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VADENUEVO DE COLECCIÓN: DEL NÚM. 92 (MAYO DE 2016). MEMORIAS DE UN GENOCIDIO

 Publicado: 06/04/2022

Las Mil Colinas en abril


Por Gustavo Faget


Cuando mates ratas no permitas que una sola escape preñada”, publicaba el semanario Búsqueda el 10 de junio de 1994. Ese era el tono de la radio gubernamental de las Mil Colinas, exhortando a los hutus para que vengaran la muerte del presidente ruandés Juvenal Habyarimana, asesinado en abril de 1994 junto con el primer mandatario de Burundi cuando un misil derribó el avión en el que viajaban. Así comenzaba el genocidio de un millón de tutsis y hutus moderados.

Un poco de historia

Ruanda es un pequeño país, en el corazón de África, por donde seguramente transitaron los primeros homínidos hace cuatro millones de años. Tiene una superficie de 26.338 kilómetros cuadrados y una población de unos 12 millones de habitantes. A partir de este dato podemos concluir que es el Estado africano más densamente poblado. Allí conviven tres grupos étnicos (si los podemos llamar así, ya que las teorías de la etnicidad están muy cuestionadas): los twa representan apenas el 1%; los tutsis son el 15%, y el resto son hutus. Algunas teorías sostienen que las rivalidades entre los hutus y los tutsis se remontan al siglo XII, cuando los segundos llegaron a la región, provenientes de las fuentes del Nilo Azul. Aparentemente, los tutsis originariamente hablaban una lengua cusítica, emparentada con elementos semitas. Habrían llegado conduciendo sus rebaños; su economía nómade-pastoril los hacía bastante belicosos, o por lo menos tenían experiencia en enfrentamientos con otros grupos humanos, ya que la necesidad de pasto para sus vacas los oponía a los intereses de los agricultores. Al llegar a la región de los Grandes Lagos impusieron cierta hegemonía sobre los hutus, agricultores de origen bantú, e implantaron lo que los expertos llaman “un feudalismo de vacas”. Una minoría aristocrática tutsi gobernó sobre la mayoría hutu y, con el correr del tiempo, ese sistema generó una rígida estructura social, que se potenció tras la expansión imperialista del siglo XIX.

De acuerdo con otras teorías, más que etnias, con el tiempo se fueron configurando grupos económico-sociales: “‘Hutu significa siervo en kinyarwanda’, explicaba el capitán Diogene Mudenge ... ‘Una persona con numerosas vacas disfrutaba del derecho de tener siervos. Tutsi significa rico. En los años cincuenta y sesenta estas diferencias fundamentaron la política, y los hutus y los tutsis se convirtieron en grupos étnicos. Pero está cuestionada la teoría de que los tutsis proceden de Etiopía’. Y proseguía: ‘Los tutsis tienen algunas similitudes con los pueblos nilóticos, como los masai. Pero la historia de Ruanda se sigue investigando. Los colonialistas dividieron a la población. En realidad, tanto los hutus como los tutsis son bantúes, no nilóticos. No hay signos que distingan a los dos grupos, en lo que respecta al modo de vida. Ya no se puede encontrar un tutsi de dos metros. La significación de la diferencia entre hutus y tutsis es puramente económica. Entre los campesinos no hay problema. En los bares encuentras a hutus y tutsis compartiendo la misma calabaza. No trabajamos sobre la base de la etnicidad … No hay etnicidad: hay hipótesis, pero no pruebas’”.[1]

Cuando la arbitrariedad y la violencia de los capitalistas y políticos europeos determinaron que había llegado el momento de ordenar la rapiña sobre África, se celebró el Congreso de Berlín en 1885. En el reparto, el territorio que hoy ocupa Ruanda pasó a formar parte del África Occidental Alemana. Condenada, la región, a la monoproducción de café, los alemanes ofrecieron cargos y prebendas a los tutsis que se hicieron cargo de un gobierno colaboracionista. Tras la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial, los territorios de Runanda-Urundi pasaron a la administración de la Sociedad de Naciones, pero en 1926 fueron adjudicados al gobierno belga desde el Congo. El “divide y triunfarás” continuó profundizándose; a pesar de una serie de reformas que fueron terminando con el feudalismo vacuno, el acceso a los cargos públicos siguió siendo patrimonio exclusivo de los terratenientes tutsis.

En 1957 un grupo de intelectuales hutus lanzaron el denominado Manifiesto de Bahtu, donde anunciaban el fin del dominio tutsi. Dos años después se desató una brutal revuelta campesina que obligó al rey Kigeri Ndahindurwa a huir al exilio. El documento “… criticaba las condiciones sociales y económicas y el monopolio tutsi del sistema político … entonces los tutsis encabezaban los 43 cacicazgos de Ruanda-Burundi, 549 de las 559 posiciones de sub-cacique y 82% de los puestos en el sistema judicial y los servicios agropecuarios y veterinarios”.[2]

Con la nueva configuración política, los hutus desataron innumerables razzias contra los tutsis; en 1963 fueron asesinados muchos miles, y otros tantos debieron marchar al exilio. Diez años después, todos los tutsis fueron expulsados de los institutos de enseñanza superior.

Gobernaba el Ejecutivo, desde la huida del monarca, Gregoire Kayibanda; contó con el apoyo explicito del gobierno belga y de la iglesia católica cuando se proclamó la república independiente, el 28 de enero de 1961 (reconocida internacionalmente en 1962). En EE.UU. el anticomunismo casi patológico del nuevo gobernante era bien recibido en el marco de aquel mundo bipolar. Pero en 1973, el gobierno de Kayibanda cayó cuando el general Juvenal Habyarimana dio un golpe de Estado. Se impuso y gobernó durante veinte años, caracterizados por una lenta y dificultosa integración de la aristocracia tutsi, devenida en burguesía agraria, y la regia burocracia hutu, ambas embarcadas en el proyecto común de racionalizar la producción agrícola y minera.

Existen sospechas sobre la procedencia del misil que derribó el avión del general Habyarimana, en aquel abril de 1994, y que precipitó el genocidio. Algunos sostienen que fue una operación de un sector hutu del ejército reacio a la integración. Desde principios de los noventa, la profunda crisis económica había desatado una guerra civil entre el gobierno y el Frente Patriótico Ruandés, compuesto por milicianos tutsis provenientes de la frontera con Uganda. Aparentemente, el esfuerzo de Habyarimana por conciliar a las partes fue su sentencia de muerte.

Empresas y recursos

A pesar de haber sido condenada a la monoproducción de café por los colonialistas conscientes de la fertilidad de su suelo, Ruanda también posee dos recursos minerales estratégicos: estaño y tungsteno. Su explotación pertenece a cuatro empresas belgas. También existen fuertes intereses de Francia, que entrena y pertrecha al ejército. China y Taiwán corrieron tras su mercado e invirtieron en tierras para la explotación de té y arroz. Otros importantes proveedores son: Japón, Kenia, Alemania, EE.UU., Italia y Gran Bretaña.

El mosaico de intereses se complica, ya que las riquezas de la República Democrática del Congo, tan codiciadas por las potencias, que han provocado allí una de las guerras más terribles de África, encuentran una salida ilegal por todos los países vecinos, entre los cuales está Ruanda. Los límites políticos, trazados artificialmente por los colonialistas europeos, fueron totalmente antojadizos, por eso todos los conflictos africanos tienden a regionalizarse.

El genocidio

El derecho penal internacional define el genocidio como una práctica de exterminio sistemática y deliberada, desatada contra un pueblo, etnia, colectivo o grupo religioso con el objetivo de eliminarlo literalmente. El genocidio ruandés fue una atrocidad que involucró viejas tensiones entre grupos socioeconómicos, yuxtapuestas a supuestas y manipuladas rivalidades étnicas, potenciadas por el imperialismo alemán y belga durante más de cien años. Luego del asesinato del presidente Habyarimana se desató la violencia; el mundo occidental lo vivió horrorizado por televisión, las potencias se encogieron de hombros entre asombradas e indiferentes (estaban interviniendo en las guerras balcánicas) y miraron para otro lado. Como un reguero de pólvora, las masacres se extendieron por todo el país. Los soldados hutus mataron a la Primera Ministra, también de origen hutu, y a muchos moderados y partidarios de la integración. Los paramilitares hutus entraban a los pueblos a “limpiar” y a violar, tomaban los hospitales y mataban a los heridos y a los enfermos. Mientras tanto, la Radio de las Mil Colinas seguía arengándolos para que terminaran la tarea.

La ONU decidió evacuar a sus contingentes, facilitando, de ese modo, el genocidio, y demostrando una negligencia tan criminal como la de los mismos hutus. Solo el general canadiense Roméo Dallaire optó por quedarse para evitar lo inevitable; en apenas cuatro meses fueron asesinadas un millón de personas. Una tras otra se iban sucediendo las fosas comunes. Día tras día miles y miles de refugiados tutsis huían hacia los países vecinos. En junio, Francia decidió enviar tropas, los hutus festejaban la intervención, al grito de “¡Viva Francia!”; los galos los habían adiestrado y pertrechado. Mientras tanto, las milicias de la guerrilla tutsi, el Frente Patriótico Ruandés, liderado por Paul Kagame y apoyado por el gobierno de Yoweri Museveni en Uganda, entraron al territorio y lograron frenar la tragedia, pero generaron otra nueva; la revancha de los maltratados. Ahora eran los hutus los que comenzaban la huida hacia los países limítrofes. En el caso de los paramilitares, se internaron en la República Democrática del Congo, generando una inestabilidad mayúscula en el país receptor.

Secuelas

Lo que vino después fue igualmente tremendo. Continúan apareciendo fosas comunes. Más de 20.000 acusados confesaron sus crímenes tras la creación del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, que consideró el crimen de violación como parte del genocidio.

La historia de Felicien Turatsinze marca las contradicciones: “... Me obligaron a hacerlo. Vivíamos en armonía con aquellas gentes. Le digo la verdad. Me refiero a las personas a quienes matábamos … Entré tres días antes de que comenzase la masacre … Me enseñaron a usar los machetes. Maté por primera vez dos días después de la muerte de Habyarimana. Algunos soldados dijeron que si no mataba, me matarían a mi también …”.[3]

Las declaraciones de Julien Mukanyarwaya son estremecedoras: “… Me dieron órdenes de matar a la gente … Maté a tres. Los conocía … Eran vecinos míos. Fue muy triste para mí. Pero no tenía alternativa … Cuando me negué a matar, los soldados del gobierno dispararon a mi hija y la mataron. Solo tenía un mes y medio …”.[4]

Lentamente, el gobierno de Paul Kagame inició la reconstrucción del país. Pero las grietas son profundísimas y la magnitud del horror está muy presente. La memoria no permitirá olvidar, no se puede olvidar. El historiador italiano Enzo Traverso habla de memorias fuertes y memorias débiles y también menciona una memoria poscolonial.[5] Asumamos el compromiso y la acción política por construir una memoria de Ruanda más fuerte.

Jean Hatzfeld, autor de Una temporada de machetes, escribe estas palabras que me parecen esclarecedoras:

Nadie escribirá nunca en orden todas las verdades de esta tragedia misteriosa; ni los profesores de Kigali y de Europa, ni los círculos de intelectuales y políticos. Cualquier explicación fallará por un lado o por otro, como una mesa coja. Un genocidio no es como las malas yerbas que crecen de dos o tres raíces, sino que crecen de un nudo de raíces que han echado moho, mientras estaban enterradas sin que nadie se fijase en ello”.[6]

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