Eduardo Espino

Compartir

LOS GIROS CULTURALES DE LA MEMORIA REGISTRADOS EN LA LITERATURA

 Publicado: 02/08/2023

Recuerdos del porvenir


Por Fernando Britos V.


Hace poco menos de ocho años, Bernard Richards produjo una obra ambiguamente titulada The Greatest Books You'll Never Read (Los grandes libros que jamás leerás, subtitulada Obras maestras inéditas de escritores célebres). Casi todas las afirmaciones son inexactas: muchas de esas obras no fueron “las más grandes”, muchas más lo eran y fueron editadas y no solamente han sido leídas, sino que han recuperado la vigencia que tuvieron en el pasado, porque los testimonios son parte imprescindible de la historia.

A pesar de que es una lista y por ende limitada, la obra de Richards es un esfuerzo interesante.[1] Consta de seis capítulos que abarcan sucesivamente el periodo anterior a 1750, el de 1750 a 1849, de 1850 a 1899, de 1900 a 1949, de 1950 a 1975 y de 1976 a 2015, con especial inclusión de autores europeos y anglosajones. Ahora rescatamos cuatro casos de la lista de autores que empieza con Virgilio y termina con García Márquez. Convocaremos a Honoré de Balzac, a Robert Musil, a Irene Némirovsky y a Ítalo Calvino.

Balzac: la obra testimonial por excelencia

Como uno de los ejemplos de supervivencia y potencia testimonial tomaremos el caso de Honoré de Balzac y su serie de novelas La Comedia humana, cuyo ambicioso objetivo era retratar la sociedad francesa en su totalidad, en su esplendor y en sus miserias. El autor murió joven en 1851 (había nacido con el siglo, en 1799) y no llegó a completar la serie, aunque publicó más de 90 títulos. Durante generaciones, en nuestro país, se estudió en Enseñanza Secundaria alguna de sus novelas, en casi todos los casos Eugenia Grandet[2] o Papá Goriot.[3]

El renovado interés por Balzac se apoya, como desde hace siglo y medio, en el hecho de que el autor fue testigo directo de grandes cambios políticos, sociales y culturales: nació sobre fines de la Revolución Francesa, vivió las guerras napoleónicas, la restauración de los Borbones y los resultados del Congreso de Viena, las revoluciones de 1830 y de 1848.

Aunque empezó estudiando Derecho, a los 20 años se transformó en un escritor de tiempo completo merced a un estipendio que le proporcionaba su padre. Al principio escribía folletines bajo diferentes seudónimos. Para desarrollar su obra magna trabajó sin pausa a un ritmo demoledor. Durante 20 años escribió durante dieciocho horas diarias, ingiriendo litros de café, sin parar para comer y fumando constantemente (lo que habría llevado a su muerte prematura). Entregaba un texto a los editores, pero seguía reescribiéndolo, corrigiendo, enmendando y agregando. Él mismo se definía como “el secretario del siglo XIX”, y otro escritor, 40 años después, opinó que el siglo XIX, tal como se le conoce, era un invento de Balzac (Oscar Wilde en El Crítico como Artista, 1891).

Balzac creó más de dos mil personajes que reflejan todas las facetas de la sociedad francesa de su siglo. Presentó desde los más ricos y poderosos a los privilegiados, a los usureros, a los ladrones, a las prostitutas y a los más modestos, en todos los casos, como personajes complejos y casi siempre moralmente ambiguos. Su atención a los detalles, sus descripciones minuciosas, sus explicaciones, que podían parecer exageradas, lo convirtieron en uno de los padres del realismo en la literatura europea y, lo que es más importante, se volvió un testigo fundamental de la época.

El testimonio de Balzac -que era reaccionario, monárquico y enemigo de las ideas y los actos de la Revolución Francesa- ha sido importante tanto para los historiadores pasados como para los actuales.

