Pedro García

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DEMASIADA LENGUA, INTOLERABLE PARA SU “USUARIO”.

 Publicado: 07/12/2022

La lengua: lo posible, lo imposible y lo rechazado


Por Santiago Cardozo


—Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero, decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité […].

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, “La fiesta del monstruo”, en Nuevos cuentos de Bustos Domecq, Buenos Aires: Emecé Editores, 2003, pp. 45-46.

 

1.

Imagínese que, para nombrar el popular movimiento que hacemos con la bombilla para acomodar la yerba del mate, queremos inventar un verbo a partir, precisamente, de la palabra bombilla: ¿cómo sería ese verbo? Sería bombillear, no *bombiller ni *bombillir (la gramática utiliza los asteriscos así para señalar un efecto de agramaticalidad, esto es, que el ejemplo viola reglas de la gramática de una lengua); a lo sumo, pero menos probablemente, podría ser bombillar, siempre dentro de la primera conjugación. En este sentido, uno podría preguntarse si el verbo creado es correcto. La respuesta no puede hacer otra cosa que señalar la impertinencia de la pregunta, su formulación más bien descarrilada; o, si se quiere, debemos poner entre comillas el significado de la corrección por la que se interroga, llevando las cosas para otro lado. 

¿Por dónde? Por el siguiente camino: la lengua es un sistema virtual de posibilidades expresivas, de vías abiertas y vías cerradas para decir de ciertas formas y no de otras, al tiempo que es un orden que se le impone al hablante: decimos el lápiz y no *lápiz el, del mismo modo en que decimos chatear, faxear y no *chater o *chatir ni *faxer o *faxir. En este sentido, podemos pensar el extraordinario neologismo que consagraran Borges y Bioy Casares en el legendario cuento “La fiesta del monstruo”: presupuestívoro. Aquí, el clásico funcionario público que el saber popular inmortalizara como ñoqui aparece nombrado como si constituyera un “ejemplar” más de la serie de animales de cuya forma de alimentación se dice omnívoro, carnívoro, herbívoro… La invención popular del ñoqui ya era, en sí misma, sobresaliente, pero la creación literaria de Borges y Bioy Casares, que explora las posibilidades expresivas de la lengua a partir de lo que esta ofrece como dado (el sustantivo presupuesto y el elemento compositivo –voro, ra), eleva la condición del funcionario público a una especie particular del reino animal, caracterizada precisamente por alimentarse del presupuesto estatal, lo que hace que su propia existencia, su vida biológica, dependa de este hecho. El efecto humorístico, burlesco, crítico, es patente, cuya fuerza es mayor que si se dijera “persona que se alimenta del presupuesto estatal”. El juego de inscribir al ñoqui en el reino animal asignándole un modo específico de su alimentación a partir de una forma inédita que permite la lengua abre la interpretación a diversos efectos de sentido, entre los cuales se halla, precisamente, el efecto crítico señalado.  

 

2.

Hace unos años, en un artículo para una revista educativa uruguaya, quería emplear la palabra hegemonizar, con el propósito explícito de señalar el hecho, por demás extendido y conocido por todos, de que cierto lenguaje neo-pedagógico -el del mindfulness, el del deep learning- se estaba quedando con todo el espacio de(l) pensamiento de lo que podríamos llamar “discurso educativo”, con las posibilidades de intelección de lo que debemos entender y percibir por educación, de acuerdo con ciertas coordenadas o cierto régimen discursivo. La reminiscencia gramsciana de hegemonizar resultaba notoria y, a la vez, no podía ser pasada por alto, precisamente porque buscaba problematizar el modo en que el lenguaje que estaba criticando había logrado instalar una especie de doxa que marcaba los “lugares comunes” por los que era necesario pasar para hablar de educación. Extendido por doquier, dicho lenguaje trazaba las maneras adecuadas, legítimas, de hablar sobre la educación, como si por fuera de él todo intento de decir de otra manera sonara pasado de moda, extemporáneo y, por lo tanto, no pudiera dar cuenta de los nuevos desafíos a los que se enfrentaba la educación. 

Entonces, quien estaba a cargo de la corrección de estilo del artículo en el que aparecía hegemonizar decidió llamarme por teléfono (al parecer, la cuestión tenía que saldarse de forma más personal, directa) para discutir la pertinencia del sospechoso verbo en juego, teniendo en cuenta -este era uno de sus argumentos predilectos- que el Diccionario de la lengua española no lo registraba como una palabra “existente”. Así fue como iniciamos un intercambio a propósito de hegemonizar y de la sugerencia que el corrector de estilo me hacía de cambiar este verbo por dominar, con lo cual se perdían, le señalaba yo, toda referencia a Gramsci y, desde luego, todas las evocaciones que hegemonizar era capaz de suscitar justamente por proceder de una formación discursiva específica como la del marxismo gramsciano. 

¿Puede tomarse el diccionario como referencia indiscutible para determinar si una palabra debe permanecer en un texto o tiene que ser remplazada por otra? ¿Es el diccionario una “voz” capaz de saldar una discusión como la que estaba ocurriendo entre el corrector de estilo de la revista donde salió el artículo y yo? Mi respuesta a ambas preguntas es invariablemente categórica: no. De hecho, el diccionario es, en cierto modo, un fósil de la lengua, que siempre corre de atrás al discurso y, a la vez, estabiliza, por su propia lógica de composición, los significados que las palabras poseen en los discursos en que aparecen (esto no quiere decir, sin embargo, que los diccionarios sean inútiles, que no deberían existir ni mucho menos; por el contrario, constituyen un material de consulta indispensable, como también resultan indispensables para discutir la relación entre la lengua y el discurso, relación en la que talla la historia, generalmente ausente en las definiciones lexicográficas de los diccionarios generales como el citado arriba).  

