Luz Caresani

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BREVES APUNTES PARA PENSAR FUERA DE LA CAJA

 Publicado: 02/08/2023

¿Dato mata relato?


Por Álvaro Colotta Pino


Los datos son representaciones simbólicas de situaciones y hechos que no contienen sentidos semánticos.

La información se conforma con uno o más conjuntos de datos debidamente procesados para establecer un sentido o significado. Es otro nivel del conocimiento.

El dato no contiene mensaje. Suele ser difícil de entender por sí solo y carece de utilidad si se encuentra aislado o no se relaciona con otros.

Más aún, la intencionada proliferación torrencial de datos puede constituir un modo de desinformar.

Un análisis serio debe exhibir un mínimo de rigor metodológico. De un modo general, podría decirse que, en materia de ciencias sociales, la perspectiva cuantitativa no es suficiente. Es preciso incorporar la perspectiva cualitativa que determine significados.

A propósito de la seguridad

Según puede leerse en algunos manuales de estrategia, siguiendo conceptos del académico estadounidense Arnold Wolfers, la seguridad tiene dos dimensiones: una objetiva, que mide la ausencia de amenazas a los valores adquiridos, y una subjetiva, que mide la ausencia de temor a que dichos valores sean atacados.

De ello puede deducirse que una valoración aritmética de datos limitados no puede esclarecer la problemática de esta área. Tampoco puede aislarse a los hechos delictivos de otros fenómenos sociales como la violencia en sus diferentes modalidades o los distintos niveles posibles de impunidad.

La génesis del delito

De un modo general, siguiendo a Cairoli, puede decirse que la conducta desviada es aquella (cualquiera) que no encaja en las normas de un sistema social determinado. Dicho autor la trata dentro del marco de la anomia (del griego, ausencia de ley o de norma). Puede darse cuando existe un conflicto de normas que no permiten a los sujetos orientar con precisión sus conductas provocando vacío y confusión. Pero también hay anomia -como lo expresan Durkheim y Merton- cuando surge discrepancia entre las necesidades humanas y los medios que ofrece una sociedad para satisfacerlas (conflicto entre fines culturales y normas institucionales). Esto propicia, al menos, un tipo extendido de delincuencia donde la conducta desviada procura alcanzar el fin por otros caminos.[1]

La delincuencia como profesión

Se habla mucho de que hoy los delincuentes encaran el delito como profesión. Tomando por buena esta afirmación, conviene examinar distintos alcances posibles. 

Es notorio que hay una suerte de carrera a través de la cual los actores van subiendo de nivel, cambiando su estatus. Ello dentro de coordenadas culturales específicas donde se establece un conjunto de valores propios y hasta un lenguaje diferente.

Si esto es así, se pueden agregar algunas consideraciones complementarias.

Una profesión supone objetivos variados, en combinaciones distintas según cada individuo, pero que abarca un elenco posible que va desde el dinero y el bienestar material, pasando, entre otras cosas, por el prestigio social, sentido de pertenencia, poder, seguridad, hasta un sentido íntimo y profundo de la realización personal. 

Todo ello aplica, de un modo u otro, al “delincuente profesional”. Lo cual altera el enfoque tradicional del individuo para tratarlo, necesariamente, en un contexto colectivo con determinados lazos de cohesión, lealtades recíprocas, autopercepciones de fortaleza.

Ahora bien, si delinquir es un “trabajo” no hay razón para separarlo de algunas características que tiene un mercado laboral.

Los tipos de delito tienen que ver con ciertas pautas del mercado laboral. Los individuos se inclinarán por aquellas actividades delictivas más rentables, las que ofrezcan más facilidades, las que requieran menor esfuerzo, las más seguras frente a la represión del Estado y frente a otros grupos delictivos en competencia.

Por ejemplo, si una persona está dispuesta a cometer rapiña: 1) verá dificultada su tarea por la reducción del dinero en efectivo que maneja la gente, y 2) al reducirse el dinero que uno lleva consigo, aumenta la cantidad de hurtos o rapiñas. Si antes se podía rapiñar $ 10.000 en un solo acto, ahora tal vez se requieran cinco acciones independientes para obtener la misma cantidad. 

