Luis Souza

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VADENUEVO DE COLECCIÓN: DEL NÚM. 134 (NOVIEMBRE DE 2019). PÓSTUMO

 Publicado: 02/08/2023

Por último, …


Por Nicolás Grab


…pero lo nuestro es pasar.

Antonio Machado

 

Tal vez nadie haya podido, en ninguna parte, en ningún idioma, expresar el sentido de la vida mejor que en estos cuatro versos de Antonio Machado. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar. Pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.[1]

Lo nuestro es pasar.

Ya. Pero hay de por medio algo que subleva, y no hay modo de contener la repulsa: las diferencias abismales con que eso ocurre. El contraste entre el disfrute de la vida que nos toca a algunos (accidentado y con machucones, pero en definitiva satisfactorio) y el sufrimiento inicuo, en grados infinitos, con que tantísimos otros transitan por un “valle de lágrimas”. Como también desconcierta y también subleva la diferencia entre el arraigo con que unos nos instalamos largamente en la vida, apoltronados en ella, y el destello fugaz a que se reduce la existencia de otros.

Cuando yo tenía cuatro años, poco después de llegar con mis padres al Uruguay, me enfermé. Eran tiempos anteriores a los antibióticos y todas esas cosas. Un médico me diagnosticó y le dijo a mis padres que el asunto era serio, pero estaba por definirse. Si yo pasaba esa noche tendría buenas posibilidades de sobrevivir. La moneda cayó de un lado y no del otro, y yo pasé esa noche.

La mayor de mis tías maternas vivía en el otro extremo de Hungría, en Debrecen. Nunca nos vimos. La verdad es que ni siquiera sé bien su nombre, porque en la tradición familiar se la conoció por un apodo afectuoso -Sziszkó- que solo me permite suponer que posiblemente se llamaría Szilvia. Cuando yo nací, envió un telegrama que todavía existe. La tía (que era la mayor de seis hermanos, y mi madre era la menor) tuvo la ocurrencia de dirigirme el mensaje a mí, al recién nacido. Tres palabras, todo en mayúsculas y sin acentos como siempre en los telegramas, que expresaron su cariño y su bendición: ISTEN ELTESSEN KISAPAM. Traducirlo exigiría explicaciones que no vienen al caso; baste decir que siempre me conmovió. Pues bien: hay unas pocas cosas más que sé de mi tía Sziszkó. Estaba casada y tenía un único hijo. Cuando era muy jovencito lo encarcelaron bajo acusación de comunista. Después, en la segunda guerra mundial (cuando yo vivía en la Curva de Maroñas), lo enrolaron en el ejército húngaro y lo mandaron al frente ruso, donde pronto murió. O sea: lo mandaron a pelear junto con los nazis contra la Unión Soviética. Muchas veces me he preguntado si quedó algo, en la memoria de los hombres, del recuerdo de Darvas György, “Gyurka”, un primo que no conocí y del que no sé más que lo dicho. No sé si esta mención que hago de su nombre y de su peripecia no es el último resabio de su camino sobre la mar, una última espuma de su estela, que ahora termina de disolverse conmigo a 12.000 kilómetros de lo que fue su hogar y en un país del que él probablemente no supo nada.

Cuando yo era estudiante del IAVA formé parte allí de un trío inseparable, que llamaba la atención porque los tres éramos disparatadamente distintos y no parecía que tuviéramos nada en común. Tal vez nos uniera el hecho de que los tres éramos más bien estrafalarios, cada cual a su modo. Era un afecto mutuo que se nutría en las diferencias. Solo que, apenas salidos de esos dos años de “Preparatorios”, cuando teníamos 19 años, uno de los tres se enfermó y se murió. Infinitas veces he recordado a Isaac Gelber desde entonces. Y siempre me asalta la idea, más que probable, de que bien puedo ser yo el único ser humano que lo evoca. La otra reflexión obvia se refiere al capricho de ese destino que le tocó a él, que le tocó porque sí, y que pudo ser el de cualquiera. Mi amigo se murió cuando Eisenhower gobernaba en Estados Unidos y Churchill en Gran Bretaña. Murió antes que Albert Einstein, antes que Arturo Toscanini, antes que Thomas Mann. Yo he podido decir lo que pensaba sobre Mariano Rajoy y Nicolas Sarkozy mientras que mi amigo, que tenía mi edad, murió el año en que esos personajes nacieron. Yo he estado presente en un siglo XXI cuyo número mismo me resulta extravagante, y cuento con que mi nieto verá el siglo XXII.

* * * * *

Lo nuestro es pasar. Dicen que la conciencia de este hecho, y la angustia que suele generar, son peculiaridades de nuestra especie humana.[2] 

Si mi experiencia puede generalizarse, es con los años y la vejez, de a poco, que la transitoriedad de la existencia se asimila, se tolera, se acepta. Con una salvedad muy dura: la pérdida de los vínculos personales que más valoramos y una angustia que, esa sí, es irreprimible: la certeza del dolor que nuestra ausencia causará a quienes más queremos.

Pero esto, así, es lo nuestro

Y no seguiré, porque nadie me ha pedido opinión ni consejo, ni mucho menos estas banalidades, y no quiero abusar más de mi nueva impunidad.

* * * * *

A vivir se ha dicho. No son las estelas que se dejan lo que importa, sino las vidas que siguen y que vendrán. A vivir, entonces.

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