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EL PÁNICO QUE TRAE LA PANDEMIA Y UN FUTURO INCIERTO

 Publicado: 07/07/2021

La suerte de ser pobre


Por Luis C. Turiansky


Los estudios sobre comportamiento social frente a la pandemia y las medidas de prevención gubernamentales indican que son precisamente los pobres los más reacios a vacunarse y, en general, a aceptar las limitaciones provenientes de las autoridades sanitarias. En Estados Unidos, país de vieja tradición en materia de promociones comerciales, se ha llegado a la conclusión de que es necesario ofrecer ciertos incentivos a los efectos de superar este déficit. En varios estados se gratifica a los que concurren a los centros de vacunación con café o una cerveza gratis e incluso se ha mencionado la posibilidad de organizar entre los asistentes loterías millonarias.

Los motivos que inducen a los pobres a rechazar la perspectiva de vacunarse son variados. Por un lado, suelen vivir en zonas apartadas y mal servidas por el transporte público, lejos de los servicios de salud dedicados a la tarea del caso. Por el otro, su experiencia les dice que siempre serán los últimos en el reparto y, aun sin llegar a tener una actitud política clara, por lo general se inclinan a rechazar todo lo que venga del gobierno. Entre otros factores, también suelen por ello aceptar como verídicas las teorías conspirativas que circulan, acerca de que ciertos intereses macabros estarían detrás de la historia del coronavirus y que, de hecho, vacunarse puede hasta ser dañino para la salud.

Las familias acomodadas se muestran en general dispuestas a ayudar a los pobres, pero eso sí, sin mezclarse. Las clases dominantes siempre han rechazado la cercanía de los pobres, se refieren despectivamente a su incultura, señalan el desorden que reina en sus barrios, los problemas de higiene y también, desde luego, su propensión a adquirir toda clase de enfermedades. De ahí porqué las grandes metrópolis del mundo capitalista se caracterizan por una clara distinción entre zonas ricas y antros pobres. En el mundo desarrollado, hoy, este fenómeno es aplicable a los grandes conjuntos residenciales de lujo y su contrapartida, los guetos de población inmigrada, donde prospera la delincuencia y el comercio de drogas. Con el correr del tiempo, rincones típicos como las favelas del Brasil pueden atraer a cierto turismo romántico, pero solo hasta la puesta del sol, ya que es desaconsejado visitarlas en la noche.

En cambio, la pandemia es otro cantar. Aquí se trata de evitar el contagio, que está presente a toda hora. Hoy no se estila encerrar a los enfermos en cotos aislados por “cordones sanitarios” o enviarlos a morir a islas desiertas, por lo que la única solución es su vacunación masiva, de ser necesario en forma obligatoria. Pero una vacuna es una mercancía cara y no son muchos los países que pueden permitirse el lujo de adquirir grandes cantidades para proteger a toda su población. De ahí la necesidad de transgredir las reglas del liberalismo mercantil a ultranza y, por lo menos, salvar al sistema mediante la distribución generosa del producto milagroso, la última palabra de la ciencia inmunológica, a los países que no lo pueden comprar.

En el fondo, es la misma impotencia del sistema económico que se manifiesta en otras crisis de consecuencias fatales, como la del cambio climático, por ejemplo. Vemos entonces que, en lugar de abordar las causas, se buscan paliativos. Así, por ejemplo, en las Islas Maldivas se ha preparado un proyecto fabuloso de construcciones flotantes que compensarían la pérdida de territorio como consecuencia de la subida del nivel del mar. El genio urbanístico y arquitectónico del hombre viene a remediar, a un costo muy superior, el fracaso conceptual y tecnológico dominante.

Desde luego, el autor no quiere decir con esto que las soluciones de emergencia como las mencionadas estén fuera de lugar, todo lo contrario. Pero conviene tener presente siempre cuáles son las causas de estas crisis, a fin de juntar los esfuerzos de todos para que no vuelvan a producirse en el futuro.

En esta dirección trabaja la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero está claro que los objetivos planteados solo podrán alcanzarse remodelando el sistema que nos aqueja y los mecanismos que producen su principal defecto: la concentración de la riqueza en pocas manos.[1] La dificultad está en que, actualmente, no hay claridad sobre el tipo de sociedad que debería surgir en su reemplazo, debido a que los modelos ensayados en el siglo XX fracasaron. No obstante, la aspiración a un futuro de justicia social, paz y progreso para todos sigue presente y, cuando las circunstancias destacan su urgencia, como en el caso de la pandemia de Covid-19, adopta formas antes desconocidas de protesta e indignación, no siempre eficaces.

El encaminamiento de esta protesta a través de un programa de cambios esenciales contribuiría a crear las condiciones para erradicar las causas principales de las crisis. La crisis sanitaria es la forma más radical y directa de amenaza a la supervivencia de la especie humana y como tal debería ejercer un efecto positivo, y no destructivo. Luego sería posible exigir que la solidaridad material se acompañe con medidas de fondo, orientadas a romper el círculo vicioso de “más riqueza para los ricos y más pobres en el mundo”.

La lenta pero segura aparición de una nueva correlación de fuerzas en el plano mundial se traduce, entre otras cosas, en la decisión del grupo de naciones ricas conocido como G7, adoptada en su cumbre celebrada recientemente en Carbis Bay, Cornwall, Inglaterra, de establecer un impuesto global a las grandes corporaciones que, amparándose en su movilidad, eluden las obligaciones fiscales en los países donde actúan. 

Un objetivo aun más justificado mientras se profundiza la brecha entre ricos y pobres, sería la regulación de las ganancias ilimitadas del gran capital, a través de un impuesto a la plusvalía o “valor excedente“, tal como expongo en La enfermedad del mundo (Vadenuevo, núm. 128, mayo de 2019). Entre otras cosas, los fondos así obtenidos podrían servir para financiar la renta universal incondicional, con lo cual, al menos una parte del valor producido por el trabajo no remunerado, volvería a sus verdaderos creadores, cumpliendo así un mandato elemental de justicia social.

En el centro de estas consideraciones está la idea del difunto expresidente Tabaré Vázquez, expuesta en su conferencia sobre el progresismo latinoamericano, en la New School de Nueva York, el 21 de setiembre de 2009:

Uno de los mayores desafíos es abatir la desigualdad. Porque una cosa es ser diferentes y otra es ser desiguales. La diversidad es la fuerza de la democracia y la prosperidad, pero la desigualdad es su amenaza”.

En esta frase del querido dirigente de la izquierda uruguaya se sintetiza el sentido de la revolución democrática que el mundo necesita.

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