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LOS DE ABAJO (III)

 Publicado: 06/01/2021

Referente del norte, la resistencia de chichimecas


Por Jorge Meléndez Sánchez


El escritor actúa condicionado por su propia información personal y la del objeto que construye. En esta relación, su universalidad resulta inspirada en la memoria personal y colectiva. El punto de partida le define la intención de expresarse por cuenta propia y con el riesgo del juicio de los lectores.

En el caso de Azuela, su conocimiento básico tenía que ver con la medicina, pero su entorno laboral y originario configuraba la historia disponible. Dos asuntos reconocibles y convivientes, hasta el momento en que resuelve, por amistad y por circunstancias creadas por la guerra, acompañar el desenvolvimiento del enfrentamiento desde la aportación profesional, que le permite reconocer el drama humano en vivo, como dirían las agencias noticiosas. Allí, el hombre de la narrativa encuentra la materia prima de su relato, a la mano y en su condición “sangrante”, vale decir, en la postura propia para la fotografía.

La sensibilidad se trastocaba con la definición de hombre, en el sentido anatómico y existencial, punto de partida para enjuiciar la acción colectiva. El ser humano que manipulaba herido, lo remitía no solo a su contextura, sino a la iluminación de su lucha. Podemos imaginar su juicioso desempeño, con el descalabro de las consignas que convocaban a humildes campesinos, en su mayoría vulnerables pieles ante el desvarío de las balas.

La carne de cañón para la guerra emergía batiéndose por algo que no tenía en claro. La contienda lo entregaba a la experiencia del enfrentamiento, sin lograr aclararle las expectativas y, desde luego, las esperanzas. Pero esa “carne de cañón” provenía de verdaderos cañones de la sierra de Jalisco y formaba parte de un territorio extenso del norte de México, donde la tradición remitía al fuero interno, para desempolvar al guerrero expuesto con toda su humanidad, sin prevenciones.

El objeto a su vista, expresaba en gritos y en el lenguaje cotidiano su relevancia y su candor. Se trataba del hombre construido a lo largo de los siglos, con el resplandor de la subsistencia y con el incansable desafío a las condiciones que le desafiaban. En el origen estaba su milenaria conducta y se trataba de ambientes conocidos en luchas proverbiales.

De ahí se empieza a predecir el libro, que tomará dos caras básicas del problema de la guerra. El colectivo, manifestado en el coraje y en la entrega a la muerte con particular serenidad, y el contexto en que se desenvuelve. Dos aspectos inexcusables para la apreciación de la obra.

Dicho colectivo no es más que la remisión a la historia del norte del mundo que sometió Cortés. Desde la proyección de la ocupación hacia frentes mineros y hacia el dominio territorial, contenido en las nociones del Imperio Azteca, derrotado hasta la lectura del poder imperial español, representado en los conquistadores. Se avizora su propio desenvolvimiento, para una delimitación superior a la misma Europa.

El momento crucial puede situarse en 1540, momento en el cual la ampliación de la extracción de minerales compromete los intercambios entre los aborígenes y los ambiciosos invasores. El indígena, en su estado de desarrollo semi-nómada y salvaje, para usar la terminología común y corriente de la época, recibe con sorpresa el desalojo al que empiezan a someterlo y contraataca con el recurso de su valentía y con la visión de la supervivencia. La gesta que promueve está condenada al fracaso, pero para él significa reinvertir el proceso de ocupación, castigar a quienes lo despojan y pretender, con su angustia, abrirse paso en sus decisiones.

La historia se conoce como La Guerra Chichimeca, bautizo impropio del enfrentamiento, pues no se trató de un pueblo específico, sino de una especie de federación de nativos, con diferencias notorias, hasta enemistades de vieja data. Lo que se conoce como el Gran Chichimeca es el aporte de cuatro tribus de arrancada: la nación Guachichil, por los lados de Guanajuato, la nación Guamar, en la sierra cerca de Guadalajara, la nación Zacateca, y los Pames. La resistencia de estos pueblos dominó los años restantes del siglo XVI, suficientes para dejar huella fresca en el subconsciente colectivo de las generaciones que ocuparon el norte de Guadalajara.

Anotamos la llegada de los españoles, como proyección ya natural, posterior al dominio del centro mejicano. La razón principal está en la minería desatada por abundantes yacimientos de plata y oro, que dieron origen a la fundación de Zacatecas. La respuesta de los aborígenes resultó desafiante y con suficientes argumentos de valentía.