En febrero de 1867, Marx le mandó una carta a Engels en la que le recomendaba leer unos cuentos de Balzac. Dos obras maestras “llenas de la más encantadora ironía”, le decía. Uno de los cuentos del francés que entusiasmó a Marx era La obra maestra desconocida, un relato ubicado en el siglo XVII que arranca con el encuentro de tres pintores en el taller de uno de ellos. El más viejo se llama Frenhofer y durante más de diez años ha trabajado sin descanso en el retrato de una mujer, que considera su obra cumbre, pero que no ha concluido y que no permite que nadie vea. El artista más joven, obsesionado, llega a ofrecer a su propia amante como modelo para el pintor, a cambio de poder ver el cuadro. Cuando finalmente Frenhofer se lo muestra a sus discípulos, estos quedan pasmados: ante sus ojos aparece un cúmulo de manchas de colores, un nudo de líneas enmarañadas de las que, en una esquina, asoma un pie. El maestro también se sorprende porque para él es inexplicable que no consigan ver que ha logrado plasmar el movimiento real con los trazos del pincel sobre la tela: la mujer está allí con toda su vitalidad.

El profesor emérito de Historia de las Ideas de la Universidad de Gotemburgo, Sven-Eric Liedman, retoma esta anécdota en Karl Marx. Una biografía, publicada por Akal.[4] El cuento de Balzac no solamente atrajo al autor de El Capital, sino que ha motivado muchas interpretaciones, desde el arte al psicoanálisis y, desde luego, la historia. En 1931, Picasso le dedicó una serie de aguafuertes. Algunos consideran el texto como un anticipo del arte moderno, dado que el artista se propone dar cuenta del movimiento, rompiendo con la representación lineal y bidimensional.

En el caso de Marx, más allá de la encantadora ironía de la historia, algo más llama su atención. Según su yerno, Paul Lafargue, él mismo solía compararse con Frenhofer. Varios biógrafos han señalado esa atracción de Marx por el relato, sugiriendo que encontraba ahí una imagen acerca de su propio combate para dar forma a una obra que captara la dinámica del funcionamiento del capital, no mediante fórmulas rígidas ni con pinceladas superficiales, no con imágenes falsas, sino en su movimiento real, tal como pretendía el artista.

Balzac mismo pone en boca de Frenhofer las siguientes palabras:

La Forma es un Proteo mucho menos aprehensible y más rico en repliegues que el Proteo de la fábula. Solo tras largos combates se la puede obligar a mostrarse bajo su verdadero aspecto; ustedes, ustedes se contentan con la primera apariencia que les ofrece, o todo lo más con la segunda, o con la tercera; ¡no es así cómo actúan los luchadores victoriosos! Los pintores invictos que no se dejan engañar por todos estos subterfugios, sino que perseveran hasta constreñir a la naturaleza a mostrarse totalmente desnuda y en su verdadero significado. ¡Oh, naturaleza! ¡Naturaleza! ¿Quién ha logrado jamás sorprenderte en tus huidas? Sepan que el exceso de conocimiento, al igual que la ignorancia, acaba en una negación. ¡Yo dudo de mi obra!

Esa potencialidad que atrajo a Karl Marx hizo que, años después, Federico Engels, políticamente en las antípodas de Balzac, reconociera la importancia testimonial de La Comedia humana cuando afirmó que había aprendido más de ella que de todos los historiadores profesionales, economistas y estadísticos juntos.

Musil: gran obra inconclusa que vuelve del olvido

Robert Musil (1880-1942) fue un austríaco que se desempeñó como escritor, bibliotecario, novelista, dramaturgo, guionista, ensayista e ingeniero. En 1938 cuando la Alemania nazi se anexó Austria, Musil y su esposa se exiliaron en Suiza porque seguramente habría sido apresado por ser un declarado antifascista. Había sido militar y estudiado y obtenido el título de ingeniero, pero en la Universidad de Berlín también se formó en filosofía y psicología.

Su primera novela, Las tribulaciones del joven Törless, se publicó en 1906 (y se tradujo al español en 1970) y tiene un contenido autobiográfico porque alude a un joven que, como él, vivió su juventud en un colegio militar prusiano.

Richards lo incluyó porque, conjuntando los variados temas que abordó Musil (la ficción histórica y filosófica, la decadencia del imperio austro-húngaro, la crítica social, la identidad personal, la utopía y el valor, entre otros), se propuso una obra en tres volúmenes, que tituló El hombre sin atributos, pero que quedó inconclusa debido a su muerte a los 61 años, en Suiza, a causa de un accidente cerebro vascular.

