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LAS AFRENTAS SOCIALES DE CIERTOS AGENTES POLÍTICOS

 Publicado: 05/04/2023

Dignidad, indignidad, indignación


Por Néstor Casanova Berna


Una inteligente y encantadora amiga me decía, lúcidamente, que la indignación debe ser liderada por una fuerza política o social cuyos dirigentes expresen algo más que críticas lícitas, razonables pero quejosas. Seguimos en el registro de la queja.

Milton Romani[1]

La dignidad que se espera y la que se merece

Habitualmente, entendemos que la dignidad es una forma general de compostura, un mérito básico, una condición fundamental de los seres humanos íntegros. Hay una dignidad que esperamos de los demás y una dignidad que algunos merecen. En una expectativa ecuánime y en principio, a todo el mundo se le debe respeto y consideración a la dignidad inherente a su condición humana. Las cosas suelen complicarse cuando trascendemos este nivel básico y emprendemos la ardua empresa de aguardar excelencias en la dignidad social y sobrados méritos para el encomio.

Hay una manera aristocrática de entender la dignidad y es la de considerar y respetar en forma especial y diferencial a los superiores jerárquicos: a los encumbrados, una vez que se les reconoce mérito profesional, académico, religioso o político se les llega a tildar de dignatarios, esto es, portadores de la mayor dignidad. A mí me ha tocado en suerte ser testigo directo de una forma popular de la dignidad, al comprobar, encima de un encofrado de obra, cómo volvía a trabajar, como un obrero especializado más, un muy respetado líder sindical de la construcción, luego de que este diera fin a su mandato al frente de la organización. Lo rodeaba una silenciosa y reverente aura de respeto entre sus compañeros de trabajo.

En lo que toca a la dignidad de los agentes políticos, a su condición de mandatarios por soberana decisión de las mayorías democráticas, los rodea, de modo tan respetuoso como acechante, un círculo de atenta observación social de sus conductas. Así, se espera del dignatario que actúe según su compromiso cívico con la ciudadanía, que se manifieste con franqueza y honestidad, que propenda al bien común, y que ejerza otras formas de la corrección política. Aun en tiempos de neto predominio de la razón cínica, en que se descree del ejercicio del poder como una empresa convergente con los intereses de las amplias mayorías sociales, aun en tiempos de pérdida irreparable de la esperanza en consensos democráticos, se espera que los agentes políticos se comporten honrando su dignidad de tales.

La afrenta social de la indignidad

Pero en el cinismo del ejercicio del poder -ahora lo podemos constatar con espanto-, se infligen innumerables afrentas sociales que vuelven indignos a ciertos agentes políticos. Es que existe un ejercicio del poder que necesita, de modo objetivo, mentir y ocultar, estafar las esperanzas y defraudar demandas legítimas. Es el ejercicio del poder de quienes operan funcionales a las minorías afortunadas, a los detentadores del poder económico y social, a los que ellos mismos adornan con la falsa dignidad de los malla oro. Así, mientras que entregan de modo oscuro la operativa del Puerto, investigan ilegalmente a los senadores de la oposición para disimular con estruendo mediático, las oscuridades de la operación de marras. Así, mientras aprueban a prepotencia pura y antidemocrática un cuerpo legal regresivo, investigan a un ex Jefe de Policía que se atrevió a mostrar su oposición. Así, amparan en las sombras un accionar delictivo corrupto hasta que las evidencias los obligan a sacrificar, mediante juicio abreviado con bastante tierra judicial encima, al cabeza de turco, dejando indemnes al resto del elenco de señores.

Es el mismo cinismo del ejercicio del poder que pone en marcha los mecanismos de desinformación de la opinión pública. Hay que ver los modos en que “periodistas” operadores indisimulados acosan a los opositores al gobierno: lanzan andanadas de preguntas capciosas para que las maniobras de encubrimiento circulen apestando las cloacas del control de la información social. Es una indignidad patente cómo buscan exculpar a los responsables de la corrupción y el abuso del poder, agitando el ruido, el humo y las sospechas sobre los opositores. No por nada el gobierno que nos ha tocado se sirve del poder mediático para maniobras de manifiesta distracción.

Es que se lucha por la hegemonía en el relato. Una maniobra de supresión de descuentos en dos puntos del Impuesto al Valor Agregado disimula un aumento de impuestos de tipo regresivo, con impacto más agudo cuanto más necesitados sean los contribuyentes. Tiempo después, se anuncia con bombos y platillos una discreta baja de impuestos a la renta personal y empresaria, así como del IASS, impuesto este de carácter progresivo que pagan los sectores medios, los únicos beneficiados aparentes. Y son beneficiados aparentes, dado que en el período han perdido mucho más poder adquisitivo por el atraso en el ajuste de salarios y pensiones con respecto a la inflación. En los titulares de la prensa hegemónica se impone el relato que el gobierno rebaja los impuestos, cuando las amplias mayorías sociales ven menguado su efectivo poder adquisitivo. ¿A quién le creen los cándidos, a los titulares o a la heladera? Me temo que, de momento, a los primeros... Me pregunto entonces por la conciencia del amanuense encargado de redactar los titulares, por su catadura moral, por el resto de dignidad que le pueda quedar.