La guerra, como tal, fue la sucesión de situaciones violentas, orientadas por las necesidades de subsistencia en los indígenas y por el método del “robo” practicado por los afectados con la ganadería extensiva, con las remesas de mercancías y con el rechazo a la permanente “empresa” de apoderarse de tierras. La legalidad la ofrecía la voluntad soberana del Rey, asumida como indiscutible para la ocupación del área. La metodología pacífica correspondía a frailes y sacerdotes, que traducían, con limitaciones ante la diversidad lingüística, la nueva situación; destacable la labor misionera, con regalos que sorprendían al indígena y lo alimentaban.

Al final del siglo XVI, cuando el tratamiento a sangre y fuego resultaba largo y penoso, las autoridades optaron por la vía pacífica. Esto contemplaba los desplazamientos de población Tlaxcala y otros al área donde recibirían beneficios, como nombramientos político-administrativos, adjudicaciones de tierras y exenciones tributarias temporales, sometidas al relativo cumplimiento de las autoridades coloniales. La población diezmada, pero aún en rebeldía, terminó cediendo territorio y buscando ampararse en los refugios de la sierra, en el este y el oeste; entre muchas soluciones al problema, sucedieron eventos de esclavización y, de ello, no estuvieron exentos ni los mismos pueblos indígenas llevados para acompañar la estrategia de los conquistadores.

Es de anotar que desde 1540 la agitación sobre el trato a los indígenas, inaugurada por De las Casas y sustentada en el Derecho natural, había llevado a serias reconsideraciones en el juicio a la conducta de los invasores y produjo decretos sobre el control a los protagonistas, hasta el extremo de prohibir nuevas expediciones. El mundo Chichimeca pudo tomar esto como debilidad, según sus invasores, pero la realidad puede mostrar mejor los padecimientos propios del desalojo a que fueron sometidos. Cuando vinieron las reconsideraciones y se abrió paso la “vía pacífica”, se reconocía, con honradez, que se había pecado de excesos a lo largo del siglo.

Se puede resaltar, también, que el proceso de mestizaje entre aborígenes de diferentes regiones de México, al lado de los españoles, fue intenso. Podríamos decir que el norte de México es la base genética del mestizaje nacional. Otras regiones destacan con orgullo la pervivencia de lo indígena y, con ello, quieren explicar la diversidad regional del gran país.

El proceso de la llamada Revolución anclará el proyecto cultural con la propuesta de José de Vasconcelos y con los reclamos de las comunidades. El nacionalismo mexicano sirvió de tabla salvadora en la evaluación de la misma revolución. Ese legado, fuertemente tomado por todos los gobiernos, pareciera decaer en muchos términos, según los analistas políticos de nuestros días.

Los términos revolucionarios variaron regionalmente y, por ello, la novela Los de abajo puede leerse desde la perspectiva de la herencia Chichimeca. La resistencia contra la invasión española pudo darse en muchos sitios, pero en los entornos de Jalisco y el norte del país las expresiones fueron, definitivamente, testimonios de indisciplina social, propia de comunidades desconfiadas con las formas de sometimiento. La herencia de osadía y de rebeldía creó el ambiente de espontaneidad para el combate, tan notorio por esos lados. Después de la derrota de Pancho Villa por los Generales, que al frente de sus ejércitos, en 1915, buscaban, no a Huertas, sino la transición de Venustiano Carranza, para exponer sus propias visiones reformistas. El control dejó campo a otras expresiones de la sublevación regional.

El caso de la jefatura de Zapata puede tomarse ejemplar para revisar las formas de lucha, pues manifestaba control eficiente, interpretando aspiraciones indígenas. Estos guerrilleros, tenían tácticas exclusivas y mostraban sus banderas reivindicativas. Esa lucha pareciera vigente, aunque bajo otras formalidades. Como puede verse, la revolución respondía con fuerza a las situaciones regionales del territorio, aunque los gobernantes llevaron la gran propuesta de integración nacional en diferentes aspectos de la convivencia.

El novelista Mariano Azuela, por su experiencia en su estado natal, estaba informado de las lejanas referencias chichimecas para interpretar la participación popular en el esquema villista. Si bien se vio comprometido en la marcha hacia el norte, guiado por amistades muy cercanas, mantuvo la mirada liberal, en la versión maderista. Por ello se convirtió en el retratista del evento, en recapitulador de una movilización, que le permitió estructurar la novela, adecuadamente entretenida y jalonada por el recurso básico de la historia.

Este punto de vista parte de apreciaciones personales después de la lectura de la edición crítica. Sigo pensando que el subtítulo dado inicialmente, de estampas de la revolución, obedecía a su intención, aunque, afortunadamente, logró estructurar un relato que seguimos viendo en las vertientes de la sierra, donde se gestó la resistencia indígena y donde la continuidad histórica se mostró a comienzos del siglo XX. Como quien dice, el evento violento es la inspiración de un juicio, donde el autor “opina” y los personajes viven.

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