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GEOPOLÍTICA Y GEOECONOMÍA

 Publicado: 03/03/2021

Unión Europea: poder difuso y conflicto con Rusia


Por Cristina Retta


El pasado 5 de enero 2021, el español Josep Borrell, Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, protagonizó en Moscú un episodio que puso de manifiesto el claro desconocimiento por parte de la Federación Rusa de la importancia de la Unión Europea (UE) como actor político global. “Pepe y los 27 enanos”,[1] titulaba de manera híper gráfica la revista Der Spiegel este hecho, considerado una afrenta en la arena de las relaciones internacionales. No solo el ministro de exteriores ruso, Sérguei Lavrov, desoyó a Borrell en sus pretensiones referidas a la situación del disidente Alexei Navalny,[2] sino, y lo más importante, Lavrov tildó a la UE de “socio poco fiable” y “culturalmente arrogante” (por no haber compartido con Moscú los resultados de la investigación en torno al atentado a Navalny). En paralelo, y con Borrell aún presente, los medios rusos, vía Twitter, informaban que Moscú terminaba de echar a diplomáticos de Alemania, Suecia y Polonia.

Para Rusia, la UE en tanto espacio regional, ha dejado de ser una prioridad. Los intereses económicos pasan a primer plano y, aunque no deja de aumentar la crispación en el campo político, es difícil que, en lo individual, los países de la Unión, como Alemania por ejemplo, se atrevan a romper unas relaciones económicas que van en aumento pese a las sanciones impuestas a Moscú desde 2014.[3]

Como lo expresa claramente Jesús Núñez,[4] la actitud del citado ministro ruso cumplió el cometido político de mostrar al pueblo ruso que “el modelo occidental no es envidiable”, evidenciando la fragilidad de Bruselas como adversario estratégico. Y se remata lo anterior aseverando que “en Rusia no se reprimen disidentes”. Es que la misión de Borrell no contaba con el apoyo unánime de los 27. Por ejemplo, Polonia y los Estados bálticos se habían opuesto a la misma. Las consideraciones nacionalistas pesan más que el hecho de que la UE pueda tener una voz única en el concierto internacional. Coexisten posturas muy diversas, las más de las veces contrapuestas, y esto Rusia lo conoce de sobra.

¿Cómo interpretar estos hechos?

Expertos en la historia y la política de Rusia como Françoise Thom,[5] no dudan en comentar que frente a Putin no hay que reaccionar con palabras sino con hechos, sanciones duras y respuesta a las provocaciones. La humillación infligida al representante de los 27, evidencia que el Kremlin considera que la UE está moribunda. Pero no hay que pensar, como daría a entender la oficialidad, de que ante ese hecho Moscú se aproximaría a China, dando espaldas a Europa, sino que Rusia tiene otros planes: otra estructura de relaciones europeas pacientemente construida desde hace muchos años. Se trata de una red de relaciones bilaterales tejida por el Kremlin con los principales países europeos, que permitiría a Rusia ocupar un lugar central y preponderante en Europa. 

Por lo de pronto, Francia habla de un “partenariat stratégique” (o sea una alianza estratégica) con Moscú; a su vez, en Alemania, los presuntos sucesores de Merkel se encandilan desde ya con los jugosos contratos que el Kremlin les pone por delante. Solo Inglaterra ha quedado fuera del juego debido al Brexit. En fin, el grave desaire a Borrell pone en evidencia que la estrategia rusa es atropellar sin miramiento a la desunida UE.

Carencia de una política coherente

Sería urgente que la UE formulara una política coherente hacia Rusia, señala Thom, que le permita reasegurar sus posiciones y evitar desastres como el ya mencionado. La posición de Borrell, de “mantener el diálogo”, “no optar por el silencio”, “pasar un mensaje firme de los europeos” en cuanto al respeto de los derechos humanos (caso Navalny), y plantear los términos de una posible cooperación entre la Unión y Rusia, no serían medidas eficaces, ya que quedó en claro que el Kremlin ha optado por la confrontación.

Ante la actual situación, hace unas semanas, en el seno del Parlamento Europeo, se ha llegado a pedir la renuncia de Borrell, lanzada a instancias de Estonia (iniciativa de un eruo-diputado del partido ultraconservador de ese país) en un documento que cuenta con 70 firmas. Sin embargo, se trata de un mero gesto simbólico que no tendrá efecto, ya que para ello se requeriría una decisión del Consejo (o sea de los 27 Estados miembro), y solo así podría lograrse la partida del Alto Representante, hecho más que improbable. El jerarca europeo tiene el apoyo expreso de Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, quien a su vez cuenta con buena aprobación institucional debido a su programa respecto a la política de vacunación frente a la pandemia.

