Claudia Rodríguez

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SALIR DE LA NOSTALGIA Y VOLVER A PENSAR EN EL FUTURO

 Publicado: 02/08/2023

El sentimiento de izquierda y su programa


Por Jaime Secco


¿Cuál es hoy la “estructura del sentimiento” de izquierda? Así es como el historiador cultural Raymond Williams llamó al modo en que las ideas y los valores se perciben, se viven y se sienten.

Luego de un siglo y medio de manejarse más o menos claramente con una visión de la sociedad, la historia y, nada menos, del futuro, el derrumbe del “socialismo realmente existente” descentró la relación entre las ideas y la sociedad y la relación entre el presente, el pasado y el futuro. Es lo que Enzo Traverso llamó melancolía de izquierda.[1] Es importante tener esto en cuenta cuando la estructura del Frente Amplio (FA) comienza a analizar el proyecto de Bases Programáticas, como plan de gobierno para el período 2025-2030.

Tradicionalmente, las derrotas solo reafirmaban el rumbo, se estudiaban sus errores y sus luchadores se tomaban como inspiración. Rosa Luxemburgo, cuando cayó derrotado el Levantamiento Espartaquista en Alemania, poco antes de que la asesinaran, escribió una especie de oda a la derrota: “Todo el camino que conduce al socialismo -en lo que se refiere a las luchas revolucionarias- está sembrado de derrotas. Y sin embargo, paso a paso, este mismo camino conduce inexorablemente a la victoria final. ¿Dónde estaríamos hoy sin esas «derrotas» de las que hemos obtenido experiencia histórica, conocimientos, fuerza, idealismo?

En 1989 lo que hubo fue un derrumbe, no tuvo ninguna épica. El error pareció ser el sistema socialista estatal, que no reivindicaron ni siquiera sus dirigentes. José Jorge Martínez, en la redacción del diario La Hora comentaba que los partidos comunistas del este de Europa parecían la novela de Chesterton El hombre que fue Jueves: “Resulta que ninguno era comunista”.

Muchos esperaban que fuera sustituido por un socialismo democrático. Pero no fue así. Buenos asesores occidentales aconsejaron adoptar el neoliberalismo y privatizar todo. Con la conquista del voto parecía suficiente. La historia había terminado. Nada distinto era concebible. Solo nos quedaba el consumo.

Ni siquiera podía concebirse volver a “los gloriosos treinta”, años del pináculo del capitalismo en la posguerra, cuando los impuestos a las rentas eran altos y financiaban un Estado de bienestar que permitió estabilidad social. Eso ahora es considerado comunismo. Enzo Traverso -del que tomamos mucho, aunque sin necesidad de compartir todo- observa que la incapacidad de imaginar un futuro es tal que la Primavera Árabe logró derrocar a las dictaduras de Túnez y Egipto, pero no tuvo idea de con qué sustituirlas. Hoy, con algún matiz, hay dictadores en ambos países.

Algunos se aferran a la nostalgia entendida como incapacidad de procesar el duelo y adoptar un nuevo amor. Otros, como forma de no traicionar e identificarse con el enemigo. El cataclismo no afectó solo a los partidarios del socialismo real, la estructura del sentimiento mundial había achicado la gama de lo pensable, su ventana de Overton.

Comenzó entonces lo que llamo la edad de las utopías. Utopía no integraba el léxico de izquierda hasta que pareció lo único a lo que aferrarse, aunque solo fuera un sustituto del pensamiento. Aparecieron decenas de propuestas ingeniosas, como un sistema para llevar las cuentas nacionales en horas de trabajo, por ejemplo. Eran utopías, porque no había ningún sujeto histórico que pudiera imponerlas. Y, para peor, muchos filósofos consideran que quizá pasó directamente la época en que podía haber sujeto, entendido como alguien que puede criticar el lenguaje que utiliza para pensar, algo que puede depender de una cierta forma de leer.

Traverso reconoce que algunos cambios son previos. El fin del fordismo terminó con la convivencia de los trabajadores en grandes fábricas, lo que dio lugar a una hiperfragmentación. Y eso, a su vez, derrumbó, o al menos debilitó, a un sistema de grandes partidos de masas para sustituirlos por partidos “atrapalotodo” centrados en líderes carismáticos.

Para peor, hasta los nuevos paradigmas científicos que hablan del caos determinista, excluyen una versión positivista del marxismo que predominó ya en sus colaboradores inmediatos y de la que pueden encontrarse raíces en Marx. Un pensamiento que, digamos, comienza el análisis de la historia por su final inexorable. Y que explica luego todo lo anterior como el crecimiento continuado de las técnicas de dominio de la Naturaleza. Como si el comunismo estuviera en el ADN del planeta desde que el mono bajó del árbol. Se redescubrieron, entonces, no solo textos de Marx que ponen en duda esa inexorabilidad, sino también de otros, como la propia Rosa Luxemburgo, que hablaba de socialismo o barbarie sin que pudiera asegurar el triunfo de uno u otro.

Solo hubo verdugos y víctimas

Apareció algo llamado “la comunidad internacional”, que básicamente era la OTAN. Cualquier cosa que pasara en el mundo era juzgada según la opinión de esa comunidad. Tan buenos, que hasta inventaron guerras y bombardeos humanitarios.