El hombre sin atributos (Der Mann ohne Eigenschaften) quedó en los primeros dos volúmenes (escritos entre 1930 y 1942, aunque los primeros bocetos datan de 1905). En el primero se presenta al personaje principal, Ulrich, un matemático de 32 años “que busca infructuosamente el significado de la vida”, para lo cual dedicará un año a saber qué va a hacer con ella. Su falta de empatía, afectos e intereses y su pasividad lo han transformado en el hombre sin atributos. Otros personajes que aparecen son Moosbrugger, un violador condenado por asesinar a una prostituta; Bonadea, la amante ninfómana de Ulrich; Clarisse, la esposa neurótica de su amigo Walter, “cuya negativa a someterse a una existencia banal lleva a su marido a la locura”.

En el segundo volumen, subtitulado La Pseudorealidad prevalece, Ulrich se une a la Acción Paralela, una organización cuyo objetivo es contraponer los treinta años del monarca alemán Guillermo II con los setenta años del reinado del emperador austríaco Francisco José (nunca se llega a saber de qué se trata la acción). Un par de personas llaman la atención de Ulrich: Ermelinda Tuzzi, llamada Diotima, que intenta convertirse en la musa vienesa de la filosofía y el veterano conservador, conde Leinsdorf, a cargo de la campaña que carece de capacidad. El general Stumm von Bodenwehr del ejército imperial es impopular porque trata que en ese ambiente místico las cosas se hagan sistemáticamente, y el millonario alemán Paul Arnheim, admirador de la belleza y espíritu de Diotima, no siente la necesidad de casarse con ella.

Aunque se trata de una muy debatida acción patriótica por parte de ese grupo, distintos personajes tratan de sacar partido, y lo que se había concebido como una celebración de la paz y la armonía resulta en la guerra (la Primera Guerra Mundial), el colapso del imperio austro-húngaro y un nacionalismo exacerbado. La novela entraña un análisis de las causas de la guerra, de los procesos políticos y culturales de la época y de la historia de las ideas.

El tercer y último volumen, incompleto, se publicó póstumamente en 1943 (y se tradujo al español en 2007) bajo el título Hacia el imperio milenario. Los criminales. Ulrich -el hombre sin atributos- no puede definirse en dirección alguna. Por ejemplo, cuando tiene que hacer cambios en las habitaciones de su castillo se paraliza ante la multiplicidad de opciones.

Al llegar al millar de páginas de la obra confiesa:

Nunca me he sometido a una idea con poder de permanencia. Nunca apareció ninguna. Uno debería amar una idea como a una mujer; sentirse muy contento de volver a ella. ¡Y siempre las tenemos dentro de nosotros mismos! ¡Y siempre buscamos todo afuera! Nunca tuve ideas así. Mi relación respecto de las llamadas grandes ideas y, tal vez, incluso de aquellas que realmente son grandiosas, siempre ha sido de tú a tú. Nunca sentí que había nacido para someterme a ellas; siempre me apeteció derrocarlas y poner otras en su lugar.

No es solamente Ulrich el que está perdido en relación al compromiso, y la novela es mucho más que un testimonio sobre los tiempos finales del imperio. Se la ha considerado una de las narrativas más ambiciosas e influyentes en la literatura del siglo XX, en la que se desarrollan las más diversas teorías sobre el poder, la música, el crimen, el amor, el influjo del pensamiento sobre la acción, como un compendio de la cultura europea de buena parte del siglo XX. El punto de vista de Musil se aprecia como una profunda reflexión acerca de las paradojas de la modernidad y la crisis del racionalismo.

Ahora bien, Musil tiene fama de ser un plomo, un ladrillo de casi 1.600 páginas. No le gustaba a los nazis ni a los posmodernos, de modo que es conveniente remitirnos a una opinión autorizada, la de José Carlos Rodríguez Breto (18 de mayo de 2018) en su blog Achtung:[5]

Musil abordó una utopía literaria, eso es innegable, que buscaba encontrar los resquebrajamientos entre la literatura y la filosofía, queriendo ser tan exacto en la formulación de ese universo que se convirtió en inexacto; porque llegó tarde al colofón de su obra, se le quedó inconclusa, y esa fue la mayor paletada de tierra que el propio Musil se atrevió a extender sobre su féretro literario. Porque a toda la complejidad literaria añadió la fealdad del aborto, esa que tan solo sabemos apreciar unos cuantos. Y somos pocos.