Recién el próximo 25 de marzo del corriente, los Jefes de Estado y de Gobierno se reunirán para discutir sobre la “relación estratégica con Moscú”. Reunión esta que no estará exenta de asperezas dadas las grandes divergencias de posiciones que separan a los 27.

 Vínculos económicos y poder oligárquico

En cuanto a las relaciones económicas, hay que tener presente que para Moscú estos asuntos son ante todo instrumentos de proyección de la potencia rusa hacia Occidente. Al ser Rusia proveedora de petróleo y de gas en Europa, se crean poderosas oligarquías en el seno de las élites políticas occidentales que, al igual que los oligarcas rusos, están autorizados a enriquecerse a condición de servir a los objetivos de Moscú. Así, las grandes sociedades con negocios en la Federación se transforman en vectores de la política rusa en Europa.

Está en el tapete, por ejemplo, el tendido del “Nord Stream 2” con Alemania (gasoducto ruso-alemán, o gasoducto del mar Báltico).[6] Pese al enfrentamiento entre Rusia y la UE, Moscú y Berlín defienden el tendido de este gasoducto submarino que no solo beneficiaría a Alemania sino al resto de Europa. El gasoducto se convirtió también en asunto transatlántico al ser rechazado por Estados Unidos. Tanto Trump como ahora su sucesor Joe Biden se alinean en esa postura. A su vez, el tema divide a la UE y es criticado también por los ecologistas.

Los argumentos favorables al Nord Stream 2 se apoyan en que el proyecto servirá a la seguridad y diversificación energética de Europa. Sus detractores apuntan que el mismo genera una dependencia negativa hacia Moscú, con todos los aspectos que se le han venido criticando a dicho régimen y que ya fueron mencionados precedentemente.

Mezcla de intereses

El proyecto Nord Stream 2 está financiado por seis compañías: la estatal rusa Gazprom, y cinco sociedades europeas: OMV (Austria), Wintershall Dea (Alemania), Engie (Alemania), Uniper (Alemania) y Royal Dutch Shell (Holanda e Inglaterra). Con este emprendimiento se pretende transportar suficiente gas para abastecer a 26 millones de hogares en forma directa, sin mediación de países en tránsito.[7]

Las actuales voces oficiales de Alemania defienden el proyecto intentando separar las dificultades diplomáticas recientemente generadas de los aspectos comerciales, y se alega que este aspecto comercial vinculado al gasoducto, ofrece la posibilidad de mantener canales de comunicación abiertos con el gobierno de Moscú. En ese sentido, tanto Frank-Walter-Steinmeier, presidente alemán, como la canciller Ángela Merkel han destacado recientemente la importancia que estos vínculos representan como “último puente” entre Europa y Rusia.

Para Merkel el diálogo con Putin es una decisión estratégica no solo en cuanto al bilateralismo, sino también con objetivos internacionales que tienen que ver con la guerra en Libia o Siria. Obviamente esta postura es atacada fuertemente por la oposición tanto en la política interna de Alemania como en la de la UE. En sí, en Europa se encuentran los críticos más acérrimos al proyecto. Una gran mayoría de parlamentarios europeos votaron, el pasado enero, una resolución no vinculante pidiendo la detención inmediata del gasoducto (que, por otra parte, está casi terminado). Para Polonia y para Lituania se trata de una amenaza a su seguridad energética. A su vez Francia, normalmente aliada de Alemania en muchos aspectos europeos, ha mostrado sus reticencias al respecto, pese a que el presidente Macron se mostró relativamente conciliador.[8]

En cuanto a las repercusiones transatlánticas del proyecto, recordemos que Washington (el Congreso de Estados Unidos), había impuesto sanciones al mismo en diciembre de 2019, que fueron rechazadas por Moscú, Berlín y la UE. Estados Unidos argumenta que el mismo significa el aumento de la influencia rusa sobre Europa y que afecta de forma negativa la seguridad energética del continente y el mercado del gas en Europa del Este. En realidad, hay propios intereses comerciales a defender, ya que EE.UU. querría abrir el mercado europeo a su gas natural licuado.

En suma, atendiendo a lo reseñado acerca de la debilidad de la UE y la crisis desatada a partir del conflicto diplomático con Rusia, son muchos los aspectos a considerar y que involucran intereses de índole diversa donde las rivalidades económicas están en un primer plano. Es evidente que el pretendido “sueño” de los años 1990 de una Unión Europea consolidada con voz y peso político tanto en la región como en lo internacional, está lejos de concretarse; su poder es hoy difuso y eso sirve de carnada a los intereses de los poderes emergentes de turno.

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