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UN MAESTRO SIN AULA

 Publicado:  05/06/2018

Gravineadas


Por Miguel Millán


Viajé a Tacuarembó, allí visité el Centro Cultural Washington Benavídes. Ubicado a media cuadra de la Plaza 19 de Abril en una casa con tres salas dedicadas a otros tantos ilustres escritores tacuaremboenses: una biblioteca Tomás de Mattos, otra con donaciones de Circe Maia y la del Bocha.

El Centro se sostiene gracias al trabajo honorario de un grupo de promotores culturales aficionados, profesores jubilados, profesionales universitarios, quienes organizan todo tipo de actividades en torno a lo que representan esas tres figuras consulares de las letras uruguayas. Actividades que incluyen el cobro de una cuota mensual a socios que aportan para el alquiler y el mantenimiento de la casa.

Circe, con sus 85 años, cada mañana se da una vuelta por el Centro. Tuve la suerte de encontrarla. Siempre se encarga de hacer dos aclaraciones: que es tacuaremboense por adopción voluntaria y la sorpresa cuando la reconocen por su poesía.

La verdad, tuve muy poco tiempo para recorrer y me faltó visitar la biblioteca Tomás de Mattos, pero, entre las donaciones de Circe y de la familia de Washington Benavídes, hay joyas de la historia cultural uruguaya y universal. Es un lugar obligado para peregrinar cuando se va a Tacuarembó, sin dudas.

Escala compulsiva en la observación de los libros, seguramente una parte de ellos, que pertenecieron al profesor y escritor Washington “Bocha” Benavides. Allí encontré un ejemplar de la novela El único camino, de Alfredo Gravina (Ediciones Pueblos Unidos, Buenos Aires-Montevideo, año 1958); la carátula es obra del escultor y pintor uruguayo Armando González, más conocido como “Gonzalito”.

La obra de Alfredo Gravina (Tacuarembó 1913-Montevideo 1995) ha sido revisada por críticos literarios uruguayos. En Historia de la Literatura uruguaya contemporánea (1997), tomo I: la narrativa del medio siglo, bajo la dirección de Heber Raviolo y Pablo Rocca, en las páginas 93 y siguientes escribió Juan Justino da Rosa “Los narradores, entre el realismo y sus fracturas”; allí da cuenta de la trayectoria de Gravina y las repercusiones que fueron teniendo sus textos entre la crítica uruguaya. Emir Rodríguez Monegal lo defenestró desde las páginas de Marcha en el año 1945, mientras que Mario Benedetti y Arturo Sergio Visca reivindicaron su opción estética por esos mismos años.

Según Juan Justino da Rosa, Gravina pasó del “realismo crítico” al “realismo socialista” y terminó en una línea creativa hermanado con Eliseo Salvador Porta y Enrique Amorim, sobre todo a partir de la década del sesenta con sus cuentos, el libro Despegues (1974) (premio Casa de Las Américas) y la única reedición en español de su novela Fronteras al viento (La Habana, 1980) depurada por el propio escritor de la “sobrecarga de mensajes paraliterarios, que los aproximaba a las antiguas escrituras de carácter didáctico”.

La breve y sucinta cita anterior exime de prodigar una valoración literaria más extensa y permite centrarme en el impacto emocional producido al encontrar un ejemplar de un libro de Alfredo Gravina entre los libros de Washington Benavides.

Hay maestros y profesores que marcan para siempre por sus clases magistrales en las aulas. Sin embargo, Gravina fue un maestro sin aula, para mí y unos cuantos más, pues tuvimos el privilegio de conocerlo y recibir sus clases por las calles y los caminos de Alamar en La Habana del Este.

Este Maestro estuvo exiliado en Cuba entre los años 1976 y 1984. Antes, en el Uruguay, había participado en cuanta movida cultural promovía, organizaba o alentaba el Partido Comunista. Ya quedó escrito, en 1974 había ganado el Premio Casa de Las Américas, el de mayor prestigio literario convocado anualmente por esa institución cubana. En 1977 Gravina participó como jurado de ese mismo premio.

Lo conocí justamente cuando regresó a Alamar luego de participar en ese jurado. Estaba corrigiendo su novela Fronteras al viento para la edición cubana que sería prologada por la eminente académica de las letras Mirta Aguirre (1912-1980). Recuerdo los momentos en que contó que le estaba sacando muchas páginas porque había llegado a la conclusión que sobraban pues formaban parte de una concepción que a esa altura había dejado atrás: usar la literatura como medio de difusión de un discurso político-sociológico. O sea, la expurgó de todos los elementos que distrajeran al lector del argumento y la trama literaria.

Un día se enteró de que dos uruguayos habían ganado el premio Casa de Las Américas. Él decía, y repitió muchas veces, desconocer el oficio de escritores de aquel par de compatriotas. Quienes lo conocieron sabrán a qué clases de exclamaciones y aspavientos me estoy refiriendo cuando trato de describir este asombro de Alfredo Gravina. En categoría poesía la premiada fue nada más y nada menos que su propia hija, María, con Lázaro vuela rojo y en categoría cuentos Fernando Butazzoni con Los días de nuestra sangre, publicados ambos en el año 1979.

Su asombro e incredulidad aumentaron cuando este último le hizo saber que quería reunirse con él para agradecerle cuánto lo había alentado en su incipiente carrera literaria. Dio la casualidad que nos encontráramos con el Maestro en alguno de los caminitos de Alamar, justo en esas circunstancias en que se aprestaba a cumplir con aquel alumno ignoto y me invitó a que lo acompañara.

