Lejos

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AL PIE DE LAS LETRAS

 Publicado:  05/06/2018

Las cinco a las nueve


Por Beatriz Piñeyro


Anoche nos reunimos las cinco. No es nada fácil; no logramos hacerlo muy a menudo. Estos encuentros en los que estamos todas son un poco tediosos -por las discusiones, digo. Además todos sabemos que muchas mujeres juntas es para lío-. Igualmente tengo que admitir que en el fondo me pone contenta reunirme con ellas. Las amo a todas, aunque dudo que todas me amen a mí. Además este encuentro fue diferente.

Por alguna razón yo estaba excesivamente preocupada por los aspectos logísticos, es decir: que todas estuvieran servidas, que la música fuera de su agrado (este es uno de los pocos aspectos en que las cinco coincidimos en gustos) que no faltaran jabón y papel higiénico en el baño, que las puertas se mantuvieran bien cerradas para que las risotadas no molestaran a los vecinos a altas horas de la noche. Esto último lo digo sobre todo por Bea y Anaïs que son de bebida alegre. También dejé a mano una estufa, pues Ruth, Susana y yo solemos ser más friolentas que ellas; además en estos tiempos de otoño recién estrenado es cuando más difiere entre una persona y otra, la percepción de la temperatura ambiente.

Me acuerdo que en un momento de la reunión comenté que me sentía en falta por no haber vivido la conyugalidad. Hacía tiempo que ese tema me tenía preocupada. Pero era una suerte de preocupación injertada, un mandato que me compelía a estar todo el tiempo buscando algo que no sabía muy bien qué era, ni por qué lo quería, pero sabía que su falta me hacía sentir anormal. Estaba angustiada; me dolía el estómago, sentía cómo se me mojaban los ojos. Callé -pues tenía la garganta completamente cerrada- y comencé a mirar a mi alrededor a través del agua de mis ojos. Visto así el mundo adquiría una delicada belleza ondulante. Parecía una suerte de pintura impresionista. Entonces recuerdo perfectamente la silueta de Anaīs, esbelta y dorada como su vestido ponerse de pie y dirigirse al equipo de audio para subir el volumen de la música, que en ese momento era la versión de Liliana Herrero de "Piedra y camino" de Yupanqui. Le importaba un bledo lo que yo acababa de decir, indudablemente. Al volver me trajo una copa de licor que apoyó suavemente sobre mis labios.

Otro de los recuerdos intensos de esa noche fue cuando vinieron los boleros, que a las cinco tanto nos gustan, y estando ya borrachas, nos pusimos a bailar. (Por supuesto, de no ser así yo jamás hubiera bailado). Las primeras en hacerlo fueron Ruth y Anaïs, que estaban ya hacía rato diciéndose secretos al oído y riéndose a carcajadas entre ellas. Fue en "Dos gardenias" que Bea me tomó ambas manos y me invitó. Dudé, mi renguera me inhibía. Le dije que el bolero me iba a salir sincopado.

- ¡Me importa un pito la síncopa o que no muevas las piernas con elegancia. Yo simplemente tengo ganas de bailar! Ambas reímos y comenzamos a movernos con la música. Llegué a sentirme liviana y hermosa, aunque un poco mareada, hay que decirlo. Era una sensación nueva para mí. Apoyé mi mejilla en la de Bea y todo fue más fácil. Así pasaron muchas canciones, George Michael, Carly Simon... Ruth y Anaïs disfrutaban dándose largos besos.

Beatriz Piñeiro (Montevideo, 1983) es poeta, música y psicóloga.. Residió sus primeros cinco años en Porto Alegre (Brasil) para luego retornar a su ciudad de origen. Ha publicado cuatro poemarios: Ruedas para volver(2003), Espuma de nuevas síntesis (2011), Desbordes (2015) y Vacante de sombra (2017).

Como música se ha formado en piano, composición, armonía, contrapunto y canto. De 2013 a 2016 participó como percusionista en el grupo “Bergerette”, conjunto instrumental dedicado a la interpretación y difusión de música del renacimiento, barroca y contemporánea. Su obra original para cuarteto de cuerdas "Anticipaciones" ha sido adaptada para Bergerette e interpretada en diversas salas de Montevideo y el interior de Uruguay.

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