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SOBRE “LAS VORÁGINES DE RIVERA”

 Publicado: 03/03/2021

Juicio sin condena


Por Jorge Meléndez Sánchez


No está por demás advertir que, en términos estrictos, no es un estudio literario, pero sí una adecuada introducción a las condiciones en que se produjo semejante obra, destacada en la literatura universal.[1] Guiados por Rincón, nos encontramos con una perífrasis de la misma novela.

De entrada pensé que se trataba de una extraña circunstancia de la producción novelística, proporcionada por el medio regional. Si tomamos el tiempo y el espacio de las tres novelas mejor referenciadas del país [Colombia] o, al menos, las que han llegado a posicionarse de la prelación, nos encontramos con tres fechas y tres espacios bien definidos. Algo así como si el quiebre regional de nuestras miradas del país, hubiese buscado el cauce literario para resaltarla con fuerza.

Con “María”, el occidente colombiano adquirió dimensión universal y con “Cien años de soledad” y toda su obra, es la Costa Norte la que tuvo presentación literaria; ahora, pensé, es el oriente colombiano que se ve con “La Vorágine”. Temas reincidentes de una producción literaria, que arrancó a finales del siglo XIX con Jorge Isaac; a los cincuenta años después, entrega la segunda obra con José Eustasio Rivera y, con otros cincuenta años, la tercera obra, con Gabriel García Márquez (de paso, diríamos que el autor del centro del país sería José María Vargas Vila, sin precisar su gran obra). Quedó faltando, en el segundo decenio de este siglo, la cuarta novela, no por falta de producción literaria, sino por falta de una crítica respetuosa con los autores y con su proceso.

Volviendo al tema de “La Vorágine”, la situación debe aclararse. La destaco como del gran oriente colombiano porque, paradójicamente, es en la sabana boyacense, concretamente en el Tribunal Superior de Santa Rosa de Viterbo, donde se cocinó la temática surgida en Orocué y “conectada” por Rivera con la cauchería y la misma selva. Es decir, el espacio inspirador abarca lo que le faltaría a las circunstancias regionales, y más si destacamos el aporte provinciano en el arte y la literatura, como desafiante de la limitación centralista, que es donde se suponen los grandes recursos y los grandes apegos a las artes. El tema de pronto molesta a quienes prefieren el desconocimiento del país, a cambio de ser considerados inquietos universalistas o algo parecido.

El autor Rincón es descendiente del juez Luís Francisco Rincón, personaje real e instalado en Orocué, cuando Rivera se desplazó allá para hacerse cargo de la defensa de derechos del señor José Nieto, en una aspiración a los bienes de un potentado difunto; aspiraciones que no resultaban plenamente legítimas, como se demuestra en el libro. El pleito es el acicate del viaje que en sus inquietudes por aquella novedosa tierra, tenía en mente el autor de la novela. Antes de instalarse, realizó pequeñas exploraciones de la ruta.

Orocué es un puerto que, digámoslo metafóricamente, tiene muelles en el Atlántico. Punto de ingreso y salida de mercancías que sirven de intercambio con Europa y otros países. Un puerto con importancia, poco destacada en las narraciones históricas.

Del litigio se desprende el apego inusitado con las actividades socioeconómicas, que convierten a Rivera en negociante de ganados y en hombre que busca encontrarse en el espejismo de la llanura. Para eso, se contacta con Luís Franco Zapata, aventurero manizalita, quien, en sus conversaciones, lo entera de las realidades tramposas de la economía y, por ello, se genera una amistad que se transformará en compinchería. Lo lamentable es el contagio que lleva al abogado a incurrir en delitos, que lo dejan mal parado ética y moralmente.

El abogado entra en contradicción con el juez Rincón desde el momento en que aparece con recomendaciones no muy puntuales y que el litigante quiere traducir en tráfico de influencias, es decir, en condicionamiento de la conducta del funcionario. Del choque viene la enemistad entre quienes estaban unidos por el beneficio de haber sido estudiantes de la facultad de derecho de la Universidad Nacional. El litigante recurrirá a trucos mediante el ejercicio de la prueba por fuera del escritorio del juzgado; podríamos decir que este libro remite a una reflexión sobre el ejercicio del derecho y a las tentaciones en las que muchos se ven envueltos, sin temor a represalias; las instancias del Tribunal en Santa Rosa de Viterbo en nada favorecieron al litigante, pues se descubrieron sus recursos y, además, porque el mismo Rivera pidió pruebas que favorecieron a la contraparte.

