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SALUD MENTAL

 Publicado: 06/10/2021

El suicidio, un tema permanente


Por Fernando Rama


Los temas de posible tratamiento periodístico son varios. Tal vez el más acuciante sea la venidera discusión política en torno a la Ley de Urgente Consideración (LUC), a mi juicio un tema de gran trascendencia para el futuro de país.

Sin embargo, existen otras numerosas cuestiones que requieren la atención pública permanente debido, precisamente, a que tratan de temáticas que se mantienen en el tiempo. Sin pretensión de ser exhaustivo, me permito enumerarlas:

a) la persistencia de asentamientos, principalmente en Montevideo, pero también en casi todos los departamentos del país;

b) la problemática estructural en el sistema carcelario nacional;

c) la alarmante caída en el número de nacimientos, que profundiza el envejecimiento de la población y que constituye un verdadero desafío demográfico, con repercusiones de todo tipo;

d) el alto número de suicidios que se registra en el país.

Por lo menos los puntos c) y d) son exclusivos del Uruguay, a diferencia de los otros dos problemas, que compartimos con el resto de América Latina.

Debido a la aparición de nuevas informaciones, vamos a referirnos, una vez más, al tema de los suicidios.

Un primer dato que ha salido a luz recientemente es el hecho inédito de que la primera causa de muerte entre la población menor de 30 años es la autoeliminación. Si bien la pandemia de coronavirus puede explicar este cambio cualitativo en la epidemiología del suicidio, me parece evidente que no se trata de una causalidad directa y abarcativa del problema. Sin duda, la desconexión social provocada por la pandemia, los largos meses de aislamiento de las habituales relaciones humanas -substituidas por los fríos contactos en línea-, contribuyeron a generar cuadros de ansiedad y depresión y, por ende, al aumento de suicidios. 

Pero este factor derivado del coronavirus no puede hacernos olvidar los restantes factores que contribuyen al incremento del suicidio. La incidencia de las distintas formas de adicción a sustancias psicotrópicas, el alcohol en primer lugar, tiene un peso considerable en la génesis del fenómeno. En la crónica policial de los informativos rara vez falta el descubrimiento de “bocas” de pasta base y otras sustancias.

Tampoco puede dejarse de lado la mala calidad de atención psiquiátrica y psicológica que se verifica en el país. Ya hemos señalado el exceso de utilización de la terapia electroconvulsiva (electroshock) en nuestro medio. Este recurso, empleado en especial en los sanatorios privados, solo tiene un efecto paliativo de corto o mediano plazo, pero nunca constituye un recurso curativo. Otro aspecto negativo es la prescripción excesiva y muchas veces irracional de psicofármacos. Los intentos de autoeliminación (I.A.E.), que siempre superan por mucho el número de suicidios consumados, deben ser seguidos mediante el empleo de trabajadores sociales, una figura totalmente ausente en el sistema de asistencia a la salud mental. Estos I.A.E. no son simples llamados de atención ni producto de personalidades histriónicas; deben ser considerados siempre como signos de alarma para ulteriores intentos con desenlace trágico.

Un segundo dato que reviste enorme interés es la antigüedad del problema, mucho mayor del que cabría suponer. En la edición de la diaria del día 18 de setiembre de 2021, la historiadora María de los Ángeles Fein aporta datos más que interesantes. Se trata de una historiadora que trabaja en el llamado espacio de recuperación patrimonial del Hospital Vilardebó y en dicha función tuvo y tiene acceso a historias clínicas y todo tipo de registros acumulados a partir de 1882, es decir dos años después de la fundación del nosocomio por Máximo Santos. Su actividad le ha permitido estudiar la historia de la salud mental del país. Como se dijo más arriba, ya a fines del siglo XIX la prensa uruguaya consignaba la gravedad del problema. En 1890 se registraron 526 suicidios en una población que en ese momento no superaba el millón de habitantes. 

Debe recordarse que en 1897 Durkheim publicó el primer libro sobre el tema, aseverando que existe un “contagio” en los fenómenos vinculados al suicidio, una afirmación nunca comprobada -salvo en casos muy puntuales- que ha inhibido durante décadas la realización de campañas de prevención. También fue Durkheim quien señaló la ausencia de corrrelación entre la situación económica de los países con la suicidalidad. Y precisamente la historiadora Fein comprobó que en épocas de bonanza en el Uruguay aumentó enormemente el número de I.A.E. 

Como puede apreciarse, estamos ante un problema de gran complejidad sobre el cual deberán continuarse los análisis a los efectos de poder disminuir una problemática que recientemente se ha revelado como un fenómeno de gran antigüedad en nuestra sociedad. Claro que la persistencia del fenómeno no nos dice mucho en relación a la causalidad del mismo. La sociedad uruguaya ha cambiado mucho y varias veces desde 1882 a los días presentes.

Desconozco la existencia o no de estudios sobre el impacto de las redes sociales sobre el fenómeno de la autoeliminación. Pero al menos cabe apuntar la proliferación de exhibiciones a través de videos, fotos y otras modalidades por parte de los jóvenes, y se me ocurre que esta podría ser una fuente de frustración para aquellos que no obtienen la cantidad suficiente de “me gusta” o, peor aún, para quienes reciben rechazos abundantes.

Vale insistir sobre lo que ya hemos señalado en otras notas sobre el tema. Cada suicidio consumado deja una secuela de dolor y culpabilización entre amigos y familiares del suicida, generando una ola expansiva que debe también ser objeto de atención.

En suma, estamos ante un fenómeno peculiar, de larga duración en nuestra sociedad, que exige una investigación profunda y multidimensional.

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