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DE LA NATURALEZA DE LA VIDA Y LA VIDA DE LA NATURALEZA

 Publicado: 05/04/2023

“Utama”: amor sin sequía


Por Andrés Vartabedian


Hombre y mujer mayores, ancianos ya -podríamos decir-, viejos -en el más cariñoso sentido que se le pueda dar al término-, viven en un apartado rincón del altiplano boliviano; apartado a su vez del ya apartado pueblo al que pertenecen por jurisdicción, por nacimiento, por convicción.

¿Apartados de qué? “Apartado de la civilización” se suele decir cuando alguien vive alejado de los avances materiales, tecnológicos, que ha adquirido la humanidad en su largo proceso de existencia. Apartado de las ciudades, los centros urbanos, donde ello se concentra, podríamos traducirlo de mejor manera.

¿Apartados de la civilización? Para nada. No se hallan apartados de un conjunto de saberes y costumbres propios de una sociedad humana. Quizá su “civilización” no sea la dominante, predominante, extendida; quizá no sea la más numerosa, la más popular, la más rica -en términos económicos-; quizá sea pequeña, haya sido sometida o, incluso, se encuentre en peligro de extinción. Sin embargo, todavía es, está, existe, y hay quienes la definen, defienden y se aferran a ella convencidos de sus propiedades, virtudes, potencialidades, beneficios. Lo mejor no necesariamente se vincula a cantidades y/o imposiciones. Quizá ni siquiera se trate de la dicotomía “mejor”/”peor”, aunque quienes habiten y representen dichas sociedades, en distintas ocasiones, lo entiendan de esa manera. Muchas veces, la siembra de comparativos responde únicamente a la idea de vehiculizar la dominación.

Virginio (José Calcina) y Sisa (Luisa Quispe) viven allí, viven así; transitan su cotidianidad como lo han hecho durante décadas, como lo han hecho otros antes que ellos y otros junto a ellos. Son campesinos, son de origen quechua, realizan sus tareas diarias habituales en la forma habitual en la que aprendieron a realizarlas; responden a tradiciones identitarias, a tradiciones propias de su pueblo y su cultura: su civilización. Se levantan antes del alba, se asean básicamente, desayunan y comienzan el trabajo. Virginio se encarga de las llamas y su pastoreo y Sisa de las tareas del hogar vinculadas a la limpieza y la alimentación. En ocasiones, comparten algunas, como las del hilado y la siembra; siembra determinada por el suelo árido sobre el que habitan. El espacio sembrado es pequeño, su ganado tampoco es de número ostentoso; de todos modos, por lo que podemos apreciar, disponen de mayores recursos que otros habitantes de su pueblo. También son mayores y se los nota lentos, cansados.

Todo parece ser “lo de siempre”; sin embargo, Virginio intenta ocultar su tos, a Sisa. Para nosotros, espectadores, su respiración problemática no pasa desapercibida, no puede pasar desapercibida, el diseño de sonido la impone, la destaca, nos sumerge en ella, su respiración nos inunda como la enfermedad inunda los pulmones de Virginio (sonoridad inmersiva que nos acompañará todo el filme). Él intenta que pase desapercibida, intenta controlarla en el hogar, dejándola desarrollarse mientras su ganado pace, lo que ocupa buena parte de su día. Esa “parte” del día que se ha ido extendiendo debido a la sequía que abruma a la región.

La falta de lluvias es habitual, es parte del paisaje; sin embargo, el tiempo entre unas y otras se extiende cada año un poco más. La población local ya no sabe a quién o a qué recurrir para enfrentar el problema y obtener una solución. Muchos han emigrado a las ciudades, donde el agua es una necesidad satisfecha, un bien provisto por otros, en este caso, por quienes gobiernan. Allí, las autoridades no se han hecho eco de los constantes pedidos, reclamos, clamores de los lugareños. Allí no hay pozos multiplicados, ni tanques, ni bombas. Ellos perciben una suerte de abandono. De hecho, todos podemos percibirla. Los pobladores se reúnen en asamblea para tratar la situación: algunos insisten con dejar el lugar, otros con volver a plantarse frente a la municipalidad, hay quienes simplemente pretenden esperar (”paciencia que ya lloverá”); la solución inmediata: recurrir nuevamente a la montaña y sus hielos -cada vez menos- perpetuos, a sus dioses y a los tradicionales rituales sacrificiales.