La frustración del abogado se enrumbó hacia la política y fue con destino a la Cámara de Representantes, por el Huila. Allí formó parte de la Comisión de Relaciones Exteriores, la cual lo llevó a recorridos por la frontera colombo venezolana, complemento de la novela de Orocué, o sea, la primera parte de “La Vorágine”: 

Son pues, muchas novelas de la novela; tres los escenarios bien diferenciados: llanura, selva y cauchería; dos los temas y sus territorios: la novela de Orocué y la novela de la selva y, en este sentido, tres también los argumentos, pegados y ensamblados por una historia de amor del aventurero-protagonista vertebral; pero en la novela de Orocué el protagonista es la psicología del escritor y en las caucherías lo es don Clemente Silva; algunos dirán que la misma selva.

Una forma de empezar a debatir con la ficción es la actividad desempeñada en su viaje y estadía. Allí, en la imagen corrupta de la justicia que presenta en la novela, todos vieron la referencia al Juez Rincón, con el agravante de que en los años siguientes también fuera a la Cámara de Representantes, donde sus detractores lo señalaban como si la novela manejara verdades concretas; problemas de la lectura diríamos hoy, cuando se pretende que hasta en las mismas universidades se aprenda a leer.

El juez Rincón hizo denuncios de la actividad de Rivera, en respuesta al vituperio de que fuera objeto en los mentideros políticos, lugar “ideal” para ello. Del desempeño profesional y político del Juez se conservaron muchos apuntes que han servido de guía al intelectual, que se ha hecho cargo de organizar las razones amplias que lo llevaron a cuestionar al notable novelista y poeta. La ampliación y debido tratamiento intelectual al juicio contra Rivera lo logra este libro que motiva, por su propia esencia, la relectura de “La Vorágine”.

Es ahí donde veo la importancia de este libro. Una motivación racionalizada de las circunstancias históricas que rodearon al autor y a Colombia, podríamos ampliar, en los comienzos del siglo XX. Una situación que estremeció la realidad de nuestra política nacional, en momentos de frágil defensa de la soberanía territorial, y cuando la Casa Arana, con métodos brutales contra los aborígenes y con desconocimiento de las fronteras, logró masacres y beneficios que la misma Inglaterra vetó en forma contundente. La obra de Rivera se rescata, también, aunque pareciera disminuírsele con el levantamiento del inventario de “las fuentes” de su inspiración.

Sucede que Pedro Manuel Rincón, haciendo gala de un buen dominio jurídico, heredado en la tradición familiar y en los documentos, promueve una discusión para el rescate ético y profesional de su antepasado, algo plenamente válido y convincente. Recurre a la biografía, ya clásica, de Eduardo Neale-Silva, para disponer de un referente firme en su perspectiva. Sustenta debidamente sus puntos de vista y, de hecho, amplía “el horizonte humano”.

Algo compartido por los biógrafos es la afirmación respecto a las fuentes de Rivera. La novela, en tres momentos diferentes, no coincide con los mitos creados en torno a la inspiración y al propio itinerario vital. La primera parte es “la novela de Orocué”, pero la segunda y tercera son adaptaciones de dos personajes, esos sí, entregados a la aventura por aquellos lugares de crudeza y de supervivencia heroica. El Arturo Coba y Alicia, junto a otros personajes y paisajes, están basados en actores reales, carentes de la magia de la escritura: 

En cuanto a la selva y las caucheras, se sirve en gran medida de los relatos de Custodio Morales en Ibagué como ya se ha demostrado y de las aventuras de Franco y las caucherías, sobre lo cual resultan sus denuncios una reafirmación de documentos, testimonios y protestas mundialmente conocidas sobre las atrocidades cometidas hasta diez años antes de escribirse La Vorágine, en esas regiones de la Colombia olvidada e invadida.

Lo que el lector puede apreciar en el libro “Las Vorágines de Rivera”, es la elaborada discusión, tomando en cuenta opiniones de la contraparte y mostrando lo elemental de la ética profesional. Otra cosa será el desenvolvimiento del hombre atormentado por la salud, por los recorridos de la vida y por la misma condición física que lo llevó, tempranamente, al sepulcro. Prácticamente, el debate se cierra con la explicación colectiva, es decir, con el recurso de los documentos dejados por los dos protagonistas: Uno, el del Juez Rincón, para salvar el honor y para debatir con rigor, lo que consideraba de su incumbencia y, el otro, para inspirarse en un escrito que, recurriendo al saber de protagonistas reales, construye una novela que sirve de lustre a la literatura colombiana. ¡Por el momento, no hay interés en declarar culpables más allá del ejercicio intelectual que se promueve!

2 comentarios sobre “Juicio sin condena”

  1. Amigos loable su labor de continuar editando. Yo tengo mi revista, agorasalom y hasta el momento la tengo parada. Con intención de continuar. El caso el presupuesto. Abrazo.

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