La indignación

Ante el penoso espectáculo de la indignidad social, se difunde por doquier un sentimiento más o menos generalizado de indignación, esto es, una pasión de enojo, ira o enfado contra la constatación de la indignidad. Con respecto a los integrantes del elenco gubernamental, la dirección y gestión de los medios de comunicación masiva y con algunos agentes judiciales, muchos nos sentimos indignados. Pero no todos los suficientes. La vivencia honda del sentimiento de enfado nos impulsa a compartir pareceres con todos aquellos allegados con los que compartimos similares posturas políticas, así como también a interpelar a quienes no profesan nuestras opiniones, a título de debate militante. Pero, es necesario rendirse a la evidencia, la ira o el enojo son poca cosa como argumento político: apenas si nos compacta entre nosotros los indignados y nos aparta, con un cerco de desdén, aun de la buena gente con entrañas y arrestos éticos que puede estar hoy paralizada en su estupor. No es muy sensato, en definitiva, liderar políticamente una pura y elemental pasión de enojo, ira o enfado. Hace ya rato histórico que hemos dejado de ser una minoría sin capital político propio y decisivo.

Es posible asumir un ligero esfuerzo del espíritu y elevar este sentimiento de indignación hacia el estadio de una clara y terminante vindicación de justicia. Así, con el ánimo más sereno, ganamos en firmeza: estas conductas indignas deben ser conocidas en profundidad, deben ser juzgadas con rigor y condenadas de un modo social y políticamente apropiado. Con esto, ganamos en madurez tanto nosotros mismos como el orden social que nos envuelve. A estos efectos, la población en su conjunto debe ser correctamente informada para develar, al fin, por entre la maraña equívoca de los relatos, algo relativamente aproximado a la verdad de todos estos tristes asuntos. Sobre esta base, podrá construirse un formal y terminante tribunal social de justicia en la opinión pública. Y finalmente, la condena social podrá, al modo histórico, calificar conductas y procesos políticos. Pero, por cierto, con la vindicación de justicia expresada en la arena social no basta. No podemos incurrir en la ingenuidad de confiar en que un aparato mediático hegemónico de desinformación termine por rendirse a la evidencia de los hechos: la verdad que necesitamos es la que emerge de una lucha social por descubrir la verdad del pueblo. Debemos empecinarnos en salir en búsqueda afanosa de verdad, justicia y condena. Pero incluso con todo esto, con la simple, aunque esforzada, vindicación de la justicia, todavía no basta.

El salto en altura que hay que dar, en el terreno político y ético, es transformar este sentimiento de indignación y esta vindicación madura de justicia, en un activo ético propio. No somos todos iguales. Se puede gobernar de manera explícita, sincera y honesta en beneficio de las mayorías sociales. Se puede construir un sistema de contribuciones sociales al desarrollo social de modo progresivo en donde más contribuya quien más tiene y donde más se beneficie quien menos tiene. El aparato del Estado no tiene por qué servir a los objetivos espurios del combate a opositores o militantes sociales. Pueden orientarse los destinos de la nación según el interés de quienes más necesitan los beneficios del desarrollo. No hace falta mentir y sí se puede militar con la honestidad intelectual y moral. Nuestra fuerza política debería ponerse al frente ya no de una airada multitud de indignados, sino liderar un programa político que nos autoobligue a un ejercicio ético de la conducta política. Ejemplos de conducta no nos faltan, por cierto. Nos señalan el camino.

4 comentarios sobre “Dignidad, indignidad, indignación”

  1. Pintura pormenorizada y lúcida de esta dura realidad que nos indigna e interpela! Nota imprescindible y necesaria que nos alimenta , a la vez que alumbra caminos nuevos que urge encontrar y recorrer para construir otra realidad posible. Felicitaciones a su autor y a esta revista!

  2. Estimados María de los Ángeles y Martín: Me reconforta que les hayan gustado estas líneas. Es que hay momentos en que uno querría que las palabras pudieran arropar a los semejantes ante el chaparrón de tristeza que nos cae sobre las cabezas…

  3. Recién hoy pude adentrarme -con el tiempo y la atención que siempre merecen tus reflexiones, Nestor- en este texto que me identifica al tiempo que me interpela.
    Hace poco hablábamos con compañeros laborales, sobre la forma en que -desde la militancia de izquierda- nos hemos ido sumando a la «aligeración» del debate político.
    Habrá que difundir estás líneas para ayudar a la reflexión y a subir la vara del debate.

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