Si la lengua es un sistema virtual de posibilidades expresivas (no solo comprende lo existente, sino también lo que podría existir de acuerdo con la propia lógica interna de la lengua), la palabra hegemonizar, como presupuestívoro, está construida sobre las pautas de la morfología española que el sistema lingüístico define para los signos y le impone a los hablantes (recordemos el caso de chatear y *chater o *chatir). En efecto, cualquiera sabe o puede saber el significado de hegemonizar, reconociendo la analogía que opera en su formación como verbo de la primera conjugación: de hegemonía llegamos a hegemon-izar, donde vemos una relación en la cadena de elementos que se suceden en el eje horizontal o sintagmático entre la raíz hegemon– y el sufijo –izar, relación susceptible de ser advertida por el juego que ocurre, simultáneamente, en el eje vertical o asociativo, que permite, por ejemplo, traer a escena (hacer presentes) los pares carbón > carbón-izar o esclavo > esclav-izar, que aparecen en hegemonizar a título de ausencia, pero que, de todos modos, definen el valor de este verbo al dotarlo de una serie de relaciones diferenciales y opositivas específicas, basadas en la identidad entre el significante y el significado gramaticales (el sufijo –izar). 

 

3.

En el contexto de la discusión abierta por el corrector de estilo, varios problemas se suscitaban, entre los cuales aparecía, con fuerza singular, una concepción específica de lengua en la que se apoyaban sus observaciones, hecho que, paralelamente, presuponía un tipo de sujeto hablante definido por una relación básicamente instrumental con la lengua. Reducida esta, pues, a sus aspectos más bien prescriptivos o a lo que sobre su constitución pudiera decir el diccionario, la idea de entenderla como un sistema virtual de posibilidades expresivas y, por lo tanto, como un sistema esencialmente abierto, dinámico, atravesado por las prácticas discursivas en que es empleada, no parecía tener mayormente cabida. ¿Qué tipo de hablante se presupone y/o se construye a partir de esa concepción de la lengua, ampliamente reducida a la lógica lexicográfica o, al menos, a una forma de entender el trabajo de los diccionarios sin ningún espesor? ¿En qué medida la evocación del criterio de autoridad que, explícitamente, se estaba realizando para justificar la sustitución del verbo hegemonizar por el verbo dominar (se apelaba a la palabra del Diccionario como la voz autorizada para zanjar la cuestión en litigio) ignora el trabajo del discurso, esto es, de la historia, en la forma en que las palabras pertenecen al sistema de la lengua y recuperan su “memoria de uso” mediante la enunciación de un hablante cualquiera, incluso más allá de sus propias intenciones, de sus cálculos de los efectos de sentidos que pudieran suscitarse?

Resulta obvio que un hablante puede saber o puede deducir el significado de hegemonizar a partir del hecho sistemático de su formación, es decir, de su constitución morfológica, por lo cual la apelación al criterio de autoridad del Diccionario como forma de decidir si una palabra, porque existe en su conjunto de vocablos definidos, puede quedar en un texto carece por completo de sentido, a menos que se ejerza cierto conservadurismo con relación a las formas de hablar juzgadas como correctas o incorrectas. Pero, a la vez, ¿no es este criterio, también, uno de los modos espontáneos de pensar la lengua y su uso, sobre todo en términos de corrección idiomática, de un “hablar bien”, de un hablar “conforme a las reglas” sancionadas socialmente como las más prestigiosas, aquellas que producen una imagen “cuidada” de un hablante “cuidadoso”?

En este contexto, ¿dónde queda la literatura?, ¿cómo nos relacionamos con ella?, ¿qué hacemos con presupuestívoro o con el capítulo 68 de Rayuela, cuyo inicio dice Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso?, ¿por qué habrían de aceptarse enunciados como Bajó/subió el dólar o Esa actitud habla mucho de vos?

3 comentarios sobre “La lengua: lo posible, lo imposible y lo rechazado”

  1. Recién hoy -día del triunfo mundial de la Argentina- me llega el momento de leer este artículo que tenía seleccionado. Está instalada esa falsa idea de que aquellos vocablos o formas linguísticas que «pueden» o «deben» utilizarse (sobre todo en textos escritos o formales) son aquellos aceptados o recogidos por el diccionario (en el caso del español) de la RAE.
    Acá se explica con claridad cómo utilizamos o podemos utilizar innumerables formas que no están consignadas como tales en ese diccionario pero que sí permiten ser creadas teniendo en cuenta las reglas de Formación de Palabras del Español o de la Morfología. Se dan aquí buenos y comprensibles ejemplos de este procedimiento que todos los hablantes utilizamos al poner en uso el sistema virtual compartido de la Lengua. Los ejes sintagmático y paradigmático nos permiten entender cómo podemos sustituir unos elementos por otros de similar valor o función.
    No podría existir la Literatura, la poesía, en particular, si los creadores se limitaran al uso del Diccionario. La creatividad en relación a discursos y textos implica, justamente, ampliarlo, transgredirlo.

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