Si a eso le añadimos el mazazo hitleriano prohibiendo y calcinando su obra, llegamos a un lugar infame de la historia de la literatura: Musil que fallece de un derrame cerebral en el baño de la casa en donde ha sido acogido, en Suiza, sin dinero, llevando una vida de privaciones y con la angustia de haber arrastrado a su mujer hacia ese tipo de vida precaria. Todo por un empeño tan vano y absurdo como la literatura, incluso peor, por el empeño en construir una sola obra. ¡Pero qué obra!

Musil buscó en su literatura una “interpretación de la vida”, algo que para Cometti significa que “sin duda está pensando en cuestiones estrechamente ligadas con una búsqueda relacionada con su propia existencia”. Yo creo que esa búsqueda, en el interior de una literatura propia, puede no encontrar un final. Crudelísimo castigo para quien, en palabras de Cometti, fue considerado “demasiado intelectual para un escritor”.

Quizás, aquí, radique el inmenso drama de Robert Musil, siempre excesivo, siempre brillante y siempre monumental. Circunstancias que se han ido tolerando francamente mal con el paso de los años, el paso de la modernidad, la llegada del egoísmo intelectual en esta época de posverdad, y el nuevo paradigma en donde la mamarrachada siempre le gana la partida a cualquier reflexión bien curtida. Musil, amigo, todavía no ha llegado tu momento. Pero puedes seguir haciéndonos felices desde fuera del tiempo. Porque quizás solo desde fuera del tiempo, al final, podamos comprenderte.

Némirovsky: asesinada por los nazis revivió sesenta años después

Irene Némirovsky nació en Kiev, en 1903, y murió en Auschwitz, en agosto de 1942. Era hija de León Némirovsky, el más poderoso de los banqueros judíos de la Rusia zarista. Cuando la Revolución de Octubre de 1917, los Némirovsky huyeron y se radicaron finalmente en Francia. Irene manejaba el francés a la perfección porque había tenido una institutriz francesa desde la primera infancia.

Irene se matriculó en La Sorbona y alternaba asiduamente con la gran burguesía parisina a la que pertenecía. En 1926 se casó con el banquero Michel Epstein. En 1929, publicó su primera novela, y ese mismo año nació su hija Denise. Cuando nació su segunda hija, Elisabeth, en 1937, había producido nueve novelas exitosas. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Irene y Michel mandaron a sus hijas con su institutriz al pueblo natal de esta (Issy-l'Evéque, en Borgoña). Cuando los alemanes ocuparon París, en 1940, el matrimonio abandonó la capital y se refugió en Issy-l'Evéque. Pocos meses después, el régimen títere de Vichy aprobó leyes antisemitas. Michel perdió su trabajo e Irene no podía publicar aunque continuó escribiendo.

En 1941 emprendió su mayor proyecto: Suite Francesa, que es considerada como la primera obra de ficción sobre la Segunda Guerra Mundial. Había estado tomando notas y numerosos apuntes sobre la situación en el país y pensaba hacer una crónica en cinco partes, en más de mil páginas, sobre el colapso que sufrió Francia en 1940. A pesar de que escribió diariamente, en junio de 1942 consideró que no podría terminar su trabajo. Escribió su testamento y el 13 de julio fue arrestada por la policía francesa del régimen de Petain como “apátrida de origen judío” (a pesar de que se había convertido al catolicismo y escribía en revistas derechistas). Pocos días después fue deportada a Auschwitz, en cuya enfermería murió de tifus al cabo de un año. Epstein, su esposo, fue arrestado en octubre de 1942 y gaseado en Auschwitz un mes después.