Es notorio que el narcotráfico reúne mejores condiciones que las rapiñas tradicionales. Menos trabajo, más rentable, más seguro (en principio). Es más atrayente ser un dealer que entrar revólver en mano a robar un comercio sorteando cámaras.

¿El delito realmente disminuye?

Hay que investigarlo más allá de hacer cuentas con el ábaco.

Importa ver los números de delitos, de denuncias, de volumen monetario, de medios materiales utilizados, de delincuentes organizados, de ramificaciones por subcontratación, de intervención de sicarios, entre otros.

Pero importa mucho el análisis cualitativo para abordar aspectos tales como tipos de delitos, relaciones causales, niveles de violencia, entornos de adhesión, control de zonas, impactos en el conjunto del tejido social, influencia, características ideológicas y culturales, relacionamiento con actividades y empresas legales, detección de lavado de activos, calidad de medios empleados.

La experiencia internacional muestra que cuando se instala en un sitio el narcotráfico, no se produce un incremento errático o azaroso del delito. A los carteles de la droga, por ejemplo, no les conviene el descontrol en las zonas donde operan. Por el contrario, procuran regular sus escenarios. Incluso, suelen ocupar los espacios, suplir funciones y asistir a personas que el Estado posterga o relega.

En consecuencia, puede darse una reducción aritmética en algunos delitos mientras que, simultáneamente, la magnitud del andamiaje criminal se fortalece provocando un cambio cualitativo negativo.

La llegada del crimen organizado a las alturas del poder se procesa a través de variadas modalidades, pero siempre con el menor ruido posible. El enfrentamiento sangriento y estridente entre bandas se ubica en un nivel más bajo de afianzamiento, control o imposición de reglas.

Reflexiones inquietantes

El tráfico de armas, la trata y el tráfico de personas, y el narcotráfico quizá sean las actividades criminales mundialmente más relevantes. Por estos lares, al parecer lo que más preocupa es el narcotráfico. Tal vez porque hace más de un siglo que los conflictos bélicos ocurren lejos de nuestras tierras y, en cambio, la droga camina por las calles, golpea la puerta de nuestras casas e invade los hogares.

La tan cacareada “guerra al narcotráfico” ha venido fracasando con total éxito en nuestro continente. El mercado consumidor VIP del primer mundo no parece haber disminuido. La demanda es sostenida y satisfecha. (Las incautaciones de droga son necesarias, pero tienen un impacto relativo ya que se ha podido comprobar que los productores narcos poseen gran flexibilidad para adecuar el volumen de su producción).

Debe señalarse que todo esto tiene por base al continente más desigual y violento del planeta. Lo cual permite e impulsa a preguntarse si no es hora de considerar al narcotráfico en América Latina como una forma atípica (indeseable, terrible y trágica) de redistribución de la riqueza y el poder.

Mientras que, en el tablero global, si se analizan cifras, montos de dinero, medios logísticos que giran en torno a las economías legales y a las economías ilegales, surgen dos preguntas inmediatas:

1)¿qué tan marginales son las actividades económicas en negro?;
2)¿cómo se vienen entrelazando ambos circuitos, lo legal y lo ilegal?

Obviamente, las respuestas quedan fuera de estas líneas, pero quedan planteadas las preguntas. Aunque, desde ya, puede constatarse que esas fronteras cada vez resultan más borrosas.

Volviendo al inicio de estas reflexiones, todo indica que esgrimir datos cuantitativos ligeramente, constituye una práctica publicitaria, un golpe de efecto más que un análisis responsable que permita orientar la gestión.

Tal como se atribuye a Séneca, no hay buenos vientos para quien no sabe adónde va. Una sucesión o acumulación de medidas tácticas no configura una estrategia. 

Si el coraje alcanzase, habría que examinar a fondo ese dispositivo nuclear en los individuos que coloca en niveles de conflicto, con gravedad variable, a las expectativas y a las posibilidades de alcanzar ciertas metas materiales o inmateriales.

Es obvio que las expectativas se diseñan, se promueven, se publicitan y se manipulan. Mientras que las posibilidades están determinadas por marcos sociales generalmente puros y duros. Y todo, vaya novedad, desde posiciones desmesuradas e incontrolables de poder.

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