Pilar Silva

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ENTRE LA CIENCIA, LA MORAL Y LA POLÍTICA

 Publicado: 02/08/2023

“Oppenheimer”: el espectáculo de la creación de la muerte


Por Andrés Vartabedian


[Artículo aún en construcción].

Entre 70.000 y 80.000 fueron las personas que murieron inmediatamente aquel 6 de agosto de 1945 cuando el Enola Gay (B-29) arrojara a Little Boy sobre Hiroshima (el propio nombre de La Bomba parece una broma de mal gusto). Eran las 08:15 de la mañana, y 55 fueron los segundos que le llevó alcanzar la altura a la que estallaría. La explosión produjo un millón (sí, 1.000.000) de grados centrígados. Aproximadamente, más de 160.000 personas habían muerto hacía finales de 1945. Para los interesados en especificidades físico-químicas, la bomba utilizada en Hiroshima era básicamente de uranio.

Entre 35.000 y 40.000 fueron las personas que fallecieron en el acto en Nagasaki cuando, posteriormente, el 9 de agosto de 1945, el Bockscar (B-29) arrojara a Fat Man sobre esa localidad, la segunda ciudad que de inmediato fue tristemente arrojada a la historia. Eran las 11:01 de la mañana, y 43 fueron los segundos que demoró el artefacto en llegar a la altura a la que estallaría. El calor alcanzó los 3.900 grados y el viento, los 1.005 kilómetros por hora. Hacia fines de 1945, eran entre 60.000 y 80.000 los muertos producto de la bomba y sus efectos posteriores: quemaduras, radiación, carencias de recursos médicos... la fatal ignorancia de todo lo que aquello representaba. Generaciones y generaciones afectadas. En el caso de Nagasaki, la bomba era básicamente de plutonio.

Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce, quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos. [...] El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación”.

Así describía Bob Caron, artillero de cola y fotógrafo del bombardero que arrojara la primera bomba atómica de la historia, lo que veía aquel lunes 6 de agosto de 1945, segundos, minutos después del ataque a la ciudad de Hiroshima.

Y claro que hubo otros nombres propios asociados al hecho: Harry Truman, el presidente de los Estados Unidos que tomó la decisión; Franklin Delano Roosevelt, el mandatario anterior, quien inició el proceso que devendría en el “hongo atómico”; Proyecto Manhattan, el nombre con el que se conoció el proyecto secreto que Roosevelt aprobara el día previo al ataque japonés a Pearl Harbor, en 1941 -Manhattan Engineering District, su denominación original-; Robert Oppenheimer, el responsable principal en el Laboratorio Nacional de Los Álamos en Nuevo México.

Sobre este último hombre es que hará foco Christopher Nolan para crear su monumental Oppenheimer. Lo hará a partir de la biografía de Kai Bird y Martin J. Sherwin Prometeo americano (de acuerdo a quienes la leyeron, también monumental; 25 años de investigación; premio Pulitzer 2006). Al igual que ellos, trazará un paralelismo con el mito aludido desde el título, abriendo su filme con un epígrafe sin ambages: “Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo dio a los hombres. Por ello, fue encadenado a una roca y torturado por toda la eternidad”.

En su condición de titán -como el significado de su nombre lo indica: “el que ejerce tensión”- Prometeo luchaba contra el orden dado de las cosas. Es así que engaña dos veces a Zeus, una de ellas para devolverle a la humanidad el fuego que Zeus le había sustraído luego de su primer estafa. Como castigo, “el padre de los dioses y los hombres” -así lo nombra Hesíodo- lo condena a vivir encadenado a una roca a la que diariamente visitaría un águila que comería el hígado que su cuerpo regeneraba cotidianamente. De allí la eternidad de su sufrimiento.

Vinculado a él, se halla Pandora -la primera mujer, creada a pedido de Zeus, agraciada y sensual, mentirosa y seductora, portadora del mal-, quien es ofrecida por los dioses a Epimeteo, hermano del castigado, en dos oportunidades. En la segunda ocasión, no podrá resistirse y, desoyendo el pedido de aquel de no aceptar ningún regalo de Zeus, se casará finalmente con ella. La caja (originalmente, una jarra o ánfora) que esta portaba no debía abrirse. Sin embargo, la deidad sabía que llegaría el momento en que ello sucedería. Pues bien, al hacerlo, Pandora liberó todas las desgracias que enfrenta hoy la humanidad. Por tanto, de algún modo, Prometeo (Oppenheimer) también es responsable por ello.

Se abría, así, una nueva era. Ella se encargaría de disipar las dudas que Albert Einstein manifestara en su ya “famosa” carta al presidente Roosevelt del 2 de agosto de 1939: “Recientes trabajos realizados por Enrico Fermi y Leo Szilard, cuya versión manuscrita ha llegado a mi conocimiento, me hacen suponer que el elemento uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato [...] se ha abierto la posibilidad de realizar una reacción nuclear en cadena en una amplia masa de uranio mediante la cual se generaría una gran cantidad de energía […] Este nuevo fenómeno podría conducir a la fabricación de bombas y, aunque con menos certeza, es probable que con este procedimiento se puedan construir bombas de nuevo tipo y extremadamente potentes”.

...

Nadie podrá decir que se aburrió, luego de verla. Son tres horas, sí, pero se hacen llevar perfectamente. Su ritmo es arrollador, y el deslumbramiento visual y sonoro que provoca, no permite que nos cuestionemos demasiado su duración; tampoco su contenido. Eso será fruto de la siempre necesaria reflexión posfunción. Allí podrán aparecer los cuestionamientos, las ausencias, las omisiones; también, claro está, la reafirmación de sus virtudes.

Salvo expertos o aficionados a la ciencia, es difícil concebir que el sustento científico que se intenta desarrollar para que comprendamos cómo se llegó a la creación de la bomba atómica pueda incorporarse fácilmente o, simplemente, incorporarse. Más bien forma parte de la base de verosimilitud que toda historia dramática que se precie de tal debe intentar generar en su espectador. La finalidad es que el drama funcione, se sostenga, crezca, nos sacuda, no el aprendizaje de teorías o relaciones de causa-efecto. No olvidemos que se trata de arte, no de divulgación científica; tampoco de Historia.

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