La institutriz huyó de Issy-l'Evéque con las dos niñas y permaneció oculta perseguida por los esbirros franceses. Al huir, Denise Epstein llevó consigo, en su valija, un grueso cuaderno forrado en cuero que contenía el manuscrito de su madre. Después de la guerra, la joven no quiso leer lo escrito por Irene, porque pensaba que les acarrearía un dolor insoportable. A finales del siglo XX, a los setenta años de edad, decidió dactilografiar el contenido y descubrió que era un relato magistral de las horas más oscuras de Francia: la Suite Francesa.

Recién en el 2004 envió el texto a Editions Denöel y así, 62 años después de haber sido escrita, la Suite Francesa se publicó en dos tomos: Tempestad, que trata de un grupo de parisienses que huyen de la ciudad ante el avance alemán, en junio de 1940, que en treinta breves capítulos se refiere la peripecia de gran número de personajes describiendo las actitudes diversas en los momentos de crisis; y Dolce (el término que en las partituras musicales indica una ejecución suave), que refiere la historia de una comunidad rural bajo la ocupación alemana un año después (forzados a coexistir con los soldados alemanes algunos campesinos eligen la colaboración y otros la resistencia). La acción termina cuando las tropas de ocupación abandonan el pueblo, en junio de 1941, para participar en la invasión a la Unión Soviética.

La Suite Francesa se convirtió en un éxito editorial inmediato (en español se publicó en el 2005) e Irene Némirovsky fue la primera autora en recibir póstumamente el premio Renaudot que otorgan anualmente, desde 1926, un grupo de periodistas y críticos literarios franceses. En el 2006, Denise Epstein dijo que fue una sensación extraordinaria haber traído a su madre de vuelta a la vida.

Sin embargo, el éxito literario no se produjo sin controversia. Algunos críticos advirtieron que en los primeros trabajos de Némirovsky se expresaban puntos de vista antisemitas. También se señaló que después de su conversión al catolicismo, en 1939, había publicado artículos en revistas de la ultraderecha racista. Su esposo había destacado el anticomunismo que incluía en sus artículos, pero nada de eso sirvió para preservar al matrimonio de la persecución y la muerte a manos de los nazis.

Los defensores de Irene, con argumentos algo traídos de los pelos, sostuvieron que sus novelas presentaban personajes antipáticos (como el protagonista de su primera novela David Golder, un empresario judío cuya fortuna es dilapidada por su esposa rapaz e infiel) porque le interesaba presentar la manera innoble en que a menudo se comportan las personas en circunstancias extremas. También dijeron que, para mantener a su familia, Némirovsky había tenido que “seguir trabajando para las publicaciones de derecha” y que su conversión al catolicismo había sido con el propósito de proteger a sus hijas.

La editora y crítica literaria Carmen Callil (Melbourne, 1938 – Londres, 2022) dijo que la autora había cometido muchos errores pero que “dada la época y sus circunstancias, bien podrían ser excusables”. De todos modos, la obra póstuma es un testimonio para la historia de las mentalidades, para comprender las razones del colapso de Francia ante el ataque alemán, la mezquindad de la burguesía francesa y las actitudes individuales que dieron pie al colaboracionismo con los nazis y al apoyo al régimen de Vichy y sus esbirros. No en vano la derecha francesa había insuflado durante décadas, y especialmente en la de 1930, la consigna “mejor un boche (como se llamaba a los alemanes) que un bolchevique (en alusión a los revolucionarios rusos)”.

Calvino: poderosos revulsivos de la literatura italiana

Ítalo Calvino nació en 1923, en La Habana, hijo de un ingeniero agrónomo, botánico y floricultor italiano itinerante. Su padre, Mario Calvino, había emigrado a México en 1909, donde ocupó un cargo importante en el Ministerio de Agricultura. En 1917, después de vivir la Revolución Mexicana, se fue a Cuba para hacer experimentos científicos en agricultura tropical. Según su hijo, Mario había sido anarquista en su juventud y después socialista. Su madre, Giuliana Luigia Evelina Mameli, “Eva”, era botánica y profesora universitaria.

Durante su infancia, Ítalo recibió una educación laica y antifascista, de acuerdo con sus padres que se proclamaban librepensadores. En 1941, se matriculó en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Turín. Italia había entrado en la guerra junto al Tercer Reich. En 1943, fue llamado al servicio militar por la República Social Italiana, el régimen títere de los nazis que Mussolini había establecido en el norte de Italia.