Apareció también en primer plano la figura de la víctima, que vino a sustituir a la del luchador. Las víctimas, antes, eran inocentes. Población civil, por ejemplo. Es mejor no hablar mucho de los motivos de los combatientes. En España no hubo una guerra entre democracia y fascismo, sino una serie de asesinatos y violaciones a los derechos humanos. Solo verdugos y víctimas, no luchadores. El Holocausto de los judíos pasó al centro de la escena. El presidente de Alemania trasmutó la caída de Berlín y la derrota del nazismo en el “día de la liberación”. El 7 de julio de 2004, Schröder se unió a Bush, Putin y Chirac para conmemorar el desembarco aliado en Normandía. Ahora que no hay más Guerra Fría, ganamos todos, somos todos demócratas, civilizados europeos y respetuosos de los derechos humanos. Recordamos a las víctimas. El siglo XX no fue un siglo de luchas, sino uno de violencia. El resto del mundo -malos siempre quedan- estará sujeto al juicio del tribunal de la comunidad internacional. Mejor que se civilicen occidentalmente.

Si el lector está inquieto porque piensa que él no se contagió de nada de esto, lo invitamos a pensar en la memoria de nuestra dictadura. Los sitios de la memoria son, desde siempre, señales de lugares que han dejado de actuar en el presente, parte de un pasado cerrado y concluido. Pretérito perfecto. Sin nexo con el futuro. Se honra a las víctimas, pero no por sus motivaciones. En Montevideo, al querer recordar a la resistencia se terminó erigiendo un obsceno monumento a la tortura: la consigna es “Nunca más”, no “Venceremos”. Se rompió simbólicamente la unión entre el pasado, el presente y el futuro.

Ya es otro mundo

El aludido libro de Traverso es de 2016. Más allá de lo que se puede cuestionar de él, que es bastante, importa que tras estos siete años parece que el mundo ya fuera otro.

1) Hoy no somos todos demócratas y ya no importa. La ultraderecha pasó a formar parte del paisaje político de Occidente.

2) La economía mundial, que parecía haberse estabilizado, ahora aparece en un tembladeral de extremos casi similar al del clima. Ni hablar que la concentración mundial de la riqueza se ha multiplicado y el planeta no parece soportar más.

3) Vivimos turbulentas ondas de reflujo del colonialismo. La historia de Occidente se ha escrito casi tomando solo en cuenta lo que ocurrió en Europa y Estados Unidos. Está enterrado el origen chino de casi todos los “inventos” de la Revolución Industrial. Esta visión eurocentrista incluye hasta hoy a la gran mayoría de los pensadores de izquierda de esos países, que son los que leemos. Pero en realidad no puede entenderse la historia, no la entenderemos, si en la explicación no incluimos en el panorama a los países coloniales, comprendiendo el nuestro. Esa es una tarea por hacer, más allá de valiosos estudios parciales. Solo así podremos entender la diplomacia mundial, las migraciones y la paulatina irrelevancia de Europa.

En el primer semestre de este año, tres centenares de niños murieron intentando cruzar el Mediterráneo. El G7, cuando se creó hace medio siglo, representaba el 40% del PBI mundial y podía hacer o deshacer. En 2020, los cinco países del BRICS lo sobrepasaron y se estima que para fin de la década estarán 10% por arriba.

4) La guerra en Ucrania mostró una desobediencia silenciosa pero masiva a las indicaciones de “la comunidad internacional”. A pesar de presiones, pocos países de lo que ahora se llama Sur Global (ex países en vías de desarrollo, ex países subdesarrollados) tomaron partido, más allá de reconocer que la brutal invasión rusa viola todas las normas legales y morales (como las violaron la invasión de Irak y tantas otras).

Las agencias y periódicos occidentales piensan que señalar que algunos quieren nada menos que un nuevo orden internacional basta para señalarlos como felones. No hay un nuevo movimiento de no alineados, coordinado, pero demasiados países están pensando en lo que les conviene. Muchos países del Sur Global no son democráticos, hay que tenerlo en cuenta. Y si bien la democracia occidental no es el gobierno del pueblo, al menos limita la autocracia. Pero esto obliga a ser más cuidadosos. Hay izquierdas que se alinean con la OTAN porque es demócrata y las hay que se alinean con Rusia por un supuesto antiimperialismo.

Un programa que enamore

Se habla de que el programa que se presente a la ciudadanía tiene que enamorar. Eso incluiría ser técnicamente sólido, políticamente enfocado en la igualdad y con propuestas que den respuesta a los intereses de distintos sectores. Pero también tiene que incluir una dimensión afectiva, una estructura de sentimiento. 

Eso se lograba desde el siglo XIX con parábolas de arañas y moscas (K. Liebknecht), explicando la apropiación de la plusvalía y afirmando que la historia estaba de nuestro lado. No creo posible volver a tener, en un plazo razonable, unas ideas tan simples y que revelen tanto. 

Toca, al menos, mantener un ojo atento a los matices y las complejidades. En segundo lugar, mantener la idea central de querer cambiar el mundo con el principio de igualdad en el centro. En tercero, afirmar todo lo que sea posible el principio de fraternidad, como opuesto a la peregrina idea de que los hombres se hacen a sí mismos y pueden prescindir de su comunidad. En cuarto, insistir en que este mundo sigue siendo un horror.

Al final, la única predicción probada científicamente -dijo Gramsci- es la lucha.

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