Hasta ese lugar, en busca del encuentro con sus abuelos, llegará Clever (Santos Choque, el único actor profesional del reparto), un joven citadino, separado de ese mundo por la otrora partida de su padre, cuyo personaje hará las veces de catalizador del choque de culturas al que asistiremos. Él será quien identifique el malestar físico de Virginio e intentará que sus abuelos, y particularmente aquel, entiendan la importancia de mudarse a la ciudad. Más allá de la enfermedad -la que desconocía previamente-, esa es parte de la misión que le ha encomendado su padre. Además, trae una linda noticia para compartir.

Su abuelo, en un principio, depositará en él algunas broncas que lo atraviesan, pero que tienen menos relación con Clever que con su progenitor. De todos modos, celular y auriculares no es algo que Virginio vea con buenos ojos. Tampoco lo hará respecto a los hospitales y medicinas de la ciudad. Símbolos. La comunicación entre ambos no será sencilla; Clever no maneja el quechua, Virginio parece renegar del español. Su encuentro deberá trascender la palabra, deberá basarse en intenciones, acciones y actitudes.

El debutante director -en la ficción- Alejandro Loayza Grisi (Bolivia, 1985) manejará los vínculos con sumo respeto y cuidado, quizá con cariño -por qué no decirlo-: los vínculos entre las personas, los vínculos con la naturaleza, ya sean estos con los animales, la montaña o los elementos. Lo mismo hará con el idioma y el rescate de tradiciones, ritos y ceremoniales. La delicadeza en el tratamiento de todo el material del que dispone será el eje transversal de Utama: el tempo elegido para contar -que acompaña los tiempos de los viejos-, la cámara que registra sin invadir -casi de modelo antropológico-, la sensibilidad y ternura con la que decide relatar, privilegiando los gestos por sobre las palabras... Por momentos, la belleza de la naturaleza y los encuadres torna menos dura la dureza de la situación; sin embargo, no impide ver las grietas y sequedad del terreno, ni las que poseen nuestros protagonistas en sus rostros curtidos, tanto por los años como por sus condiciones de existencia.

Cierto mito andino sostiene que el cóndor, una de las aves más grandes del planeta, propia de aquellas tierras y montañas, al sentirse viejo o al perder a su pareja de toda la vida, encoje sus alas, recoge sus patas y se deja caer en picada entre las rocas hasta encontrar la muerte. En determinado momento, como en un detalle de realismo mágico, el enorme pájaro sobrevolará la cabeza de Virginio, en clara metáfora. Asimismo, también “se hará presente” en la montaña, junto al campesino -en el plano de igualdad con el que naturaleza y hombre se conciben para la cultura quechua-, y la invitación quedará definitivamente realizada. Virginio será quien decida qué hacer con ella. Clever también espera.

“Utama” es una palabra aimara que significa “nuestro hogar”. El hogar, aquí, está concebido mucho más allá del que reúne a Sisa y Virginio, que no es el único que corre peligro; nuestro hogar es la civilización, es la naturaleza. La enfermedad lo afecta todo. No solo hay una vida que puede extinguirse, hay también una cultura en peligro -la que por extensión representa a todas esas culturas ancestrales en peligro-, la propia naturaleza se encuentra en peligro, la vida misma respira mal. (Afortunadamente, Utama lo dice sin grandes editorializaciones sobre cambio climático).

La casa es la de todos y sería bueno entenderlo. Hogar también es símbolo de amor. Aun con errores -como no puede ser de otra manera entre los humanos-, Sisa y Virginio lo profesan sin discursos hacia todo lo que los rodea; está en cada acto, en cada gesto, en cada mirada. No nos dicen cuál es el camino correcto, solo lo transitan. Quizá también de ello podamos aprender.

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