Calvino desertó y se unió a las Brigadas Partisanas Garibaldi (organizadas por el Partido Comunista) junto con su hermano, mientras sus padres fueron retenidos como rehenes por los alemanes. Terminada la guerra, volvió a Turín, donde colaboró en el diario L'Unitá y en la revista Rinascita, se matriculó en Letras y se afilió al PCI (Partido Comunista de Italia), que abandonaría en 1957. Durante este período entró en contacto con Cesare Pavese, quien hizo que le contratara la editorial Einaudi, donde ya trabajaba Elio Vittorini.

En 1947 publicó su primera novela: Il sentiere dei nidi di ragni (El sendero de nidos de araña). La historia se cuenta a través de Pin, un joven partisano de la Resistencia, en un lenguaje cotidiano, liberado de retórica, en el que se intercalan algunas palabras del dialecto piamontés.

En 1948, Italo tuvo la oportunidad de asistir al rodaje de una de las obras más famosas del neorrealismo: Arroz amargo, sobre la vida campesina del norte de Italia. Le deslumbró Silvana Mangano, “romana, de dieciocho años, con el rostro y los cabellos de la Venus de Botticelli”, describió en un artículo para el diario L’Unità, según recoge Antonio Serrano Cueto en su estupenda biografía Italo Calvino. El escritor que quiso ser invisible.[6]

Hoy en día, Calvino es más conocido por obras del género fantástico como Las cosmicómicas (1965), Las ciudades invisibles (1972), Si una noche de invierno un viajero (1979) y Palomar (1983). Calvino falleció en Siena, en setiembre de 1985, a causa de un accidente cerebro vascular. Ya en la década de 1950, el autor había desarrollado un estilo absolutamente original mediante una estrecha relación con las fábulas, de las cuales fue además un estudioso.

Con ese estilo no solamente no se apartó de sus preocupaciones sociales y políticas de fondo, sino que las incorporó a través, por ejemplo, de la extraordinaria trilogía de divertidas novelas (I nostri antenati) y sus múltiples niveles de lectura e interpretación: Il visconte dimezzato (El vizconde demediado, 1952), Il barone rampante (El barón rampante,1957) e Il cavaliere inesistente (El caballero inexistente,1959). Las tres novelas fueron traducidas al español entre 1960 y 1961. De ellas puede hacerse una lectura superficial y amena, pero pronto se descubre otra lectura cargada de significados históricos y políticos, públicos y privados, que son una reivindicación de la realidad.

Richards incluye a Calvino en su lista de “obras inconclusas que jamás leerás” a causa de una novela típicamente neorrealista en la que el autor comenzó a trabajar en 1948: Il bianco vellero (El blanco velero). Poco se conoce del argumento, pero parece que el “velero blanco” al que alude el título era un camión que circulaba por los campos llevando productos del mercado negro. La protagonista era la conductora, una muchacha.

En 1949 se publicó la colección de cuentos, referidos a la Resistencia, titulada Último viene il corvo (Por último, el cuervo); el editor estaba seguro de que Calvino terminaría la novela próximamente y por eso se anunció su lanzamiento. Sin embargo, él no estaba satisfecho con lo escrito y lo dejó a un lado. Finalmente, en 1950 envió el manuscrito terminado a varios amigos, que además eran los “lectores” de Einaudi (entre ellos a Elsa Morante,[7] la esposa de Alberto Moravia, Natalia Ginzburg y Elio Vittorini), diciéndoles que quería su desapasionado, detallado y riguroso veredicto.

Sus amigos cumplieron. Leyeron el texto y les decepcionó. Morante le hizo una dura crítica y le señaló que la construcción literaria era fría, cosa que Calvino reconoció. Ginzburg y Vittorini también le señalaron su decepción y eso llevó al autor a sepultar el manuscrito bajo llave. Richards creía, en 2015, que, aunque los albaceas de Calvino no han dado cuenta de la existencia de los originales, El blanco velero tal vez podría ser publicado en un futuro incierto. Hasta hoy eso no ha sucedido, pero Calvino sigue ganando lectores con las obras que efectivamente se publicaron.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *