) UMBERTO ECO, UNA MIRADA DESDE Y AL SIGLO XXI


Para Umberto Eco se vive “la crisis de las ‘grandes narraciones’ que creían poder aplicar al mundo un modelo de orden”.[1] Según el escritor y filósofo italiano, el Estado “garantizaba a los individuos la posibilidad de resolver de una forma homogénea los distintos problemas de nuestro tiempo, y con su crisis se ha perfilado la crisis de las ideologías, y por lo tanto de los partidos, y en general de toda apelación a una comunidad de valores que permitía al individuo sentirse parte de algo que interpretaba sus necesidades”. Esa crisis hace surgir “un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este ‘subjetivismo’ ha minado las bases de la modernidad (…) y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez”.[2]

Eco se remite a una observación de Zygmunt Bauman cuando sostiene que, “desaparecida la fe en una salvación que provenga de las alturas, del Estado o de la revolución, es típico del interregno el movimiento de indignación. Estos movimientos saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren”. ¿Cuántos movimientos sociales y políticos de estos tiempos tienen comportamientos que confirman esta aseveración? Acaso no haya que salir del pequeño Uruguay para constatarlo.

El mismo Eco -rehuyendo respuestas al estilo de las que solían darse desde las sólidas plataformas ideológicas del siglo pasado- señala un camino, con razonables dudas acerca de cuándo y cómo será recorrido: es necesario “ser conscientes de que vivimos en una sociedad líquida que, para ser entendida y tal vez superada, exige nuevos instrumentos. El problema es que la política y en gran parte la intelligentsia todavía no han comprendido el alcance del fenómeno”.

Cuando en el mundo buscan abrirse paso el rechazo a la política y las tentaciones populistas y fascistas, Eco apela a los políticos, reivindica la política. La política que transforma la realidad transformándose ella. Y advierte sobre las “pulsiones nihilistas”, la “reinterpretación lúdica o irónica del pasado” que ensaya el posmodernismo.

Esa postura lleva implícito también el rechazo a la resignación, a las formas contemporáneas de la resistencia estéril que, tal vez sin proponérselo, se alejan de la política en el sentido que Marx le daba en su frecuentada 11ª Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos, hasta el momento, no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, ahora de lo que se trata es de transformarlo”. Claro, eso se dijo en el siglo XIX; ahora habrá que arrancar de otro lado. Pero el asunto consiste en que la política asuma (o reasuma) su rol transformador y el carácter participativo en la sociedad.



II) LA IZQUIERDA EN LA ERA LÍQUIDA; EL CASO URUGUAYO


Haber partido de Umberto Eco y terminar en Uruguay puede resultar rebuscado. Sin embargo las reflexiones del italiano (y de otros pensadores, algunos aludidos en la primera parte) ayudan a comprender fenómenos que también se manifiestan o se insinúan en este país latinoamericano, y que están presentes en el resto del continente. Máxime cuando la fuerza que está en el gobierno, el Frente Amplio (FA), se ha caracterizado por una intensa militancia, que contribuyó a sus éxitos políticos, pero desde hace décadas vive una aguda crisis de participación, aun siendo el partido con más activistas.

La izquierda en el mundo se ha caracterizado por la participación, ha considerado a la acción como la llave de las transformaciones. Eso está en crisis, la que no puede menos que inscribirse en la situación esbozada -Eco mediante- en la primera parte.

Una de las organizaciones partidarias más consolidadas y estructuradas del mundo, como sin duda es el Frente Amplio, no ceja en proclamar una y otra vez que la militancia tradicional -que desarrolló exitosamente en sus organismos de base (comités de base) durante varios años- sigue siendo la principal forma de comunicación con la ciudadanía y de expresión política, en el más amplio sentido. Pero sus asambleas y los mítines son cada vez menos concurridos, fervorosos y creativos (por su forma y contenido). Sucede con la actividad política en general, y en todos los partidos.

Sin duda que el derrumbe del “socialismo real” influyó para que muchas cosas en la izquierda a nivel global se debilitaran o, lisa y llanamente, desaparecieran, y que ello contribuyera a la “liquidez” de estos tiempos a nivel global.

Pero, como se señaló al comienzo, antes de ese desenlace ya se manifestaban la retracción de la militancia y el debilitamiento orgánico de los partidos, incluyendo las expresiones más participativas de las izquierdas. La disciplina partidaria se tornó crecientemente permisiva, incluso en los sectores más estructurados del FA (aspecto que puede generalizarse a las organizaciones partidarias de Occidente), y el compromiso político fue haciéndose cada vez más laxo. Empezaron a ser frecuentes los pases de militantes e incluso de dirigentes de unos sectores a otros; las fronteras políticas, no solo entre grupos internos sino del Frente en su conjunto, se tornaron mucho más borrosas. Es inevitable no relacionar de algún modo esto con la emergencia de ese “individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de camino de nadie”, aunque en el caso del FA la afirmación deba matizarse mucho.

A pesar de que el Frente Amplio forjó un importante sentido de pertenencia y una tradición que sigue trasmitiéndose entre generaciones, con una mística y una simbología muy fuertes, el “ser de” fue cediendo terreno ante el “estar en” la organización. No obstante ello, y corresponde la aclaración, ese sentido de pertenencia, aunque atenuado, continúa siendo determinante hasta hoy: la gran mayoría de los votos que el FA logrará en las elecciones nacionales del año que viene seguirán siendo al partido (al frente), antes que al candidato y, ni que hablar, al sector, fenómeno este último de larga data, que se fue acentuando.

Pero sin tener en cuenta las características presentes en la sociedad líquida (o posmoderna, o como se la desee llamar) y cómo ellas están incidiendo en las personas, no será posible una buena defensa de la política, lo que equivale a decir también de la democracia, ni tampoco una participación cuantitativa y cualitativamente superior de los ciudadanos en la dilucidación de los asuntos que hacen al destino de las sociedades.

Pero para ello, y volvamos a Eco, la política (sus actores dirigentes y activistas) y gran parte de la intelligentsia (la academia, los analistas) deberán comprender “el alcance del fenómeno”.

[1]Umberto Eco, La sociedad líquida, artículo de 2015 incluido en su libro póstumo De la estupidez a la locura, Lumen, 2016, págs. 9 y siguientes.

[2]La idea de “modernidad líquida” se debe al sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. La sociedad líquida, sostiene Umberto Eco respaldándose en el autor polaco, empieza a perfilarse con el posmodernismo, corriente que, aplicada a las sociedades y la política, “marcó la crisis de las ‘grandes narraciones’ que creían poder aplicar al mundo un modelo de orden”.

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