Seguramente nadie más que yo recuerde mi presencia en aquel encuentro en “La Terraza” de Alamar. Aquel era uno de los lugares donde Alfredo tenía asegurada la cerveza Polar. Allí Butazzoni hizo el reconocimiento de lo que había significado para él la llegada a Tarará del escritor uruguayo consagrado. Gravina no dejaba de sorprenderse y de realizar sus típicas exclamaciones.

Después, la vida continuó. Gravina trabajó durante todo su exilio habanero en Casa de Las Américas en el departamento de investigación literaria. Viajaba en la guagua 215, Habana Vieja-Alamar; más tarde habilitaron la línea 216 y le ahorraba un trasbordo pues iba hasta el Vedado.

A quienes estudiábamos Letras en la Universidad de La Habana nos sirvió de permanente consulta su presencia allí en Casa de Las Américas, sobre todo cuando realizábamos algún trabajo de curso, tesinas o tesis sobre algún escritor uruguayo. Así y todo, y con el debido respeto, donde tenía abiertas todas las puertas era en los boliches habaneros; se había hecho amigo, compadre, socio, de todos los capitanes y mozos que siempre le tenían pronta una copa, un lugar en el mostrador, una mesa privilegiada.

Como parte de su trabajo y de la extensión cultural de la Casa, concurría a diferentes centros, tanto educativos como barriales. Una de sus conferencias estaba centrada en demostrar el parentesco ideo-temático entre el relato El cuentero del cubano Onelio Jorge Cardoso (1914-1986) y Rodríguez del uruguayo Francisco Espínola (1902-1973).

El origen oral del asunto de ambos cuentos es lo más evidente. Juan Candela es un trabajador del corte de caña de azúcar que en las noches en el barracón atrapa a sus compañeros con sus cuentos exagerados, fantásticos.

Juan Candela cuenta, una de esas noches, cómo al pasar con su mula por un río, éste estaba tan cargado de peces que al salir a la otra orilla descubrió prendidos en los estribos una sarta de pescados. Otra noche contó cómo un tío con superpoderes se estaba muriendo y lo llamó para trasladarle el poder de tomar un camino que atravesando campos lo llevaría a México. Así, cada noche un cuento distinto…

Hasta un día en el cual alguien le insinúa que está exagerando, luego se suman otros. Todos le fueron achicando las medidas al majá que se le había enrollado en el cuello y él había logrado matar. De pronto Juan Candela levanta su machete, los mira fijamente, les grita: “¡El que me le saque medio metro más, lo mato!”. Y se queda mudo para siempre para tristeza y desolación de todo el personal que se deleitaba con sus invenciones. Recibió muchos ruegos e imploraciones de “aquellas bestias mal agradecidos” para que volviera a entretenerles las noches.

En Rodríguez el narrador es una tercera persona pero es notorio que esa noche de luna llena al cruzar el Paso no hay más testigos del encuentro con el Mandinga que el propio Rodríguez. Solamente Rodríguez vio como el caballo viejo se convertía en un tordillo, observó la rama de tala transformada en una víbora, encendió su pucho con el fuego que salió del chasquido de los dedos del “forastero”, luego en un toro cimarrón y por último en un bagre dando vueltas con su jinete.

El origen oral de las historias contadas en Latinoamérica es como las venas de los Andes o el gusto y la destreza por la décima, las payadas, el punto guajiro.

Resultaba ostensible, el exiliado del sur en la isla mayor del Caribe, recorriendo peñas culturales, talleres literarios, drenaba nostalgias por su tierra eligiendo a un escritor que era enteramente de su gusto y de su proximidad para compararlo con uno locatario. Los dos escritores, el cubano Cardoso y el oriental Espínola, tuvieron la misma aureola de narradores orales. A Onelio lo conocen en Cuba como “el cuentero mayor”. Y la fama de Paco, gran conversador y tomador de mate con los griegos de la antigüedad, la conocemos hasta quienes nunca lo vimos en persona.

Claro que la comunicación entre aquellos estudiantes de letras que éramos entonces con el escritor compatriota se complicó luego que los profesores cubanos de la Facultad se entusiasmaron con Juan Carlos Onetti, sobre todo luego de que recibiera el Premio Cervantes, y con Felisberto Hernández, de quien ya habían recibido el “visto bueno” de Julio Cortázar. Y, fundamental, las letras cubanas estaban haciendo esfuerzos por terminar con los vestigios del llamado “quinquenio gris” durante el cual la única estética aceptada oficialmente era la del realismo socialista.

Algunos de nosotros hicimos la excursión de entrevistar al Maestro Gravina para que nos hablara de estos narradores mayores de las letras contemporáneas, uruguayos universales. Nos recibía con su clásica amabilidad y deferencia, y desgranaba anécdotas que mostraban el conocimiento de vecinos en la ciudad letrada Montevideo, pero nada más. Era muy obvio, no se correspondían con su gusto estético.

La vida de la colonia uruguaya en Alamar continuó. Gravina era muy amiguero y como tal conformó varias tertulias. Una de ellas se constituyó en elenco estable por la cantidad de nostalgeses compartidas: con el Gallego Indalecio Buño, profesor universitario de odontología, el médico Rodolfo Cora y Lila Dubinsky. Mario Benedetti incluyó en el tramo final de su novela Primavera con una esquina rota una anécdota muy sabrosa de esta barra de amigos.

En el año 1985 volvimos a Uruguay y Alamar con sus edificios de microbrigadas quedó allá en el Caribe cargado de nuevas nostalgias para los que decidimos cobijarnos entre los fuelles de los bandoneones del tango y escuchar de cuando en vez un danzón, un guaguancó o una rumba.

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