Gustavo Fernández

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NICOLÁS GRAB. IN MEMORIAM

 Publicado: 18/03/2020

El rol de traductor y el de periodista


Por Luis C. Turiansky


Conocí a Nicolás Grab en Ginebra gracias a una amiga común, Cristina Silva. Él era una personalidad consagrada de la traducción al español en los organismos internacionales y yo un imberbe aspirante de cincuenta y pico años, venido de una Checoslovaquia conmocionada por los sacudones políticos de 1989, y donde yo había estudiado una profesión honrada y hecho una experiencia de traductor relativamente exitosa, que después vi que era como jugar en la segunda división.

Con Nicolás aprendí que el oficio de traductor era una cosa muy seria, cuya misión es la trasmisión de ideas y no simplemente palabras, en el respeto estricto de los autores, aunque no estuviese uno de acuerdo. A nivel de las organizaciones internacionales, era cuestión de contribuir al entendimiento entre las naciones y, en todo caso, a conocer cabalmente los argumentos de un adversario, para responder con conocimiento de causa. Ni más ni menos.

En el entorno de los traductores internacionales, Nicolás era un personaje famoso y admirado. Tenía una memoria colosal y quien entrase sin llamar a su oficina lo sorprendería “leyendo” en español ante un dictáfono, por ejemplo un complicado informe escrito en inglés, sin equivocarse jamás, un texto que, seguidamente pasado en limpio por el servicio de mecanografía, ya no necesitaba revisión alguna, salvo precisamente su mecanografía (pero que, en honor a los mecanógrafos y mecanógrafas con que cuenta la familia nacionunidense, ello raramente se hacía necesario), y podía procederse sin temor a la etapa siguiente, ya sea su reproducción para distribuir en una reunión, su envío como carta a un gobierno para consulta, o su publicación en todo el mundo como documento oficial. Productividad y sentido de la responsabilidad, tal los ingredientes básicos.

Después de llegar a ser jefe y retirarse, se dedicó, como yo, a lo que en el ambiente se llama “temporería”, es decir, la contratación por períodos determinados de personal externo. Sin embargo, lamentablemente, nunca coincidimos en el mismo lugar, lo que nos habría permitido anudar más la amistad a la que estábamos destinados, en la cafetería obligada o las tertulias de confraternización internacional.

Años después, llegó a mis manos (mejor dicho, a mis ojos, bendito sea internet) un número de Vadenuevo, el 62, de noviembre de 2013, con un artículo escrito por él, para mejor sobre un tema estilístico que ya entonces provocaba riñas interminables entre los traductores y no solo en español, el de la igualdad de géneros. Me refiero a Idioma e igualdad de género - Estim@s amig@s. Empezando por el propio término “género”, que en español no tiene nada que ver con el sexo, ya que una mesa será siempre de género femenino, aunque esto no tenga ninguna justificación racional (a diferencia del inglés, que ha adoptado el masculino para las personas varones, el femenino para las niñas y mujeres y el neutro para todos los objetos inanimados, sin distinción). Es por esto que difícilmente podrá trasladarse a la gramática española la polémica entre machistas y partidarios de la igualdad. 

Yo, como habrán visto, he preferido más arriba poner “los mecanógrafos y mecanógrafas”, porque me gusta decir “señoras y señores” o “compañeras y compañeros”. Si se debe cambiar una regla, que sea por necesidad y no por imposición política.

De cualquier modo, el artículo en sí y el nombre del autor me llevaron a ojear todo el número y llegué a la conclusión de que se trataba de una revista seria, abierta y culta, como yo buscaba. Escribí entonces un comentario, al que Nicolás me respondió, invitándome a colaborar.

Así empezó mi experiencia de autor de artículos, que finalmente se hizo regular. Descubrí entonces en mi amigo su faceta de director de orquesta, el que impone el tiempo con sus esquemas ortogonales de tareas por cumplir -que él bautizó “Mondrian”-; el que traslada sus matices con lo expresado -los que sabía describir sin ofender a nadie y que todos aceptábamos agradecidos-, y de maestro que, si era necesario, nos mostraba con su virtuosismo personal como había que encarar una obra sin por ello imponerla al público, pero para que sea comprendida como una expresión honesta y sincera. 

Ahora saben por qué escribo aquí: fue por un artículo de Nicolás Grab.

Un comentario sobre “El rol de traductor y el de periodista”

  1. LUIS T, unos meses antes de la muerte de Grab, quería llamarlo para molestarlo justamente en traducción de conceptos jurídicos y/o económicos, tal como él me había explicado en su trabajo internacional, en sus difiultades.
    Tú, Luis, quizás me puedas ayudar ahora. Es sobre el «lucro», que sólo en español parece tener significado peyorativo; y que nos afecta, me afecta, especialmente, en nuestras y en mis andanzas.
    Profit, Gewinn, no son peyorativas, etc.
    Te dejo razonar, más perfectamente que yo.

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